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Suplemento Aniversario UNO Entre Ríos 2021

La Entre Ríos del ascensor se resiste a ser patio trasero

Cómo diversos sectores, grupos y personas confluyen, a veces sin saberlo, en la región autónoma de los "yerbócratas" que no venden su identidad.

Viernes 12 de Noviembre de 2021

Uno de los poetas que mejor comprendió el espíritu de Entre Ríos, Jorge Enrique Martí, quien nos encontró “con esa actitud de vuelo/ del pájaro y del puñal,/ libre por toda señal”, había nacido en Rosario.

Antes que Martí, el gran Olegario Andrade, en el altar de la poesía nuestra, tenía cuna en Alegrete, Brasil, como el notable legislador y guerrero de su tiempo, Ricardo López Jordán, en Paysandú, Uruguay.

Son apenas ejemplos que abonan la tesis del chajariense César Pibernus sobre la preexistencia de una Entre Ríos no encerrada entre los ríos sino abierta, precisamente, con los ríos como puertas, como plazas de encuentro antes que fronteras, una condición que aflora de tanto en tanto.

No hay modo de entender a nuestro territorio con el mapa político: la cuenca nos expresa mejor. Tampoco lo entenderemos atados a un par de producciones y oficios clásicos, o un par de árboles, porque aquí manda la variedad en las obras humanas, como manda la biodiversidad en los humedales, el monte, las lomadas, los ríos y arroyos.

Aves sin fronteras

Compartimos con Paraguay, Brasil, Uruguay, las especies de la selva en galería de nuestras riberas, además de miles de años de historia en común; compartimos con Santa Fe, Córdoba, La Pampa, las especies de nuestro Espinal. Toda una franja amarilla de aromos y chañares pintaba la región de Corrientes a San Luis, hasta ayer nomás, y ahí están el ñandubay, el algarrobo, la palma caranday, tan de aquí. Hoy ya rojean los ceibos como una burla a las fronteras, cuando en las dos orillas del Paraná y las dos del Uruguay chiflan el zorzal, la tacuarita, el chororó y cientos así, celebrando la primavera y la vida.

Cuántas de nuestras arenas le debemos a Brasil, cuántos de nuestros suelos al desgaste de Los Andes. El viento y las lluvias han arrastrado los sedimentos en los que estamos parados y cultivamos nuestros alimentos. Y qué decir de los grupos humanos poblando por milenios este suelo, tras largas caminatas entre los montes, navegando los cursos de agua, sin fronteras.

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Cadena. Hay en el empresariado entrerriano una actitud sincera de encuentro, para el estudio de problemas comunes.

Cadena. Hay en el empresariado entrerriano una actitud sincera de encuentro, para el estudio de problemas comunes.

Compartimos con todo el Abya yala (América) algunas aves, no sólo porque las especies están extendidas y habitan aquí y allá, sino porque las bandadas vuelan de un extremo al otro, año tras año, comiendo en un lado, anidando en el otro, y hacen querencia y cada pueblo considera a esos prodigios como propios. Las aves nos curan en salud de chovinismos. Fue a comienzos de este año que la profesora Silvina Verón descubrió en Feliciano el añapero querequeté, un atajacaminos centroamericano. Y cuántos como él que podrían cantar con Facundo Cabral “no soy de aquí ni soy de allá” pero los sabemos hermanos del pago.

Aníbal Sampayo insistía con eso de que las aves comen de un lado del río y anidan en el otro, y Miguel Martínez llegaba a enojarse con unos versos de Claudio Martínez Payva que dicen “pa’ los amigos, la mano, pa’ los otros, el cuchillo”. Es decir: no son pocos los seres humanos y los ejemplares de otras especies vegetales y animales que nos dan lecciones diarias de apertura, de región, de cuenca.

Carlos Alberto Sors

¿Qué es Entre Ríos? Enjaular a nuestra región autónoma entre los ríos y llamarle provincia ya es forzado, una concesión innecesaria. Y lo mismo si la reducimos a productora de citrus, pollos y arroz.

¿No es la nuestra una región autónoma, que construye en el parque industrial de Paraná los ascensores hidráulicos inventados por el paranaense Carlos Alberto Sors? Ese solo dato vale para desatarnos de miradas simples. En una decena de países, gente de fama como Cristiano Ronaldo compra ascensores en Paraná. Toda una alegoría, si ascender en el fútbol (un logro de Patronato y otros equipos) como en tantas creencias da una idea de superación e integración al cosmos.

“Si me preguntan en que pagó yo nací, tan orgulloso de mi tierra como estoy, contesto ‘vengo de los pagos del gurí y las naranjas, ya sabrán de dónde soy’”, dice Juan Carlos Alsina, el “Gallina”. Y claro que es “Facilón de adivinar” el convite, con sólo esos datos, porque hay actividades clásicas en este siglo y pico, y palabras que nos pintan. Aquí no decimos changuito, no decimos en general pibe: decimos gurisa, gurí.

También es cierto que aquí se cultiva hoy la nuez pecán con gran suceso, el arándano con más promesa que otra cosa, y se cuentan por decenas los viñedos, en su regreso después de un siglo de exilio, para recuperar antiguos oficios.

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Clásicos. Para entender la región hay que hablar de naranja,d e pollo, pero no alcanza.

Clásicos. Para entender la región hay que hablar de naranja,d e pollo, pero no alcanza.

“Mate tomado sin apuro”, recuerda Alsina en su juego para contar la provincia sin nombrarla, y en verdad que, de todos los territorios del planeta, Entre Ríos y la República Oriental del Uruguay son los que más consumen yerba aunque no la producen. Tradición más viva que nunca. Es una cosa rara, y a la vez otro testimonio de la hermandad que nos viene del fondo de la historia, si en ambas márgenes del río Uruguay hallamos esas boleadoras milenarias, y registramos los mismos pueblos en las primeras páginas escritas sobre estos suelos.

La yerba nos recuerda la relación estrecha con la tierra, y con los demás habitantes de la amplia región, además de reunirnos en un plano superior para el conocimiento y la amistad. A eso lo sabemos las mujeres y los hombres de este territorio, y por ahí lo descuidan los organismos un tanto aislados, por coloniales, que se animan a prohibir el mate en los espacios del conocimiento, toda una torpeza.

Migraciones

Recordamos a un historiador que señalaba cómo llegaban a Gualeguay desde distintas latitudes “personas con sus respectivos esclavos”, es decir: personas con otra cosa que no eran personas… Eso, además de testimoniar cómo se cuela el racismo por todas las grietas, resume nuestra constitución social en base a migraciones cruzadas, por siglos y siglos.

La hasta ayer primera ciudad oriental, Soriano, nació en verdad en Entre Ríos, y es en sí misma una prueba del absurdo de la frontera, una fragmentación que jamás ha tenido (como decimos ahora) licencia social y que sólo aceptamos a regañadientes y bajo protesta, como una de las tantas violencias de los estados-nación, esas estructuras de diseño que los sectores de privilegio nos venden por “naturales”.

Soriano fue la sede del primer grito de independencia, en Asencio, en 1811, cuando de este lado del río se levantaban los gauchos con Bartolomé Zapata a la cabeza. Y también era considerada la primera ciudad del Uruguay, hasta que los estudios dijeron otra cosa: que fue una reducción chaná y charrúa al sur de Gualeguaychú, antes de pasar a la isla Vizcaíno y luego a la otra banda del río. No hay acento más entrerriano que el que uno encuentra hoy mismo en Soriano.

Ancestrales

Dice Alsina: “hijos que migran con el sueño de volver”, y aquí uno de los aspectos de nuestra idiosincrasia, por doloroso que sea, y que convierte en cultores de la nostalgia a tantas mujeres y tantos hombres de este suelo.

Pero el artista muestra aspectos sustanciales, sin por eso afirmar que somos todos, todas, de la misma manera. “Gente de fiarse, su gente”, asegura y eso tiene correlato con lo que salta a la vista. Hay mil testimonios de la honradez de las personas de este suelo, aquí o en el destierro, una condición que nos llega desde el fondo de la historia, por una ancestral relación con la palabra y con la vida comunitaria. Pero es obvio: a no todo el que venda un auto usado se lo compraremos cerrando los ojos, porque los vicios de la modernidad han hecho estragos acá también, cómo no.

La idiosincrasia no es una ni es para siempre. Un territorio recibe influencias diversas a través de los siglos. Guaraní, chaná timbú, charrúa, fueron muy distintos, aun conviviendo en una época. Y ese no es un defecto: hay que ver la facilidad conque se habla de naranjas en el nordeste, de organización de entidades intermedias en el sur, de pesca en el noroeste, de chamamé en Federal, de estilos en Maciá, de canción murguera y rock en Paraná o en Concepción.

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Felizmente, la tendencia a la uniformidad que imponen el estado-nación y el sistema actual, con menosprecio de todo lo que no calce en sus cánones, no logró aniquilar por completo las singularidades de cada zona. Esas singularidades eran las que pretendía defender la revolución federal, cuyo lema principal y casi excluyente fue y es la “soberanía particular de los pueblos”. En pleno siglo XXI reverdece esa conciencia en grupos, asambleas, pueblos ancestrales que se reencuentran y buscan tirar de la punta del ovillo, para ver qué sale. Incluso recuperando voces, una maravilla.

La autonomía, hay que admitirlo, cobrará vida cuando ciertos sectores logren revertir su formación colonial especializada, en compartimentos, y advertir que sus rubros se comprenden mejor dentro de la historia, el arte y la biodiversidad. ¿Se abrirán los empresarios un día a la ancestralidad? ¿O seguirán ajenos? No hay nadie que no tenga algo para recibir y algo para dar.

Son incontables las organizaciones, las personas, los ámbitos, en que se cultiva la variedad en especies, ideas o actividades, contra la tendencia nacional a la uniformidad y la dependencia que deja vastos territorios del país como zonas de sacrificio, como patios traseros de la metrópolis. Nadie puede atribuirse mayor conciencia que otros porque la resistencia se ejerce de las maneras más diferentes y a veces, es cierto, en forma un tanto aislada. Incluso conocemos grupos que estudian la repetición de privilegios en el país, en servicios o tarifas, como causa del desarrollo desparejo que tanto daño provoca, y del éxodo entrerriano, todo atribuible a la continuidad (discreta o descarada) del fatal colonialismo.

La misma colonialidad patriarcal que en tantos rubros ha mantenido a la mujer en un segundo plano. Beatriz Bosch contaba de los obstáculos que debió sortear para hacerse un lugar en el mundo macho de la historia, por caso. Y hay que decir que la mujer, aún menospreciada, supo tejer comunidades que al fin de cuentas son la mejor herencia.

Científicos

Todos los años nos encontramos con novedades sobre nuestra historia milenaria, a partir de investigadores de distintas latitudes, que nos ayudan a comprendernos.

Mariano Bonomo, Gustavo Politis, dos de los expertos que estudian decenas de montículos con restos de alfarería, sepulturas, vestigios varios, determinaron junto a otros colegas que nuestros pueblos presentes desde hace 2000 años en el delta no eran sólo cazadores, pescadores, recolectores sino además horticultores. Y recuperaron la hipótesis de que los alfareros orilleros podrían ser una derivación de la expansión meridional de los arawak, por caso, es decir: pueblos de Centroamérica emigrados al Amazonas y de allí al delta, siguiendo los cursos de la cuenca, como el querequeté.

María Agustina Ramos Van Rap ha destacado, con otros, ciertas características de los pueblos del delta entrerriano, principalmente, y aledaños. En algunos de los entierros hallados en estos sitios -dice sobre la cultura Goya Malabrigo- “se destaca el empleo de pigmento rojizo para pintar huesos, así como también la exposición al fuego de algunos elementos óseos; además, se ha reportado la presencia de ajuar funerario”.

También la presencia de afroamericanos ha sido mejor estudiada en estos años.

Julio Djenderedjian logró datos reveladores de la presencia de esclavizados en estancias entrerrianas, sus ventajas y desventajas (para el propietario) en relación con los peones, y las relaciones de los dueños con sus súbditos, particularmente en extensiones de los García de Zúñiga. Incluso observó la rigidez de un plantel de esclavizados en comparación con la elasticidad de un plantel de peones, favorable ante las contingencias climáticas y políticas.

En cualquier caso, los estudios ayudan a entender también la fuerte influencia africana en la región, y la salsa en que se prepararía, ya empezado el siglo XX, la explosión de sindicatos obreros que aquí plantaron bandera antes de sucumbir a la burocracia.

Si algo caracteriza a la Entre Ríos de hoy es la coincidencia de vastos sectores en torno del ambiente. Asambleas, y también empresarios, dirigentes, gobiernos, sindicatos, intelectuales. Claro: se hizo visible el deterioro de la biodiversidad pero por ahora discuten los modos de revertirlo.

Por el ambiente

Hay en todas las disciplinas estudios que colaboran con la comprensión general, incluso con aportes periodísticos. Producción, industria, literatura, historia, arquitectura, ecología, en fin.

Tal vez la contribución de las asambleas y los demás grupos con visión ecológica no esté reconocida aún, pero a ellos debemos las advertencias sobre el estado del suelo, el monte, los humedales, la red fluvial; sobre las actividades riesgosas para la salud de la biodiversidad y en ella el ser humano, la contaminación, el fracking, las sustancias químicas usadas en la producción, la explotación minera, dentro del territorio provincial. Lo mismo que la mirada de cuenca, integral, que nos sana del mal de los compartimentos estancos, y del endiosamiento de un tipo de conocimiento para invisibilizar o menospreciar los demás; vicios modernos, coloniales.

La extracción de arenas en este lustro ha sufrido un sacudón con la venta al sur para el uso en la explotación petrolera por fractura hidráulica.

Entre Ríos se convirtió, desde hace un par de años, en un punto de encuentro de estudiosos sobre economía y ecología en relación al río Paraná y la hidrovía. Colocar el transporte fluvial sobre la mesa es un logro comparable a lo que Paraná alcanzó hace dos décadas, cuando lideró la conciencia contra los represamientos en ríos de llanura y frenó el complejo hidroeléctrico de Paraná Medio.

Los desarrollos tecnológicos y logísticos en producción, industria, comercio exterior, impresionan, y el estado no siempre se presenta a la altura de las circunstancias, sobre todo en una pandemia que todo lo demora y confunde.

Pueblo Tagüé

Un gran problema de esta provincia, y no exclusivo, radica en la aparente fragmentación. Se nota en las ferias de colectividades, donde cada cual evoca sus alimentos, bebidas, modos, ritmos, danzas. Pero eso que parece una juntada de distintas culturas puede ser en realidad una exhibición de fibras diversas de nuestra comunidad que, en el día a día, está integrada. Cuando logramos escapar de la mirada colonial que nos habla de historia y prehistoria, de humanidad con escritura y sin escritura (para poner de relieve lo foráneo), entonces podemos apreciar que la entrerrianía es fruto de miles de años de historia aquí. Y donde lo más antiguo viene en tradiciones, voces, costumbres, anhelos colectivos, y se hace más visible a manera de resistencia ante las tendencias modernas.

La recuperación de familias ancestrales colabora con esa conciencia. Sin embargo, por ahora la sociedad formada en las estructuras occidentales eurocentradas, dependientes del humor de Buenos Aires, no logra reconocerse en esa línea milenaria y festeja con mayor fluidez los centenarios. Es una distorsión. Apenas advirtamos que nuestra historia es una desde el fondo de los tiempos en este territorio, como suele repetir el profesor Juanjo Rossi, veremos que esta sociedad de hoy es producto (somos producto) de las comunidades ancestrales y no algo lejano o separado. Esa es una delicada tarea que tienen las actuales y futuras generaciones en la medida que logren quitarse de encima la manota con apariencia paternal del colonialismo.

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Desde esta perspectiva podría pensarse en el pueblo tagüé, que es entrerriano, panzaverde, del litoral, pero además guarda usos y costumbres y conciencia ancestrales, con algo de charrúa, guaraní, chaná y de otros pueblos, algo de gaucho, de criollo, de gringo con sus distintas variantes en cada caso.

Esta noción no entra fácil en las estructuras del sistema (estados, partidos, sindicatos, corporaciones, colegios, medios masivos, universidades), pero se cultiva en asambleas, centros de estudios, barrios, grupos diversos, fiestas, encuentros de arte, donde no se necesita el aval de Europa o de Buenos Aires para estar.

Y sin embargo, conocemos en las universidades decenas de investigadores que colaboran con el conocimiento del entorno, unos sobre los mamíferos, otros sobre algunos de esos mamíferos como los murciélagos, otros sobre árboles, peces, aves, ranas, insectos, suelos, música; sobre los guisos, busecas, estofados, empanadas, purés, pastas que preparan mujeres y hombres con ancestros en Italia, España, Francia, Siria, Alemania, Rusia, naciones de África, en fin, o abuelas en estos montes. En estos años, con el agregado de una fuerte inmigración de familias chinas que se van incorporando felizmente a través del comercio.

Evitamos nombrar, para no ser injustos, pero cuánto les debemos a los centros de estudios, las universidades, el Conicet. Hace poco nos enteramos de dos bagrecitos que no estaban registrados en la Argentina, hallados en los arroyos Perucho, Ñancay y Mármol. También supimos de fósiles de la selva en las arenas del palmar, y de poblaciones actuales de tucu tucu oriental (Ctenomys rionegrensis, por Río Negro, Uruguay) en el sur y el este del territorio entrerriano.

Hay novedades a diario que nos definen, como la singularidad de los sanitarios del anfiteatro Santángelo en el Parque Urquiza de Paraná, revestidos de ostras marinas sacadas de las barrancas del río, ahí nomás, una idea excelente que continúa la línea que aplicó aquí el visionario Carlos Thays, al que le debemos tanto como a Herminio Juan Quirós en la otra costa. Y pensar que un bello pueblito nuestro del norte que podría llamarse Quirós se llama Los Conquistadores en homenaje a la invasión y el saqueo. El tiempo que dura esa afrenta es la prueba más clara de la raigambre de la colonialidad mental, de la que no estamos libres.

Eslabones de una cadena

Hay en el empresariado entrerriano una actitud sincera de encuentro para aportar a la economía regional, lo hemos visto y escuchado en diversas entidades, como el Consejo Empresario Entrerriano o la Corporación del Desarrollo de Gualeguaychú, sólo por apuntar dos casos de muchos, y que involucran a decenas de organizaciones de la industria, el comercio, la producción, los servicios. Hemos leído documentos que demandaron hondos estudios, y propuestas sobre el uso cuidadoso de los espacios o sobre la mejora de los caminos para permitir el arraigo y la producción.

La diversidad de rubros es por ahora compatible con la biodiversidad y sería sin dudas posible, como es imprescindible, alcanzar consensos para que la vida de unos no moleste la vida de otros.

La fragmentación actual de colegios, corporaciones, sindicatos, asambleas, no equivale a división total porque se pueden observar articulaciones, pero Entre Ríos no escapa a la tendencia moderna a ver la posición del otro como una declaración de guerra. Nuestros pueblos ancestrales y vigentes sostienen, en cambio, que en la vida comunitaria, “cuando uno gana y el otro pierde, ambos pierden”. De ahí que procuran el diálogo y echan mano para eso a símbolos venerables que dan a los encuentros un grado de conciencia que facilita la comprensión y obliga a cumplir la palabra.

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En Paraná se está dando una disputa que parece pequeña pero es inestimable para el estudio: la Tribu del Salto ha logrado preservar dos hectáreas de montes en pleno centro, las ha salvado de basurales y tala rasa, y el parque Berduc intenta ampliar la pista de atletismo hacia la barranca, con obvias intenciones deportivas. Ya intervienen defensores del pueblo, biólogos de áreas naturales protegidas, docentes. ¿No es un punto para poner en práctica las aptitudes comunitarias y lograr un consenso? Si todos/todas estamos de acuerdo con preservar los relictos del monte, cuidar los árboles uno a uno, evitar la contaminación y la invasión, y al mismo tiempo pensamos que el deporte es salud, seguramente se hallará el modo de cumplir con los dos principios y celebrar. Esto puede lograrse, estimamos, sólo si superamos el vicio moderno de la imposición y el antropocentrismo que nos van llevando al estado actual de decadencia. Cuando días atrás vimos a un grupo de jóvenes encendiendo un tataypy, un fogoncito, punto de confluencia de las energías cósmicas en la barranca para inclinarse ante los ciclos de la naturaleza, pensamos con satisfacción que los saberes fluyen y cruzan fronteras geográficas y temporales, si allí soplan los guaraníes, charrúas, chanás, quechua aymaras, y también los criollos y gringos, desde que Romildo Risso resumió en pocos versos la filosofía de este suelo (y recordamos a Atahualpa Yupanqui recitándolos acá): “Si hay leña cáida en el monte/ yo no vya voltear un árbol,/ po’el aire no puedo dir,/ de no, ni pisaba el pasto”. Mínima invasión. Conciencia antigua que da respuestas a problemas de hoy.

El juego y el deporte son aquí un legado milenario, desde que los guaraní practicaban el fútbol bajo el nombre manga ñembosarái, mucho antes de que lo hicieran en Europa; y la preservación de la naturaleza es un principio antiguo, que se mostró a pleno de manera más reciente en la explosión asamblearia en defensa del río Paraná y contra el represamiento, hace dos décadas, tras lo cual nacieron decenas de asambleas en distintos puntos de la provincia y el país.

Hoy mismo, cuando los gobiernos cultivan la idea de canjear deuda externa por acción climática (y al mismo tiempo promueven semillas transgénicas, siembras con insecticidas y herbicidas, fracking, etc), desde Paraná se levantan voces para advertir que ese canje pondrá precio a la naturaleza y ese es un riesgo con derivaciones impredecibles. Nuevamente las y los panzaverdes encienden la luz amarilla, forjando otro eslabón de la cadena de antiguos saberes y luchas.

De unidad y deudas

Hemos repetido el nombre de Juan Carlos Alsina, el Gallina, porque ese artista es como un ancla para la entrerrianía y no la única, claro. Cuando lo escuchamos a él interpretando el chamamecito que le pertenece junto a Abelardo Dimotta, “Muriaga”, pensamos que es allí donde florece el pago, con humor desatado, sobre un personaje que seguramente haya sido el más humilde del pueblo, quién sabe, y sin más pretensiones que cantar, contar, conocer el terruño a través de sus frutos. Los más diferentes podemos caer rendidos al chamamé del Gallina. Y así hay símbolos, recuerdos, personas, voces, aves, colores, ríos, que dicen algo y dicen todo en el continente.

Las comunidades del Abya yala (América) guardan una tendencia a reconocerse en el continente, a celebrar la unidad. El concepto de patria grande es un símbolo y por eso allí confluyen grupos y personas de diversas trayectorias.

Hasta ayer nomás hablábamos de una Latinoamérica y el caribe en unidad, pero al pronunciar el nombre Abya yala estamos incluyendo a todas las personas y comunidades del continente, sin echar a nadie, y con la sola excepción de aquellos grupos que adhieren a sistemas imperiales, colonialistas o racistas.

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Región. Los seres humanos y otras especies animales y vegetales nos dan lecciones de apertura, de cuenca.

Región. Los seres humanos y otras especies animales y vegetales nos dan lecciones de apertura, de cuenca.

Así las cosas, personas sin poder político o económico en los Estados Unidos pueden ser más hondamente del Abya yala que algunos grupos del sur atornillados a sus privilegios.

Entre los pueblos, hay personas de unas comunidad antigua y viva que, como diría Alsina, “hasta la propia camisa le dan en un apurón”, y si usted anda de visita “se siente dueño de casa, como un rey, créame, lo pasa, aunque usted sea usted nomás”. Con esa sencillez expresa un villaguayense el corazón de este pueblo, sea en el campo o en la ciudad, sea en el tambo, el taller, la oficina, el aula o el consultorio.

Vemos aquí una fisonomía con condiciones propias, y también problemas compartidos con el resto de las provincias, y los estados nacionales vecinos. Por eso, a manera de introducción a un panorama regional, conviene no ignorar esas facetas.

Nuestra provincia, por caso, celebra la diversidad y la biodiversidad, y eso ocurre en otras regiones vecinas que pelean con el sistema pero no han sucumbido. También padece una deuda estatal, y un déficit en su Caja de Jubilaciones, y además comparte con el resto de las provincias el endeudamiento en moneda extranjera y la situación de pobreza de miles de personas mayores de edad. Es decir: si nos enamoramos de la flor del espinillo, del ceibo, de los trinos en el amanecer, eso no equivale a ignorar que el capital financiero se ha adueñado de mucho y pretende más. Una cosa no quita la otra.

Vale aquí apuntar que grupos de historiadores, antropólogos, artistas, cooperativistas, docentes, periodistas, trabajadores, en fin, hace años ya que adoptaron el nombre Abya yala para este continente en nuestra provincia. Les bastó poner oídos a las manifestaciones múltiples de pueblos ancestrales que no aceptan que el nombre del suelo sea puesto por imperios invasores desde otros continentes. Otra expresión compartida, por la emancipación.

La pobreza aqueja a nuestras poblaciones, algunas de ellas en el tope de las necesidades insatisfechas en comparación con sus pares del resto del país. Hay que decirlo, porque nuestros rostros no son distintos de los demás rostros argentinos.

Yerbócratas

Cuando decimos que la Argentina tiene una deuda histórica con los haitianos y las haitianas, por su sacrificio en la lucha inicial por la independencia y contra el racismo y la esclavización, conviene señalar que la Argentina no es una entelequia, es decir: el pueblo entrerriano, el pueblo salteño, el pueblo fueguino, tenemos una deuda histórica con Haití. ¿Por qué lo marcamos? Porque una expresión del colonialismo interno radica en dejar para las provincias asuntos domésticos, y desvincularlas de cuestiones profundas del país. Y esa es una concesión gratuita que se hace al centralismo más altanero.

La profusa relación de los pueblos de las provincias, en el intercambio comercial y cultural, es escasa o superficial en las esferas gubernamentales y otros factores de poder, más pendientes de las calles del AMBA, o con atenciones coladas por el AMBA, como ocurre en los medios masivos de mayor alcance que concentran el dinero de todo el país; pero aquella dinámica social del interior interconectado se ve frenada, sin dudas, por los ámbitos de poder que la tratan con indiferencia o la distorsionan.

A eso lo sufre Entre Ríos, cuyas conexiones públicas con el Chaco, Santiago del Estero, Mendoza o Córdoba, aparecen mediadas por la heredera del sistema colonial: Buenos Aires. Y confesarlo en esta provincia que guarda en su esencia un grito de autonomía es reconocer una deuda.

Esa estructura colonial también se nota en la poco abonada vinculación de Entre Ríos con estados similares de Brasil, Paraguay, Bolivia, Chile, Uruguay, cuando en ámbitos del arte y otros saberes el diálogo suele fluir.

Alguna vez el poder concentrado colonial llamó yerbócratas a las personas que defendían al Paraguay del genocidio. Cuando nosotros y nosotras hagamos de ese insulto una identidad, cuando nos llamemos yerbócratas a mucha honra, podremos emanciparnos y recuperar la vida comunitaria en este paisaje que nos seduce, porque, como dice el poeta, uno se siente “mejor muerto en Entre Ríos que vivo en el paraíso”.

Suplemento Aniversario UNO Entre Ríos 2021

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