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Iván Pesuto: "Con los años encontrás belleza, más allá de aperturas y defensas"

Entrevista con Iván Pesuto. Ajedrez y mediación. Las partidas interminables y el mundo 5.0. Las jugadas de un abogado desilusionado de los tribunales

Lunes 23 de Agosto de 2021

En Entre Ríos el apellido Pesuto es sinónimo de ajedrez, a partir de una carrera iniciada tempranamente por influencias familiares y la determinante relación con Alejandro Iglesias. Iván, el destacado jugador paranaense y ex dirigente, analizó profundamente los cambios en el juego, atravesado por el dinamismo de la era tecnotrónica, que cuestiona dogmas de los otrora grandes maestros y obliga a una relectura de aquellas batallas que las superpotencias de la Guerra Fría, también, mantenían en un tablero. Entrevista con Iván Pesuto.

Un idealista del Derecho

—¿Dónde naciste?

—En Santa Fe, el 8 de abril de 1968, porque mi mamá se hacía atender por un médico de allí.

—¿Dónde viviste?

—Recuerdo la casa de calle Panamá, “la vieja”, porque luego fuimos a otra en la cortada de esa calle y, a partir de los diez años, en Alem.

—¿Cómo era aquella zona?

—Me encantaba, cerca del Club Estudiantes, con amigos que jugábamos a la pelota en cualquier campito y nos disfrazábamos para los carnavales.

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Iván Pesuto:

Iván Pesuto: "Con los años encontrás belleza, más allá de aperturas y defensas"

—¿Qué visión tenías del centro?

—Venía poco, salvo con mis viejos al Flamingo, a comer un Carlitos y tomar una Coca. Iba a la querida Escuela del Centenario, jugaba al básquet y nadaba en Echagüe, y cuando fui más grande al rugby, en Estudiantes, hasta que terminé traicionando lo físico con el ajedrez, que solo interrumpí durante dos años. Ahora juego por Internet, en cualquier momento del día, partidas rápidas.

—¿Otros juegos?

—Las figuritas, guerra de bombuchas y con “espadas”, a la botella y a verdad consecuencia. Íbamos a cumpleaños de 15, al cine y a comer pizza en el Gran Japón. Y con la familia, de campamento a Córdoba. Me gustaba el cine.

—¿Sentías una vocación?

—¡Qué buena pregunta! Mi viejo era abogado y el Derecho era lo máximo, aunque lo ejerció poco. Me gustaba la Psicología y cuando era niño… no recuerdo.

—¿El mandato fue fuerte?

—Sí, mi vieja también es abogada y la veía preparar sus defensas. Me transmitió la pasión por lo que estudié.

—¿Qué imaginabas?

—Tenía una imagen idealista: la defensa de los derechos de la persona y del abogado, un tipo que luchaba por la Justicia. No veía otra alternativa a eso. Después, la realidad está empañada de vicios y en gran medida por eso me dediqué a la mediación.

—¿Leías?

—Había una tremenda biblioteca de literatura universal porque eran grandísimos lectores. Mi viejo escribió un libro sobre su paso por el seminario de Santa Fe, porque estudió desde los 11 a los 18 años, y mi mamá de cuentos y poesías. No leí tanto como me hubiera gustado, según mi hermana Gabriela porque el ajedrez me absorbió demasiado. Minuto que tenía, o durante veranos enteros, quería preparar una partida, una estrategia, o jugar un campeonato.

—¿Qué materias te gustaban?

—Las humanísticas, no obstante que el ajedrez tiene mucho de Geometría y cálculo; Filosofía, Psicología, Historia y Ética.

Clase y amigo del alma

—¿Cuál fue la primera aproximación al ajedrez?

—Hace 40 años, a los 13, cuando un amigo, Damián Schiano, me invitó a una clase en la escuelita del CAE, dirigida por quien luego fue mi amigo del alma, Alejandro Iglesias, y con quien viví tantas experiencias y torneos. Fui con tres amigos porque me dijeron que había un “campeón argentino”, pero no lo era, sino entrerriano (Iglesias). No recuerdo mucho pero comenzó una etapa de torneos internos muy desafiantes y se sumaron otros chicos de la secundaria.

—¿Desconocías el juego?

—Sabía mover las piezas gracias a una tía, tenía un tío en Coronda que jugaba y competía, y yo había jugado una partida con un primo.

—¿Cómo era la relación con tu tío?

—Lo admiraba su bohemia, le gustaban los caballos y fue chef en Estados Unidos… un personaje. Pasaba las vacaciones ahí y me tiene que haber influido.

—¿Enseguida comenzaste a competir?

—El primer torneo fuera de Paraná fue en Unión de Santa Fe, a los 14 años, en el cual fui segundo o tercero, y cuya partida tengo guardada.

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—¿Te atraía o era por andar con tus amigos?

—Comencé a compenetrarme seriamente; quienes fueron mis compañeros fueron dejando, me mantuve firme, gané mi primer Provincial sub 16, me motivó y jugué el Argentino en Buenos Aires. También me daba un poco de vergüenza cuando los chicas preguntaban qué deporte hacía y les decía “juego al ajedrez”.

Libros, arte y vivencias

—¿Qué aprendizajes tuviste en esta etapa?

—Algunas clases con ajedrecistas muy importantes de esa época: Raúl Acosta me enseñó la (defensa) India de Rey, con Fermín Garay, finales de alfiles de distinto color… pero, sin duda, mi formador y colaborador sin esperar ninguna retribución fue Alejandro Iglesias. Me trasmitió el espíritu del juego.

—¿Libros?

—Los cuatro tomos (tratado general) de Roberto Grau, Partidas selectas, de Mijaíl Botvínnik, el gran padre de la escuela rusa, y el manual de José Capablanca. Y por supuesto, (Bobby) Fischer y Alexander Alekhine.

—¿Cuándo entendiste la esencia?

—Con el paso de los años. Al principio la mirada era más superficial: encontrar una buena apertura para sorprender al rival, que tenga una línea aguda para poder ganar con la misma apertura, una buena defensa… Pero con los años encontrás una belleza más allá de la apertura y la defensa, que se mantiene inalterable a pesar de la robotización. Por algo se lo llama juego, ciencia y arte. Cuanto menos sabés menos lo apreciás. Recuerdo una partida que perdí con Gómez Bailón, con un doble sacrificio posicional de torres, de manera brillante: ¡Me emocioné y lagrimeé; fue tan bello!

—¿Y en un triunfo?

—Una partida reciente, tremendamente violenta, con quien acababa de ser campeón argentino, Martín Lorenzini, gran maestro internacional. Fue en las últimas rondas de un torneo. En juveniles habíamos hecho tablas y nos reencontramos. Fue un triunfo muy importante por el respeto que le tengo.

El factor psicológico

—¿Cómo percibís hoy ese factor esencial que mencionaste?

—Siempre me ha interesado la parte psicológica y las vivencias que no se aprecian con el ajedrez por computadora, al no ver la cara del rival. Es mucho más dinámico, pero antes una partida era una experiencia de vida, muy larga, de dos horas por jugador para 40 jugadas, después te daban una hora más para 20 jugadas, se suspendía y seguía al otro día, hasta terminar. Con 14 años, jugábamos ocho horas. Las recordabas toda la vida porque sufrías o festejabas intensamente.

—¿Se entrena la capacidad atencional?

—Fue totalmente autodidacta y el entrenamiento era fáctico, más allá de que hay métodos técnicos, sobre todo los de los maestros rusos, para el análisis de una posición compleja cuando tenés que elegir una jugada.

—¿Se puede vencer psicológicamente a un rival?

—A (Emanuel) Lasker, campeón del mundo durante 21 años, se le acusaba de llegar a posiciones inferiores para que el rival se sienta en superioridad, a partir de lo cual él comenzaba a socavarlo y trabajar su autoestima. Había un jugador cordobés muy famoso, Guillermo Soppe, quien te hacía sentir lo mismo, con lo cual aflojabas la tensión, y ahí viene el mazazo. Lo viví personalmente (risas) y es un gran amigo. Hay libros de Psicología aplicada, ya que es una relación permanente y que, también, la encuentro en mi trabajo (de mediador; ver recuadro).

—¿Cuándo fuiste consciente de que pensabas eficazmente?

—Siempre hay quien juega mejor y peor que vos. Depende de la intensidad de estudio y del nivel de competencia podrás mejorar o te estancarás. Muchos de mis compañeros se fueron a vivir a Europa por una carrera profesional, como Roberto Servat, de Santa Fe, Jorge Sánchez Almeyra, de Rosario, y Pablo Glavina, Luis María Campos y Alejandro Hoffman, de Buenos Aires.

—¿No te animaste?

—Decidí comenzar la facultad porque el ajedrez era “un juego”.

—¿Por el mandato?

—No sé… no quise poner tanto hilo al carretel. Me gustaba Sociología y un test vocacional me dio Trabajo Social, por las ideas que mi viejo me trasmitió, y que relacioné con el Derecho. Cuando nos casamos estaba por ir con mi mujer a competir durante un año y quedó embarazada. Luego jugué dos torneos cuando paré en lo de Alejandro Hoffman y está la idea de ir a jugar con mi hijo.

Lo clásico y lo actual

—¿La trascendencia de Fischer, Spassky, Kárpov y Kaspárov, por mencionar algunos, fue por la Guerra Fría o sus mediciones ELO (puntuación para determinar la fuerza teórica) eran excepcionales?

—Mi opinión y lo que se dice es que si jugaran hoy, con esas partidas, tendrían un ELO bastante inferior y tal vez no llegarían al top 10, lo cual no significa, de ningún modo, desmerecerlos. Jugar como jugaban, en una época sin Internet ni acceso a la información como ahora, merecía que fueran campeones del mundo. Si traspolamos a Fischer a un torneo actual, seguramente no ocuparía los primeros lugares, por el desarrollo teórico y el juego dinámico que hay. Tenían principios clásicos, con reglas estratégicas que se respetaban.

—¿Qué significa esa ruptura?

—Es como subir a otro nivel: jugadas que se consideraban malas en otras épocas hoy tienen una validación por el dinamismo del juego.

—¿Por ejemplo?

—Se le daba mucha importancia a la estructura de peones, que no quedara ninguno retrasado en la columna abierta porque te podían atacar las torres, mientras que hoy si te queda retrasado un peón y una columna abierta, se compensa con un equilibrio dinámico o ventajas dinámicas de la posición que justifican la debilidad. Es porque se ha desarrollado la idea del dinamismo: sacrificar un peón o que te queden debilidades estructurales se justifican porque tenés mejor coordinación de piezas y mayor movilidad.

—¿Quién es o fue el mayor referente de esto?

— Magnus Carlsen, el actual campeón del mundo. Cualquier jugador de élite juega cualquier apertura y sorprenden todo el tiempo con jugadas que no se acostumbraban a hacer. Por eso es muy difícil la preparación previa mientras que antes sabías que un jugador, con blancas por ejemplo, jugaba de determinada forma y lo buscabas en los archivos escritos. Hoy mueve cualquier cosa.

—¿Observás esta cuestión al jugar con tu hijo (26)?

—Sin dudas, Francesco tiene mucho más impregnadas las ideas de dinamismo que yo, que soy del ajedrez tradicional y que me cuesta aceptar debilidades. Tiene líneas que me costaría jugar, porque son una ruptura con el pensamiento clásico.

—¿Cómo se traduce en un enfrentamiento?

—Son otro tipo de partidas y en cierto modo es una fortaleza, porque le da más audacia, mientras el ajedrez clásico era más conservador. Ahora, si te queda un peón retrasado en la columna abierta no importa, porque permite atacar por los flancos con mayor fluidez, que si jugara más lento y con una estrategia más lineal.

—¿Te gana frecuentemente?

—Hace mucho que no jugamos. El temor reverencial se terminó hace rato (risas). Es un placer que comparta mi pasión y que me supere, ni hablar… una bronca tremenda (risas).

—¿Qué vivenciás jugando por Internet?

—Es un entrenamiento mental interesante porque son partidas de a dos minutos por jugador, con un segundo de agregado por jugada. Hay que mover rápido las manos y tener un buen mouse. Perdés por tiempo o ganás la partida. Francesco juega un minuto.

—¿Desaparece la esencia de que me hablaste?

—Es una buena pregunta. Sigue estando de la misma manera, con distintas forma de encarar el desarrollo del juego. El jugador más completo incorpora las nociones tradicionales y le agrega el dinamismo. Dinamismo sin la base clásica es pobre y se nota, porque se hace agua en nociones estratégicas básicas.

—¿Tu recomendación para un chico que le resulta impensable la vida sin computadora?

—Tomar clases presenciales y competir en torneos. Hay un ajedrez social muy desarrollado en cárceles, hogares de menores, escolar, para ciegos, niños, adultos mayores, etc. La serie de Netflix Gambito de Dama y la pandemia volvieron a ponerlo de moda.

—¿Cómo funciona la escuela de la Alianza Francesa?

—Hay gente de seis años hasta 90; funciona los lunes, de 16 a 18, para adultos mayores y de 18 a 20, para chicos; y los viernes, de 16 a 18, otro grupo de chicos, y de 18 a 20, jóvenes y adultos. Son tres profesores.

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Iván Pesuto:

Iván Pesuto: "Con los años encontrás belleza, más allá de aperturas y defensas"

“No estoy a favor del monopolio estatal para resolver los conflictos”

Hace doce años que el abogado Pesuto razonó que si quería mantener ciertos valores fuertemente asumidos, el camino de los tribunales no era el ideal. Así que optó por los métodos no adversariales, la mediación, que también analiza con relación al ajedrez.

—¿Cuándo asumiste que tribunales y justicia no se llevan muy bien?

—Tenía el idealismo del Derecho natural, que para quienes creen se desprende del Derecho divino, y cuando se transforma en el Derecho positivo, escrito, el que aplican los jueces, con algunas experiencias me generó descreimiento. Hay muy buenos jueces que trabajan de la mejor manera pero otros no. Por eso encendí una luz hacia los métodos alternativos de resolución de conflictos. Me gusta cuando la gente se pone de acuerdo sin un tercero que baje un martillo; los casos de judicialización tienen que reservarse para “cirugía mayor” porque las partes no se sienten capacitadas para hacerlo, o por razones de orden público.

—¿El mayor desaprendizaje?

—Me gusta decir una frase de mi formadora Marta Paillet cuando le pregunté eso: “Siendo abogado es más lo que tenés que desaprender que lo que te sirve de lo aprendido”. Hay que ponerse en los zapatos del otro y la Facultad de Derecho no nos prepara para eso. Me costó aprender a callarme, escuchar y que el protagonista sea el otro, no involucrar cuestiones personales, tener subjetividades múltiples y no “colonizarme”.

—¿El primer caso en que verificaste que funcionaba?

—El de un periodista, mi primera mediación, quien le reclamaba a la empresa. Se pusieron de acuerdo aunque fue intensa. No estoy a favor del monopolio del Estado de expropiar todas las acciones para resolverlas. Las sociedades modernas y más civilizadas tienen las instancias no adversariales como principales métodos de abordaje, mientras que nuestra sociedad tiene una vieja cultura litigiosa.

Mediación y ajedrez

—¿Qué conceptos del ajedrez aplicás?

—Las nociones de estrategia y el pensamiento abstracto; el lenguaje gestual y analógico que incorporé durante tantas partidas, por observar el rostro de los jugadores cuando encontraron una jugada, o que están deprimidos. Ver cómo está el rival es un termómetro de la posición propia. Esa lectura de rostros fue una pequeña escuela de PNL (Programación Neurolingüística), más allá de los cursos de Sistémica (para la mediación familiar), resiliencia y Gestalt. La idea de conflicto tiene mucho que ver con una partida y hasta tengo la sensación de que el tablero es el conflicto de la mesa de mediación. A veces, durante una mediación, miro el tablero que tengo allá (señala una parte de su oficina).

—¿La mediación te modificó como jugador?

—Me traes otro problema porque ese análisis no lo hice (risas). Me da la sensación que es contradictorio, porque en la mediación intento que se pongan de acuerdo, lo cual tiene pinta de “tablas”. Quizás la mediación “me limó un poco las uñas”…

—Del abogado.

—Ni hablar, y de la “sed de sangre” y el querer destruir al otro en la partida de ajedrez.

—¿Se juega como se es?

—Tengo la linda experiencia de Cristian Lacuadra, un chico de la calle de Santa Fe, quien iba al bar de la facultad donde se jugaba ajedrez rápido. Aprendió mirando, era muy talentoso y muy agresivo al jugar. A veces iba adonde vivíamos, también a Paraná, le regalé un libro y lo volví a ver de grande, con hijos. Siempre me sorprendió cómo trasladaba a su estilo su vida, muy violenta. Y conocí otros, tan conservadores que su estilo era como una roca.

—¿Fischer jugaba como era su vida?

—Tiene una frase: “el ajedrez es la vida”. Es así, tu estructura psíquica se traslada al tablero, sin que te des cuenta.

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