Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

La promesa

Al subir la planchada de ese barco que lo traería a la Argentina, lo desgarró dejar la tierra donde habían quedado los huesos de su padre, quien había muerto demasiado joven y lo había dejado añorándolo desde los 13 años.

Estaba con la garganta ahogada en un llanto que se negaba a emerger, en la explanada de la nave Santa Cruz. Había vivido momentos de angustia y ansiedad desde que su madre había decidido que una tierra prometida siempre sería mejor que quedarse a padecer el hambre o sobrevivir a otra guerra.
Su familia había vendido muchas cosas para comprar esos cinco pasajes y habían dejado lo poco que les quedaba. Luego lo sabría.
Días antes del embarco les habían advertido que dos de ellos tenían conjuntivitis y que no podrían subir al buque. Su madre había tomado medidas drásticas para no perder esos billetes y ahora sus hermanos tenían los ojos aliviados por las lavativas con infusión de manzanilla y sello de oro. Él y su hermano mayor no habían esperado el efecto sanador de la receta casera y, dos días antes, habían empeorado las cosas echándose en los ojos zumo de limón. Cuando los revisaron para sellarles el permiso de embarco los mandaron a la cuarentena y todo fue desesperación y llantos.
Pero ese 7 de mayo, por esas cosas atribuibles al destino o al altísimo, tenía en la mano la papeleta de la Italia Societá Anónima di Navegazione que indicaba la litera 63 de la tercera clase y 18 años adultos a fuerza de trabajar la tierra desde los 9. Mientras el puerto de Napoli se hacía cada vez más pequeño y el barco comenzaba a surcar el Mediterráneo divisó la pequeña silueta de su madre y notó, por primera vez, que la talla no condescendía con la fortaleza del carácter. Con sus 36 años, ella vestía riguroso luto y estaba decidida a alejar a sus cuatro hijos de esa patria devastada por la locura de los hombres, alcanzar a sus hermanos ya afincados en un terruño rodeado de ríos que pintaba prometedor, según relataban las cartas, y a empezar de nuevo.
Pero al llegar todo fue distinto; el clima, el idioma, la comida, las costumbres, incluso su familia, que se fue desdibujando como las letras de esas cartas que ya empezaban a volverse sepia. A ella se le enmudeció el alma para no entristecer a sus hijos y vivió como una viuda otros 36 años.
Nada fue fácil al llegar, ni la adaptación propia ni la aceptación ajena. Giuseppe campeó todas las batallas haciendo lo que mejor sabía –trabajar– porque había sido educado en la férrea Italia fascista. Cuando cursaba tercer grado de la primaria y sabía resolver problemas complejos de matemáticas tuvo que dejar de estudiar para responder al mandato ancestral de ser un contadino y ayudar a su padre y a sus tíos a cultivar la tierra. Se levantaba al alba y caminaba por las montañas tres horas hasta llegar a una finca que era un vergel de vides, olivares y más árboles frutales, con animales de pastoreo. Luego de la jornada laboral, que coincidía con las horas de luz, volvían a ese caserío entre las colinas, serpenteado por un río que -aún hoy- es Gualtieri Sicaminó, en la provincia de Messina, donde todos trabajaban sin descanso para il duca, un terrateniente con título de nobleza que era dueño de casi todo, porque lo demás era de la Iglesia.
A pesar de la pobreza y de ser una fuerza laboral prematura, Él se las ingenió para tener una infancia de juegos, con su hermano mayor y los amigos cosechados en las callejas del cuartiere, con juguetes caseros hechos de tarros y maderas, o trepado a las ramas de los árboles, esos excelentes caballos que se revelan sólo a los niños de imaginación plena. Y después estaba Alberto, un mirlo negro y brilloso que lo acompañaba volando a baja altura o posado en su hombro en las escaladas a través de las colinas.
Él podía injertar una viña, zapar los terrones de tierra más duros o trepar la conífera más alta y volver con las ganas suficientes para su lección de música, en la banda que ensayaba para la fiesta de San Nicola di Bari, el patrono del pueblo, donde aún hoy se queman los mejores fuegos artificiales de Sicilia.
Pero después vino la guerra y la poca felicidad se diluyó en desesperanza y "ratatás" de metrallas. La vida austera se volvió paupérrima y sumó la angustia de ver marchar a los hombres adultos de la familia al frente de batalla. Él tomó el lugar de su padre en el yugo, junto a su mamma y sus fratelli, y pelearon otra guerra.
A pesar de todo, al subir la planchada de ese barco que lo traería a la Argentina, lo desgarró dejar la tierra donde habían quedado los huesos de su padre, quien había muerto demasiado joven y lo había dejado añorándolo desde los 13 años.
Es que, tras el armisticio, las cosas nunca mejoraron lo suficiente. Las familias estaban tan arrasadas como las campiñas. En todas las casas colgaban pendones azabaches que lloraban en silencio las vidas perdidas. Las mujeres vestían de negro bajo el impiadoso sol del agosto mediterráneo. Madres, hijas, esposas, hermanas, prometidas, volvían la vista hacia la vía principale con la esperanza de ver llegar a un caminante con un morral y paso quedo. Cuando el milagro ocurría, se corría la voz, y de las casas salían como hormigas para recibir al sobreviviente, que llegaba con los pies en carne viva y la cabeza anidada de piojos voraces, que eran peor que el hambre; con la esperanza de que trajese noticias de algún pariente que hubiese quedado mal herido, olvidado en un hospital.
Y, a pesar de la esperanza de ese retorno y de promesa de vida eterna que les vendían junto a un crucifijo, la guerra se había llevado también las almas y la razón. Los soldados volvieron mutilados; unos de cuerpo, otros de alma, muchos en cuerpo y alma. Los vieron enloquecer, llorar como niños tapándose los oídos, deambular con los ojos vacíos junto al río. Algunos eligieron irse para siempre.
Ahora, en el ritmo pendular de la cubierta y el salitre del aire marino agrietando sus labios, su boca fina añoraba el dulzor de los higos maduros que recogía con su padre en las tardes de estío o, cuando al caer el sol, apretaba el paso hacia el salón parroquial donde aprendía a leer y ejecutar la música.
La banda del pueblo lo tenía como uno de sus metales. El instrumento era demasiado voluminoso para su cuerpecito pero él marchaba en procesión, con muy poca humildad, detrás del santo moro. Con esos camaradas tuvo su primera borrachera, a los once, y testimonió la hazaña en la pared de la cantina, en la planta baja de su casa de tres plantas, en Misericordia, escribió: Ubriaco... Y la música, una de las pocas cosas que trajo a este país, lo acompañó en el barco y después, en la vida, porque tocar el trombón fue su arte y también fue su oficio.

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Ese comienzo duro lo fraguó para siempre. Él podía desempeñar cuatro oficios diferentes en un día. Se levantaba tempranísimo a cultivar la huerta para vender verduras; era zapatero de mañana, a la siesta albañil y, a la tarde, músico de la banda de la Policía de Entre Ríos. Inquebrantable pilar de ese nuevo hogar argentino en el que su madre y sus hermanos se abrieron camino.
Después conoció a la mujer que sería su compañera durante más de 50 años. Sus ojos de un color indefinido entre el verde y el gris cautivaron a esa nativa en un baile de club de barrio.
Ella siempre cuenta que Él, después de esa noche, le hacía la pasada en bicicleta. Pedaleaba por calle Villaguay con las bocamangas de los pantalones achupinadas con un broche de la ropa –a la usanza de la época– doblaba en 9 de Julio, bajaba hasta Feliciano y subía por Belgrano para enfilar de nuevo por su calle y chocar con sus ojos oscuros, asomados al portón de chapa.
El encuentro social se repitió en la Friulana, donde charlaron largo y acordaron un reencuentro en la plaza Sáenz Peña, en la tarde del domingo. Llegada la hora ella dudó. Pero una tía, de esas Celestinas que nunca faltan, la acompañó casi a empellones. Él no estaba.
Humillada por el plantón, ella ya se volvía cuando lo vio llegar corriendo, muy acalorado. Había ido a tomar agua del bebedero, como era y fue siempre su costumbre cuando encontraba una fuente de agua fresca.
El desencuentro que casi cuesta una descendencia completa fue una anécdota familiar de esas repetidas con ciertos matices entre ruidos de cubiertos y "chinchines" de vasos de vidrio grueso; primero en la casita de calle Libertad, levantada ladrillo por ladrillo por esas manos perseverantes, y más tarde en la casa donde crecerían sus dos hijas.
Él la llamaba "Negra", Ella "Gringo", o "Tanito castigador", un apodo rebuscado de la novela "Nino", una de las tantas que se vieron en la casa con el primer televisor blanco y negro, y en la que Enzo Viena personificaba a un joven y tierno inmigrante italiano, como Él.
No podía imaginar –aquel ragazzo– entrando al océano Atlántico a través del estrecho de Gibraltar, lo que vendría después. Los primeros días en esa nave fueron un infierno de lloriqueos, vómitos y mareos. Solo cuando los paisanos de la tercera clase se juntaban en cubierta, a jugar a las cartas o cantar canzonette, se perdía la monotonía y se podía respirar aire puro. La comida, así como entraba, salía. Cuando llegaron a la primera escala, en el puerto Las Palmas, en la Gran Canaria, estaban tan amarillos como chinos.
A veces miraba las olas romper en la proa y, en la espuma, rememoraba la cascada de Cataolo, camino a Baffía donde al agua era tan helada que entraba como miles de alfileres en la carne. Recordaba el invierno que tuvieron medias para abrigarse los pies, después de mucho tiempo, porque su padre se las había intercambiado a los camaradas de armas que no podían vivir sin cigarrillos. Pero al cruzar la línea del Ecuador, el calor fue tan espeso que disipó el recuerdo de esos fríos inviernos, y la tripulación hizo una fiesta que los pasajeros compartieron con decenas de entusiastas delfines que bailaron a babor y a estribor durante días.
Cuando la nave llegó a América tocó el primer puerto en Río de Janeiro, donde Giuseppe decidió que nunca, pero nunca en la vida, le gustarían las bananas. En la escala, y gracias a la interferencia idiomática, les habían vendido plátanos verdes que terminaron en el mar. Media vida más tarde volvió a encontrar frutas dignas en Mendoza, lugar al que volvió una y otra vez porque le recordaba a su Sicilia Meravigliosa y de donde traía, cada marzo, un camión lleno de cajones de uvas para trapicharlas y hacer su vino. Hundía las manos en el mosto hasta que los dedos le quedaban tintos y sus cansados setenta años reían y volvían a ser felices.
Luego de casi un mes de travesía llegaron al puerto de Buenos Aires y, en tren, a Santa Fe. Después abordaron una balsa porque, después de todo, habían dejado una isla para venir a vivir a otra. Pisó tierra en un lugar de canteras, donde había empezado la historia de la ciudad que lo albergaría.
Se radicó en una pequeña finca en la zona oeste de la ciudad donde la urbanización todavía era precaria y proliferaban las arboledas, las quintas y los bañados. En la dureza de los comienzos hallaba consuelo en algún dialecto coterráneo oído de boca de algún paesano como él. Y se fueron forjando amistades, agrandando la familia y achicando las soledades.

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Pasaron los años y se hizo cada vez más argentino; aprendió a amar a su tierra adoptiva, a querer su geografía, a disfrutar su folclore, a palpitar la pasión xeneixe, a hacer los asados más ricos del mundo y a sufrir con los avatares de esa segunda patria que no tenía paz y se parecía –en tanto y en nada– a la que había dejado. Sin embargo su corazón seguía pintado en tricolor, porque tenía lugar para todo y sufría la nostalgia crónica y callada de los desarraigados.
Pasó años juntando ganas y dinero para volver a Italia. Lo hizo por primera vez en 1979, más de 30 años después de aquel ruinoso embarco en Napoli. Y siguió yendo hasta que la salud le puso freno de mano. Mantuvo un negocio de zapatería durante más de tres décadas. Fue uno de los oficios que aprendió de este lado del océano, de un maestro italiano de apellido Capotosti. Y como era su costumbre fue uno de los mejores.
Aplicado, prolijo, responsable. Hendía la media suela con la trincheta y la cosía con hilo encerado en mocasines y slacks legítimos que se volvían eternos. Cuando estuvo seguro de su arte puso su propio taller, en un sucucho de calle Victoria, donde desandaba las horas cosiendo, clavando, pegando, en el sopor de la siesta, con la puerta abierta y el vaho de tintas y cemento. Forraba stilettos con telas que hacían juego con vestidos de gross de seda, hacía botas de patín y adaptaba zapatos ortopédicos.
El "boca en boca" sobre sus habilidades atrajo a la clientela que se fue amontonando como las cajas de zapatos para vender, y así nació un negocio de zapatería al que le dejó el alma, como a cada cosa que hizo.
Pero, después de tres décadas de honesto mestiere, la crisis de 2001 y los federales lo obligaron a bajar la persiana. Fue un duelo que terminó con una brazada de mimbres que se puso a tejer con técnicas aprendidas de su babbo Francesco cuando era apenas un piccirillo de 10 años. Y, a los setenta y pico, se inventó un nuevo oficio. Juntaba una producción de canastos, porta termos y panarines, la cargaba en el auto y, con su compañera y el mate, salía a venderlos por Entre Ríos o –si pintaba– por Córdoba.
No podía estar mucho tiempo ocioso. En sus momentos de descanso laboral siempre tenía algo para hacer: podar la parra, hacer conservas o asar cientos de braccioli para una cena en la Sociedad Italiana, esa institución que amó, y cuyo colegio lo tuvo como uno de sus fundadores. Sin pudores se paseaba por el salón del subsuelo, en calle San Martín, con el delantal manchado de aceite de oliva y salsa, con la bandeja llena de pasta y sus audaces dotes de tenor entonando Oh Sole Mio o Santa Lucía, mientras todos comían y se reían de su histrionismo.
Ese muchacho triste, que a los 18 años cruzó el océano con su corazón partido, hizo que el dolor valiese la pena. Tuvo una vida rica y honesta tal cual la savia de sus injertos. La vejez lo volvió flexible, cálido y contenedor, como sus canastos de mimbre. Hace dos años un médico firmó un certificado de defunción con su nombre, pero antes de que su sangre italiana dejara de correr por sus estropeadas venas, vio los rostros de mamma Rosa y babbo Francesco en la planchada de un barco igualito al Santa Cruz, pero sin color, y le tendían los brazos. Las olas que golpeaban suaves en el muelle lo batían a estribor con movimientos ascendentes y descendentes, acompasados a su pecho. No había luz entre los centenarios árboles de aquel prolijo parque que olía a muerte y a desinfectante y, antes de abordar, su hija menor le hizo una promesa.

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