aSuplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

El regalo más lindo del mundo

Un festejo de cumpleaños deseado durante años y un obsequio imposible de olvidar. Una historia real donde tienen lugar la calle, el hambre, la muerte y la esperanza.

Gastón llevaba encima una alegría incontenible aquellos días de 1991. Se había cortado el pelo, vestía bien, usaba perfume. Era otro: había vuelto al sistema. Las horas eran intensas por los preparativos para su cumpleaños y por el estado de emoción permanente con que vivía por aquella época. Con el corazón latiendo más rápido de lo normal desde la mañana hasta la noche, se encargaba de hacer las invitaciones: a los pibes del barrio, a los compañeros de trabajo, a los nuevos amigos de Lanús.
—No todos los días se cumplen 18 años —decía cuando le preguntaban por qué tanta felicidad. La verdadera razón prefería mantenerla en reserva.
Varios años antes, el 22 de junio de 1986, Gastón vio Argentina-Inglaterra en la casa de José C. Paz donde vivía. Ese Mundial de México desató la euforia de toda la familia, de los vecinos y, especialmente, la suya. Cuando terminó el partido, después de los dos goles de Maradona y el sufrimiento de los últimos minutos hasta lograr conservar el 2 a 1 final, todos salieron a festejar. Con 12 años, él saltaba y gritaba descontrolado. Sin avisarle a nadie, se subió a una camioneta atestada de gente y banderas que llegó hasta el obelisco de Buenos Aires. Volvió de noche, tarde, y la alegría por el triunfo se transformó rápido en una pesadilla. El hombre con el que vivía lo recibió con una tremenda paliza, que no fue la primera, ni la segunda, ni la tercera, pero que sí fue la última. Lo echó de la casa y la huida fue para siempre.
Vestido con un pantalón corto y una remera, envuelto en llanto, Gastón corrió enloquecido hasta la estación, se trepó a un tren y se fue. Llegó a Retiro y empezó a caminar. Se encontró con la avenida 9 de Julio y más adelante nuevamente con el obelisco. La calle estaba ya desierta y solo quedaban los papeles tirados en el asfalto y empujados por el viento de esa segunda noche del invierno. Siguió caminando, hasta llegar a plaza Constitución. Se sentó en el piso, pegado a un respiradero del subterráneo por donde salía aire caliente. Se estiró la remera hasta los tobillos para cubrirse todo lo posible las piernas. Al rato llegaron cuatro chicos con una frazada. En silencio lo taparon y él, cansado, se durmió.
Al otro día, ya era el Tonga. Y su hogar, un vagón abandonado.
Al principio sintió miedo. Llegó a la calle horrorizado por los golpes, los maltratos, los castigos, el hostigamiento familiar. Todo eso lo perseguía y lo atormentaba. Un leve tartamudeo le dificultaba hablar. Pero poco a poco fue tomando confianza con los compañeros de la ranchada y aprendió cómo enfrentar las condiciones de la nueva vida.
Supo que lo más importante era protegerse entre ellos. Siempre estaban al tanto de los sectores donde se movía cada uno. Uno andaba en la plaza, otro vendiendo en el tren que iba a Ezeiza y que tardaba una hora y media de ida y otro tanto de regreso. Había un reloj inmenso dentro de la estación de Constitución que les servía de referencia. Sabían dónde tenían que ir si había algún problema con alguno de los pibes. Sabían que la Policía los molestaba, sobre todo a la noche. Sabían de la bolsita con Poxirán y de todos los peligros de los que tenían que cuidarse.

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El Tonga era flaquito, movedizo, todo el tiempo corría y saltaba de tren en tren. Era el divertido del grupo, el que siempre hacía chistes. A la mañana se lavaba la cara y las manos en el baño de la estación o en una canilla que tenían cerca del vagón, se peinaba con los dedos y salía a hacer su laburo:
—Hoy vamos a ver cuán-cuánto levanto —se decía con ánimo genuino, frotándose las palmas.
Abría las puertas de los taxis sin ahorrar gestos de cortesía ni palabras de respeto. Buenos días, señor; buenas noches señora, y la propina se deslizaba hacia su mano preadolescente.
Cuando llegaban los policías y los corrían de las paradas de taxis, tenían un plan B. Cerca había un depósito donde les daban en consignación alfajores o cajas de cubanitos rellenos con dulce de leche, que vendían arriba de los colectivos. Cuando prohibían la venta ambulante en el transporte urbano, subían a los trenes: iban a Liniers y a Retiro. En Retiro eran un montón de pibes y las peleas por la posesión de lugar eran cosa de casi todos los días.
Comían a base de harina, más que nada pan que iban a pedir. No había mucho para alimentarse. En una oportunidad les pasaron un dato que desencadenó una escena imborrable. En una localidad poco antes de llegar a Lanús, había un centro de jubilados donde entregaban las cajas PAN, la ayuda que implementó el gobierno de Raúl Alfonsín a modo de Plan Alimentario Nacional. Allá fueron. Ayudaban a los abuelos a cargar las cajas y algunos les retribuían con algún producto de los que había en esos paquetes. Lo mejor eran unas latas enormes que adentro tenían un kilo de carne.
—¡Mirá, car-carne en lata, bo-boludo!
Si llovía era buena señal: se podían bañar desnudos bajo un torrente de agua que caía por una chapa al lado del vagón rancho. Los inviernos eran terribles. Para estar medianamente limpios, bajaban a unos talleres del subte. Llevaban una botella y pedían que les dieran agua caliente. A veces se la entregaban en un termo que después tenían que devolver. Se echaban un poco y con eso iban tirando.
Con monedas que juntó durante todo un año, el Tonga se compró su primer libro, uno sobre la vida de Evita. Lo leía al acostarse, acomodado de costado en la ranchada, cerca de la puerta por donde entraba un poco de luz. Así todas las noches, hasta que se quedaba dormido. Quería saber quién era Eva Duarte, esa mujer que le daba nombre a los campeonatos de fútbol en los que no mucho antes se lucía en las canchitas del barrio de José C. Paz. Tardó un año para leerlo y cuando lo terminó no quedó muy convencido de haber entendido todo, así que empezó de nuevo.
Eva se llamaba también la mujer canosa que un día Gastón se atropelló en la calle. Eva Castillo. Él corría con unas medialunas que había robado de una panadería y que volaron con el choque. Así empezó una relación que consistía en que ella les llevaba comida, a él y al resto de los compañeros. Llegó a ir todos los días. El arroz con pollo que les regaló una mañana fue un manjar que devoraron en el vagón.
—¡Arroz con po-pollo, boludo!

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Unos meses después, Gastón accedió a ir a la casa de Eva, en Lanús. Tuvo de nuevo una cama, un baño y comida caliente. Ahí se quedó, terminó la primaria estudiando con una maestra particular y fue dejando atrás la oscuridad de la calle, donde quedaron sepultados los tormentos que se guarda solo para él. Mejoró la velocidad de la lectura. El tartamudeo desapareció.
—De lo que vos pasaste para atrás, olvidate. Empezá de acá para adelante con tus proyectos. Pensá lo que querés hacer y hacelo —le dijo la mujer canosa, como siempre le aconsejaba, mientras mateaban en la cocina. Ella sabía tenerle paciencia ante sus problemas para regresar al "sistema", como él llamaría muchos años más tarde a aquella adaptación. Sabía tolerar sus dificultades para superar la bronca, el rechazo, la rebeldía permanente y las ganas de mandar enseguida todo a la mierda después de años de discriminación y olvido.
—Yo quiero trabajar, vieja.
—Pero ahora que terminaste la escuela tenés que seguir estudiando.
—Bueno, vieja, pero yo quiero laburar, tener mi plata.
Consiguió empleo por la mañana en una marroquinería de Parque Patricios. Era bueno en lo que hacía. Hasta el dueño se asombraba de lo rápido que aprendió el oficio de trabajar el cuero y hacer carteras y cinturones. Después empezó en una panadería durante la tarde. Al mediodía almorzaba con Eva y charlaban de cosas cotidianas. Él se sentía contenido y querido.
—Gastón, anoche otra vez te tuve que despertar porque estabas durmiendo en el piso. ¿Por qué no te acostás en la cama?
—Bueno, viejita. Dame tiempo para que me acostumbre de nuevo al colchón.
—¿Extrañás eso?¿Extrañás la libertad que tenías en la calle?
—No, yo no extraño. Yo no quiero volver. Yo sé que llego acá y tengo todo —y no hablaba de la tele y el sillón.
Pese a todo lo nuevo y lo bueno, el pasado no se había evaporado y aparecía por las noches. Se le mezclaban los años y los recuerdos. Cerraba los ojos y se veía a sí mismo a los 6, 7, 8 años, antes de la huida en tren. Se veía caminando de guardapolvo rumbo a la escuela 29. Recorría 30 cuadras a pie, porque para él no había plata para ir en colectivo. Pero en el colegio estaba la maestra Roxana, la que lo abrazaba, le acariciaba el pelo. Estaba el almuerzo en el comedor con los otros chicos, el recreo, la pelota. Lo terrible era volver a la casa; volver a los retos, a los castigos físicos, al desprecio de quienes se decían sus padres. Se sentía mal con su silla, mal con su plato, mal con su cama. No quería llegar.
Lo que más le gustaba de niño era el fútbol. Era fanático de River y de Francescoli. Era rápido y habilidoso. Una vez, un vecino que lo vio jugar le dijo:
—Jugás igual que tu viejo, el Negro Pelé. Si él estuviese vivo estaría orgulloso de vos.
"Si él estuviese vivo", repitió Gastón en su cabeza. Se fue corriendo a su casa y encaró a quien creía su mamá:
—Yo no soy tu mamá, soy tu tía; él no es tu papá, es tu tío; y ellos no son tus hermanos, son tus primos —le escupió la mujer—. Tus padres están desaparecidos.
Entonces entendió los cachetazos, las diferencias con sus hermanos y por qué a él no le festejaban los cumpleaños.
No solamente al colchón tardó en habituarse los primeros meses en la casa de Lanús. Quería explorar y probar. La comida, por ejemplo: volver a sentir el gusto del pan con dulce de leche fue tan lindo como el gol de chilena del Enzo a Polonia en Mar del Plata. Un día tenían que hacer un trámite con Eva en Buenos Aires, en el centro. Él ya era otro, tenía el pelo corto, se preocupaba por estar limpio y oler bien. Fueron en colectivo a la estación de Lanús, de ahí tomaron el tren hasta Constitución.
—¿Qué hacés, Tonga? —lo saludaban los que lo reconocían.
Había un comercio ahí en la zona al que iban todos los días y no les daban nada; siempre los espantaban como a moscas molestas. Gastón y Eva pasaron por ahí de camino a tomar el subte. En la vidriera estaban unos pollos que giraban cocinándose al spiedo.
—Vieja, cuando terminemos vengamos acá, por favor.
Terminaron el trámite, volvieron, entraron y compraron el pollo.
Otro acto iniciático fue ir por primera vez al cine. Vio alguna de la saga de Volver al futuro, en Lanús. En vez de disfrutar la película, con el corazón al galope, se pasó todo el tiempo alterado por los sonidos y las imágenes gigantes.
Por fin llegó el día del cumpleaños, el primero del nuevo Gastón. Volvió a asegurarse de que todas las personas que él quería comprometieran su asistencia. Preparó la mesa con la ayuda de Eva. Recopiló sillas en toda la casa. Enfrió la bebida con suficiente tiempo de anticipación. Le costó encender ese primer fuego, pero cuando la llama brotó fue poderosa y alta y las brasas doraron poco a poco la carne en la parrilla. Nunca había hecho asado, así que ese fue también un acto inaugural. Uno más, entre tantos otros.
Empezaron a llegar los invitados. Hubo besos y abrazos y buenos deseos. La torta y las velitas esperaban en el centro de la mesa. Alguien le regaló un perfume. Otro un jean de botamangas anchas y flecos, con una palmerita bordada atrás, justo el que quería. Después la mujer de cabello blanco se acercó lentamente con un paquete. Gastón lo abrió desesperado, hizo pedazos el papel y vio los colores y descubrió esa camiseta de River que tanto había deseado tener. Era esa que tenía la publicidad de Fate a la derecha y el dibujo de un león dentro del estadio Monumental. La misma que vistió Francescoli en la temporada 1985-1986.
—¡No lo puedo creer! ¡¿Cómo la conseguiste, viejita?!
Era la primera vez desde que tenía memoria que festejaba un cumpleaños. Y la primera vez que recibía regalos. Y ese fue el mejor regalo del mundo.
Pasaron unos meses desde ese 30 de septiembre. Llegó Navidad. Eva decidió hacer la pregunta que había preferido postergar todo ese tiempo.
—¿Por qué estabas en la calle? —susurró.
Gastón tragó saliva y le contó toda la historia. Le habló de sus sufrimientos y de su carrera enloquecida desde José C. Paz hasta Constitución.
—No sé quiénes son mis padres. Lo único que sé es que soy hijo de desaparecidos —murmuró al final del relato.
Eva se sobresaltó: ella colaboraba con Abuelas de Plaza de Mayo.
A partir de entonces comenzó a reconstruir su propia historia, a conocer lo que ignoraba de su identidad, de su familia. Supo que sus padres verdaderos fueron Marta Álvarez y Hugo Mena. Que a ella le decían "La Entrerriana", por ser oriunda de Cerrito, y a él "El Negro Pelé". Que ambos fueron secuestrados a poco de iniciarse la dictadura militar, el 19 de abril de 1976 en José C. Paz, y que estuvieron en el centro clandestino de detención de Campo de Mayo para ser luego asesinados y desaparecidos. Fue a la Secretaría de Derechos Humanos y allí le mostraron una foto de Marta y Hugo sentados a una mesa y en la falda de Marta un niño: él de pequeño, cuando tenía un año como mucho. También le entregaron una fotocopia de su partida de nacimiento y lo primero que miró fue la fecha: 30 de septiembre de 1973.
Comenzó a tener contacto con quienes habían sido compañeros de sus padres en la Juventud Peronista. Así se enteró de que su papá trabajaba en una fábrica de botas en José León Suárez y que su oficio era el de marroquinero. Cuando escuchó eso, Gastón abrió sus ojos redondos, asombrado por la coincidencia con su primer trabajo. Los restos de Hugo serían luego encontrados en una fosa común del cementerio de Avellaneda, donde había sido enterrado como NN el 2 de junio de 1976, y finalmente inhumados en el panteón Memoria, Verdad y Justicia de Lanús.
Con el Facu, uno de los pibes de la ranchada, se siguió viendo. Años después, ya a los veintipico, trabajaron juntos en merenderos del Gran Buenos Aires. Y por las noches, mientras compartían una cerveza, hablaban sobre los otros chicos. Se contaban que a uno lo agarró un tren, que otro se tiró al Riachuelo, que a otro más lo encontraron muerto, como al Pitu, que era el más chico.
En una de las conversaciones con los compañeros de sus padres salió, como al pasar, que Marta estaba embarazada de 38 semanas cuando la secuestraron. Entonces, se fue corriendo a hablar con Silvia San Martín, en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
—Sí —le dijo Silvia— yo pensé que sabías que tu mamá estaba embarazada. Supo entonces que Marta había dado a luz en cautiverio y que el niño o niña que salió de su cuerpo también estaba desaparecido. Fue el inicio de una búsqueda que se extiende hasta hoy y que Gastón Mena continúa desde Paraná, donde vive, trabaja y formó su familia.
Cuando salió de aquella reunión en Derechos Humanos, se sentó en el cordón de la vereda y se largó a llorar. Mucho lloró. Pensó en quién lo habría criado; cómo lo habrían criado. ¿Lo habrían criado como a él?¿Lo habrían maltratado como a él? Pensó también que su hermano o hermana estaba en situación de calle. Y no pudo parar de llorar.

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