Miradas
Viernes 27 de Abril de 2018

El silencio ante el daño ecológico

"El modelo de agroquímicos no va a cambiar", les dijo el ministro de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere, a los apicultores cuando estos le recordaron que la actividad se hunde porque las abejas están desapareciendo en un campo empapado de venenos. "El cianuro es una sal, se puede beber", afirmó el secretario de Minería Mario Capello, quien luego de denuncias por un nuevo derrame ocultado por Barrick Gold pidió "no asustar a la gente". Los ambientalistas de Gualeguaychú han envejecido caminando sobre el puente viendo cómo las pasteras gozan de muy buena salud.
En esta parte del mundo dañar el medio ambiente está permitido, y bajo cualquier signo político. Las posturas del gobierno "neoliberal" de Macri respecto de la megaminería y el uso indiscriminado de agroquímicos son parecidas a las posturas del gobierno "nacional y popular" que lo antecedió, y también a las de los gobiernos que estuvieron antes.
Para el municipio local, la separación de residuos no es un tema que merezca esfuerzos importantes. Como tampoco lo es para la mayoría de nosotros, que tenemos ahora la excusa de que en los supermercados no se entregan más bolsitas y comprarlas cuesta caro. Ejemplos hay miles: tala de monte nativo, basurales a cielo abierto, métodos de producción dañinos para el ambiente, la cultura del use y tire, entre tantas situaciones que dañan la casa de todos.
Frente a esto, resulta también elocuente el silencio de la Iglesia católica argentina. Y no es por criticar a la Iglesia, cuya imagen está sensiblemente dañada por los casos de pedofilia; sino en todo caso una crítica que nos cabe también a todos los católicos de a pie.
Lo cierto es que el papa Francisco –que para colmo de rarezas, es argentino– tiene dicho en su encíclica Laudato Sí que el clima "es un bien común, de todos y para todos" y que el impacto más grave de su alteración recae en los más pobres, ya que muchos de los que "tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas". En el mismo sentido señala: "La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos y hermanas es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil".
Mencioné más arriba lo del cianuro, que envenena los cursos de agua. El Papa afirma que el acceso al agua potable y segura "es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos", y agrega que privar a los pobres del acceso al agua segura significa "negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". Acerca de la pérdida de la biodiversidad, Francisco sostiene que incluso los avances científicos, cuando se ponen al servicio de las finanzas y el consumismo, hacen "que la tierra en que vivimos se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris".
La falta de reacción es señalada por el Papa, quien dice que aparece "una ecología superficial o aparente que consolida un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad. Como suele suceder en épocas de profundas crisis, que requieren decisiones valientes, tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto".
La Encíclica señala que la raíz de la crisis cultural es profunda y que no es fácil rediseñar hábitos y comportamientos por lo que se apuesta a la educación ambiental. El punto de partida es "apostar por otro estilo de vida" que abra la posibilidad de "ejercer una sana presión sobre quienes detentan el poder político, económico y social", que es lo que sucede cuando las opciones de los consumidores logran "modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción".
Sí, el Papa llama a ejercer presión sobre los gobiernos y el capital concentrado para defender la casa de todos, el ambiente. Sin embargo, este aspecto, parece no ser significativo para la jerarquía de la Iglesia argentina y, consecuentemente, desconocido para muchos católicos. Oídos sordos, mirar para otro lado, una forma más del conservadurismo.

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