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La tradición, y el periodismo de rodillas ante la tecnología

Con vistas al Día de la Tradición, un paseo por las convicciones del autor de El Martín Fierro y su enredo en las paradojas argentinas.

Sábado 06 de Noviembre de 2021

José Hernández ejerció el periodismo sin celulares y no le fue mal. Supo entender su tiempo. En su apogeo escribió columnas contra los más poderosos, los acusó de lo que eran: criminales.

Cuando el despotismo porteño intentó uniformar las voces de la Argentina contra el Paraguay, Hernández y otros por el estilo decidieron enfrentar a la Triple Alianza; por eso el poder quiso sepultarlos bajo el rótulo de paraguayistas, yerbócratas.

Fue una voz lúcida cuando el ataque a Paysandú, como prólogo a la guerra al Paraguay; y ante el asesinato de Ángel Vicente Peñaloza. Días después redactó en Paraná una serie de notas que inauguraron en el país el periodismo de investigación y denuncia, sin aviones, sin grabadores.

El periodismo ha ganado en velocidad lo que ha perdido en serenidad y profundidad.

José Hernández fue periodista, político, guerrero, taquígrafo, ensayista, poeta, y sobresalió en todos los rubros. El rescate para la posteridad de la figura del gaucho, del rebelde, muestra un aspecto de su lucidez, y los mismo su posición autonomista, federal, durante décadas.

Gran paradoja

En vísperas del Día de la Tradición, el 10 de Noviembre, por el nacimiento de José Hernández, nos enfocamos en este argentino vinculado estrechamente a la tradición por su obra literaria, y al periodismo, que fue su oficio permanente por décadas. Y lo vamos a relacionar con otra fecha cercana, el 8 de Noviembre, en que recordamos el Desbande de Toledo, es decir, la deserción patriótica de miles de entrerrianos que decidieron desobedecer el mandato de hacerle la guerra a los hermanos del Paraguay. Y es que estos valientes guerreros que se sacrificaron por la paz fueron llamados "yerbócratas", un "insulto" del despotismo porteño, que sufrieron también intelectuales como José Hernández, y que hoy nos expresa. Somos, sí, los "paraguayistas", los "yerbócratas", por la unidad de nuestros pueblos, contra la guerra fratricida, y porque el mate, la yerba mate, está en el centro de nuestras más vivas tradiciones. El mate es el reencuentro de los seres humanos entre sí y con el resto de la biodiversidad, es la conciencia de pertenecer a este mundo, es el abrazo de la Pachamama, y atraviesa fronteras de espacio y de tiempo. Hay un puente entre las dos fechas tradicionales, el 8 y el 10 de noviembre, y es el mate.

José Hernández nos ayuda a tomar conciencia de la tradición, el conocimiento, el lugar. Sabe de personas, oficios, historias, contexto, modos del habla. Pero veremos que esa conciencia nos llega por vías positivas y negativas. Y es que en Hernández se condensan varias de las contradicciones argentinas. Federalismo y unitarismo, si luchó codo a codo con Urquiza y con López Jordán y luego defendió la capitalización de Buenos Aires en el Congreso; “barbarie” y “civilización”, si el gran poeta recuperó la voz del gaucho y a la vez colaboró con la estigmatización de los pueblos ancestrales y afroamericanos.

Aquí un punto para rumiar largo y tendido: el padre de la tradición argentina, José Hernández, ridiculizando y estigmatizando a los pueblos ancestrales y afroamericanos, como si preparara el almácigo al ataque de Buenos Aires a los pueblos del sur, cuando ya había atacado a los pueblos de Paraguay, Entre Ríos, La Rioja, y tantos otros; y también (en La Vuelta) como si empujara a los rebeldes gauchos a hacerse buenos obreros rurales al servicio de los propietarios.

Los llamados “tradicionalistas” no se molestarán con esta relectura de la obra de Hernández porque en verdad estamos usando sus propias herramientas, si Hernández examinó sin barreras las conductas públicas.

Mate y Pachamama

Elijamos dos manifestaciones de la tradición más honda de nuestra región: mate y Pachamama. El mate nos recuerda nuestros lazos con la naturaleza toda, como expresiones que somos de la naturaleza; el mate a solas, la rueda de mate, son ámbitos propicios para el conocimiento profundo, sin compartimentos temporales ni espaciales ni científicos. La Pachamama es la madre tierra en armonía.

También podríamos señalar la armonía del ser humano en la naturaleza, el “ñanderekó” que decimos con las y los guaraní: nuestro modo de ser dentro de la biodiversidad. La complementariedad de unas especies y otras, la comunidad, el trabajo colectivo y festivo que llamamos minga, incluso en Entre Ríos, como la hospitalidad.

En todas estas tradiciones hallamos influencia de comunidades ancestrales. Entonces, resulta que el gran tradicionalista tomó un aspecto de indudable significación pero no alcanzó a ver las fuentes, y en eso advertimos una suerte de contagio político de época.

El racismo de la conquista europea en el Abya yala (América) que aquí se expresó en varios de los “fundadores” del Estado-Nación argentina como Rosas, Sarmiento, Mitre, Avellaneda, Roca, y también en pensadores como Alberdi y luego José Ingenieros, por dar algunos nombres, se consolidó tres siglos después de la incursión europea en estos territorios, y cuando ya se conocían decenas de luchas de resistencia contra la opresión que esclavizaba o reducía a servidumbre a las familias.

Periodismo inaugural

Nada de lo que decimos está afuera de las fuentes del periodismo. Son manifestaciones culturales dentro de la biodiversidad, y en esta época (siglo XXI) vemos esa unidad con mayor claridad que hace algunas décadas; ya no hablamos ligeramente de alimentos por un lado y naturaleza por otro, como era común, por caso.

Eso quiere decir que a través de la conciencia ecológica de estas décadas hemos recuperado saberes y tradiciones milenarias de nuestros pueblos ancestrales. Y viceversa. Tal vez esas convicciones no se traduzcan en prácticas aun, pero ahí están las semillas, veremos.

Ahora: ¿no es el periodismo una esponja para los mandatos del sistema y el consumismo? Vale la pregunta porque no queremos alentar ilusiones.

Pese a los tropiezos de intelectuales como Hernández, reconocemos que sus conocimientos y su determinación para investigar casos de terrorismo de Estado y denunciarlos, lo presentan como una columna del periodismo. Sí, permeable a la tendencia de su clase social entonces, pero encendiendo luces propias y con el coraje necesario para censurar al poder cuando eso no era políticamente correcto. Como salta a la vista, Hernández no hay uno solo.

Decenas de “próceres” argentinos, aún hoy honrados, se ocuparon, desde sus trincheras, en menospreciar a las culturas ancestrales, distorsionar sus costumbres, espiarlas, explicar su presunta inferioridad, robarles la tierra, destruir sus modos, burlarse de sus saberes, exaltar a los conquistadores, llamar a matar a los pueblos originarios desde la niñez, perseguirlos, sacrificarlos…

Es muy difícil, en nuestro país, hallar instituciones del sistema que no relativicen, cuando les conviene, el racismo. El mayor justificativo del racismo en la argentina viene por la vía del tiempo. “No midamos con la vara de hoy, en esa época era común”, se escucha, cuando en verdad en “esa época” era común entre los racistas, y no entre las personas sometidas o esclavizadas.

Decir que no debemos juzgar las palabras o acciones de “Fulano” con los parámetros de hoy, cuando ese Fulano vivió 300 años después de iniciada la conquista racista europea en el Abya yala, es una exigencia sin fundamento.

Censores de racismo

El mismo día que una persona decide volcarse al oficio periodístico debe habilitar sus censores de racismo que muy probablemente tenga desconectados.

Con sus excepciones, las instituciones argentinas (ministerios, corporaciones, colegios, sindicatos, partidos, medios masivos, universidades) son máquinas de desconectar censores de racismo. Siempre encuentran un pero. Colón pero, Roca pero, Rosas, Mitre, Sarmiento, Avellaneda pero, Hernández, Alberdi, Ingenieros, Bosco pero… Cada sector señala la basura en el ojo ajeno y pretende ocultar la viga en el propio, relativizando el racismo de su líder. Cuando las víctimas de un genocidio son blancas, en cambio, no hay excusas. Eso pasa hoy día.

Dicho esto, nos preguntamos: ¿cómo harán las y los jóvenes para zafar de la tendencia colonizadora y racista, cuando el sistema alienta a comunicarse con párrafos breves y rápidas imágenes superpuestas? Si el sistema está bien enraizado y es complejo, ¿cómo desarmarlo de un planchazo?

Se dirá que la tecnología de punta ha sido aprovechada por grupos contestatarios, y facilita el acceso al conocimiento a miles que antes estaban al margen. Es cierto. ¿Y no diremos también que la tecnología de punta puede ser una herramienta del más rancio conservadurismo reaccionario, porque nos mezquina tiempo y serenidad? Bueno, lo que estamos analizando, al fin, es el uso.

Tecnología y consumismo van de la mano. Consumismo con ganancia. Ganancia con modernidad occidental eurocentrada. Muy lejos de allí están los saberes milenarios, las amistades que no entran en la compraventa, los modos comunitarios lerdos y aquerenciados que la propaganda del sistema coloca en el escalón del descrédito porque no sirven al mercado.

En este sistema, el que más tiene impone las normas y reparte prestigios como reparte estigmas. En esto de cultivar la conciencia contra el racismo y la colonialidad se impone estar en alerta por los engaños de la tecnología, es decir, no caer al primer canto de sirena.

Detrás de los aparatos deslumbrantes de hoy está el sistema colonial, inventor de una historia renga que vincula modernidad con ciencia y tecnología, cuando en verdad modernidad es conquista, saqueo, genocidio y esclavización de dos continentes. Pero con sólo cambiar la fecha de inicio de las etapas históricas la ciencia colonial ha logrado el milagro de maquillar la muerte y el robo sistemático con espejitos y cuentas de colores.

De ahí que cuadre preguntarnos tecnología para qué, velocidad para qué, y en qué punto los artificios humanos pueden obnubilarnos, hacernos creer que, por manejar un teclado, un programa digital, estamos colaborando con el conocimiento. Puede ser, claro, pero también puede ser que estemos muy entretenidos con colores, ruidos, movimientos, y con fiaca para la reflexión serena y abierta a los múltiples modos del conocimiento.

La tradición, los saberes ancestrales, pueden guiar al periodismo para jerarquizar los problemas, comprender causas y consecuencias, y poner los ojos donde el sistema pretende pasar inadvertido. Por eso un periodista como José Hernández, que se hizo tiempo para comprender pero también se enredó en las estigmatizaciones, puede ayudarnos a ingresar en campos de conocimiento que la modernidad menosprecia porque no cuadran en su lógica.

Los saberes antiguos y vigentes, los conocimientos prácticos familiares, comunitarios, el darse cuenta sin más silogismos, la mirada integral desde la paz de la meditación o el paseo por las manifestaciones de la naturaleza, son vías complementarias de la ciencia y la razón y las pujas del momento. Si Hernández, con errores y aciertos, supo enfrentar al poder criminal, y para ello busco las rendijas del sistema, nosotros no vamos a desestimar su legado. Y por eso mismo somos críticos de este criollo de probado coraje. Saber que las personas son a veces contradictorias es también una base en el periodismo, para evitar maniqueísmos.

Las grietas

En la Argentina, el poder económico y el poder político, muchas veces en sintonía, ponen obstáculos al periodismo. Sin embargo, hay grietas. (Disculpen quienes nos siguen y nos consideran reiterativos). El régimen tiene sus fisuras y está en nuestra condición aprovecharlas.

Las grietas son importantes y permanentes, por eso no se justifica cierta resignación en cierta juventud.

El periodismo suele ser conservador del estado de cosas (con excepciones), por una serie de razones que sería largo enumerar, y entre ellas porque la comunidad no ha sido formada en la valoración adecuada de la libertad de prensa y de expresión y de la multiplicidad de voces en los medios masivos. De ahí que algunos hablan de la necesaria alfabetización en comunicación, a lo que añadiremos la necedidad de alfabetizarnos en tradiciones.

En muchos casos no hay periodismo sino una suerte de placebo, pero tampoco escuchamos un clamor por el periodismo.

Ante una suerte de conformismo en la sociedad, no falta un periodismo vigilante que controla que nada se salga de cauce. Entonces es común ver a algunos presentadores televisivos, por caso, hacer gestos o emitir opiniones sobre asuntos complejos que desconocen casi por completo, sorprendidos ante todo lo que les caiga un poco distinto de lo que ellos esperan, que, por supuesto, es más de lo mismo; todo lo que desafine en lo que ellos creen que es una sinfonía, o sea: el estado de cosas. Así, este supuesto periodismo, bastante aceptado, está más cerca de la gendarmería que del conocimiento.

Tomar distancia de las manifestaciones del poder sería un antídoto, y echar espaldas para el día que nos llamen paraguayistas, yerbócratas, porque firmamos un dato o una interpretación contra la corriente. Si los ejemplos sirven, veamos que quizá el virus, la vacuna, los científicos, la pandemia y el confinamiento merezcan, hoy día, una atención más desatada, en el mundo como en casa. Las mujeres y los hombres que celebramos la tradición como encarnando los cuadros de Molina Campos, podemos mirar los hechos y las declaraciones con la serenidad de la rueda de mate, y ese es un privilegio que tenemos los yerbócratas.

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