Diálogo abierto
Viernes 02 de Noviembre de 2018

"Hay un deterioro de la salud y los campos por los agrotóxicos"

Le iba muy bien en cuanto a cumplir los mandatos establecidos en ciertos sectores sociales, hasta que un día decidió decir basta, tomó una bicicleta y se fue a viajar para ver si por ahí encontraba respuestas a su vacío existencial. Descubrió realidades, otras miradas y continúa buscando, aunque de lo que no tiene dudas es de la deconstrucción de los conocimientos adquiridos para el ejercicio de su profesión de ingeniero agrónomo. Mauricio Mattalia –asesor y productor independiente, e integrante de un programa de ganadería sustentable de la secretaría de Ganadería, Lechería y Recursos Naturales del ministerio de Producción de Santa Fe– desnuda, desmitifica y denuncia todos los resortes del modelo sojero.

La ciudad, el campo y un descubrimiento
—¿Dónde naciste?
—En Santa Fe, capital, calle 9 de Julio, donde mi abuela tenía una pensión, luego viví en un barrio más afuera y lo que recuerdo es de los 3 o 4 años, en barrio Guadalupe. Pero como alquilaban, íbamos rotando.
—¿Qué es lo que más recordás?
—Barrio Candioti, muy tranquilo y hermoso, donde andábamos en bicicleta y patineta, nada que ver con lo que es ahora por el flujo de autos. Nos metíamos a jugar en muchos baldíos, donde hoy hay edificios. Luego recuerdo el centro.
—¿Había límites que no podías trasponer?
—No; mis padres dormían la siesta y no sabían por dónde andábamos en bicicleta, lugares que hoy serían prohibidos. La costanera, el ferrocarril y la avenida Alem eran las referencias. Iba a La Salle y ahí hacíamos deporte.
—¿Otros juegos?
—Mucho deporte, jugué al rugby, fútbol, iba al Club Regatas a nadar y remar, y jugaba al ajedrez en el colegio.
—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?
—Mi papá es consignatario de campos y mi mamá, ama de casa.
—¿Sentías una vocación?
—No, me atrapaba viajar; me gustaba el campo –por mis abuelos de Santiago del Estero– y la conexión con la Naturaleza y los animales, y lo acompañaba a mi papá, así que veía paisajes hermosos. Cuando vino la época de las computadoras, quedé atrapado, pero luego pasó.
—¿Qué materias te gustaban?
—Mucho Matemáticas, Biología, Física, Educación Física, y algo de Literatura y Química.
—¿Leías?
—Sí, mucho y lo sigo haciendo.
—¿Los primeros libros influyentes?
—Los de aventura de Julio Verne, Emilio Salgari, Mac Twain, Jack London, José Mauro Vasconcelos, Juan Salvador Gaviota, la Colección Robin Hood y a veces los retomo (risas).
—¿El primer viaje iniciático?
—A los 7 años, con mi papá, por su trabajo, cuando conocí la Cuña Boscosa de Santa Fe y los Bajos Submeridionales. ¡Fue importante! Al igual que Salta y Jujuy, la Quebrada de Humahuaca y la Montaña de los 7 Colores, e ir de vacaciones a Piriápolis. En Uruguay tengo un grupo de gente amiga con quienes rescatamos saberes ancestrales. Me siento más cómodo que en cualquier lugar de Argentina.
—¿Por qué estudiaste para ingeniero agrónomo?
—Tuve orientación vocacional y averigüé sobre seis carreras: Arquitectura, Arqueología, Ingeniería Agronómica, Forestal, Naval y Biología. La elegí por la historia con mi papá y por mandato encubierto. Tenía dudas y también pensé en no estudiar nada. Me gustaba el norte de Santa Fe y del país como desafío para irme.
—¿Por qué vivís en Valle María?
—Cosas de la vida que no entendés en un momento. Valle María me llamó; antes de dejar todo –en 2010– compré como inversión la casa donde vivo, la alquilé, me fui de viaje, cuando volví me la entregaron los inquilinos y fui a vivir en agosto de 2013. Me permite estar a mitad de camino del campo, ya que estoy a 150 metros. Hay muchas parcelas de alfalfa y ganadería en las cuales no se fumiga, y se respeta un poco esa cuestión. Cuando llego, siento paz, que no siento en la ciudad.

Por sobre todo, rentabilidad
—¿Qué paradigma predominaba?
—Nos mostraron una fase de la agronomía y de los campos, muy orientada a la administración y la renta, la tecnología y los insumos –lo que se hace ahora. Apliqué eso en mi profesión.
—¿En qué momento te tomó la irrupción del paquete tecnológico de la soja?
—Comencé la carrera en 1989 y terminé en 1994, y ni bien me gradué, trabajé en Formosa y Corrientes. Estudié en Esperanza y en ese momento era la transición. Actualmente es todo agricultura pero en ese momento era ganadería –de producción de carne y tambos– con agricultura. Quedan algunos tambos y todo es soja, con siembra directa. Los transgénicos comenzaron a fines de la década de 1990. Mi perfil fue de la ganadería, lo extensivo y los pastizales, así que no me influyó, aunque sí lo de ver sólo la rentabilidad económica. La ganadería extensiva te permite cuidar el paisaje pero siempre estaba viendo cómo le podía sacar un poco más de dinero al territorio.
—¿Cuándo comenzaste a revisar ese enfoque?
—A partir de 2006 no me satisfacía lo que hacía, tuve una crisis personal fuerte de pérdida del sentido, una separación, comencé a buscar un camino más terapéutico y espiritual, a meditar, y vi lo que no me hacía bien.

Enfoques alternativos y enseñanzas de un viaje
—¿Alguna influencia particular?
—Varios eventos: hice estudios y encuentros de Agricultura biodinámica –de Rudolf Steiner– y conocí los libros Masanobu Fukuoka, quien integra la producción con un camino filosófico budista. Fue un punto de inflexión para la forma de ver mi profesión y la producción. También el libro Arno Klocker y el pastoreo rotativo –un chileno hijo de alemanes–,con mucho de agronómico y filosófico –escrito por dos referentes de la UBA. Me cayó la ficha definitivamente al ir a Bolivia cuando se hizo la Cumbre de los Pueblos Originarios por el Cambio Climático. Cuando volví, decidí dejar todo lo que estaba haciendo.
—¿Cuál fue el mayor desaprendizaje?
—No sabía qué hacer y la única decisión fue dejar todo lo que hacía en Formosa, por la profunda crisis existencial. Sólo sostenía lo que hacía por lo económico y me animé a dejar –en diciembre de 2010. El único cable a tierra era la Alianza del pastizal –un programa de producción de carne sustentable–, pero tampoco pude canalizar la crisis por allí, así que me tomé un año sabático y me fui viaje en bicicleta por Sudamérica.
—¿Tenías un destino previsto?
—Sí, pero no ocurrió (risas). Fue un gran viaje porque me llegó otro sentido del sentir latinoamericano, ya que me eduqué siempre mirando a Europa.
—¿Te sirvió para integrar las nuevas miradas y búsqueda que hacías?
—Más o menos; en realidad fue comenzar a deconstruir una imagen errónea. Pedaleando por el Salar de Uyuni –en Bolivia– pensaba que me iba a morir de frío, me rescató una familia que iba en un camión y fue una experiencia que me hizo ver la solidaridad y la humildad. Estuve con muchas familias campesinas humildes, y me generó mucha empatía y fortaleza.
—¿Y en cuanto a tu forma de ejercer la agronomía?
—Tanto en el norte argentino como en la parte andina en Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela, no existe la llanura como acá y si la hay, es selva. Los campos son parcelas chicas, lo cual hace que subsistan y persistan las familias campesinas –algo que me resultó novedoso. Eso está ligado a las ferias de las ciudades y pueblos, como lugar de encuentro, también, social y cultural entre el productor y consumidor.
—También las hubo por estos lares.
—Se fueron perdiendo porque el sistema de agricultura desplazó del campo a las familias, y muchas se fueron a vivir a las ciudades. Los campos se industrializaron con el sistema moderno y los agroquímicos, muchos son taperas, casas abandonadas, molinos rotos, tanques y bebederos con yuyos, y alambres caídos. Donde estuve, la forma de producir en muchos casos es agroecológica, algo que está comenzando a ocurrir en Paraná, con el surgimiento, también, de algunas ferias.

El desierto de soja
—¿Una postal del proceso de sojización?
—Conozco todo el proceso porque la primera soja comenzó a sembrarse a principios de la década de 1980. Cuando volví del viaje en bicicleta llegué a Paraná y salí por Entre Ríos y Uruguay, y yendo por un camino de tierra hacia la ruta 18, escribí un relato que se llama El desierto de soja.
—¿Por qué?
—Por los campos con las casas abandonadas, los molinos caídos, el tanque australiano roto y con yuyos; me sentí solo y con angustia, algo que no me había pasado en otros lugares. Es un paisaje que hoy continúa. Son los pasos lógicos del desarrollo capitalista, extractivista y patriarcal, y de los sistemas intensivos de producción de pollos, cerdos y ganado, que está terminando porque el daño, el agotamiento de los suelos, la injusticia y la marginalidad se notan mucho. A la par y muy incipiente se observa algo nuevo –como la Agroecología y los sistemas de producción biológicos o naturales– con distintas miradas integradoras. Son sistemas que le dicen sí a la vida y a sus ciclos naturales, y ésa es su fortaleza por el equilibrio que tienen y por incorporar al hombre. Es un cambio de paradigma y de consciencia. A quienes trabajamos en el medio rural, nos interpenetra profundamente y las personas urbanas con cierta consciencia también comienzan a ser parte.
—¿Se puede hacer una prospectiva del agravamiento de las consecuencias del modelo sojero, de continuar con el actual nivel de intensidad?
—Comencé a ver mi profesión desde la salud de las personas y del ambiente. En la salud hay un deterioro y las generaciones más jóvenes son las que más problemas tienen. En cuanto a la salud de los campos y los bosques, hay un retroceso que se tiene que frenar ya. Hay que volver a conectar con la Tierra, el paisaje y las personas de esos lugares, y cuidar los derechos de la Madre Tierra, más allá de que lo económico y la renta tengan que estar. Tenemos que construir la transición con los productores y campesinos, atravesando los conflictos de sojeros, agroecólogos y técnicos. Lo bueno es que las herramientas y la tecnología están. Hay que hacerlo entre todos.
—¿Cómo incide la primarización de la economía argentina y el falso axioma de salvarse con una cosecha?
—Juega totalmente en contra porque Argentina jamás competirá con China o Europa en tecnología, pero hay tecnologías intermedias relacionadas al agro con las cuales sí. Con muy poco capital, un grupo de productores pueden hacer aceite ecológico o harinas integrales agroecológicas, y es un pequeño paso de valor agregado y aumenta la necesidad de gente trabajando. En cuanto al campo más tradicional, si parte de la familia volviese al lugar, vuelven los frutales, las gallinas, los patos, la huerta... como era con mis abuelos, y es otro valor agregado porque ya no compran en el súper.
—¿Tenés dudas sobre los efectos de los agrotóxicos?
—Es muy grave, porque los laboratorios mienten. Si fuesen con la verdad o tuviesen consciencia, ya hubieran retirado del circuito de los países que permitimos todavía productos que en otros –Estados Unidos y de Europa– están prohibidos. Lo mismo con los remedios. Muchos de los laboratorios de agroquímicos son de productos farmacéuticos, o sea que por un lado te envenenan y por el otro te dan el remedio para tenerte como víctima y esclavo. Hay una forma de medir el nivel de toxicidad y es la dosis letal 50, establecida cuando mata el 50 por ciento de una población de ratas. En esto hay cierta mentira porque se refiere a una dosis instantánea pero no sobre el efecto residual y acumulativo de 20 o 0 años. Hay trabajos muy importantes de (David) Lagmanovich –quien trabaja en el Conicet y en la UNL– sobre la residualidad de los agrotóxicos en anfibios y reptiles, y unas médicas que trabajan sobre las malformaciones que produce el glifosato. Lo otro grave es pensar que si podemos producir sin agroquímicos –más barato y autónomamente– por qué lo hacemos. La respuesta es la cadena de publicidad, marketing, lobby y poder económico constante sobre las leyes para que el productor no pueda quedarse con las semillas y poner trabas, más el sistema de financiamiento de los insumos de la cosecha. Hay muchos jugadores que no son los productores, sino financistas, bancos e inversionistas. Sin ánimo de ofender, es una timba.

Ciclos naturales y escalas
—¿Cómo definís la Agroecología?
—Es muy amplio; es el volver a mirar al agro con la mirada de los ciclos naturales de vida, entender al campo, sus familias y el paisaje, como un ciclo de vida.
—¿Para eso hay que modificar la escala productiva?
—No, al contrario; permite que existan las pequeñas escalas y parcelas pequeñas. Conozco familias que producen en media o una hectárea, y también es viable. Depende si es horticultura, agricultura, granja, fruticultura, ganadería o todo eso integrado. La mirada agroecológica permite deconstruir la barrera de la escala productiva y el tamaño del campo. Es una mirada más amplia e integradora.
—¿Experiencias atractivas?
—Muchos de los campos ganaderos de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes, Chaco y Formosa –que son de producciones extensivas– tienen un poco de la filosofía de la sustentabilidad, porque todavía hay familias con amor por la tierra –una connotación agroecológica. En cuanto a campos de producción agroecológica, conozco varios casos que son viables y les va bien. Trabajé en un programa en Hersilia –Santa Fe– donde hay una ordenanza de restricción de fumigación hasta 800 metros y hay 1.100 hectáreas que no se pueden fumigar, en las cuales con un compañero trabajábamos con 20 productores. Lo siguen haciendo y cada vez con mejoras, porque no se fumiga y la Naturaleza vuelve a un clímax de equilibrio. En Entre Ríos está el caso de (la granja agroecológica) La Porota, con un proceso muy interesante, al igual que el de Naturaleza Viva –en Santa Fe–, que además tiene pequeñas industrias. En Colombia estuve en ecoaldeas y en Europa tiene bastante desarrollo el neorruralismo, con gente que no es del palo agropecuario, pero que se van de la ciudad al campo.



"Soy autocrítico con lo hecho y algunos productores también"


Mattalia asegura que la Revolución Verde "fracasó" por lo que estima inconciliable la Agroecología con los cultivos genéticamente modificados. "El actual modelo de desarrollo genera la dependencia del productor, de los laboratorios y las semilleras", enfatiza.
—¿Es conciliable la Agroecología con lo genéticamente modificado?
—No, porque en el caso de Argentina, lo genéticamente modificado está relacionado con la Revolución Verde, que es un fracaso. Su desarrollador –Norman Borlaug– enfocado en los trigos y maíces de alta producción quería resolver el hambre del mundo y no sucedió, y hay más desigualdad entre los que tienen y los que tienen menos. Es un desarrollo que genera dependencia del productor, de los laboratorios y las semilleras. Durante miles de años no fue así, salvo en los últimos 40 años.
—¿Y conciliar la producción intensiva con la preservación de los recursos?
—Los cambios se están dando dentro de las instituciones y en la carrera de Agronomía de Esperanza hay un postgrado de Agroecología, cátedras con estos contenidos y sobre Soberanía alimentaria, y los estudiantes demandan.
—¿Hay una reflexión o autocrítica del papel que han cumplido y cumplen los ingenieros agrónomos en el proceso de sojización?
—Algunos productores y técnicos sí; comienza a haber una autocrítica con lo que hicieron y con lo que hacen. Soy autocrítico con lo que hice, porque somos frutos de una construcción educativa y cultural de siglos. Están los que no, los más radicales que dicen que hay que alimentar el mundo, mientras que es inexplicable que haya desnutrición. No se trata de falta de alimentos sino de injusticia social y mala distribución. Los números tampoco son fáciles y muchos productores cuando hablamos de estas cosas, reconocen que lo que hacen no está bien y que es para criticar, pero no saben cómo hacer otra cosa. Es algo real, porque a mí también me pasaba.
—¿El cuidado del medio ambiente es ajeno a la formación del ingeniero agrónomo?
—Había una materia que era Ecología, con un enfoque muy general. La Agroecología es la Ecología aplicada al agro y la parcela rural. Hoy las facultades están cambiando.

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