Suplemento Aniversario
Lunes 20 de Noviembre de 2017

El "Sapo" Lacava, la voz de las mejores fiestas en Concepción

Animador, locutor, cantante, disc jockey y actor. Tuvo una de las disquerías más recordadas de la ciudad y la música ha sido una parte importante de su vida. Cómo si fuera poco, también es martillero y sigue rematando. La historia de un gran profesional

Ha traspasado tantas generaciones que ya es parte del patrimonio popular de Concepción del Uruguay, su apodo ya parece su nombre y muy poca gente sabe realmente cómo se llama.
Centro de fiestas multitudinarias, su voz en la radio, su vida junto a la música, su calor en los carnavales y su pasión por la animación de fiestas también se vuelca en un histrionismo particular cada vez que baja el martillo en los remates donde parece un actor, pero en realidad es el martillero buscando la mejor oferta entre bromas y pujas que apuran a esas manos titubeantes por la oferta.
Es un hombre de pasiones. De amor por lo que hace, de nostalgias plenas por lo que ha hecho, y de esperanzas sinceras por todo lo que todavía le queda por hacer.
Como no podía ser de otra manera, nació un lunes de carnaval del año 42, lo señala con orgullo, como explicando así el fulgor eterno de ese calor interior que lo ha llevado a ser conocido por tanta gente como sinónimo de fiestas y de música.
Hijo de un exintendente de Concepción del Uruguay con una calle con su nombre, con cuatro hijos, y una trayectoria tan amplia como su eterna sonrisa, Jorge Sapo Lacava, es en La Histórica un personaje de sus calles, de la historia de sus palcos, de sus micrófonos y de sus aplausos.
Sigue presente en la retina de una ciudad que aún recuerda esplendores de los años 70 y 80, los años de los carnavales multitudinarios, de los disfraces, las mascaritas y las comparsas plenas de glamour, donde las chicas más lindas y las carrozas artesanales formaban parte de un espectáculo que quedó en la memoria de toda una generación.

Siempre la música
Su vida artística es una de las vetas más ricas de su historia personal. Está plagada de nombres, apodos y lugares conocidos, donde se rescatan recuerdos y espacios que ya cambiaron de nombre o no existen más. "Lo mío comienza un 26 de julio del 59, cuando gané el concurso de cantores en el Night Club Ramírez, de Tito Tófalo, que estaba al lado de lo que es hoy la confitería Ris, ahí había todos los domingos un mate cocido que hacíamos los alumnos de 5° año del Colegio, me gané un premio de 1.000 pesos que me gasté en un viaje a Buenos Aires donde estuve dos semanas parando en hoteles de primera. ¡Tenía 17 años! Me fui solo en el vapor de la carrera y volví solo en el vapor de la carrera, que era el único medio que había entonces para viajar", rememora. Le brillan los ojos con el recuerdo fresco, como si no hubieran pasado casi 60 años de aquel acontecimiento.
Con aquel auspicioso comienzo, su trayectoria encontraría otro punto central en un nuevo concurso de cantores, esta vez ya era a nivel provincial y lo organizaba LT11. Obtuvo allí el segundo lugar entre los cantores de toda la provincia, y como premio se llevó dos meses de actuación en la radio. Eran los primeros pasos a una fama que aún tendría mucho camino por delante.

Los Cuatro Colores
Los nombres aparecen y la magia del recuerdo les da vida nuevamente. El Club División, el comedor Flamingo, el boliche Le Feu Rouge, todos lugares donde un grupo musical casi mítico se transformó el centro de las fiestas de cada fin de semana.
"Los Cuatro Colores fue un grupo espectacular, se armó a principios de 1963 y yo me incorporé como cantante a fines de ese año, después que salí de la colimba, nos cansamos de actuar, no solo acá en la ciudad, sino que salíamos de gira y tocábamos en todos los lugares que te pudieras imaginar, hasta en una sinagoga en Basavilbaso donde nos tuvimos que poner la kipá para actuar, fueron años maravillosos, sin horas y con noches eternas".
En sus recuerdos los nombres están claramente reemplazados por sus apodos. Desde el Flaco Guidoni, pasando por Cacho Sarrot, Gugui Vaca, el Pato y Maroma Fernández, la Mona Quintana, el Chileno Asin, Mingo Nadal, el Mono Sica, todos pasaron por Los Cuatro Colores. Además, entre todos formaban bandas distintas y actuaban en simultáneo en diferentes lugares. "¡Hasta cuatro grupos llegamos a tener para actuar en distintos lugares, todos con los mismos integrantes!".
El recorrido por su historia está sembrado de fotos, y a medida que pasan las imágenes el pasado regresa y lo llena de felicidad. "Aquí estamos tocando en el frontón de Gimnasia – señala, mientras una sonrisa se le dibuja recordando vaya a saber que detalle de aquella noche del 66.
En otra se lo ve parado ante el micrófono junto a los hermanos Crosignani y un bandoneón tanguero en el centro de la escena, en otra junto al Cuarteto Zupay. Se detiene en una de las más emotivas. El primer plano es para Carlitos Squiavo, un entrañable personaje del barrio Puerto Viejo, en ese entonces apenas un chico con síndrome de Down que seguía a Los Cuatro Colores en cada una de sus actuaciones. Ahí está. Año 1965, junto a los músicos en el Club División Río Uruguay, hoy Parque Sur.
"Fuimos el primer grupo en tener un órgano electrónico en Concepción del Uruguay, ganábamos mucha guita y equipamos el grupo, nos salió 250.000 pesos de aquella época, así también compramos una batería de primera, porque una vez, cuando íbamos a tocar al Club Universitario se nos voló el bombo y lo destrozó un camión que venía atrás nuestro", detalla con una precisión envidiable.
"Actuábamos hasta la madrugada, y después yo tenía que trabajar, en ese entonces laburaba en el Colegio, y a todo eso sumale que durante un tiempo también hice teatro con el "Grupo 69" de Demicheli, actuamos en Buenos Aires, fue un tiempo maravilloso".
En el esplendor de su vida artística y laboral, el Sapo cantaba en Los Cuatro Colores, era martillero, animaba los bailes, era el Encargado de Programación Artística de LT11, había montado la recordada disquería Discomanía 30 y estaba a cargo de la gerencia de la empresa OCA.
"No tenía tiempo para nada, eran épocas muy buenas, me acuerdo de una semana en particular con la disquería, nunca vendí tanto como un Día del Niño de los años 80, vendimos más de 1.000 longplays de Los Parchís, tuve que viajar a Buenos Aires a buscar más y los vendí a todos, algo que no volvió a pasar nunca, eso que había artistas en su esplendor, estaba Roberto Carlos, Lafayette, Palito Ortega, Sandro, pero nunca como esa semana", recuerda entre discos, casettes y magazines los ejes de su negocio en esa época.
En ese devenir de música, actuaciones y los primeros pesos ganados con el desparpajo propio de un joven que comienza a conocer las veleidades de la fama local, se suma a su menú de actividades la animación de los carnavales. Fiestas multitudinarias que en aquellos años encontraba en los clubes el epicentro de los festejos.
"Durante 17 años consecutivos hice la presentación de los carnavales de Rivadavia, miles de personas, decenas de orquestas, fui disc jockey, animador, cantor y todo lo que fuera necesario para que la fiesta no decayera nunca. 17 años consecutivos, hasta que en el año 81 nos juntamos con un grupo de amigos para fundar una de las comparsas más importantes que tuvo la provincia de Entre Ríos, y el país te diría, fundamos Tupinambá, un recuerdo imborrable para los que amamos el carnaval", rememora el Sapo.
Emocionado despliega un diario del año 1982 con el puntaje otorgado a cada una de las comparsas que participaron del carnaval de aquel año. Por apenas 0.5 puntos se impuso Tupinambá sobre Iemanjá, exactamente la diferencia que había obtenido la comparsa en el rubro Animación, que estaba a cargo, ni más ni menos, que del Sapo Lacava". Un orgullo que esgrime con satisfacción y recuerda con mucho cariño.

Bajar el martillo
Con los años las luces se fueron apagando, otros tiempos vinieron, y con ellos la familia, los hijos, otros trabajos y una profesión que lo acompañó desde su juventud. Como rematador fue quien le bajó el martillo a empresas enormes de la región con volúmenes gigantescos de dinero que le permitieron buenas comisiones en su tiempo. Pero nunca lo suficiente para garantizar un sustento seguro y duradero.
Con 75 años sigue trabajando como martillero mientras espera una jubilación que no termina de tramitarse, con miles de complicaciones que lo desvelan mientras vive gracias a la ayuda de sus hijos. Con serios problemas de audición, los remates se complican por lo que ya no acepta público y afirma que está en la última etapa de su profesión. Lleva 51 años como martillero, pero el Colegio que los agrupa no le reconoce su trayectoria porque tiene una interrupción de seis meses en el año 88, todo eso le ha complicado la tramitación de su jubilación. Comenzó a trabajar el 26 de junio del 66, incluso antes de la creación del Colegio de Martilleros, entidad integrada por el mismo grupo de colegas que hoy le pone trabas a la jubilación de un decano de la actividad que merece retirarse con los honores de haber forjado el camino de esta profesión en Entre Ríos.

Sonidos que se van
Los años pasaron, y una sordera inexorable se transformó en una limitante infranqueable para su profesión y, por momentos, hasta para su vida social. Es de las pocas cosas que le quitan la sonrisa y hace que por momentos baje la mirada con una mueca de tristeza y resignación.
"A mí me destrozó esto – dice señalándose el oído-, mi padre era sordo, hay muchos en mi familia que son sordos, algunos se operaron a tiempo, yo lo hice después de los 50 y no me anduvo la operación, me sacaron yunque, martillo y estribo, me sacaron el tímpano, lo destrabaron, pero no se pudo hacer más nada", dice con tristeza. Hay una esperanza todavía, otra operación, pero no se anima por los problemas de presión arterial que padece.
"La sordera te envuelve en una soledad tremenda, pero hay que seguir, y lo mejor es tratar de seguir con humor, cada vez que viajo en colectivo me saco el audífono, y le digo a quien tengo sentado al lado, "si te preguntan con quien viajaste, decile con un sordo que encima se sacó el audífono".
"Una vez una mujer se me sentó al lado y me hablaba y hablaba, yo no le escuchaba nada y me empecé a sentir mal, hasta que me entregó un papelito y me di cuenta que era una Testigo de Jehová, ¡Gracias a Dios! dije, dentro de todo tiene algunas ventajas!", afirma con una sonora carcajada que busca quitarle dramatismo al problema".
Un pasado de luces y sonidos apuntala este presente difícil. Se lo ve bárbaro, y los 75 los lleva bien puestos, para muchos aún no se ha retirado, y entre los que peinan canas sigue siendo el animador de las fiestas, no del pasado, sino de las actuales. Es que el recuerdo es tan fuerte que su presencia ante los micrófonos es casi algo natural.
En el último aniversario de Radio LT11, tuvo su merecido homenaje como una de las voces centrales en la historia de la radiofonía uruguayense.
El Sapo fue el presentador de una época maravillosa de Concepción del Uruguay. Su vida acompañó las fiestas donde se iniciaron miles de noviazgos que terminaron en familias, y amistades que se forjaron para siempre. Su voz y su música fueron el telón de fondo de encuentros y alegrías que perduran en el recuerdo.
El Sapo será siempre un sinónimo de fiesta.

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