Homenaje al barro y a las islas en la despedida de El Canoero

En los albores del año 2025, volver a los versos vivos del artista que nos dijo adiós, para el reencuentro con la naturaleza y sus hijos.

Lunes 30 de Diciembre de 2024

“Mi misión es cuidar ese medio en que yo me crié, echado de panza en la costa, mamando de la teta del río, el agua limpia, pura, sana, sin filtrarla, sin ponerle cosas químicas. Me da mucha bronca que los gurises de hoy no puedan hacerlo, me da mucha bronca el plástico, el botellerío, toda la suciedad que el ser humano vuelca impunemente en lugares donde contamina visualmente pero también la salud de nosotros mismos; es escupir para arriba”, dice El Canoero en una charla con Gustavo Surt, de Chajarí.

Allí el periodista y guitarrista le recuerda a Arnoldo Valentini una actuación con la norme simpatía del público en Diamante . “Fue una ovación”, dice, y El Canoero entonces le responde improvisando los versos con que inició aquella presentación. “Pido permiso, paisanos, vengo de tierra entrerriana, soy de oficio canoero, islero de Lechiguanas. Si gustan acompañarme, mi canoa no hace agua, se me han ganado en el pecho tantos pájaros que cantan y hasta corre por mis venas un río que inunda mi alma; si gusta, suba, paisano: me voy pa Las Lechiguanas”.

El adiós del Canoa

El Canoero se murió en octubre pasado a los sesenta y pico. En su memoria, recordamos este fin de año algunos de sus conocimientos, expresados en la poesía y en el canto, que inspiran modos del saber por ahí ninguneados.

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Homenaje al barro y a las islas en la despedida de El Canoero

Para Arnoldo Valentini, compositor y cantor del litoral, el barro resulta contracíclico, “porque es fresquito en verano/ y en invierno da calor”, y sin embargo muchos lo desprecian. Si algo sigue los ciclos de la naturaleza es el barro; es accesible y amable y regula, es decir: tiene las dos condiciones al mismo tiempo. Lo supo ver este islero, y encontró la metáfora que abre puertas.

Le dijimos cierta vez que sus conocimientos parecían flores del delta: no precisan el prestigio del mercado para ser bellas. Y nos preguntamos entonces si estábamos dispuestos a escuchar a un vecino islero y, además, cumpliendo condena.

“Por libros que tenga un léido/ la isla tiene un libro más”, dice en su Coplita costera. “Está llena de ignorancia,/ de ella se puede aprender”, según su mirada.

“La pesca es un poco dura,/ más duro es hacerse a un lau:/ es más pesao el trasmallo/ cuando viene sin pescau”. La coplita está disponible en las redes, la canta César Nani. Dice Marcelino Román: “más que el oro y el acero es el barro popular”. Ni dinero ni guerra: pueblo, cultura. Ahora, nosotros, ¿tenemos casilleros para conocimientos que no están previstos en los paradigmas impuestos?

De Arnoldo a Dominga

Muchos seres humanos tenemos condiciones para oír, pero dentro de ciertos decibeles. Naturalmente hay agudos y graves que se nos escapan. La cultura oficial actúa de manera parecida: establece una suerte de cajonera en la educación formal donde guardar este y aquel conocimiento, de modo que, lo que no cabe allí, queda en lo oscuro; no tiene prestigio. Y como la cajonera fue construida en España, en Italia, en Alemania, en Francia o en Buenos Aires, entonces las mujeres y los hombres de nuestros montes, nuestras islas, nuestros barrios, ven que sus asuntos entran muy forzados o sencillamente no encajan allí. Sufren atopía, están incómodos. Como no encajan la flora y la fauna; una comadreja, una mariposa, un tembetarí, un carancho.

Aprendemos tanto de las personas llamadas comunes que nos preguntamos cuántas de ellas encuentran las puertas abiertas en la escuela, en la universidad, donde se exige un modo de adquirir saberes y se desprecian otros modos.

Bueno, El Canoero tenía cuentas con la Justicia. Otros más cercanos a la santidad, que guardan saberes milenarios y los cultivan en su propia vida como Dominga Ayala, esa maestra, ¿tienen las puertas abiertas en las aulas? Y si entran, ¿es para que escuchemos y compartamos, o para cumplir con una nota de color, con aire fresco en el ambiente viciado?

Andan diciendo por ahí eso de la isla; que “la isla tiene un libro más”, y cosas así. ¿Haremos como que no escuchamos? ¿Lo tomaremos como una simple ocurrencia?

Carpincho sin laguna

El conocido desarrollo de la ecología como ciencia durante el siglo XX se encontró con la recuperación de saberes de las comunidades originarias en nuestra región del Abya yala (América), aprovechando los 500 años del arribo de las carabelas; y con la certeza de que estábamos degradando el suelo, el monte, el río y destruyendo esas comunidades y esos saberes.

Ese encuentro no fue una suma, potenció nuestra conciencia en torno de la presencia del ser humano dentro de la biodiversidad. Y hubo sinergia con una tercera fuente de conciencia surgida en la revisión de la sociología y la historia desde el movimiento que señala, en la modernidad, la colonialidad, y acusa al eurocentrismo de ocultar el genocidio del Abya yala y la esclavización del África con una manipulación de la historia. Basta cambiar la fecha de inicio de la modernidad para esconder la sangre derramada y las violaciones.

Saberes de pueblos originarios, ecología, conciencia decolonial, y combinado ese plato en nuestra región con el artiguismo y el principal objeto de la revolución federal: la soberanía particular de los pueblos… ¿Para qué disciplina? Para ninguna en especial y para todas. Pero la educación está organizada en compartimentos, y así el conocimiento.

¿Encaja en las cajoneras oficiales esta mirada integral? Dice Edgar Morín: “La conciencia ecológica puede ser fácil cuando se trata de perjuicios, de daños: ahí está Chernóbil, aquí Seveso, aquí una catástrofe. Pero el pensamiento ecologizado es muy difícil porque contradice principios de pensamiento que han arraigado en nosotros desde la escuela elemental donde nos enseñan a realizar cortes y disyunciones en el complejo tejido de lo real, a aislar disciplinas sin poder asociarlas posteriormente”.

En historia podemos hablar de la batalla del Espinillo (aunque de ella no hablamos en general, siquiera); en geografía del arroyo (aunque hablamos poco de nuestros 7.700 ríos y arroyos entrerrianos); en botánica del árbol (aunque de los árboles del espinal y las selvas ribereñas hablamos poco y nada); en lengua de la toponimia (aunque la toponimia está casi ausente); pero nos cuesta más aún aceptar que ese arroyo comprende árboles, barrancas, arcillas, música, aves, poemas, voces, batallas, peces, metros cúbicos, amores, comunidades, alimentos… He ahí un problema de la educación formal que necesita dividir para conocer, como bien dice Amorín

¿Podríamos entender al carpincho sin laguna, al hornero sin horno, a la calandria sin trino, a Atahualpa Yupanqui sin la Argentina?

Y bien: este año ha servido sin dudas para la reflexión, entonces vale que nos preguntemos si en la escuela, el colegio, la universidad estamos organizados para facilitar que cada niño, cada niña, cada joven, despliegue su talento y lo cultive; organizados para que desarrolle y celebre los conocimientos y las prácticas comunitarias, o al contrario, empujamos allí a las persona a los casilleros del sistema, donde los “canoeros” quedan afuera.

El barro por el suelo

Devotos de los compartimentos, hemos puesto tal acento en la especialización que se nos pasa por alto el conjunto. Así adquieren un valor desproporcionado los papeles que uno junte para concursar, las chapas que exponga, como el bronce que amontonen los próceres elegidos por el sistema. Ante la sacralidad de los papeles, las chapas y el bronce, el barro queda por el suelo.

Un sencillo vecino de Paraná que ejercía el magisterio de la calle sin títulos habilitantes nos lleva a revalorizar vías diversas del conocimiento, y a revisar vicios de la erudición. Pedro Aguer nos recordaba a ese pordiosero de tiempos idos que, en la puerta de la Catedral transmitía profundos saberes en diálogo con los estudiantes de la Normal.

Fortunato Calderón Correa comentaba a propósito que el espíritu sopla donde quiere, y a veces donde uno menos espera porque no responde a prejuicios o jerarquías sociales.

Los modos del conocer son variados, a veces por región. De ahí que algunos autores denuncien el “epistemicidio” que ocasionó la invasión europea al Abya yala (América), al destruir maneras de relacionarse con el ambiente, destruir lugares, destruir modos de diálogo y conocimiento, distintos de los del invasor, y no menos valiosos. ¿Qué importancia le da el sistema a la angustia de El Canoero por el botellerío?

Algún tropiezo le complicó la vida a Arnoldo Valentini y no pudo sostenerse con el arte, a pesar del aprecio del público. Damos fe que algunos entrerrianos lo acompañaron en sus últimos días. En las puertas de 2025 recuperamos esta valoración de su obra. Sus versos vivos nos interrogan.