Concepción del Uruguay
Lunes 18 de Junio de 2018

La Fusta, con el calor de los viejos bares

Estanterías detrás del mostrador, botellas antiguas, trofeos, rebenques y banderines de fútbol. El viejo billar, y las mesas de siempre

Berto tiene un carisma especial, es imposible ser bolichero sin esa particular forma de trato. Cada cliente es un amigo y cada amigo es una historia. Todas son importantes, todas demandan su atención y su comprensión. "Los bolicheros somos un poco psicólogos, la gente viene al bar para compartir, no solo la alegría de pasar un rato con los amigos, sino también muchas de sus tristezas, aquí la gente siempre la pasa un poquito mejor, aquí se está acompañado, siempre hay un cuento, una cargada o una simple charla, todo sirve para pasar el tiempo y dejar de lado por un rato las preocupaciones".
La síntesis del atractivo que tienen los bares la resume Adalberto Sotto, el bolichero del bar La Fusta de Concepción del Uruguay. Un punto de encuentro que ya lleva más de 30 años en la esquina de San Martín y Piedras. Berto lo tiene a su cargo hace 12 años, tiempo más que suficiente para adoptar un oficio que demanda conocimientos de todos aquellos rubros que se pueden abordar en este espacio, que es tan variado como la gente que llega para tomar su copa.
"Acá tenés que saber de todo, desde el clima hasta el fútbol, pasando por la política y cuanto tema te puedas imaginar, lo único que no dejamos avanzar son las discusiones fuertes, enseguida ponemos un freno porque hay cosas en las que nunca habrá acuerdo, así que cuando la cosa se pone complicada cambiamos de tema y seguimos para adelante", resalta el hombre mientras saluda a Juan Domingo, un cliente de todos los días que acaba de llegar con unas ganas bárbaras de hablar, se sienta en una de las butacas altas del mostrador, da la mano y, con una seña, pide "lo de siempre".
Vaso típico de bar, tres cuartos de vino tinto y un golpe de soda hasta el borde. Pañito cuadrado debajo del vaso, y un primer sorbo dado con ansiedad y cara de disfrute.
"La gente que viene es casi toda gente grande, también vienen jóvenes, pero en su mayoría son hombres grandes que disfrutan del billar, un truco o un mu". Esos son los atractivos de La Fusta, un espacio con decoración propia que ha ido acumulando objetos criollos, recuerdos futboleros, fotografías e imágenes religiosas.
Un par de rastras bien adornadas con monedas, marcas antiguas de vacunos, estribos y muchas fotos y artesanías de caballos completan el fondo de escenario de un mostrador que cuenta con la altura precisa que permite acodarse con comodidad.
"Sírvale algo al hombre!", agrega cada uno que va llegando después de pedir lo suyo. La gentileza está dirigida a este periodista que agradece la atención porque debe seguir con la nota, en cada caso Berto mira como diciendo "sírvase, mire que lo están invitando".
El boliche tiene más de 30 años, Sotto lo compró a Mauro Cettour, que no fue el propietario original, pero intentó varias veces desprenderse del negocio sin suerte, ya que ninguno de los dueños nuevos supo llevarlo adelante. "Es que a este oficio hay que dedicarle tiempo y constancia, no es fácil ser bolichero, lo dejaban caer, no lo atendían bien, y la gente se termina yendo", completa Berto. Así fue hasta hace unos 12 años, cuando Sotto decidió dejar el trabajo que tenía en una empresa de transporte y se jugó los ahorros en este emprendimiento. "La que tenía sus dudas era mi señora, es que a mí siempre me gustó estar del otro lado del mostrador, y la verdad es que esa costumbre mía no generaba mucha confianza", dice mientras se ríe y lo acompañan los parroquianos con las cargadas.
La realidad muestra que La Fusta está organizado de forma impecable. Con horarios bien definidos y con clientes ya conocidos que saben perfectamente hasta dónde se extiende la jornada. "Acá abrimos a las 10 de la mañana, mi señora se encarga de dejar el lugar impecable, y sobre que abrimos ya tenemos gente, en realidad casi siempre hay amigos que están esperando que abramos, tanto a la mañana como a las 18, que es el horario en que abrimos a la tarde", detalla Berto.
Bastó poco tiempo para que Adalberto disipara todas las dudas de su esposa, para él esto no es otra cosa que un trabajo, y como tal hay que ser responsable, tiene sus horarios, y "hay que respetar a la gente, que son los que nos están sosteniendo todos los días con su confianza", remarca.
En pocos minutos el bar se ha ido poblando. Los primeros ya ocuparon el billar y se enfrascaron en una partida que les lleva una atención total. Otros se han ido acomodando en algunas mesas dispersas. Otro grupito está empezando a armar lo que será en pocos instantes será un truco de cuatro. Tanto el billar como la mesa de truco tienen un público que va variando entre un lugar y otro, como no queriendo perderse nada de cada partido.
El acceso al billar tiene un costo por ficha: 15 pesos, un valor mínimo que coincide con el precio de un vino común en el mostrador.

Las crisis
La situación económica del país también golpea este tipo de espacios. "Acá viene toda gente común, trabajadores, jubilados, gente a la que le cuesta mucho cada peso y este es el único entretenimiento que tiene, pero cuando llega la crisis el bar es de las primeras cosas que se ajustan, la gente cuida más su bolsillo y es notable la reducción que se siente, además también cambia el ánimo, y a todos se les nota la preocupación", señala Berto.
Casi todos consumen y pagan cuando se van, el bolichero lleva todo "acá" dice Sotto, mientras señala la cabeza. En realidad, confiesa que a todos los conoce, sabe lo que toman y cuánto, por lo que es fácil sacar las cuentas. "Se complica cuando hay mucha gente, ahí anoto para no perderme, porque muchos pierden la propia cuenta, y cuando la cosa se pone linda muchos son de convidar o de pagar la vuelta. No es complicado el seguimiento, es toda gente de confianza, todos te dicen qué han tomado y ya saben lo que tienen que pagar".
Aquí también hay cuentas corrientes. Obviamente que son gente conocida, que ya se ha ganado con los años la confianza del bolichero. "Tenés cuentas de 1.000, 1.500 pesos, es algo más o menos normal, pero también tengo gente de 4.000 y 4.500 pesos mensuales, pero yo sé perfectamente que cuando cobran los municipales, o los empleados provinciales, yo tengo ese mismo día, o a más tardar al día siguiente, toda la plata sin ningún tipo de problema", dice gratificado el bolichero de La Fusta.
La jornada de la mañana no se extiende más allá de las 15, y por la noche todo se acaba a la medianoche. "Si fuera por ellos se mantiene abierto todo el día, pero no hay forma de negociar, ya todos lo saben y así se organiza todo, yo de todas maneras voy avisando cuando es tiempo de la penúltima, como para que todos vayan cortando", relata, y agrega que siempre se trata de la penúltima copa, "porque la última nunca sabemos cuándo la vamos a tomar", dice con cierta sombra taciturna tratando de no invocar malos espíritus.
"Acá recordamos siempre a los que ya no están, es más, tenemos una botella de vino y un vaso servido siempre para un amigo que se fue", dice señalando una pequeña repisa en medio de una pared repleta de recuerdos. Sobre ella hay un soporte que sostiene una botella inclinada y un vaso de vino a medio servir. Un homenaje muy propio para un buen amigo del bar.

Personajes
El bar es un lugar de elección. Cada uno que llega aquí todos los días es porque se siente bien en este lugar, sabe con quién se va a encontrar y deja de lado el nivel social, los títulos y las distinciones. "Acá no hay diferencias, teníamos como amigo a un médico que venía todos los días, un médico conocido de la ciudad, él era uno más. Claro que los muchachos aprovechaban y se hacían atender sus pequeñas dolencias, y él no tenía ningún problema. Recetaba sobre el mostrador, te entregaba algunas muestras gratis que tenía en el maletín, te mandaba a hacer análisis y después te los veía acá mismo, mientras se tomaba la copa con los amigos. Se lo extraña, se nos fue y con él se fue un gran compañero", recuerda Berto mientras asienten nostálgicos unos cinco parroquianos que siguen de cerca la entrevista.
La Fusta es uno de los últimos bares donde se respiran aires de otros tiempos. De años pasados y de costumbres que se están perdiendo. Hay gente que descubre el bar y detiene sus vehículos para sacarse fotos. Es bueno que lo hagan. Por estos espacios giraba gran parte de la vida social de hombres de trabajo que no supieron nunca de clubes, restaurantes, cines ni teatros. Para muchos fue el único espacio de distensión, para otros tantos aún lo sigue siendo.

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