Miradas
Domingo 15 de Julio de 2018

El hambre es el límite

El sondeo más certero para tener una noción real sobre la situación económica del país comienza en los barrios más pobres, que en cualquier ciudad son siempre los mismos barrios. Es que la línea trazada entre "supervivencia" y "vivir" es aquí tan delgada que el más mínimo desequilibrio permite visualizar rápidamente los cambios hacia un lado o el otro de la balanza. Una balanza que los distintos gobiernos se han ocupado de mantener perfectamente limitada para que este sector oscile entre dos estados: pobreza, o más pobreza.

Por conveniencia política o incapacidad de gestión, o ambas, los pobres jamás han dejado de serlo en este país. Es más, a los originales siempre se agregan nuevos. La pobreza en estos sectores no la delimita el Indec, un sueldo mínimo, o algún índice de ocupación, la marca el hambre. Y cuando las alertas se encienden no lo hacen gradualmente, pasan directamente a luces rojas centelleantes cuyos tristes reflejos jamás llegan a los pasillos de la Casa Rosada. Son, literalmente, pequeños focos de baja intensidad colgados de algún techo quejumbroso, sobre tablones de madera en un galpón prestado, donde un grupo de madres de corazones inmensos han comenzado a montar comedores o merenderos. Son ellas el primer sensor que detecta la falla.


Son ellas las primeras en saber que el problema es grave, muy grave, porque lo sienten los chicos. A través de sus propios hijos, o por los amigos de sus hijos, saben que en su barrio hay chicos que no están comiendo bien, o directamente no están comiendo. Las caritas denotan el cambio, hay menos risas, menos juegos, menos escuela, menos salud. Menos vida. No es una acción automática, se va dando despacio, a cuentagotas, lleva su tiempo, pero con el transcurrir de los meses, y siempre en los mismos barrios, comienzan a aparecer los primeros nombres que denotan el cambio de situación: "Caritas felices", "Pancitas contentas", "Tacita llena", todos son comedores barriales montados gracias a donaciones que grupos de vecinos empiezan a recolectar entre el resto de la ciudad que puede colaborar.


A ese resto de la ciudad aún no le ha llegado esa urgencia extrema de tener que pedir para alimentar a los chicos, pero es un sector que tiene un borde social muy ancho que limita estrechamente con la pobreza, y el miedo a perder el trabajo hoy le genera una sensación de incertidumbre que ya le hizo perder la escasa tranquilidad que ni siquiera disfrutaba, pero que ahora es una preocupación real. El combate contra la pobreza se transforma en una mentira cuando la pelea baja al nivel en que son los propios vecinos los que tienen que generar mecanismos para que los chicos no tengan hambre. Para el gobierno nada de esto existe, por lo tanto no colabora ni respalda, eso sería reconocer el fallo en el que se están hundiendo. Excepto, claro, que se quiera usar alguno de estos comedores con fines propagandísticos. Una intelectual de prestigio como Beatriz Sarlo, señaló hace unos días que, en términos de pobreza, Macri dejará un país peor al que dejó Menem. La indignación mediática para desmentirla fue abrumadora.

En verdad nadie sabe si esto será así o no, pero al menos alguien sumó una alerta que llegó a los medios y sacudió algún cortinado en la Casa de Gobierno. Las políticas económicas de este gobierno nacional han llevado al país a un estado de situación muy difícil y con un destino incierto. Después de casi tres años de gobierno la única explicación ha sido que todo es culpa del gobierno anterior. Aún si tuvieran razón, lo cierto es que la gran mayoría de la población, como mínimo, no está mejor que antes, pero lo más preocupante es que nieguen que hay muchos argentinos que están peor, y que muchos de esos argentinos han comenzado a recolectar comida para alimentar a sus chicos. Ahí comienza el límite.

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