Historia de vida
Sábado 01 de Septiembre de 2018

Es entrerriana y se anima a dejar su huella en las montañas más altas del continente

Adriana Gómer alcanzó la cima del Aconcagua en 2009 y se enamoró del montañismo. Es docente, vive en Paraná, y en Perú logró su último ascenso

No es curioso que alguien que reside al pie de una montaña se habitúe a su paisaje y se anime a escalarla. Pero sí suele ser extraño que quien nació en una región de llanuras y una provincia rodeada de ríos se enamore de una disciplina como el montañismo.
Adriana Gómer es la excepción. Oriunda de Colonia Refino, en zona rural, se mudó a Crespo en su adolescencia para hacer la Secundaria y más tarde a Paraná para estudiar el profesorado de Castellano, Literatura y Latín y se quedó. En la actualidad trabaja como docente en la Universidad Autónoma de Entre Ríos y también en el Consejo General de Educación, y cuando tiene un tiempo libre planifica nuevas metas para alcanzar las alturas, animándose a practicar una actividad que exige al cuerpo y la mente una preparación propicia para soportar el frío, el viento y el soroche, entre otros menesteres.
Para estar preparada físicamente, corre y de vez en cuando se inscribe a alguna carrera de aventura. "Eso implica un ejercicio y me fijo esas metas intermedias para estar entrenada. También salgo a andar en bicicleta, alguna vez hice musculación, y en las barrancas el Parque Urquiza es donde puedo simular esa cuestión de los desniveles, subiendo las escalinatas y las calles que desembocan en el Parque, como una forma de no correr siempre en el llano y así trabajar además lo anaeróbico y no solo lo aeróbico", señaló a UNO.
Su pasión es ascender montañas, cerros y volcanes de más de 6.500 metros de altura sobre el nivel del mar (msnm), y hace poco viajó a Perú con la idea de hacer cumbre en el Huascarán, el nevado más alto de ese país, con 6.746 msnm. Sin embargo, las condiciones de la montaña y las inclemencias del tiempo no se lo permitieron. Pero lejos de regresar, con un guía y una amiga decidieron subir a otros tres cerros, y contó: "Cambiamos de objetivo y fuimos a otra zona de la Cordillera Blanca, que se llama la Quebrada de Ishinca, y nos propusimos con el guía hacer dos montañas de más de 5.000 metros, y otra de más de 6.000".
Lograron completar el itinerario, llevando las grandes mochilas rellenas con equipos, durmiendo en campamentos y transitando sobre la densa nieve que cubre la Cordillera. Así, llegaron a lo más alto del Urus, de 5.423 msnm; también del Ishinca, de 5.530 msnm; y del Tocllaraju, de 6.034 msnm. "Esta expedición, que incluyó estas tres montañas, fue de casi 10 días, no tanto por la distancia, si bien es mucho lo que se camina y se va subiendo por tramos, sino porque hay que darle tiempo al cuerpo para que se vaya aclimatando para estar varios días en altura. Hay que programar subir progresivamente y a veces permanecer en el campamento un día o dos", explicó.
A su vez, comentó: "A veces son jornadas largas, se sale de noche o de madrugada para aprovechar la baja temperatura y la ausencia del sol, que favorece la condición de la nieve, porque es zona de glaciares y cuando amanece se empieza a calentar y se pone más pesada".
"Es otro mundo, con otras reglas", aseguró, y confió que a los secretos del montañismo los fue aprendiendo en cada expedición, a partir de la primera vez que se animó a emprender un ascenso y desoyendo los consejos que indican empezar de a poco, fue por todo y alcanzó la cumbre del Aconcagua, en Mendoza, la montaña más alta del continente y una de las 10 más elevadas del mundo, con 6.962 msnm. Fue en enero de 2009 y recordó: "Era mi primera experiencia, sabía que me enfrentaba a un desafío importante y lo tomé sumamente en serio. Entrené cuatro o cinco meses y ahorré mucho para comprar el equipo era costoso, y si bien el valor del alquiler era menor, también insumía una inversión importante. Además, debía pagar la entrada y el permiso de acceso al parque Aconcagua. Fui con la convicción de que no tenía que escatimar gastos en eso y me hice de todo el equipo necesario".
Pero cumplir su anhelo de subir al Aconcagua no fue fácil, ya al arribar a la Terminal de Ómnibus de Mendoza le robaron la mitad de sus cosas. Sin embargo, no bajó los brazos ni menguó su entusiasmo. Le avisó a quienes serían sus compañeros de travesía y en una iniciativa solidaria le consiguieron prestados algunos de los elementos necesarios para la travesía, y el local donde había comprado parte del equipamiento le facilitó otros sin cobrarle. "Fue una gran experiencia y gracias a ellos pude concretarlo, porque ya me había gastado mis ahorros y no podía reponer lo robado. Fue todo un gesto de generosidad y pese a los inconvenientes pude lograr el objetivo", contó con satisfacción y alegría.
Luego de ese viaje se planteó otros destinos y su segunda expedición fue en el 2011, cuando llegó al Nevado de Incahuasi, un volcán de 6.638 msnm en el límite con Chile.
Más tarde, un catálogo de las montañas de más de 6.500 metros situadas en Los Andes le marcó su camino. Al respecto, indicó: "Me enganché en esa idea un poco alocada de ir por esas montañas que superaran esa altura, de modo no demasiado sistemático ni planificado. Por eso, cuando tengo la posibilidad de visitar alguna, apunto a las de más de 6.500 msnm, más allá de que hice otras montañas de 5.000 y 4.000 y pico de metros".
En este marco, intentó con el Ojo del Salado, en Catamarca, la segunda montaña más alta de Argentina, pero no pudo llegar a la cumbre. Después hizo el Mercedario, la segunda montaña más alta de San Juan, con 6.720 msnm. En 2016 fue al Llullaillaco, en Salta, el volcán de 6.739 msnm donde en 1999 fueron hallados los cuerpos de tres niños incaicos excepcionalmente conservados por alrededor de 500 años, que hoy están en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de la capital de esa provincia. Y el año pasado llegó con un grupo de seis personas al Tupungato, el segundo cerro más alto de Mendoza, que llega a los 6.570 msnm.
Adriana aseguró que es una satisfacción muy grande llegar a la cima y estar también en un medio tan diferente: "Aprendí a disfrutar, más allá de las condiciones en las que uno está, ya que no es un hotel 5 estrellas ni mucho menos", dijo entre risas, y agregó: "A veces uno está aislado o con tu grupo como únicos visitantes de una montaña, sobre todo en las que son menos concurridas y que son de más difícil acceso". Asimismo, reflexionó: "Una se tiene que sentir a gusto en el espacio donde está y hay algunas zonas inhóspitas que no son capaces de contribuir a ese estado, pero me siento bastante cómoda en ese entorno y lo disfruto mucho".
También aseveró que estar en el medio de la montaña y de la alta montaña es una sensación muy gratificante, y sostuvo: "Me considero montañista a partir de que he logrado sostener esta actividad en el tiempo, no como quien vive al pie de los Andes, pero sí dentro de mis posibilidades, tratando de volver a la montaña y hacer distintas cosas. Es satisfactorio ver cómo me voy superando, porque siento que mi cuerpo responde mejor, que voy aprendiendo y que estoy cada vez más en armonía con el medio", expresó
Por último, destacó: "Otra cosa que rescato son las amistades que me va dejando esta actividad. Personas con las que uno vuelve, aunque no siempre se da. He sido también bastante aventurera en ese sentido y he ido a las expediciones conociendo a mis compañeros y compañeras poco tiempo antes".
"Disfruto mucho de lo que me va dejando la montaña, que me permite realizar otras facetas distintas a la de mi vida profesional o a las de otras actividades que desarrollo en Paraná, y eso también es muy agradable", concluyó.

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