Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

El destino en un bolillero

El sorteo duraba en total entre dos y tres horas. En todo el país la escena se repetía, después de cada bolilla se multiplicaban los gritos de alegría para los números bajos, y los abrazos de contención para aquellos con números altos.

Aquel día era especial, abrió los ojos, el techo era el de siempre y no recordó lo que sucedería hoy. Fueron apenas unos segundos hasta que la emoción lo invadió por completo. Las pupilas se dilataron y los párpados se abrieron a pleno. De pronto se vio sentado en la cama, listo para conocer lo que le depararía el futuro cercano que terminaría con su adolescencia.
Se vistió sin pensar, tomó las carpetas y entró al comedor con una vivacidad que parecía estar despierto desde hacía horas. Su padre lo miró y sonrió. Su madre siguió preparando el café con leche sin darse vuelta. Él sabía del dolor por el que estaba atravesando.
— Ma, no pasa nada, tranquila— le dijo mirándola y esperando una respuesta que nunca llegó.
— ¿Estudiaste?— preguntó el padre sin dejar de cortar el pan aún tibio que acababa de traer de la panadería.
— ¡¿Eh?! — respondió Miguel mirándolo asombrado por la pregunta — ¡Hoy es el sorteo pa!, no van a tomar nada, ya le avisamos a la rectora que llevábamos dos radios para escuchar y que nos íbamos a instalar en el patio. ¡Va a estar buenísimo, además Oscar... —
El ruido de la taza al romperse contra la mesada lo interrumpió. Inmediatamente su madre se envolvió el dedo mayor con un repasador y lo apretó con fuerza para detener la sangre.
—¿Te cortaste?, dejame ver— le dijo su marido al tiempo que se levantaba de la silla. Ella sólo atinó a dar media vuelta y hacer los pocos pasos que la separaban del baño. Sin decir nada se encerró. No hacía falta mucho para adivinar el llanto que había vuelto a comenzar allí adentro.

Otros tiempos
Los recuerdos de Rubén sobre lo que había sido su paso por el servicio militar eran una fuente de anécdotas que todavía seguían teniendo buena repercusión en cualquier conversación de amigos, siempre se ganaba la atención, provocaba risas, y muchas veces asombro. Las contaba siempre con alguna modificación, a veces cambiaba los apellidos y los grados militares, pero siempre sucedían en los mismos lugares: en la Base Naval de Puerto Belgrano, o a bordo del portaviones Independencia.
La mayoría de quienes conformaban sus diferentes audiencias habían hecho la conscripción en el Ejército, en tierra, atados, generalmente, a los mismos paisajes entrerrianos, el mismo clima y hasta con muchos conocidos entre los compañeros de desgracia. Escuchar hablar del mar, de aviones, de recorridos lejanos y de maniobras de combate con buques extranjeros era otra cosa, marcaba la diferencia. Eso a él lo hacía sentir distinto, y hasta algo superior a los demás.
Pero hoy era diferente. Estaba solo frente al mate, y la idea de que su hijo quedara a merced de las humillaciones, el destrato y al dolor físico y mental que implicaba un año entero en la colimba lo hacía sentir impotente ante algo que no podía cambiar. Escuchar a su esposa llorar en el baño le sacó el último hálito del pecho para dejarlo casi sin respiración. Quería convencerse que no era para tanto, pero la entendía, y eso abría un hueco por donde el temor ingresaba cada vez más fortalecido. Hoy estaba a punto de sucumbir al miedo, pero alguien tenía que hacerse el fuerte y sostener este día hasta conocer lo que deparara el destino a partir de las nueve de la mañana.


Los preparativos
Esa mañana de fines de mayo era particularmente fría. Con dos carpetas bajo el brazo, una corbata tejida roja acompañaba la camisa blanca con el vaquero azul de siempre. Las cinco cuadras que lo separaban del Instituto Secundario parecían inmensamente largas. La vereda sinuosa, y en partes inundada por el barro de la lluvia de ayer, hacía que tuviera que saltar casi constantemente. Se sentía flotar en el aire. Quería llegar, encontrarse con los demás compañeros. En su clase eran sólo ocho los que entrarían en el sorteo, los demás eran un año más chicos, cosas que le sucedían a todos los que habían nacido después del 30 de junio y debían esperar un año más para ingresar a la primaria. La primera hora pasó volando, y el recreo de las 8.45 fue el comienzo de un tiempo diferente. Los ocho se instalaron en la parte de atrás del colegio, sentados en una vereda angosta y apoyados contra la pared. Los demás se amontonaron a su alrededor hasta que una profesora les pidió que los dejaran solos porque necesitaban escuchar claramente la transmisión del sorteo. Se alejaron, pero no dejaban de mirar. Habría un rato largo para esperar.
El sorteo asociaba los tres últimos números del documento, en orden creciente, con una de las mil bolillas que salían al azar de un bolillero. El primero del grupo en ser sorteado sería Oscar, su DNI terminaba en 368, el último sería el petiso Romero con el 949.
Él mismo debería espera un rato largo, tenía el 632.
—¡Alfredo!!, ¡vení!—, le gritó el petiso que acababa de instalar un cable de alargue para enchufar el radiograbador. Él se había quedado parado en la galería, apoyado en una columna y no podía dejar de pensar en su madre que no lo había despedido, sólo había visto la puerta del baño que seguía cerrada cuando la buscó para darle un beso.
El sorteo comenzaba con aquellos que tenían el DNI terminado en 000, un bolillero con mil bolillas sellaba el destino de lo que sería el año próximo para cada uno de los ocho. Algunos decían que aquellos que tenían el triple cero se salvaban, lo mismo que si habían nacido el 25 de Mayo, el 20 de Junio o el 9 de Julio, pero nunca pudieron comprobar si eso era realmente verdad.
Para muchos la colimba fue la posibilidad de conocer algo más allá de su pago chico, había quienes aseguraban que marcaba el carácter en los jóvenes y los preparaba para la vida. Para todos los que tenían sus propios planes, era un año perdido. Lo único que se aprendía –decían- era a obedecer. Y se aprendía a la fuerza. A fuerza de gritos, jornadas extenuantes de "bailes" interminables, más gritos, y, en casi todos los casos, era un año reducido a la servidumbre de algún oficial. COrre, LIMpia y BArre. Todos los días. Durante un año.
—"Orden: cero – cero - cero" — comenzó diciendo una voz por Radio Nacional.
—"Sorteo: tres – nueve - dos" — completó otro locutor.
El azar había comenzado su juego. Cada uno de ellos era alguna de las 999 bolillas que giraban y esperaban su momento.

En un círculo
Antes de salir del baño Alicia se aseguró que su marido ya se había ido a trabajar. Alfredo se había despedido a través de la puerta del baño, pero ella no contestó porque el llanto la ahogaba. Este día era el que tanto había temido desde el momento mismo del parto cuando supo que tenía un varón. Los 18 años habían pasado como un relámpago. Ella aún se veía con su bebé en brazos y rodeada de su madre y sus hermanos. Todos sus hermanos, menos Alberto. Su amado "Beto".
"El Beto" había sido su cómplice. A su lado la pobreza pareció nunca existir pese a vivir en un ranchito de barro que ellos mismos habían construido a fuerza de paja y barro. "Beto" era dos años mayor, pero a falta de un padre, se había convertido en una figura central en su vida y en la de sus otros siete hermanos. El carisma, la alegría de vivir, su optimismo pese a las carencias, y su voluntad inquebrantable para sostener a su madre y a toda la familia, lo habían convertido en la fuente de los afectos que ayudaban a sobrellevar la miseria.
Un tiro por la espalda en el Regimiento de Rosario del Tala cortó para siempre aquellas ganas de vivir. Nunca se supo bien cómo sucedieron los hechos. Al parecer había un oficial involucrado, pero sabían que el muerto era de una familia pobre. Si no tenían para comer, menos tendrían para un abogado. Nunca hubo investigación, ni explicación, ni culpables.
Aquella tragedia familiar comenzó en el momento en que vieron el camión del Ejército detenerse frente a su casa. Siguió con los llantos que se propagaron tras conocer la noticia.
Todo estaba grabado en su memoria. Los soldados preparando el velorio, la bandera sobre el cajón, la entrega de una medalla a su madre, y la salva de honor. Todo resuena en su mente como si hubiera sido ayer. El dolor de aquel momento hizo que odiara para siempre los uniformes, las armas, y todo lo que tuviera que ver con los milicos. Todo aquello era sinónimo de muerte y dolor. De llantos interminables y de una soledad infinita. Con su hermano se había ido una parte de ella misma.
Ahora todo parecía repetirse. Su hijo, esa parte de sus entrañas que hoy la completaba, entraría al mismo círculo que solo había traído desgracia a su vida. Se sentía morir.
Pensar en el sorteo, la revisación médica, la convocatoria y el cuartel le traía siempre la misma imagen: El velorio de su hermano en un marco triste de pobreza e injusticia.
Imaginar a su hijo en el Ejército la dejaba sin aire y las lágrimas le brotaban solas.
Por más que intentara ser optimista, todos sus presagios terminaban en tragedia. Su único refugio era rezar por su hijo. Rezar hasta que Dios la escuchara. Rezar hasta que Dios lo salvara.

La hora
El sorteo duraba en total entre dos y tres horas. En todo el país la escena se repetía, después de cada bolilla se multiplicaban los gritos de alegría para los números bajos, y los abrazos de contención para aquellos con números altos. Nunca se sabía a ciencia cierta a partir de qué número se haría el corte para saber quienes se salvaban y quienes quedaban adentro. Todo dependía de cuantos soldados serían necesarios ese año, y últimamente del presupuesto asignado a las Fuerzas Armadas.
—"...orden: uno, cinco, ..."— imposible escuchar el último número ante el grito de Oscar.
—¡Vamos nomás carajo!!!! — saltaba con los puños en alto y una risa incontenible y liberadora completaba la celebración. Todos lo rodearon y lo abrazaron.
Alfredo estaba pegado al grabador. Faltaba una eternidad, pero no quería perderse de nada. En realidad no estaba escuchando la radio, tampoco escuchó ninguno de los festejos que siguieron ni la angustia ahogada de los otros. Con la mirada perdida en algún punto infinito su mente estaba en otro lugar. Se veía a sí mismo con el pelo cortado al rape, en soledad, y a su madre llorando.
—¡Alfre!, ya llega el 632, seguís vos!!— lo sacudió uno de sus compañeros.
—"Orden: Seis, tres, uno"— marcó el locutor.
—"Sorteo: Tres, nueve, cero"— completó otra voz.
El siguiente era él. El tiempo pareció detenerse, los sonidos desaparecieron de su cabeza. Miró la radio, pensó que se la habían desenchufado, pero lo que pareció una eternidad fue interrumpida por la realidad.
—"Orden: Seis, tres, dos"— tronó la radio.
—"Sorteo: Siete, cinco, uno"— sentenció el destino.
No había dudas. Entraba. Era imposible que se salvara. El año pasado se salvaron todos los que habían sacado por debajo del 521.
—"Ya está"— pensó. Ahora estaba la posibilidad de pedir una prórroga para estudiar. O salvarse en la revisación médica. O hacer la colimba y terminar con esto de una vez por todas. Sintió algunas manos de consuelo sobre sus hombros, pero sus todos pensamientos ahora estaban enfocados en el regreso a casa y el encuentro con su madre.

Para siempre
La angustia de Alicia parecía no tener fin. La certeza de aquel bolillero había apagado su llanto para dar lugar a una tristeza que no encontraba consuelo. Ya habían pasado más de dos meses del sorteo y no podía reponerse. Seguía rezando, seguía implorando sola cada noche, pensando todo el día en el momento de la incorporación, su hijo ya tenía fecha para la revisión médica en Concepción del Uruguay, era una última oportunidad. Todo parecía oscuro y triste.
La noticia sobre el hallazgo de un conscripto muerto en el sur del país reforzaba su idea sobre lo que significaba el servicio militar. Había seguido la información, y se veía reflejada en los ojos de la madre del chico muerto. Hacía tan solo tres días que había ingresado al servicio militar. Lo habían humillado, pateado en el piso y lo dejaron agonizante hasta que murió. Era un chico bueno, tímido, el único varón de una familia pobre. Estaba segura que sería la historia de siempre, a nadie le importaría y quedaría todo impune como había sucedido con su hermano. Solo rezaba por la paz del alma de esa madre y ese padre desesperados. El chico se llamaba Omar Carrasco, tenía 19 años, la misma edad que tendría Alfredo al ingresar al Ejército. Todo parecía predestinado.
Hacía ya algunas semanas que se había dado cuenta que no era la única madre que sufría por un hijo en el servicio militar. La presión de una sociedad indignada y dolida por otra víctima del abuso de poder y la impunidad había hecho efecto sobre quienes tenían el poder de ponerle fin a esta tortura innecesaria.
Y el milagro ocurrió.
Fue un miércoles de agosto que la noticia se conoció y se multiplicó en sonrisas y festejos por toda la Nación. El servicio militar fue derogado para siempre, y a partir de ese momento quedaban anuladas todas las convocatorias realizadas y por realizar.
—"Para siempre"— resonaba y se repetía en la cabeza de Alicia.
Todo había terminado.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía estar alegre por su hijo. Sólo podía pensar en esa madre que a tres mil kilómetros de distancia lloraba a su hijo muerto. Millones de veces se había visto a sí misma en esa situación.
Sintió aquellas lágrimas lejanas como suyas, agradeció a Dios por darle la oportunidad a su hijo de elegir su propio destino, y rezó, rezó mucho. Rezó por el martirio sufrido por aquel chico abandonado en un descampado solitario del sur. Su calvario fue la última escena de una historia teñida de dolor e injusticias.
Su nombre quedaría grabado para siempre entre las historias tristes de la colimba.

Comentarios