La máquina de hacer tallarines y la valentía de radaristas de Malvinas

El ingenio argentino hizo posible lo imposible en Malvinas. Cómo se pensó un dispositivo para perturbar y apartar los misiles guiados por radar
2 de abril 2022 · 09:11hs

El protagonismo de una máquina de hacer fideos, los radaristas y el diseño de un dispositivo para poder cortar la señal a distancia, una muestra de cómo las Fuerzas Armadas argentinas tuvieron que desarrollar su ingenio para acortar la gran diferencia tecnológica que les separaba de las tropas británicas. Varias historias se desenredan durante la Guerra de las Malvinas. La de la máquina de hacer tallarines es una. Para defender un avión de los misiles, las aeronaves propagan una nube de pequeñas y delgadas piezas de aluminio, fibra de vidrio metalizada o plástico metalizado, que se denominan “chaff”, y que consiguen perturbar y apartar los misiles guiados por radar de su objetivo.

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Los bombarderos argentinos Canberra, fabricados en Inglaterra, no contaban con esas defensas o señuelos antirradar, tan necesarios para confundir los sistemas de guiado de los misiles ingleses. Pero en la imaginación de los mandos de la Base Aérea en Trelew, donde se encontraban desplegados ocho de los Canberra, ya estaba madurando una idea.

Todo comenzó por iniciativa del propio jefe de tripulantes de los bombarderos Canberra, quien tenía conocimientos y la imprescindible bibliografía para calcular las dimensiones y el volumen de los chaff, según el tipo de misil a neutralizar.

Luego, 20 días antes del inicio de las hostilidades, la Jefatura de Inteligencia proporcionó la frecuencia de emisión de los radares que utilizaban las fragatas misilísticas y la Armada, la correspondiente al control de tiro del Sea Dart, el Marconi 909, y los valores magnéticos e infrarrojos de la cabeza del misil. De esa manera, se determinó la longitud que debían tener las delgadas laminillas, el problema era cómo fabricarlas.

Con todos estos datos, en la II Brigada se formó un equipo encargado de planificar y desarrollar el equipamiento de chaff y bengalas para sus aviones Canberra y Lear Jet.

El jefe del escuadrón Técnico de la Base Aérea Militar Trelew, mayor Fernando Rezoagli regresó a Paraná para desarrollar el sistema y, en un relato personal, cuenta cómo convocó a su casa a los compañeros del colegio Secundario del hijo y les entregó un rollo de papel aluminio y tijeras. Durante horas cortaron tiritas hasta reunir un considerable volumen, que no alcanzó, por lo que debió buscar otra forma más rápida y eficiente. Entonces observaron que las laminillas tenían el ancho de un tallarín.

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La cortadora de “tallarines”

Un día, el sorprendido personal de la fábrica de pastas Vía Nápoli de la ciudad de Paraná vio llegar a varios hombres de la unidad con rollos de papel aluminio… y su máquina cortadora fue la encargada de realizar la primera prueba.

Tras el éxito, se comenzó a trabajar a destajo con una cortadora de tallarines que fue facilitada a la unidad. Mientras tanto también se trabajaba en el diseño de los lanzadores de los “chaff” y en la preparación de bengalas.

Para los lanzadores se utilizaron los cartuchos de arranque de los aviones. En los cartuchos se colocaba primero la bengala con un paracaídas, luego se rellenaba con las tiras de aluminio y finalmente una tapa plástica.

Afianzado el método y el sistema de lanzamiento, los Canberra ya estaban preparados para realizar misiones.

Los aviones realizaron 35 vuelos, 25 de ellos durante la noche contra tropas de tierra. Se perdieron dos aviones: uno fue derribado el 1° de mayo de 1982 por un Sea Harrier y el otro el 13 de junio por un misil Sea Dart lanzado por el HMS Exeter.

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Los únicos dos aviones Canberra derribados fueron los que no pudieron lanzar los “chaff” fabricados por la “tallarinera”. Hoy, según pudo constatar UNO la máquina de hacer tallarines se encuentra expuesta en la Sala Histórica de la II Brigada Aérea.

En el radar de la historia

José Barrios es uno de los radaristas que participaron en la guerra de Malvinas. Guió aviones contra los buques enemigos, alertó a la defensa antiaérea, controló a los cazas argentinos en los combates con los Harrier y también fue utilizado para localizar la flota y sus portaaeronaves. Se debate en miles de anécdotas y se enorgullece del ingenio argentino. Los mismos ingleses se lo reconocían, aún cuando ya se habían rendido. Junto a su grupo y en medio del conflicto diseñaron un dispositivo para poder cortar la señal a distancia. Estuvo en muchas ocasiones cara a cara con la muerte, pasó hambre, también frío y con el correr de los días el cansancio se apoderaba de su cuerpo, sintió miedo, se hizo valiente y en medio de ese caos de fuegos enemigos en la noche, de estrategias, de vigilancia sigilosa, un sólo pensamiento y objetivo lo asaltaba: el punto era sobrevivir, sus padres y sus tres hijos pequeños lo esperaban.

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Durante el conflicto de Malvinas la Fuerza Aérea Argentina formó parte del grupo que desplegó y operó en las islas un radar TPS-43 para realizar el control de todas las operaciones aéreas. No sabía que partía hacia las islas Malvinas. Tampoco que iba hacia una guerra segura.

En los últimos días de marzo se le comunicó que serían trasladados a Gobernador Gregores, en el centro de Santa Cruz. “Un radar ya había en Río Gallegos. Se llevaron otros a las islas Malvinas, a Trelew y a Comodoro Rivadavia. Estos radares tenían un alcance de 400 kilómetros, en el año 1982 era lo más avanzado que había, se fabricaban en Estados Unidos. Estaban en Merlo (provincia de Buenos Aires), ahí hay una base bajo tierra. Los primeros mecánicos de radar viajaron hasta Estados Unidos para capacitarse y de ahí sacaron los planos.

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La entrevista se realizó en la Sala Histórica de la II Brigada Aérea Brigadier Ricardo Solá Claret. El nombre de la sala recuerda al brigadier Ricardo Solá Claret, quien falleció el 4 de mayo de 1961 en un accidente aéreo ocurrido en la zona de Puiggari (Diamante) mientras volaba en una aeronave Fiat G-46 desde Buenos Aires con destino a Paraná. Los objetos allí expuestos ofrecen un recorrido por las unidades de la Aeronáutica Militar y la Fuerza Aérea que funcionaron en Paraná desde 1925 y contribuyen a difundir la actuación del personal la Fuerza Aérea Argentina durante la gesta de Malvinas.

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Barrios es de Paraná. Fue estudiante de la EET N° 3 Teniente Luis Cenobio Candelaria. “Me ofrecieron viajar a Merlo a aprender sobre mecánica de radar, me fui y en el año 72 me recibí en lo que se llamaba el Grupo Uno de Vigilancia Aérea Escuela. Estuve ahí hasta que en 1977 me fui a Moreno, muy cerca, como mecánico de radar del avión Mirage. En 1978 se creó el grupo de Radares Móviles. Ese mismo año fuimos a Río Gallegos, por la disputa territorial entre Argentina y Chile sobre la determinación de la traza de la boca oriental del canal Beagle. Esa guerra se frenó tras la intervención del Papa. Cuando nos hacen regresar a Merlo, el radar ya quedó instalado en Río Gallegos. Ese tiempo posterior fue de práctica y mucho aprendizaje. En marzo de 1982 fuimos a Mar del Plata a darle apoyo a todos los vuelos, volvemos y el 20 de ese mes nos dijeron: ‘Salen todos los radares en comisión al sur’. Yo fui designado en el primer equipo, unas 35 personas. Nos dijeron: ‘Ustedes van a Gregores’. Había dos indicios que me llamaron la atención: nos dieron capas, ropa, mantas, además, el 1° de abril, cuando nos dieron la orden de embarcar, el jefe de la base al subir al micro nos daba la mano, nos deseaba suerte y nos hablaba de la defensa de la Patria. Bajamos en Comodoro y ahí sí nos explicaron que nuestro destino era Malvinas. Allí nos dijeron que en 15 días regresábamos a nuestro lugar de origen, que en seis meses las islas pasaban a manos argentinas, que todo estaba arreglado. El radar estuvo 10 días en el aeropuerto, después buscamos un lugar más seguro. El 12 de abril nos fuimos al pueblo y allí alquilaron tres casas. Estábamos a siete kilómetros del radar”, relató.

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El 1° de mayo se rompió la monotonía. “En un momento vamos a calentar agua para el mate y quedamos de espaldas al radar. Nos damos vuelta y vimos hongos que se elevaban a unos siete kilómetros, fuego y atrás la explosión. Cargamos fusiles, tiramos para avisar a los demás y de ahí nos fuimos a la antena, junto a un soldado nos escondimos en un pozo de zorro. Juntábamos los pies y uno temblaba más que el otro. Fue un tiroteo infernal. Parecía un 24 de diciembre por las luces. Al amanecer, miramos al noroeste y vimos cosas negras que se venían, eran los Harrier. Giraron 30 grados y empezaron a tirotear el aeropuerto. La sensación era de miedo terrible. No sabías a quién le iba a pegar. A la tarde venía un avión haciendo un vaivén, antes de aterrizar pareció que tiró una bomba, lo atacaron y el avión explotó. Era piloto argentino, pidió permiso y le dijeron que no porque la Fuerza Aérea conocía su material pero no el del resto de las fuerzas. Pasó con otro avión, lo mandaron a interceptar un Harrier y al llegar, eran dos. También falleció. Al anochecer del 1° de mayo eran los barcos, sentí miedo. Era comer, o ir al baño pensando que en cualquier momento sonaba la alarma roja. Era correr a pozos que tenían espacio para cinco y llegábamos a 20. Así fue hasta el 31 de mayo. Ese día, el 31, cargamos agua caliente en los termos y nos pusimos a tomar mate cerquita del radar, en ese momento de frente al aeropuerto. Lo empezaron a bombardear, eran las 4 de la mañana cuando de pronto un misil cae delante nuestro. Empezamos a correr, nos empujábamos entre nosotros. Otro misil más. El último gritaba que estaba herido, que tenía llena de esquirla la espalda. Eran los vidrios del termo”, contó.

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“El 3 de junio nos atacaron y nuestra defensa era cortar la transmisión del radar. Un mecánico corría, apagaba el radar y luego de pasado el peligro lo volvía a encender. Era nuestra defensa. Hubo un momento en que se apagaron los equipos y un misil le pegó a artillería del Ejército. Fallecieron todos. Luego nuestro encargado ideó un sistema de apagado a cargo del operador, le hizo un puente a una llave y ya no se necesitó que el mecánico corriera hasta el lugar. Es un invento argentino. En Malvinas, el misil sería guiado por la señal de radar, así que iría a parar a la antena, que estaba a 70 metros de la cabina operativa, donde íbamos a estar nosotros. Si nos tiraban, para salvarnos del misil tenía que salir uno corriendo hacia la cabina técnica para poder cortar la señal del radar para que dejara de emitir. El misil iba más rápido que el mecánico que corría. Otra solución sería dejar a un hombre dentro de la cabina técnica, con un 99% de probabilidades de morir si tiraban. El ingenio pudo más”, contó el entrevistado.

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La Sala Histórica de la II Brigada Aérea de Paraná

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La sala tiene como premisa la preservación del material histórico, desde sus comienzos en 1925 hasta la actualidad, acondicionando permanentemente este espacio físico.

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Un punto de atracción es el grupo de maquetas de aviones históricos en exposición que están suspendidas en el aire simulando estar en vuelo. La Biblioteca Nacional de Aeronáutica de la Secretaría General donó libros de gran valor histórico que, sumados a números especiales de la revista Aeroespacio, conforman un stock interesante de la bibliografía, como así también de la hemeroteca. Acompañando estos aportes, también obsequió videos institucionales que contienen numerosas imágenes producidas por el Grupo de Reconocimiento Aeroespacial de la II Brigada.

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