La Provincia
Lunes 25 de Marzo de 2019

"Hay que salir de los centros de salud y pensar en alternativas"

El histórico Puerto Viejo y las respuestas públicas a graves problemáticas sociales, en un contexto de degradación ambiental

Fiel a su especialidad en Medicina Social y Comunitaria, la licenciada Cristina Gadea defiende y promueve la creación de espacios recreativos y de formación orientados terapéuticamente para no restringir el abordaje de la salud a una visión exclusivamente médica. La profesional –quien desempeña funciones en el centro de salud Puerto Viejo, de la capital provincial– describe situaciones –aunque se niega a analizar, por una decisión institucional el alcance del grave problema del consumo y venta de drogas en la zona– y enumera algunas acciones en desarrollo.

Un sentir temprano
—¿Dónde naciste?
—En Crespo, en un barrio ubicado a cinco cuadras de la calle principal. Había pocas cuadras asfaltadas.
—¿Qué se veía al salir de tu casa?
—Un campito enfrente con una canchita.
—¿Había un límite del lugar que no podías trasponer?
—El límite era horario –a la tardecita– pero tenía total libertad para andar en bicicleta por donde quisiera.
—¿Lugares de referencia?
—El Parque Evita –donde iba a jugar–, la escuela, una heladería que todavía existe en calle San Martín, un bar tradicional frente a la plaza principal –donde iba con mi papá– y el Club Cultural.
—¿Grandes cambios?
—Llevo más tiempo vivido en Paraná que en Crespo, porque me fui hace más de 20 años –a los 18. Fue creciendo y cambiando.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá –quien falleció– tenía un bar muy tradicional, mi mamá era ama de casa, luego comenzó a trabajar en una escuela y ahora está jubilada.
—¿Personajes del bar?
—No recuerdo.
—¿La primera salida de Crespo o viaje?
—Con mi familia venía frecuentemente a Paraná y Santa Fe, y los viajes eran los de la escuela, a Concepción del Uruguay y Rosario.
—¿A qué jugabas?
—A la escondida, la rayuela y a la casita, mucho en la calle.
—¿Sentías una vocación?
—Desde chica jugaba a que era trabajadora social –aunque no era una profesión muy conocida– y siempre participaba en ventas de rifas, estuve en el centro de estudiantes de la Secundaria y la facultad... La Matemáticas nunca fue mi fuerte.
—¿Qué materias te gustaban?
—Lengua, Educación Cívica y Educación para la Salud –con la cual siempre ha estado vinculada mi trayectoria profesional–, aunque en la Secundaria elegí una orientación contable y fui perito mercantil. No me llevé bien con la mayoría de las materias porque soy muy rudimentaria en las ciencias duras, aunque luego entendí que la economía no es una ciencia dura.
—¿Te adaptaste a Paraná?
—No me costó la adaptación, enseguida hice un grupo de amigos de la facultad –que no eran de Paraná–, siempre me sentí cómoda y la ciudad no me resultaba desconocida. Venía desde chica porque era una salida familiar.
—¿En función de qué decidiste estudiar la carrera?
—Lo sentía y a esa edad se elige lo que haremos durante toda la vida. Sabía que estudiaría una carrera social.
—¿Qué idea te hiciste sobre ella y cómo la modificaste al transitarla?
—Es para hablarlo largo y tendido. Siempre estuve movilizada por las reivindicaciones, los derechos humanos, para hacer algo por modificar las injusticias, y fundamentalmente por la idea del derecho y acceso. La experiencia hace otro tanto de aporte en ese sentido.

Las ciencias sociales y su necesaria jerarquía
—¿Tuviste algún formador o cátedra que te resultó influyente?
—Disfrutaba de ir a aprender, en general, me incliné por las materias relacionadas con la salud mental y pública, y lo relacionado con política y planificación. Cada materia hace lo suyo y con el tiempo te hacen repensar o cuestionar determinadas cosas.
—¿Cuál era el paradigma general?
—Me hizo mucho ruido lo de sostener y defender las ciencias sociales como tales, lo cual es un desafío el darle entidad y jerarquía. El ámbito de la Salud Pública ha sido un ámbito muy médico, y para poder hacer escuchar la voz de lo social en los equipos y que sea tenida en cuenta esa mirada, la carrera aporta mucho. Soy reconocida por mi trabajo en ese sentido.
—¿Qué idea te hiciste sobre el mundo de la salud y las posibilidades de intervención?
—Seguramente han sido otras... me cuesta acordarme... Teníamos práctica desde 1º hasta 4º año, así que en 2º estuve en un centro de salud, en 4º en el hospital (Dr. Gerardo) Domagk y en 5º hice la pasantía en una institución de salud. Identifiqué que me gustaba más trabajar en la atención primaria y a los ocho o nueve años de recibirme hice la especialidad en Medicina Social y Comunitaria –cuando ya me había estabilizado en este centro de salud. Siempre trabajé acá.
—¿La primera práctica?
—En 1º año, en un jardín que está en (avenidas) Churruarín y Blas Parera. Me sirvió en su momento y resulta difícil evaluarla después de tanta experiencia. Todo sirve si se lo capitaliza, como en la vida.

La salud integral y la importancia de los equipos
—¿Cómo percibías lo de darle cabida a las ciencias sociales en el sistema médico?
—Por ese entonces iba como alumna y no éramos parte del equipo. En la pasantía me incorporé a un trabajo de investigación que estaban haciendo sobre la prevención de la anemia –por falta de hierro. Había una nutricionista, una psicopedagoga y una pediatra. Cuando comencé acá también se incorporó una psicóloga en el equipo.
—¿Por qué elegiste este centro de salud?
—Porque en 2003 no había trabajador social. Antes trabajé cuatro o cinco años en un programa con chicos, un gabinete psicopedagógico interdisciplinario –de la Municipalidad de Crespo– que hacía diagnóstico y seguimiento. Estaba más vinculado a la educación, porque la demanda venía de las escuelas primarias, pero también se hacía trabajo de atención primaria con los padres.
—¿Qué herramientas buscaste desarrollar acá, en lo específico?
—Salimos de la facultad con herramientas para comenzar a andar y nos vamos nutriendo de otros aportes. El trabajo con otras disciplinas lo sigo defendiendo porque es un gran aporte para aprender. En este momento el interés tiene que ver con la salud integral. No solo pienso como trabajadora social sino que hay cuestiones que tienen que ver con el todo y me sirven.
—¿De qué otras disciplinas te has nutrido?
—El centro de salud hace unos años que viene fortalecido en cuanto a la construcción comunitaria y los procesos colectivos, y en este momento es un pilar desde el cual estamos aprendiendo y en donde confluyen muchas otras personas, desde el psicólogo, el terapista ocupacional y los estudiantes, gente de la comunidad que hace su aporte y talleristas artísticos –que antes no tenían relevancia en los equipos. Desde lo interior, de los enfermeros se aprende mucho y con Pediatría es una de las disciplinas con las cuales nos toca articular y pensar intervenciones alternativas y estrategias, al igual que con el equipo de salud mental.

Salud y espacios recreativos
—¿En qué medida los conceptos de la Medicina Social colisionan o entran en conflicto con el sistema médico?
—Más que colisionar, el desafío que me planteo es pensar e intentar construir cosas a favor de una salud más colectiva y social.
—¿Concretamente?
—Poder corrernos del pensamiento de que la única forma de atender determinadas cuestiones es el consultorio, y movernos hacia un ámbito comunitario –igualmente de terapéutico–, aunque hay algunas cosas que son de orden estrictamente médico. Estamos trabajando con talleristas, y esos aportes y espacios son sumamente ricos y terapéuticos, y sirven para habilitar la palabra –como puede servir el ámbito de este consultorio para que un psicólogo pueda sentarse a escuchar. No hay que quedarse dentro de los centros de salud sino pensar alternativas no tradicionales ni convencionales, pero que hacen al cuidado y la salud.
—¿Dificultades para ello respecto de los médicos?
—Nuestro director es médico, pero tiene un compromiso con todo este tipo de acciones, que suman a favor. De nuestra parte, entendemos cómo es su formación, pero en general no tenemos mayores inconvenientes al momento de elaborar una propuesta.
—¿Y en otros ámbitos?
—Siempre voy por hacer el intento de que se pueda y nunca fui de presionar a quien no lo siente o no tiene la convicción, o prefiere sumar desde otro lado. Si sirve, bienvenido. Son desafíos a la persistencia, al poder comunicar y hacer visible lo que se puede lograr desde espacios alternativos. A veces puede haber otras disciplinas desde las cuales no se enganchan –tal vez porque no se animan– pero quienes trabajamos desde otras perspectivas podemos hacerlas visibles y ayudar a entenderlas o descubrirlas.

De la desnutrición a la obesidad
—¿Qué jurisdicción comprende el centro de salud?
—Los límites están establecidos por calle Larramendi y un asentamiento que hay a un costado de Walmart, Bajada de Los Vascos y hasta donde está la balsa.
—¿Cuáles eran en 2003 –cuando te incorporaste– las problemáticas más acentuadas?
—Estaba mucho menos poblado y demográficamente la zona creció, paulatinamente, mucho –sobre todo en la zona de la barranca. Nos preocupaba el asentamiento en ese lugar, y hoy el acceso a los servicios básicos mejoró. Una de las subidas era de broza y ahora está mejorada. Por entonces la Municipalidad traía agua y la dejaba en una pileta. También había muchos chicos con bajo peso y desnutrición –posterior a la crisis de 2001. No existía (el Plan) Remediar (provisión de medicamentos), el cual comenzó luego de algunos meses.
—¿El asentamiento creció por migración interna?
—Es muy heterogéneo y dinámico como todos los procesos migratorios: hay gente que conocí en 2003 y desarrolló su familia, familiares de ellos que estaban en el interior y se vinieron acá, quienes venden o permutan su casa y se van a otro lugar... En aquel momento impactaba mucho la situación social y tenía mucha presencia la iglesia, a través de su pastoral y Cáritas. Fue modificándose a través de los años.
—¿Actualmente?
—Tenemos otros desafíos y ejes de trabajo que desarrollamos desde hace algunos años, tal como la obesidad infantil –un indicador preocupante.
—¿Es muy evidente?
—Sí, hay prevalencia y no es alentador. Tiene que ver con la educación y promoción de hábitos saludables. La cuestión de los chicos de bajo peso se fue revirtiendo.

Violencia, adicciones y precariedad laboral
—¿Cuestiones recurrentes propias de la estructura y dinámica social del lugar?
—Es difícil establecer una relación causa-efecto. También está lo que tiene que ver no solo con la atención estrictamente orgánica, tal como las consultas por dificultad en el aprendizaje, problemas de conducta, episodios de violencia y puesta de límites, demandas que son bienvenidas porque hace al todo y la integralidad de la salud. Hay más disciplinas que hace un tiempo atrás, tales como nutrición, kinesiología, psicopedagogía, psicología y el agente sanitario. Tenemos mucha presencia en la comunidad y estamos en otros espacios, lo cual facilita la cercanía.
—¿El problema de las adicciones responde a la generalidad de toda la sociedad o reviste alguna particularidad?
—Es una pregunta difícil y prefiero no contestar por varias cuestiones. Atraviesa a la sociedad en general. Es interesante ampliar el concepto de adicciones y no reducirlo al consumo de las drogas ilegales. El consumo de alcohol implica un desafío, al igual que su inicio en edades tempranas, y nos preocupa.
—¿Cuál es la situación general laboral de la población?
—Es heterogénea: gente que tiene un trabajo estable –con relación de dependencia formal–, un montón que tiene planes sociales y mucha que hace changas.
—¿Qué intervenciones extra médicas o recreativas desarrollan?
—Integramos una red con instituciones del barrio: el centro comunitario (Josefina Zubizarreta), el Hospital Escuela, el Servicio de Protección de Derechos y el de Libertad Asistida (Copnaf) y la escuela Pueyrredón, y en este marco surgió la necesidad de ocupación del tiempo libre. Así contamos con una colonia de verano que se desarrolla con apoyo del Ministerio de Desarrollo Social y el Club de Pescadores, hay caminatas guiadas por una profesora de Educación Física, para personas con enfermedades crónicas, un taller de rap y percusión para adolescentes y jóvenes –que se inició el miércoles–, de danzas árabes –para nenas y adolescentes–, comenzará uno de cine y dos días a la semana en el Club de Pescadores hay actividades deportivas martes y jueves.

Acciones de mayor magnitud para el problema ambiental
La zona de Puerto Viejo, lejos de la preservación y el atractivo que suele representar el casco histórico de cualquier ciudad mínimamente organizada, ofrece un creciente deterioro urbanístico, ambiental y social, y su mayor cantidad de población concentrada en asentamientos irregulares.
—¿Qué consecuencias ha tenido la degradación del borde costero?
—En un momento lo priorizamos como problema ambiental, intentamos acciones y tuvimos charlas y capacitación de Ecourbano, y se intentó parquizar. Lo que observamos como centro de salud es el manejo de los residuos, ya que al arroyo se vuelca mucha basura. También trabajamos con los chicos de la escuela Pueyrredón –la cual le dedica tiempo a estos contenidos– y fueron a la planta de reciclado, al igual que sus integrantes vinieron acá. No fue exitoso porque es necesaria una acción de mayor magnitud en cuanto a la sensibilización del cuidado del ambiente. Trasciende lo que podemos hacer en el lugar y se nos volvió difícil sostenerlo, porque implica una red más amplia y es un problema complejo. Cuando el arroyo crece, a la desembocadura llegan heladeras, sillones y un montón de cosas de toda la ciudad.
—¿El asentamiento tiene una problemática ambiental propia?
—Hay minibasurales, de los cuales nuestro agente sanitario tiene un relevamiento, a partir de la actualización de un censo que se hizo y con información que se sistematizó.
—¿Las mayores necesidades y problemáticas se concentran allí?
—Es la parte más poblada y tiene mucho dinamismo. La parte más estable es la que está sobre avenida Estrada –con los vecinos de siempre. La otra parte tiene más movilidad, con mayor concentración de gente y otro tipo de acceso a los servicios.
—¿Hay conflicto entre ambas zonas?
—Si los hay no nos llega como una demanda.

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