El encarecimiento sostenido y la menor oferta de hacienda explican el retroceso en la demanda de carne vacuna. A la par, crece el consumo de cerdo y pollo.
09:06 hs - Sábado 18 de Abril de 2026
El consumo de carne vacuna en la Argentina continúa en retroceso y en lo que va de 2026 ya registra una caída cercana al 10%, ubicándose en el nivel más bajo de los últimos 20 años. El fenómeno, que responde a una combinación de factores económicos y productivos, se percibe con claridad en las carnicerías de Paraná, donde los hábitos de compra están cambiando de manera acelerada.
“El consumo de carne vacuna es bastante inelástico, pero en estos últimos meses se está notando una migración muy fuerte hacia otras carnes”, explicó a UNO Emanuel Satler, productor ganadero y propietario de una reconocida carnicería de la capital entrerriana.
La caída del consumo se vincula directamente con el fuerte aumento de precios. Según detalló, en marzo se registró el incremento más significativo del año, con una suba del 8% en carne vacuna, muy por encima del ritmo inflacionario mensual. En términos interanuales, el desfasaje es aún mayor: mientras la inflación ronda el 30%, la carne aumentó cerca de un 60%. “Hoy la carne argentina es la más cara del mundo. Estamos en alrededor de 5,40 dólares el kilo, por encima de países vecinos como Uruguay, Paraguay o Brasil”, señaló.
Menos oferta de carne vacuna, precios en alza
Lejos de tratarse únicamente de un problema de demanda, el aumento de precios tiene su raíz en una menor oferta de hacienda. En los últimos meses, productores de toda la cadena ganadera –desde la cría hasta el engorde– han optado por retener animales. “Se dio un proceso de retención porque hubo buenas condiciones productivas: sobra pasto, hay alimento, y el productor no tiene necesidad urgente de vender. Entonces espera, y eso reduce la oferta”, explicó Satler.
Este comportamiento, que en el corto plazo presiona los precios al alza, podría generar un efecto contrario en el futuro. “Es malo en la foto, pero bueno en la película”, comparó el productor y carnicero, quien con esta analogía explicó: “Si hoy se retienen vacas, habrá más terneros y más producción en los próximos años, lo que podría estabilizar o incluso bajar los precios”, anticipó.
Sin embargo, el ciclo ganadero es largo. Desde el nacimiento de un ternero hasta su llegada al consumidor pueden pasar hasta tres años, lo que implica que cualquier cambio en la oferta tarda en impactar en el mercado.
El rol de las exportaciones
Otro factor que influyó en la suba de precios fue el mercado externo. Durante 2025, el valor internacional de la carne prácticamente se duplicó, pasando de entre 3.000 y 4.000 dólares la tonelada a cerca de 7.000. “Eso incentivó a exportar más, lo que dejó menos volumen para el mercado interno”, indicó el productor.
No obstante, ese escenario comienza a cambiar. El aumento de costos logísticos, la estabilidad del tipo de cambio y el encarecimiento de la hacienda local están reduciendo la rentabilidad exportadora, lo que podría volcar más carne al consumo interno en los próximos meses.
Cambios en el mostrador
En las carnicerías, la transformación es evidente. El tradicional asado de los domingos ya no ocupa el mismo lugar en la mesa familiar. “Se duplicó la venta de cerdo en los últimos meses. Es impresionante cómo la gente lo elige sin dudarlo”, afirmó Satler.
La razón principal es el precio. Mientras un kilo de asado de ternero ronda los 20.000 pesos, el de cerdo se consigue por aproximadamente la mitad. La diferencia también se replica en otros cortes: la pulpa vacuna vale entre 20.000 y 22.000 pesos, y la pulpa de cerdo entre 9.000 y 10.000 pesos; la costeleta vacuna cuesta de 14.000 a 15.000 pesos, y la de cerdo entre 7.000 a 7.500 pesos.
Incluso en cortes tradicionalmente económicos, la brecha es determinante. El puchero de carne vacuna se ubica en torno a los 8.000 pesos, mientras que alternativas de cerdo pueden conseguirse por cerca de 5.500.
“Antes la gente ni miraba el cerdo como opción. Hoy lo elige automáticamente. También mezclan: si antes llevaban todo vacuno, ahora compran mitad y mitad”, describió Satler.
En paralelo, resurgen consumos que habían perdido protagonismo, como menudos, alitas de pollo o cortes más rendidores, en un contexto donde el objetivo principal es ajustar el gasto familiar.
Un cambio estructural
Más allá de la coyuntura, los datos muestran una transformación de fondo en los hábitos alimentarios. Hace 10 años, el consumo de carne vacuna rondaba los 60 kilos por habitante al año; hoy se ubica en torno a los 45. En contraste, el pollo pasó de 40 a 50 kilos, y el cerdo de 10 a 20.
“Hoy consumimos más carne en total, pero menos carne vacuna. Es un proceso que tiene que ver con la eficiencia productiva de otras proteínas”, explicó Satler.
El pollo, por ejemplo, alcanza su punto de faena en unos 40 días, y el cerdo en aproximadamente 90, mientras que la producción bovina requiere años. Esa diferencia impacta directamente en los costos y en la capacidad de respuesta frente a cambios en la demanda.
Expectativas
A pesar del escenario actual, el sector vinculado a la venta de carne mantiene expectativas de una futura estabilización. La mayor retención de animales y los cambios en el mercado internacional podrían contribuir a equilibrar la oferta y moderar los precios. “Es un proceso lento, pero las variables se van a acomodar. Seguramente, con el tiempo, el precio de la carne va a encontrar un techo”, concluyó el productor.
Mientras tanto, en los hogares argentinos la mesa se adapta a esta situación. El asado sigue siendo un símbolo cultural, pero cada vez más comparte espacio –o cede protagonismo– frente a opciones más accesibles que permiten sostener una tradición en tiempos de ajuste.