Diálogo abierto
Domingo 17 de Febrero de 2019

"Hubo muchos personajes enamorados de este lugar, que se debe cuidar"

El arquitecto Edgardo Páez y las persistentes huellas de Puerto Viejo. Un análisis que excede lo estrictamente arquitectónico sobre la preservación de un espacio lleno de historia, matices y necesidades

Otrora lució una arquitectura vigorosa y reflejo de un pasado de esplendor y fundante, con pintores y poetas que le rindieron tributo. Puerto Viejo –decadencia de la ciudad en general, inundaciones, desidia municipal y crisis económicas recurrentes de por medio– fue carcomiendo sus propios cimientos. El arquitecto Edgardo Páez, un fervoroso recopilador y defensor de las microhistorias de ese rincón de la capital provincial y autor del libro Huellas del Puerto Viejo. En la persistencia de un barrio, analiza algunas cuestiones esenciales que trascienden la mera nostalgia por lo que ya no es arquitectónicamente. "Para el Puerto Viejo pasaron los años de fuertes agresiones a su patrimonio construido, pero no han cesado para su comunidad", enfatiza.

Ser parte de la historia
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en Puerto Viejo, en este lugar donde vivo.
—¿Cómo era el lugar en tu infancia?
—Tengo una dualidad: por un lado, la impronta del paisaje y la de algunas construcciones –que quedan pocas–, pero también una convivencia con problemas que se han agudizado. Eran casonas grandes, decimonónicas, italianizantes e históricas, con rincones criollos y gente muy relacionada al río. Había bichitos de luz. Mi viejo –Jorge, casado con Ramona Antonia, de María Grande– tuvieron chopería aquí –en los 70–, en los 80 un bar, también despensa y verdulería. Sufrimos hasta inundaciones y algunos vecinos todavía las sufren.
—¿Tus padres siempre estuvieron relacionados con el mismo rubro?
—Fueron bastante buscas y mi viejo terminó siendo empleado municipal.
—¿Vivencias en la chopería?
—Caminaba entre las mesas y a determinada hora nos íbamos para adentro porque no se podía salir, por las mesas. Al frente había pinos, también otros comedores como El Faro y Coronado, toda una vida que enriquecía mucho al lugar.
—¿Otros lugares de referencia?
—La Cuesta de los Vascos –con belleza propia–, casonas que fueron demolidas –que parecían una extensión del Parque Urquiza– como la de Patriarca y también había un mercado. Todo el mundo se conocía y también hoy sucede –aunque no tanto.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—Había bastante libertad; jugábamos y pescábamos en el arroyo Antoñico –lo cual hoy no se puede hacer.
—¿A qué más jugaban?
—Al fútbol –aunque era medio patadura y gordito–, a la bolita hasta tarde, tirarnos por las barrancas, andar por las "pequeñas selvas" y en los túneles.
—¿Personajes del barrio?
—Muchos. El papá de la familia Berón –Pocho–, de quien tengo un cuadro. Pintaba en el interior y exterior de las casas. En la casona de enfrente –donde vivía la familia Díaz– también había pinturas alegóricas al río y políticas. Estaba don Argentino Gómez –cuyas historias contadas me llamaban mucho la atención– y la tradicional familia Coronado.
—¿Se conservan sus obras?
—Nada. Los hijos también siguen una línea de pintura popular y fileteo.
—¿Tu papá nació en esta casona?
—No, perteneció a los Carabajal –una familia de caleros muy ricos, quienes tenían un islote. Es una de las pocas recovas que queda en la ciudad. Se dice que en esta zona era la aduana pero las referencias que encontré en archivos y litografías es que estaba pasando el Antoñico. La capitanía no es lo mismo que la aduana.

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Un carpintero frustrado y la lógica del mercado
—¿Sentías una vocación en la niñez?
—Soy un carpintero frustrado porque siempre me gustó trabajar la madera; me gusta investigar cómo funcionan y resolver las cosas. Tallaba con una cortapluma, dibujaba y me atraen los oficios.
—¿Qué materias te gustaban en la secundaria?
—Las humanísticas y me costaba Matemáticas.
—¿Por qué elegiste estudiar Arquitectura?
—Por ser una mezcla de todo eso.
—¿Por qué hay arquitectos que parecen carecer de sentido común?
—La Arquitectura –y la ciudad está así– porque es una expresión de lo que pensamos. Antes de resolver las cuestiones urbanísticas hay que ver lo que estamos haciendo mal y qué estamos dejando de hacer como sociedad y como cultura.
—¿Se estudia y valoriza durante la carrera la preservación y lo sustentable?
—Actualmente sí; siempre fui crítico de la lógica del mercado –que es necesario–, pero debe ser una relación equilibrada. Lamentablemente, la Universidad forma personas que se enfilan para responder al mercado.
—¿Cómo manejás eso al momento de la relación con el cliente?
—Trato de que sea un diálogo, no hay una sola opción y busco situaciones más sencillas, acordes al contexto, la geografía y el clima, y no trasladar sistemáticamente otras opciones que funcionan perfectamente en otro lugar. Además hay que meterse otras cosas en la cabeza como el ahorro energético. Estas paredes de 45 centímetros de ancho, asentadas en barro, con 190 años, y sin columnas de hierro y hormigón, implican un conocimiento empírico de la geografía y el adaptarse a eso. Me llama la atención esta tecnología –hoy llamada sustentable, que no es algo nuevo–, además de la cuestión estética que hace a una idiosincrasia.

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Una suma de decadencias
—¿Qué etapas del lugar se pueden marcar en términos sociales y urbanísticos?
—Están íntimamente ligadas. A finales de los 80 y en los 90 hubo mucha proliferación de necesidades, que se traducen a lo edilicio y habitacional. La actividad históricamente estuvo ligada al río y todavía quedan algunos pescadores, al igual que a la Coceramic –cuyo cierre fue mortal, porque mucha población trabajaba allí. Otras familias no pudieron sostener sus actividades gastronómicas. Las inundaciones siempre tuvieron impacto y todavía arrastran problemas, con lo cual hubo población que se trasladó de la costa a cerca de la barranca –provocando asentamientos. Es complejo y no se puede analizar lo patrimonial sólo desde lo técnico, porque hay muchas necesidades.
—¿Cuáles fueron las pérdidas patrimoniales más significativas?
—Todo el frente sobre calle Nicaragua era muy homogéneo y la casona de enfrente está cortada por la mitad. Esa fisonomía ofrecía una lectura de un sector histórico ribereño primigenio de la ciudad, todavía presente y hay que cuidar lo que queda.
—¿Cuál es el "corazón" de Puerto Viejo?
—Comienza desde la iglesia del Carmen y la Bajada de los Vascos hasta la balsa. Has varias lecturas: este sector tiene una conformación edilicia –carcomida, pero representa algo y se puede contar una historia– y otro sector que sufrió desbarranques y pérdidas materiales, donde es más compleja la recuperación. Sobre calle Anacleto Medina todavía hay construcciones históricas en pie.
—¿Qué instituciones son gravitantes en lo comunitario?
—Hay una que es un pilar porque trabaja con los jóvenes y oficios, que es el Centro Comunitario Josefina Zubizarreta. Cumple una función educativa y social muy importante, al cual vienen también jóvenes de otros barrios. A principios de los 90 comenzó a funcionar el Museo Barrial de Puerto Viejo-Cuesta Los Vascos –creado por el museólogo Andrés Petric–, quien estuvo durante un tiempo hasta que por crisis y una relación distante con las autoridades, no pudo sobrevivir. En 2009 hubo un resurgimiento, en el cual fue manejado por mi papá, hasta que su salud no se lo permitió. Eso está esperando. En cuanto al Puerto de la Memoria, se utiliza en épocas electorales para reuniones sociales.
—¿Dónde se puede encontrar material histórico?
—En el Centro Zubizarreta, poquito y nada. Lo que he podido recolectar es información que también tenía por lo familiar.
—¿Qué caracterizó socialmente a la población del lugar?
—La fisonomía que portaba era muy característica y reconocible, por sus rasgos decimonónicos y de finales del siglo XIX. Mantenía los frentes italianizantes altos y el blanco de las casonas –lo que se puede ver en las pinturas de (Cesáreo Bernaldo de) Quirós. Hubo muchos personajes enamorados de ese contexto y te contaban permanentemente sobre el lugar, el río, los barcos, las canoas, el espinel, que tal persona "se cruzó con Garibaldi" –sobre quien siempre escuché desde niño. Una trabajadora social me dijo que es un caso para estudiar porque hay un sentido de pertenencia fuerte –como el de otros barrios. Un problema común a otros lugares de la ciudad es el distanciamiento entre las personas y eso se vincula con no tener tiempo para conversar, contemplar y descansar –lo cual es inhumano. Así, las decisiones que muchas veces tomamos con nosotros mismos y demás personas, y que se traducen en lo físico, es "vamos para adelante", "qué me importa el arroyo"...
—¿Tu relación con el río?
—De amor y necesidad, aunque no soy un baqueano. Esa necesidad la reconocí desde chico en todas las personas del lugar. En estos lugares hay una belleza propia, que se manifiesta en las pequeñas cosas.

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Un registro poético y tardío
—¿Cómo surgió la idea del libro?
—Fue buscar una forma; me tocó a mí pero debiera haber sido un laburo hecho hace veinte años, para poder armar este paisaje fundacional de la ciudad y mostrarlo desde Puerto Viejo. Con el río que perdimos, ya que la situación del borde costero es nefasta. Dice de cómo cuidamos nuestra historia.
—¿Por qué decís que debiera haberse escrito veinte años antes?
—Porque hay momentos en que las cosas pasan y no nos damos cuenta de lo que perdemos. Hay pérdidas de testimonios y de la fisonomía sobre calle Nicaragua. Sin embargo en ese momento ya había gente que peleaba, humildemente pero con amor, por el patrimonio y hay artículos de la prensa donde está registrado. No hace falta tanto laboratorio y ciencia para preservar, sino articular mecanismos amigables de control y entender la situación.
—¿Qué pudiste rescatar y qué vacíos detectaste?
—Traté de mostrar el lugar en una contemplación del paisaje, sin un contrapunto técnico –si bien tengo una formación en ese sentido. Me pareció que no era el código adecuado, ya que es más poético –como el río– y amplio, utilizando poesías referidas al lugar, referencias a los pintores que lo habitaron y mucha memoria de gente que conocí. El denominador común fue la pertenencia y el amor al lugar.
—¿Descubriste algo particular o reformulaste ideas?
—Tenemos un tratamiento de nuestra historia un poco infausto y como que no se nos enseña la importancia del protagonismo de una persona y su sociedad en ella. Hacemos la historia y comprender el protagonismo actual hacia adelante es fundamental. Me encontré con que la vida de los pintores fue riquísima. Observé lo relacionado con el río y la contienda entre el proteccionismo económico y la mirada más liberal, la disputa entre Rosas y Urquiza, y se me desdibujaron algunos personajes. Esa contienda entre unitarios y federales se proyecta hasta el presente. Hubo un fray –Francisco Catañeda– muy particular que terminó su obra en el lugar –fundador de Rincón–, quien estuvo en la Gesta de Mayo, en las invasiones inglesas ayudando en ambos bandos, fue parte de las primeras escuelas de artes y oficios de Paraná, periodista y enemigo de Rivadavia. Terminó haciendo la iglesia que fue el adn de la del Carmen. El etos de esas personas en el sentido de lucha de la vida es algo extraordinario y que se ha perdido.

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—¿Qué más hay escrito sobre Puerto Viejo?
—Encontré algunas cosas que tuve que revisarlas y chequear fuentes. Hay un montón de artículos que durante años son lo mismo.
—¿A qué atribuís la presencia de los pintores?
—Tiene que ver con lo mismo porque había una búsqueda de lo propio. Quirós lo manifiesta en varias de sus cartas en cuanto a que la entrerrianidad también les daba un sentido de universalidad –muy distinto de la actual globalización del mercado.
—¿Cuáles son las demandas actuales en la zona?
—Hay mucha gente laburando en el centro comunitario. Son dos sectores muy marcados: el de la bajada –muy brindado a la costanera– y pasando el arroyo –que es una realidad más compleja y con necesidades distintas. Aunque en común todas tienen que ver con la calidad de vida en cuanto a infraestructura y ordenación sanitaria.
—¿Dónde se puede conseguir el libro?
—Es de Editorial Delta y está en librerías Ateneo, Klaxika y El templo del libro.

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