Muchos adultos mayores atraviesan formas de violencia diversas, desde el abuso económico, la soledad no deseada, el maltrato social y las barreras tecnológicas
09:57 hs - Domingo 14 de Junio de 2026
El Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez se conmemora mañana y busca generar reflexión sobre una problemática que suele permanecer invisibilizada y que urge atender, en un contexto en el que el envejecimiento poblacional es un fenómeno que crece: según el Censo 2022, en Argentina el 11,9% de la población tiene 65 años o más, superando a la media global, que de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), es del 10%. En tanto, en Entre Ríos los datos muestran un envejecimiento incluso superior al promedio nacional: el grupo que pertenece a esta franja etaria ronda el 12%.
Las distintas formas de violencia contra las personas mayores no son hechos aislados ni cuestiones exclusivas del ámbito familiar. Se vinculan con modelos culturales, decisiones institucionales y prácticas sociales que muchas veces reproducen exclusión y discriminación.
Distintas formas de maltrato
Lejos de limitarse a los casos de violencia física, el maltrato hacia las personas mayores adopta múltiples formas: psicológica, económica, institucional, simbólica y social. Muchas veces se desarrolla en silencio y dentro de relaciones de confianza, lo que dificulta su detección y denuncia. “La mayoría de las situaciones de maltrato tienen lugar en el marco de vínculos cercanos. Se trata de relaciones de confianza donde la persona que es víctima se encuentra en una situación de vulnerabilidad”, explicó Mariela Sánchez, licenciada en Psicología, trabajadora social, especialista en psicogerontología, profesora universitaria y diplomada en Cuidados Paliativos y Políticas de Cuidado.
La profesional, que además se desempeña como responsable del área de Salud Mental de una residencia gerontológica privada y como psicóloga clínica, sostuvo que uno de los principales desafíos es identificar aquellas situaciones que durante años fueron naturalizadas. “Muchas personas mayores crecieron en contextos donde determinados tratos eran considerados normales. A veces no se perciben como violencia porque forman parte de una historia de vida atravesada por vínculos que siempre funcionaron de esa manera”, señaló.
Según explicó Sánchez, las situaciones de maltrato intrafamiliar suelen ser especialmente complejas, porque intervienen factores como la vergüenza, la dependencia emocional o económica y el temor a perder los vínculos afectivos. Por eso, remarcó la importancia de que vecinos, profesionales de la salud, trabajadores sociales y la comunidad en general permanezcan atentos ante posibles señales de alarma.
Pero además la violencia hacia las personas mayores excede ampliamente el ámbito doméstico. La especialista destacó que existe una violencia simbólica que se expresa en los prejuicios asociados a la vejez. La idea de que una persona mayor es necesariamente pasiva, dependiente, enferma o incapaz de producir constituye una forma de discriminación que impacta directamente en su calidad de vida. “Muchas veces se sigue asociando la vejez con la pérdida y con el retiro de la vida social. Parecería que una persona se jubila también de sus proyectos, de sus deseos o de sus capacidades, cuando en realidad seguimos aprendiendo y produciendo durante toda la vida”, sostuvo.
Para Sánchez, uno de los principales cambios culturales pendientes consiste en dejar de pensar que “los viejos son los otros” y comprender que el envejecimiento es un proceso que atraviesa a toda la sociedad.
Una problemática creciente
Otro de los temas abordados por la especialista es la soledad no deseada, una situación cada vez más estudiada a nivel internacional y que afecta la salud física y emocional de millones de personas. Lejos de la imagen tradicional de una persona mayor viviendo sola, las investigaciones muestran que el sentimiento de soledad puede aparecer incluso en hogares donde conviven varias generaciones. “A veces una persona puede sentirse profundamente sola aun estando rodeada de familiares. La soledad no deseada tiene que ver con la percepción de falta de vínculos significativos y no necesariamente con vivir en soledad”, explicó.
La problemática se vincula estrechamente con situaciones de aislamiento, abuso y vulnerabilidad, por lo que organismos internacionales la consideran un factor de riesgo para la salud mental y el bienestar general.
Entre las formas de violencia menos visibles aparece el abuso económico o financiero. Sánchez advirtió que, en muchos casos, las personas mayores terminan sosteniendo económicamente a hijos y nietos con ingresos que suelen ser insuficientes incluso para cubrir sus propias necesidades. “A veces son el único sostén económico del hogar y no pueden disponer libremente de sus ingresos para disfrutar de esa etapa de la vida”, explicó.
Se trata de situaciones que suelen permanecer ocultas dentro de las dinámicas familiares y que pueden comprometer seriamente la autonomía y la calidad de vida.
La especialista también hizo referencia a una forma de violencia que suele pasar desapercibida: la institucional. Las dificultades para realizar trámites, acceder a prestaciones, comprender procedimientos administrativos o adaptarse a plataformas digitales generan obstáculos que afectan especialmente a las personas mayores.
En este sentido, cuestionó las políticas que avanzan hacia la digitalización total de servicios sin contemplar las necesidades de quienes no tienen acceso a la tecnología o carecen de herramientas para utilizarla. “Las generaciones más jóvenes tienen un compromiso importante para ayudar a construir puentes. Pero también las políticas públicas deben contemplar que no todas las personas tienen las mismas posibilidades de acceso a las nuevas tecnologías”, afirmó.
En el marco de la conmemoración de esta fecha, Sánchez destacó que la prevención debe convertirse en el eje central de las políticas públicas y de las acciones comunitarias. Entre los desafíos pendientes mencionó la necesidad de construir ciudades amigables con las personas mayores, con espacios públicos accesibles, veredas seguras, transporte adecuado y lugares de encuentro que favorezcan la participación social. “La autonomía depende también de las condiciones que ofrece el entorno. Necesitamos ciudades que permitan a las personas mayores circular, encontrarse y participar plenamente de la vida comunitaria”, expresó.
La especialista subrayó además la importancia de fortalecer los vínculos intergeneracionales y recuperar espacios de encuentro cara a cara en una época marcada por las pantallas.
El impacto de la pandemia
La pandemia de Covid-19 también dejó secuelas profundas en este grupo poblacional. El aislamiento prolongado actuó como un catalizador de situaciones de soledad no deseada y puso a prueba los recursos emocionales y sociales disponibles. “Los estudios posteriores muestran que la pandemia profundizó problemáticas que ya existían. Muchas personas vieron interrumpidas sus actividades habituales, sus espacios de encuentro y sus redes de apoyo”, explicó Sánchez.
En este sentido, la experiencia dejó además una enseñanza central: los factores protectores frente al envejecimiento saludable deben construirse durante toda la vida. Mantener vínculos, desarrollar intereses, participar de actividades comunitarias y sostener proyectos personales son elementos que fortalecen la capacidad para afrontar situaciones adversas.