Diálogo abierto
Viernes 30 de Noviembre de 2018

"Fue muy fuerte verme con la necesidad de matar, y quedé shockeada"

La regresión a experiencias traumáticas anteriores como forma de sanación emocional. La función de la mente y el concepto de alma.

Según la Terapia de vidas pasadas –uno de cuyos mayores referentes en Argentina es el doctor José Luis Cabouli– existe una relación directa entre los síntomas psíquicos de la vida presente y las experiencias traumáticas de las anteriores. La terapeuta cordobesa María Eugenia Pucheta llegó a ese conocimiento a partir de su propia experiencia como paciente y de ahí en más se capacitó en el método que hoy difunde en Paraná. "Cuando fui, el terapeuta me dijo dos o tres cosas que me rompieron la cabeza, y trabajé por qué no podía dormir. Esa noche dormí como un bebé. No sabía lo que era pero me hacía bien", recuerda.

Dislexia y superación
—¿Dónde naciste?
—En Córdoba capital –zona céntrica–, a siete cuadras de la terminal. En mi infancia eran edificios y casas históricas. Mis padres vivían en el centro de la manzana, rodeados de edificios y cinco casas viejas donde vivían el primo, la hermana y la tía de la familia. Fue un campo y tambo de un tatarabuelo, y el resto lo fue vendiendo. Desde hace diez años, todo fue volteado para playa de estacionamiento y edificios. Ahora, a dos cuadras de la casa de mi mamá, está la casa de gobierno, y la zona explotó con edificios.
—¿Lugares de referencia en tu infancia?
—El parque Sarmiento, la plaza San Martín y la costanera.
—¿Había un límite que no podías trasponer?
—La casa de mis padres está a dos cuadras de una parte de la costanera y luego había un barrio histórico que se está demoliendo para hacer edificios. Ahí se acababa el mundo. Del otro lado, está la Cañada.
—¿Qué actividades laborales desarrollaban tus padres?
—Mi papá, corredor y martillero público, y mi mamá, administrativa en el hospital de niños.
—¿A qué jugabas?
—Con mis primos andábamos en bicicleta y patines en un patio grande.
—¿Leías?
—Muy poco porque me costaba mucho, ya que me diagnosticaron dislexia y confundía letras y números. Me gustaba que me leyeran.
—¿Cuándo te lo diagnosticaron?
—En segundo grado la maestra le dijo a mi mamá que identificaba mal las cosas, así que fuimos al neurólogo y al fonoaudiólogo. Hice tratamientos durante la primaria, así que hablar en público me costaba mucho.
—¿Cómo lo viviste?
—En ese momento era sufrido porque no podía completar las cosas, y si lo hacía, estaba mal. Tenía buenas compañeras entonces a la tarde mi mamá llamaba a la mamá de una, le pasaba todo, iba a la fonoaudióloga, a la maestra particular y volvía. De grande hice terapia porque siempre fui tutelada y controlada por alguien –aunque en la secundaria me relajé un poco.
—¿Cuál fue la clave para resolverlo?
—La fe en que lo podía hacer, más allá de que me tutelaban. Mi papá, cuando me equivocaba, me decía que lo repitiera –pero no desde el castigo. Me enteré de grande que me pasaban la tarea. En la secundaria me dieron el alta y seguí sola.
—¿Descubriste un resorte emocional asociado a la enfermedad?
—Primero trabajé la autoestima, porque había cosas que no había podido lograr, como hablar en público y leer. Cuando fui grande me desquité con la lectura (risas).
—¿Por dónde comenzaste?
—Como mi familia era muy judeo-cristiana, católica, apostólica y romana, los primeros libros fueron de una mirada religiosa y cuando comencé con las terapias holísticas, los doné a todos. No tengo uno que me haya marcado, aunque sí un texto llamado Despertares. Después fue todo relacionado con lo holístico y la terapia de regresión, el (doctor José Luis) Cabouli y el novelista y médico psiquiatra Brian Weiss.

Preguntas y pocas respuestas
—¿Sentías una vocación?
—Sí y no, porque era de escuchar y contener. Estudié Ingeniería en Sistemas, no la terminé pero me dio un orden de pensamiento, e hice un profesorado de Catequesis –porque tenía muchas preguntas y pocas respuestas en cuanto a la religiosidad.
—¿Tu familia era religiosa?
—Sí, muy marcado y desde los cuatro años fui a un colegio católico.
—¿Qué materias te gustaban?
—Matemáticas y Contabilidad, y había gabinete de Informática. Me gustaba programar y me daban tarea extra.
—¿Te dio respuestas estudiar catequesis?
—No, muchas más preguntas, pero también saber que las respuestas están en algún lado y hay que buscarlas.
—¿No tomaste una posición crítica al no encontrarlas?
—Sí; desde chica tuve algo que me hacía ruido en cuanto a que a Dios me lo pintaban misericordioso, padre y amoroso, pero después me decían que le tengo que temer y que castiga. Fue lo que siempre me cuestioné hasta que entré en el universo de lo holístico, y entendí lo que es misericordia y que el temor de Dios es sembrado por la conciencia del hombre. Hasta ese momento no me lo supieron responder porque cuando levantaba la mano me miraban como para sacarme de ahí.
—¿Qué desaprendiste o revisaste además de eso?
—Lo dejé en stand by hasta que me topé con las terapias holísticas a los 35 años, cuando un amigo me recomendó un terapeuta. Fui, me dijo dos o tres cosas que me rompieron la cabeza y trabajé por qué no podía dormir. Esa noche dormí como un bebé. No sabía lo que era pero me hacía bien.

Terapia y reconstrucción
—¿Era terapia de regresión?
—Sí, el martes siguiente llevé un cuestionario de diez logros que quería para mi vida –por ejemplo hablar en público y no tener miedo– y comencé a trabajarlos. Había algo más profundo que mi etapa de dislexia durante la cual no lo podía hacer y llegamos al origen de todo. Se juntó mi fe religiosa en contraposición con la terapia que me planteaba vidas pasadas y un montón de cosas. Resolví la gran cuestión de que si Dios es misericordioso había muchas oportunidades de aprender y no una sola chance. Me habían enseñado que uno más uno era dos, lo bueno y lo malo, y con esto aprendí que dependía de quién. Comencé a reconstruirme.
—¿Por qué te alejaste de la terapia tradicional si fue efectiva con el tratamiento de la dislexia?
—Era en la que creía mi familia pero quería encontrar el para qué de las cosas –no el porqué. Siempre me pintaron la terapia tradicional como encontrar los por qué. Mis preguntas no coincidían con esta parte. Cuando encontré la terapia de regresión me enamoré de los resultados, porque cambié posiciones dogmáticas y encontré paz. Iba con una rigidez, me volvía más flexible y encontraba tranquilidad.
—¿Cómo fue aquella primera sesión?
—Muy loca, porque no sabía a qué iba; con Ángel Chialvo –quien luego fue mi maestro–. Me hizo una entrevista para saber si había afinidad con él y si podía colaborar o no –porque la regresión sirve para algo y para el resto no. La segunda sesión era terapéutica y con una relajación –denominada anclaje, que también enseño porque la persona se relaja rápidamente. La primera regresión no la recuerdo aunque cuando llegué a casa me dormí. En las más fuertes, me vi como victimario de alguien y las recuerdo, otras no.
—¿Tenías conciencia de esa actitud?
—Tenía conciencia pero también mucho miedo de encontrarme con esa parte que sabía que podía ser muy letal. Esa regresión comenzó porque una amiga dijo algo que no me gustaba, la miré y me dijo que con esa mirada pensaba que la iba a matar. Se puso muy mal y me di cuenta de que lo tenía que trabajar. En la regresión que hice, comencé siendo un niño que veía cómo mataban a mis padres, juré venganza y toda la vida me preparé en la milicia para conquistar. Conquistaba pueblos –con gente a mi cargo–, no me satisfacía, entonces los quemaba y era feliz. Hasta que llegó un momento que vi la mirada de un niño que estaba por matar y me vi como aquel niño. Fui a un río cercano y me maté con mi propia espada. Fue muy fuerte verme con esa necesidad de matar. Lo sanamos y luego vinieron otras regresiones que fueron peores. Tras conocer varias de mis vidas pasadas, comencé a investigar.
—¿Sensaciones al descubrirte como un gran asesino en otras vidas?
—La primera fue de negación, no podía creer que hubiera sido tan malo; quedé dos días shockeada porque tenía que aceptar esa oscuridad. La consigna de mi terapeuta fue que estaba resuelto pero tenía que trabajar el no flagelarme. Igualmente, parte de la terapia de regresión tiene que ver con devolver lo que nos apropiamos.
—¿Tenía relación con la dislexia?
—No, la dislexia la trabajé con lo de hablar y leer en público, así que trabajé las vidas en que me habían juzgado y ahorcado en público.
—¿Lo conciliaste con tus creencias anteriores?
—No hubo forma de hacerlo, hasta que renuncié, lo solté y seguí investigando. Cada objetivo que trabajé en las sesiones se transformó en muchas regresiones, porque cada uno puede tener variada sintomatología, entonces se desmenuza. Comencé a ser más libre, alegre y permitirme un montón de cosas.
—¿Continuaste reformulando la idea de Dios?
—Separé religiosidad y fe –la cual siempre estuvo intacta. A mí religiosidad le di las gracias pero había que sumarle más cosas. Fue un quiebre religioso pero no de fe, ya que la idea que tenía sobre la misericordia de Dios tuvo más riqueza en todo sentido. A eso se sumó el concepto de compasión, conmigo y con el otro.

Las cuestiones de la mente y las del alma
—¿Cómo verificaste la eficacia del método, teniendo en cuenta que tenés una mente analítica por tu formación en Programación?
—Me ganó en la primera cuando pude dormir. Cuando hice el quiebre porque verifiqué que existen vidas pasadas, dejé mi mente al costado y dije que era una cuestión del alma –con la mente como aliada. Llevó su tiempo entender que debía poner la racionalidad en determinado lugar. En el alma –para quien el tiempo no existe–, uno más uno no es dos, puede ser cuatro o menos diez.
—¿Qué definición hacés del alma?
—Surgió como el gran capitán de la vida; soy luz, alma, energía. Según la creencia es el nombre que se le pone. La regresión te permite vivir un estadio de luz donde está el todo.
—¿Cuándo te consideraste "sana"?
—En la primera sesión me ganó el resultado. Fue una pulseada porque a partir de ahí me di cuenta de que todo lo que había construido era una castillo de naipes y que podía solucionar todos los objetivos que me había propuesto.
—¿Entendiste cómo funciona el método antes de capacitarte?
—No, estaba en el rol de paciente. Con la formación comencé a entender desde el otro lado, reforcé el sentido de compasión y de la escucha; como la regresión es metódica, tenía esa estructura. Fui cambiando conceptos a medida de que trabajé con personas que venían y se topaban con lo de haber sido victimarios.
—¿Qué fue lo más revelador en la formación?
—Mi formador era ingeniero y empresario, así que hablábamos de mente a mente; su forma de enseñar fue metódica –como la diseñó Cabouli, quien es cirujano. Es como una operación: se abre, hay un proceso y se cierra. Más allá de haber hecho la terapia, me fue fácil comprenderla por tener una formación racional.
—¿Un caso paradigmático en tu rol de terapeuta?
—El de una señora de 70 años que en un libro que hicimos con otros regresionistas titulé el capítulo como Doña Flor y sus dos maridos. Vino desesperada porque no se acordaba de una etapa de su vida, cuando estaba de novia y no supo qué pasó. El próximo recuerdo fue el de entrar a la iglesia con quien es su marido actual, que no era aquel novio. Vivió 40 años con su marido, con mucho odio y no sabía qué la había llevado a casarse. Lo primero fue aclarar que era posible que en la regresión no hubiera nada debido a semejante bloqueo –el cual había tratado con todas las terapias posibles. Cuando "fuimos" al momento del casamiento no pudo acceder a ese paréntesis de dos años y medio. El recuerdo le provocaba odio por verse con otra persona en el altar. Trabajamos con el odio en la primera regresión, logró ver que su novio estaba en la iglesia detrás de una columna –pero no lo había visto en aquel momento. Ahí entendió el odio. Luego trabajamos la emoción con el marido, a quien veía como un demonio, hasta que –en una vida pasada– lo vio como un nene que lloraba en brazos de ella. En la segunda sesión me dijo que ya no le "ladraba" más al marido y que estaba más relajada. Trabajamos con el alma de su novio –con quien estaba comprometida–, se reconcilió, al mes me dijo que tenía una gran paz –aunque no recordó lo que pasó– y que a veces en la calle iba de la mano de su marido pero "hablando" con el alma del otro.
—¿Qué actividades desarrollás en Paraná?
—Hace unos años Luisa (Schmidt) me propuso venir a su espacio –Capullo– esporádicamente, pero desde hace un año lo hago todos los meses. Además de la terapia estoy dando la formación y en febrero se iniciará la segunda –la cual es de nueve meses.
—¿Tenés una página en Internet?

"Se regresiona hasta donde se necesita y se puede seguir"

Pucheta asegura que la sensación corporal –a la cual se llega con la aplicación de un procedimiento establecido– garantiza que se trata de una vida anterior y no una creación de la imaginación, aunque señala que no es necesario terapéuticamente, ya que los traumas pueden corresponder a la existencia actual.
—¿Cuándo se verifica el "ingreso" a una vida anterior?
—Primero, las consignas y preguntas que se hacen son para ir a ese estadio. La terapia de regresión se engloba en las vidas pasadas para que la persona entienda que pueden existir otras vidas, pero hay sucesos que se iniciaron y son propios de esta vida. Lo segundo es que si no aprendiste una lección estás en un eterno presente. Por ejemplo, no resolví mi miedo a cruzar la calle, entonces todos los días me enfrento en una esquina para cruzar la calle y sigo acumulando energía emocionalmente negativa. Lo que hacemos es gatillar una pregunta para llegar al recuerdo original, lo cual es muy fácil si se trabaja en un estado de relajación. Se comprueba que es una vida pasada cuando la persona lo siente en el cuerpo e incluso describe cómo se eleva el alma, cómo murió y cuál fue el último pensamiento.
—¿Hasta dónde se puede llegar y de qué depende?
—Hasta donde permitas la sanación o sea posible hoy. Cuando vi mi vida de victimario, por más que me dolió, había pasado por muchas otras vidas, entonces ya estaba capacitada para entenderlo. Lo trabajé cuando pude y hasta donde pude hacerlo, era lo que necesitaba de esa vida para sanarlo y que fuera un pasado aprendido. Se regresiona hasta donde se puede seguir e incluso hay gente que lo hace con el primer hecho de esta vida, y la sanación que obtiene es tanta que no necesita ir más hacia atrás. La primera pregunta al comenzar una regresión es qué necesita sanar tu alma –no la mente– hoy, aunque mañana puede ser otra cosa.
—¿Y en cuanto a lo prenatal?
—El concepto es que todo lo que nos pasó en vidas pasadas y necesitamos trabajarlo en esta, lo recordamos en la etapa de gestación. Antes de esa etapa, está el propósito de vida, durante la gestación se plasma en el cuerpo y después de nacer me latiga un recuerdo.
—¿Todo lo que subyace en un trauma es miedo?
—La emoción es un rótulo propio de la mente y que depende de la cultura, la vida familiar o el entorno. Puede ser angustia, ira...
—¿La regresión tiene relación con los Registros Akashicos?
—Los registros se leen y se pueden decir los síntomas, personas o emociones que vienen de otras vidas; la regresión es un trabajo individual en el cual hay que hacerse cargo, tomar conciencia, comprender y liberar emocionalmente.

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