Hilos rotos: la agonía de la industria textil argentina

La industria textil argentina atraviesa su peor momento en décadas. La producción se derrumba, el empleo sangra en silencio, los comercios bajan sus persianas y las importaciones ingresan a precios que desafían cualquier lógica de mercado

07:20 hs - Lunes 13 de Abril de 2026

Hay una imagen que sintetiza mejor que cualquier estadística lo que está ocurriendo con la industria de la ropa en la Argentina de 2026: una remera de algodón ingresando al país declarada a un valor de un centavo de dólar. No es un error de tipeo. No es un caso aislado. Es una práctica documentada, extendida, y al parecer tolerada, que resume con brutal precisión el estado de un sector que en dos años pasó de motor de empleo federal a campo minado de quiebras, despidos y cierres.

Las cifras que arroja el último informe de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) son difíciles de digerir: la actividad textil cayó un 25,7% interanual al cierre de 2025, y el sector opera hoy al 35% de su capacidad instalada. Para graficar la magnitud de ese número: mientras la industria argentina en general trabaja al 53,8% de su potencial, los telares, las agujas y las máquinas de coser están paradas casi dos terceras partes del tiempo. El sector no atraviesa una crisis; atraviesa una parálisis.

Lo que sigue no es solo una historia de números en rojo. Es la historia de las 2.924 empresas que cerraron entre 2024 y 2025, de los 28.924 empleos registrados que desaparecieron desde diciembre de 2023, de las familias cuyo sustento dependía de una cadena de valor que hoy se deshilacha a velocidad inquietante.

El derrumbe de las ventas no encuentra piso

Los números del primer bimestre de 2026, relevados por la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI), no admiten lecturas optimistas. Las ventas de ropa registraron una caída interanual del 8,4%, consolidando una tendencia que lleva doce de los últimos trece períodos bimestrales en terreno negativo. No es un tropiezo puntual: es una hemorragia sostenida que ya tiene dos años de historia.

El 63% de las empresas del sector reportó una caída en sus ventas durante los meses de enero y febrero. Solo el 30% logró algún tipo de crecimiento. Y para las que cayeron, la lógica es circular y asfixiante: sin ventas, no pueden trasladar los aumentos de costos a los precios. El 50% de las firmas relevadas no pudo trasladar absolutamente nada de lo que le costó más caro producir, y el 43% apenas pudo cubrir menos de la mitad. El resultado de esa pinza es predecible: los depósitos y los showrooms se llenan de mercadería que no sale, y el 50% de las empresas declaró tener stocks "excesivos", el nivel más alto en un año y medio.

El rubro "prendas de vestir" aumentó apenas un 15,1% en los últimos doce meses, menos de la mitad de la inflación general del 33,1%. En términos reales, la ropa está más barata que hace un año. Y, sin embargo, la gente sigue sin comprar. La explicación no es un misterio: cuando el salario real se licúa frente al alquiler, la energía, la salud y el supermercado, la ropa pasa al último puesto de la lista de prioridades.

El Monitor Económico de la CIAI registra que las ventas en shoppings cayeron un 9% en términos reales en enero de 2026, acumulando nueve meses consecutivos de retroceso. La producción de ropa, por su parte, se contrajo un 15% interanual en el mismo periodo, marcando su séptimo mes consecutivo de caída. Por donde se mire, el sector no encuentra piso.

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Hilos rotos: la agonía de la industria textil argentina

Empleos que no vuelven: el costo humano de la crisis

Las estadísticas de empleo son, quizás, el aspecto más doloroso de esta historia. Entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025, la cadena de valor textil, indumentaria, cuero y calzado perdió casi 29.000 (si, veinitinueve mil) puestos de trabajo registrados, lo que representa el 13% de toda su plantilla. En el segmento específico de la confección, la destrucción alcanza los 10.054 empleos: 5.973 industriales y 4.081 comerciales.

El rubro más golpeado dentro de la confección fue el de Ropa Interior y Medias, que resignó el 21% de sus puestos de trabajo. Le sigue Ropa de Trabajo, con una caída del 18,5%. Son rubros que en muchos casos representaban el ingreso de familias con escasa alternativa laboral formal, especialmente en ciudades del interior donde la fábrica textil o el taller de costura eran el empleador de referencia de un barrio entero.

Los despidos, que durante meses operaron de manera silenciosa a través de la fórmula de las "renuncias no reemplazadas" (el 25% de las medidas laborales adoptadas), escalaron en el primer bimestre de 2026 hasta representar el 21% de las decisiones sobre personal, con un incremento de 7 puntos porcentuales respecto al período anterior. Las empresas ya no pueden disimular el ajuste: el recorte es directo y creciente.

En noviembre de 2025, el sector textil, confecciones, cuero y calzado contabilizó apenas 102.000 puestos formales. Para dimensionar la caída: en el mismo mes de 2024 había 11.000 más. No es solo una fotografía de un momento malo; es la curva de una tendencia que lleva más de dos años apuntando hacia abajo sin encontrar un suelo.

Fábricas y comercios que cierran: el mapa de la devastación

Entre 2024 y 2025, cerraron en Argentina 2.924 empresas vinculadas a la cadena textil e indumentaria. El número por sí solo ya es elocuente, pero el desglose lo hace aún más contundente: 303 eran fábricas de confección de ropa, el 10,7% de toda la industria productiva del sector. Y 1.644 eran comercios minoristas de indumentaria, es decir, el 11% de los locales de ropa del país.

Cada una de esas persianas bajas es una historia que las estadísticas no terminan de contar.

El taller con diez empleados que resistió la convertibilidad, la crisis de 2001 y la pandemia, pero no pudo con la combinación de importaciones baratas, consumo deprimido y crédito caro.

El local familiar de ropa en la peatonal o en el centro de una ciudad del interior que durante décadas fue punto de encuentro del barrio y hoy exhibe un cartel de "se alquila" o “liquidación total por cierre” o “cierre definitivo”. La costurera monotributista que perdió a su principal cliente cuando la confección cerró.

El estrés financiero en la cadena de pagos acompaña y profundiza ese cierre de empresas. El 80% de las firmas del sector enfrenta dificultades para cumplir sus compromisos financieros. Los atrasos ocasionales en los pagos se duplicaron en un solo bimestre, llegando al 60% de las empresas. Y el grupo de compañías que operaba sin atrasos significativos se desplomó del 40% al 21% en apenas dos meses. La crisis de ventas, en suma, ya es una crisis de solvencia.

industria textil

La avalancha importadora y la remera de un centavo

Si hay un dato que condensa la anomalía económica que atraviesa el sector textil, es este: mientras las importaciones de insumos para producir ropa en Argentina cayeron un 35% en los primeros meses de 2026, las importaciones de prendas terminadas crecieron un 129% en cantidad. La lectura es descarnada: las fábricas locales no compran tela ni hilado porque no fabrican, y el mercado se abastece directamente con producto extranjero.

En el primer bimestre del año se importaron 146 millones de dólares en prendas de vestir, un 49% más en valor y un 82% más en cantidad que en el mismo período de 2025. El proveedor dominante es China, que controla las principales posiciones arancelarias tanto en tejidos de punto como en tejidos planos. Temu y Shein no son solo nombres de aplicaciones; son el emblema de un modelo de abastecimiento que reemplaza la producción local con velocidad y precios que ningún taller argentino puede replicar.

A eso se suma el fenómeno del comercio puerta a puerta, cuya magnitud ya no admite el calificativo de "tendencia emergente". Según datos de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria, las importaciones a través de plataformas de courier y envíos directos crecieron un 274% en 2025 respecto a 2024, alcanzando los 893 millones de dólares. A eso deben sumarse los 3.612 millones de dólares que los argentinos gastaron comprando ropa durante sus viajes al exterior en 2025, un 76% más que el año anterior y un nuevo récord histórico.

Pero la cara más escandalosa del problema no está en los consumidores que compran en el exterior, sino en la subfacturación de importaciones. Un informe privado basado en datos oficiales revela que el 76% de los kilos de productos textiles importados ingresaron declarados a valores sensiblemente menores que los de mercado. El desglose por eslabón es revelador: materias primas (75%), hilados (81%), tejidos planos (74%), tejidos de punto (93%), confecciones (51%) y prendas (67%). En total, alrededor de 330 millones de kilos subfacturados en toda la cadena de valor.

Los casos documentados rozan lo absurdo: abrigos de fibra sintética que en 2023 se declaraban a 11,84 dólares ahora ingresan a 2 dólares. Prendas de algodón que costaban 21 dólares se importan hoy a 1 dólar. Y, en el caso más extremo documentado, una empresa que declaró el ingreso de remeras a u$s 0,01, es decir, unos catorce pesos argentinos. "Puede haber márgenes de facturación discutibles, pero decir que importaste una remera a 14 pesos no es ni siquiera verosímil", afirmó un trabajador aduanero consultado al respecto.

Esta maniobra no es solo competencia desleal: es también evasión fiscal. Las empresas que subfacturan importaciones se ahorran el grueso del pago de IVA, Ganancias y derechos de importación. Los derechos de importación y la tasa estadística fueron el segundo ítem de mayor caída en la recaudación de marzo, con un desplome interanual del 17,3%. El daño no lo pagan solo los industriales textiles; lo paga el conjunto de la sociedad a través de los servicios que el Estado deja de financiar.

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La trampa del precio bajo: barato para el bolsillo, caro para el país

El argumento oficial suele presentar la apertura comercial como una buena noticia para el consumidor. Si la ropa importada es más barata, el razonamiento dice, el ciudadano gana poder de compra. El argumento no es falso en su lógica inmediata, pero es incompleto en sus consecuencias.

El problema estructural es el siguiente: el ciudadano que compra una remera importada a bajo precio es, en muchos casos, el mismo ciudadano que perdió su trabajo en la confección, o cuyo vecino cerró el taller, o cuyo municipio perdió los pagos de derechos y tasas de una fábrica que ya no existe. El precio bajo de la prenda no compensa la pérdida del ingreso. Y cuando el poder adquisitivo real sigue deteriorándose, el abaratamiento relativo de la ropa tampoco alcanza para reactivar el consumo: la gente sigue sin comprar pese a que la ropa subió menos que la inflación.

Las expectativas del sector no son optimistas. Según la encuesta de la CIAI correspondiente al primer bimestre, el 60% de los empresarios espera que las ventas se mantengan sin cambios en los próximos tres meses, el 25% proyecta una nueva caída, y apenas el 16% confía en una mejora. Las perspectivas económicas generales volvieron a deteriorarse: crecieron las calificaciones "muy malas" y "malas", en desmedro de las regulares. La industria textil opera hoy con el horizonte bloqueado.

Industria textil trabajadores trabajadoras

Lo que se pierde cuando cierra una fábrica

Hay algo que los números no capturan con precisión y que vale la pena nombrar: el saber técnico. Cuando una fábrica textil cierra, no solo desaparecen los puestos de trabajo; desaparecen los patronistas, los tejedores, los cortadores, las costureras con veinte o más años de oficio. Ese

conocimiento no se recupera con una resolución ministerial ni con un crédito bancario. Se pierde con las personas que lo portaban, y reconstruirlo lleva años.

La Argentina tiene una historia industrial textil que abarca más de un siglo. Desde las hilanderías del Noroeste hasta los talleres de confección del Gran Buenos Aires, desde las fábricas de tejido de punto de Córdoba hasta los pequeños emprendimientos de moda del litoral, el sector fue durante décadas una fuente de empleo genuino, federal, con baja calificación de entrada y alta posibilidad de especialización. Era, en muchos sentidos, el escalón de ingreso al trabajo formal para franjas de la población que no accedían fácilmente a otras industrias.

Ese escalón se está erosionando a una velocidad que debería alarmar más allá del sector. No porque la industria textil sea irreemplazable en abstracto, sino porque en la Argentina concreta de 2026, ninguna alternativa visible está absorbiendo a los trabajadores que el sector expulsó en dos años. El problema no es el futuro de una industria; es el presente de decenas de miles de familias.

Una crisis que no es solo del sector

La situación de la industria textil en 2026 no es solo el problema de un rubro. Es el síntoma de una economía que está procesando una transformación profunda a una velocidad que su tejido productivo no puede absorber.

La apertura comercial sin controles aduaneros efectivos, el consumo interno deprimido por la pérdida de poder adquisitivo, y la competencia de actores globales que operan bajo reglas completamente distintas conforman un cóctel que ninguna política sectorial puntual puede resolver por sí sola.

Hay decisiones que se toman hoy cuyas consecuencias se cobrarán en años: la desaparición de la infraestructura fabril, la expulsión del saber técnico, la concentración del mercado en importadores y plataformas digitales extranjeras. Cuando esas consecuencias maduren, el costo de revertirlas será infinitamente mayor que el de haber tomado antes decisiones más cuidadosas.

Mientras tanto, las persianas siguen bajando. Los telares siguen fríos. Y en algún galpón aduanero, alguien declaró que importó una remera por un centavo.

Que nadie haya levantado la voz con suficiente fuerza para que eso cambie dice todo lo que necesitamos saber sobre las prioridades del momento.

Escribe María José Quinodoz; contadora, economista y docente universitaria

*Especial UNO