Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

El día que el Flaco no fue más a jugar

Historia de infancias, potreros, picados en horas robadas a la siesta en cualquier lugar de la ciudad.

La canchita era el límite entre las últimas casas del sur de la ciudad. Las tardes de invierno quedaba pelada de pasto, pero esto no impedía que la redonda dominara todo, desde la siesta hasta que las discusiones sobre si "entró o no entró" marcaban el final de la tarde a pesar de que el sol ya era historia.
En el verano, las cosas eran diferentes, pero siempre la redonda dominaba la escena. En los primeros meses del año, el río llamaba más que la cancha a la hora de la siesta, porque el calor pega mucho y el Uruguay refresca más. El fútbol esperaba hasta que el sol aflojaba un poco.
Los gurises siempre miraban de reojo al flaco largo, con pelo raído y zapatillas casi sin cordones. Llegaba bajando desde la 3 de Febrero, pero nadie sabía desde dónde. Lo miraban los gurises. Con respeto y admiración. Porque jugaba lindo, con caños, toques de primera y una zurda que los modernos relatores calificarían como "prodigiosa". Si bien doblaba en edad a los que se desparramaban en la cancha, al Flaco le gustaba jugar con ellos, porque eran vírgenes en todo sentido, pero más aún en el juego. Poco les importaba cómo terminaba el partido. Jugaban y jugaban, siempre buscando la belleza, el gol imposible, el doble caño, la pared al límite del rival, la gambeta. Una pisada valía más que un triunfo. Por eso al Flaco le gustaba jugar con ellos.
Y los pibes lo querían al Flaco también. A pesar de que lo conocían poco.
Pasó el verano. Pasó el otoño, el invierno quiso cortar la diversión de los pibes, pelando otra vez la cancha con esas heladas de padre que caían antes. La tibia brisa que manda el río preanunció la llegada del calor. Otra vez. Y el río fue dueño de las largas horas de la tarde y de la siesta. Pero la de gajos volvía a mandar. Y allá marchaban todos, en fila pa' la cancha.
Miraron hacia la 3 de Febrero, esperando que aparezca el Flaco. Nada. Solo el polvo de unos autos que dejaban el balneario rumbo a sus casas.
—¿Che. El Flaco que no aparece?
—Ni idea. Pero dale, vamos a empezar. Cuando aparezca, que entre para cualquiera de los dos.
Era tanto el cariño que le tenían que poco importaba para quién jugara.
Bastaba tenerlo en la cancha. Verlo, marcarlo, compartir un toque o una pausa.
Y no apareció. Ni ese día, ni los que vendrían hasta consumirse el verano. Tampoco apareció en los días del año que pasaba.
Lejos de convertirse en leyenda o algo así, el Flaco no apareció más.

Picadito1.jpg

Pero un día, uno escuchó la historia en la charla del vermú de los mayores. Ya andaba por los 18 años, era el que nos aguantaba para la entrada al cine en las prohibidas, el mayor que nos permitía un trago de cerveza o una pitada al pucho maltrecho.
Y el de 18, que eran más para nosotros por esas cosas de chicos, comprendió porqué no fue más el Flaco. Y se las contó a los otros gurises.
Parece que estaba jugando con su hijo de unos cuatro años. En el patio. A la siesta. Y pelota se fue a la calle. Y un colectivo que pasaba justo. Y Nada más. Ahí frenó el relato.
Por eso el Flaco no fue más. La pelota, el fútbol, le llevó lo mejor de su vida. Los gurises, tozudos, inocentes. Solidarios. Siguieron con los picados, siempre en busca de la belleza, del caño, de la rabona, de la atajada imposible. Como un homenaje, cariñoso y futbolero, al Flaco. Que no vino más.

Comentarios