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Descubriendo Entre Ríos

Hace 45 años enseñaron al mundo el nombre de nuestro continente

La voz fue acuñada en Panamá y tomó nuevos bríos en el altiplano para ser esparcida por todos los rumbos. Ya no podemos ser indiferentes.

Sábado 25 de Enero de 2020

Abya yala, qué dulce voz, qué mate amargo, nombre hondo, fresco aroma; qué danza con gracia. Abya yala, nuestro continente, nuestra historia, nuestras selvas, nuestros saberes, nuestras cuencas de nadie, nuestra resistencia.

Abya yala, Amazonas, Gualeguay, Aconcagua, Cabayú, lo más grande, lo más pequeño en este nido cálido que nos tocó en suerte. Cielito, huayno, estilo, jazz, chamamé.

Pukará, Machu Pichu, Haití, Paraná. Así Tenochtitlan como Spatzenkutter, claro, nada queda afuera del Abya yala, y las fronteras se diluyen.

Armonía, resistencia, comunidad, cachilo y cóndor, mburucuyá, Micaela, Artigas, Zumbí, Remedios del Valle, y también aquellos que han preferido eso de la Europa trasplantada que tanto les gustó en vida. Somos esto y lo otro.

Inuit, guaraní, criollo, gringo, alakaluf: nada afuera cuando el nombre abarca, abraza, y no fue inventado en un escritorio al calor de los acomodos, no: Abya yala brotó en el fondo de los tiempos, salió de estas arcillas, de esta humanidad comunitaria hecha de maíz.

País sin nombre

Dijo Perón, con ironía: “peronistas somos todos”. Nosotros diremos, sin ironías, que en nuestro continente “americanos somos todos”. Al toque nos retrucarán que algunos se creen más americanos que otros, por aquello de que Dios está en todas partes pero atiende en el norte.

Bueno, quitemos por un momento del centro nuestro sentido de la historia y el colonialismo, y comprenderemos también un cachito a nuestros hermanos de allá que no necesariamente son expresados por un Estado. Su país nació sin nombre, de modo que ellos tienen que apelar a la ley, y la ley dice que se trata de la suma de territorios soberanos de este continente, dicho de otro modo: Estados Unidos de América. Por eso les queda el gentilicio “americanos”, o “estadounidenses”, sin muchas opciones.

Otros países son estados unidos: México, Brasil o la misma Argentina. Nuestras provincias formaron estados unidos ¿de dónde?: de América. (A propósito, está demás recordar que México figura en la “Ciudad de México”, pero el nombre oficial del país es Estados Unidos Mexicanos).

Algunos han visto esta debilidad del imperio del norte (la ausencia de nombre) como una fortaleza de EEUU: si se llaman América, toda América les queda a garfio ¿no? (perdón, a mano). Muy astutos: América para los americanos... Pero también podríamos lamentar ese vacío: cuando los pueblos finalmente recuperemos por consenso la voz del continente, Abya yala, entonces el poder imperial del norte podrá lucir su nombre sin culpa. Estados Unidos de América, con la voz que le encajó el invasor, ya que el continente lucirá su voz inmortal: tierra madura, tierra de sangre, tierra en plena madurez, tierra de sangre vital, Abya yala, tierra viva, tierra en florecimiento. Y qué lindo, sin patrones.

Takir Mamani

Corría 1975. Takir Mamani (Constantino Lima Chávez) asistía a un congreso indigenista en Columbia Británica, Canadá, y de regreso a Bolivia visitaba a los mayores (saylas) del pueblo guna o kuna de Panamá y Colombia. Ellos se mostraban extrañados y molestos con el nombre América, y recordaban que desde antiguo llaman Abya yala a esta tierra. No necesariamente a todo el continente sino a la gran región, con límites más o menos difusos, tierra que conocen bien porque aquí viven desde hace milenios, a diferencia de aquellos que resolvieron bautizarla “América”, que en el mejor de los casos habían pasado apenas algunas décadas por acá, es decir, lo ignoraban todo: idiomas, costumbres, saberes, modos, árboles, peces, pájaros, amores, ríos, historias, artes… Nombraron algo que no conocían.

Y bien: digamos que Constantino Lima Chávez, Takir Mamani, hoy octogenario, ha sido desde siempre un militante por las causas de la emancipación contra la invasión europea, de modo que transmitió este mensaje de los saylas a los distintos pueblos y la voz Abya yala alcanzó una bella recepción en muchos. Bienvenida, la esperábamos.

Miremos esto: no se impuso una palabra de los pueblos de mayor presencia, sino una voz de una comunidad reservada, casi desconocida entonces para nosotros, los australes.

Como se aproximaba el recuerdo de los 500 años del desembarco de Cristóbal Colón, los pueblos antiguos y vigentes empezaron a pronunciar Abya yala en sus fogones y documentos. La tierra les estaba alumbrando un lugar, un canal impensado para el encuentro; Abya yala sonaba y suena como una melodía capaz de devolvernos la armonía, el sentido.

Nadie inventó la voz, nadie la impuso, nadie forzó nada: entró Abya yala como quien vuelve a casa, y dice tanto que es imposible ya tomarla con indiferencia.

Tal fue el auge que los más aferrados a Europa rescataron una hipótesis vieja, que dice que el nombre de América no proviene del espía Américo Vespucio sino de las sierras Amerrique, de Nicaragua. Y que el propio Américo recibió esa influencia, porque vino como Albérico y se volvió como Américo.

Esta hipótesis no cuajó entre los pueblos antiguos y vigentes, que se sienten cómodos con Abya yala, una voz que encuentran (encontramos) tan en sintonía con la Pachamama, la madre tierra en equilibrio, con la integración del ser humano en la naturaleza, y tan apropiada para abonar una conciencia por la emancipación.

Es cierto que las voces se desprenden de su origen. Cuando uno dice “América”, “Latinoamericano”, no está pensando en Vespucio ni en Europa, las voces adquieren vuelo propio. Sin embargo, decir Abya yala es un acto de conciencia, oración y rebelión a la vez. La voz posee tal energía interna que no necesita aceptación o aprobación de claustros universitarios, intelectuales, jefes de estado, corporaciones, medios masivos, jueces, nada de eso. No quiere ni busca la venia del poder. Abya yala no pide permiso, es de los pueblos, y más que eso: es de la biodiversidad, que incluye a los pueblos de ayer, de hoy, de mañana.

Lejos de ensalzar a un individuo, a una persona, Abya yala dice tierra, territorio, sangre, naturaleza, con un dejo de “naide es más que naide” como diríamos en el litoral.

Entre nosotros hay varios libros que llaman Abya yala al continente, y defienden ese nombre, en la Argentina, en Entre Ríos. Algunos de ellos pertenecen, como nosotros, al centro de estudios Junta Abya yala por los Pueblos Libres que en su fundación se llamó Junta Americana pero, tras diversos estudios e intercambios, cambió su nombre, precisamente para no actuar con indiferencia, y porque comprendió la bisagra que pone esa voz en nuestro devenir histórico.

En las dos banderas

Abya yala (pronunciemos “abia shala”, la i latina en abia, la ye en yala), viene acompañada de wiphala, símbolos, luchas, saberes, mirada integral, y se cultiva al margen de los poderes económicos, políticos, estatales, corporativos, o los círculos de la ciencia. Se conservó por siglos en unas islas de Panamá, entre danzas tradicionales, sikus, hamacas paraguayas; fue sembrada en los encuentros culturales, en las asambleas, y se reproduce al modo de los rizomas, sin mando central, porque ha encontrado campo fértil en todo el continente. En el litoral argentino-oriental calza natural en las ruedas de mate.

Tal vez la OEA siga siendo OEA, como Organización de Estados Americanos, mientras no sintonice con nuestra historia milenaria. Quizá USA siga siendo USA, lo que habla de poder, de Estado, de apropiación, de colonia, como si diéramos a militares y políticos una autoridad sobre temas que los desbordan y mucho. En cualquier caso, los continentes del planeta Tierra son hoy Abya yala, África, Oceanía, Eurasia y Antártida.

El sol, Inti, en nuestras banderas de la Argentina y el Uruguay, nos ayuda a comprendernos como habitantes del Abya yala, gotas de este pozo insondable. La sangre derramada por la independencia, expresada en un trazo diagonal en nuestra bandera artiguista, entrerriana y oriental, nos ayuda a entendernos como protagonistas de esta “tierra de sangre vital”.

En eso que llaman “América” quedarán algunos Estados, algunos poderosos, algunos imperios, algunos reaccionarios, algunos banqueros, algunos machos altaneros. Abya yala, en cambio, ya nombra el monte, el pájaro, el río, las comunidades, la Pachamama, la mujer, la mirada de a pares; nombra las luchas decoloniales, ambientales, obreras, los alimentos sanos y cercanos. Abya yala dice tekoá, nuestro lugar, donde vivimos en comunidad, con los árboles, cuidando el agua, cuidando el suelo, donde el hombre baja su copete y su grito, para dejar por fin que trine el cardenal.

Patentar la semilla

En este 2020 se cumplen 45 años del nuevo despertar de la voz Abya yala acuñada en Panamá, Colombia y el Caribe, atesorada por siglos, florecida en el altiplano y esparcida por todos los rumbos. Ya no podemos ser indiferentes. Hoy nos entendemos si decimos América, es cierto, pero si insistimos en eso estamos dando la espalda a una revolución en las conciencias. Hemos llegado a un punto en que la apatía será recibida como una oposición, una reacción, un acto de soberbia colonial.

No hay una grieta entre las dos voces, el nombre del continente es Abya yala. Una gran masa de poderosos se resiste. Va a resistir todo lo que pueda, postergar le viene al pelo. Sabe que esta voz sencilla, dulce y firme arrastra muchas cosas ocultas y puede remover, cómo no, algunas pretendidas certezas impuestas por la modernidad eurocéntrica; algunas certezas que sostienen a esos poderosos en sus privilegios.

Desde las honduras del Abya yala, los relatos se ven como tales: macaneos nomás. En América, un macho blanco puede acaparar un millón de hectáreas bajo la vigilancia de las fuerzas armadas y de seguridad, la Constitución y las leyes; en Abya yala esa es la fuente de muchos males. En América un señor puede patentar la semilla, nada menos, mientras que en Abya yala es un crimen. ¿Se entiende por qué la resistencia? Abya yala no admite dudas. En América, un juez puede cobrar 400.000 pesos mensuales mientras un jubilado común cobra 15.000. En Abya yala, eso es un despotismo inaceptable ¿no?

América dice individuo, ganar; Abya yala dice comunidad, gauchada, compartir, consenso, buen vivir. América dice oro, dinero, Abya yala dice vida, poesía. América dice máquina, Abya yala dice trabajo compartido. América dice comida o peor, hambre; Abya yala dice alimento nutritivo y compartido. América dice pensamiento único en compartimentos estancos; Abya yala dice soberanía particular de los pueblos, unidad en la diversidad, mirada de cuenca, integral, dice unidad.

América dice transgénicos, herbicidas, Abya yala dice agroecología, complementariedad. América dice socios, consumidores, Abya yala dice hermanos, amigos, hermanas, amigas. Decir Abya yala es tomar conciencia del genocidio, el ecocidio, el epistemicidio, para iniciar el camino de la emancipación. Por eso el poder con sus tentáculos ponen y van a poner peros.

Le preguntamos al amigo Dad Neba de los gunas de Panamá cuál es el gentilicio de Abya yala. Dijo que allí prefieren decir “habitantes del Abya yala”, sin adjetivos. Claro, la voz no dará respuesta a todo, como no las da la palabra América.

Indoamérica, Latinoamérica, América criolla como decimos, Hispanoamérica, Afroamérica: todas las expresiones excluyen a alguien, dejan a grupos afuera. Abya yala, en cambio, no deja a nadie afuera, ni personas ni vegetales; incluye agua, suelo, piedras, luchas, sueños, música, tradiciones, escamas, alas, migraciones diversas. Cielo y tierra.

Takir Mamani (cofundador del Movimiento Indígena Tupac Katari) estuvo en la recuperación de la wiphala y en la recuperación de la voz Abya yala. No se adueñó de nada, sólo es un puente. Ahí tenemos a un militante que no se dejó encandilar por el pragmatismo. Sobre sus luchas diarias, supo abrir los ojos a los símbolos más hondos, y nos ha permitido este privilegio: ser mujeres y hombres de un continente tan bello, tan profundo, tan verde; tan arcilla, tan transparencia, fertilidad, vida, que se llama Abya yala pero, además, merece llamarse Abya yala, como una flor.

Somos entrerrianos, correntinos, orientales, bonaerenses, santafesinos, en fin, chaqueños, misioneros, gauchos, gaúchos, todas y todos del Abya yala. Ni primeros, ni últimos, ni dueños, la vida nos precede aquí en millones de años. El Abya yala está en nuestra condición, somos el Abya yala, por eso nos inclinamos ante nuestros hermanos, ante el día y la noche, ante el puma y la mariposa, nos arrodillamos para devolver los bienes a la Pachamama, y compartimos también unos tragos de caña con ruda. Nada de lo que es profundamente el Abya yala se puede medir con los metros y las balanzas del occidente moderno. Esa esclerosis, esa lumbalgia, buscan hacernos arrastrados cuando el Abya yala nos invita a la danza.

El Abya Yala

así el nidito en un enredo

clinas y plumas que arrancó el huracán

troncos descuartizados

savia en un charco

raíz en carne viva, miedo en los ojos ocultos

pero qué tibio en mis manos este joyerito

de seda y encajes

rastros de arrorró, susurros

canción de cuna y rastros de gritos

en un solo grito

entre las huellas de una ilusión rota

el nido incuba como un ardor

el Abya yala, un nido

ni muerto ni vencido

bajo azotes, sí, un nido a la intemperie

ignorado en los mullidos claustros

pero decime vos si no es un ñandutí

que nos pregunta

aquí y allá, despojos

tormenta sin piedad, troncos tumbados en el agua

y en un brazo ese despliegue del biguá

reencarnada chacana

en su quieta adoración al sol

para el vuelo que viene

promesa de bandada, el Abya yala

recién parido

temblor húmedo en mis manos

dtf

* Esta nota fue publicada este mes en la Revista Cuando el Pago se hace Canto en su Edición 40. La Paz. Entre Ríos.

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