Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

El barrio del que nunca me fui

Añoranzas de la infancia en Puerto Viejo, el barrio que lo tenía todo, pero un día hubo que decir adiós.

Dejar el barrio de la infancia no fue nada fácil. Debo decir que en ese lugar pasé momentos inolvidables, entre la barranca que te conducía a un mundo paralelo y a unas cuadras del majestuoso río Paraná, ese gigante marrón que cuando era niño anegó las calles sin pedir permiso. Fueron años maravillosos donde solo importaba volver de la escuela para ir a jugar al fútbol en una canchita que sigue estando. No había necesidad de fijar un horario ni de andar eligiendo a los compañeros del picado, porque todos sabían que ese era el ritual de todas las tardes. Puerto Viejo me transporta a la tardes de domingo en el Parque Urquiza, que era como la extensión del patio de mi casa, a los rincones mágicos de ese mirador costero que fue la fuente de inspiración de Cesáreo Bernardo de Quirós en su etapa creativa más prolífica. Uno tenía la sensación de que en ese lugar no le faltaba nada, por más que había que resignarse a vivir con lo justo y necesario: estaban los amigos, nuestros primos enfrente, el resto de la familia a la vuelta de la esquina y estaba el contacto con un entorno natural privilegiado.

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Tengo que admitir que es difícil recordar las mejores anécdotas de aquella época, porque eso implica un ejercicio demasiado exigente para mi frágil memoria. Pero voy a hacer el intento. Es la mejor manera de conservar aquellos recuerdos de la infancia, de eternizar a través del relato un tiempo que quizás fue mejor.
Uno de los mayores misterios de Puerto Viejo son los túneles que atraviesan algunos puntos de su geografía, como el que se encuentra en la zona de la Bajada de los Vascos. No sé por qué, pero siendo gurises asociábamos esa construcciones coloniales con la existencia de enanos, algo así como un universo de fantasía creado por un grupo de chicos. Ese testimonio del patrimonio histórico de nuestro barrio podía activar de tal manera nuestra imaginación para hacernos viajar por mundos desconocidos, descubrir seres paranormales, tan solo con ver desde lejos esa puerta oscura y silenciosa.

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Una familia que sigue viviendo en avenida Estrada supo tener un viejo catamarán oxidado en su jardín. Y eso siempre me llamó la atención. No es común que la gente tenga semejante estructura durante tanto tiempo: lo cierto es que, a paso lento, el dueño del barco se dedicó a reformarlo, a repararlo, a reconstruirlo, pero creo que nunca pudo. Me contaron que el gigante dormido no está más, no sé por qué razón, se lo llevaron a otra parte para que siga alimentando sus sueños de surcar los ríos del mundo.
Puerto Viejo es un lugar lleno de significación en la historia local, con historias de vida y rincones mágicos que se conectan con el Paraná del ayer, solo por el hecho de haber sido el barrio donde se levantaron las bases institucionales y políticas de la ciudad como la conocemos hoy. Si hasta se lo bautizó como la República de Puerto Viejo, un suceso pintoresco ocurrido en 1932.
Tal como su nombre lo indica fue un antiguo desembarcadero y la puerta de acceso de los primeros pobladores españoles a la Baxada del Paraná. Siendo niños el río era un sitio que siempre nos fascinó, ya sea por su inmensidad y la necesidad de explorar que todo chico tiene ante lo desconocido. Pero el afán de travesía debía ajustarse a ciertas reglas no escritas: el respeto era la primera condición para internarse cerca de la costa, sobre todo si no se sabía nadar. Desde nuestra casa bastaba con recorrer un par de cuadras, bordeando la arenera Leopoldo Díaz y los "ranchos" de fin de semana para disfrutar de ese balcón privilegiado con la naturaleza. A todos nos alcanzaba con mojarnos las "patas" en la orilla, aunque nunca faltaba el que se empeñaba en desafiar los límites.

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Era una de esas tardes de verano donde la bravura del calor hacía que todos estuvieran bajo techo, bajo el traqueteo motoril de los viejos acondicionadores de aire o del runrunear de los ventiladores de techo. El ritual de la siesta era impostergable. Nadie podía contradecir ese mandato familiar que establecía que los padres tenían que descansar, por más que los hijos hicieran mala cara.
Esa tarde de sol rabioso nos convencimos que podía más la curiosidad, que no había excusa para temer al reproche de nuestros viejos. Sin darnos cuenta rompimos con esa convención, si todo lo que queríamos estaba al alcance de unos pasos, éramos tan inocentes que no tomábamos conciencia del peligro. Me acerqué a la orilla para tantear la temperatura del agua, y a primera vista se divisaba el caño que extraía la arena para las empresas dedicadas al rubro. De a poco fuimos ganando confianza junto al grupo que se había animado al desafío, tanto que no tuvimos en cuenta la fuerza con que corría el río ni el riesgo que implicaba meterse sin saber nadar. Tanto me marcó ese momento que hasta hoy no me puedo sacar de la cabeza la desagradable sensación de ser arrastrado por la correntada a metros de la costa. Una improvisada reacción me salvó del peor final; esos segundos fueron eternos. Creo que nadie se dio cuenta de lo que me había pasado, porque el miedo me había paralizado hasta dejarme sin palabras.

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Fueron 18 años de mi vida en esas calles de duendes perdidos, de amigos y familiares entrañables a los que dejé de ver. La mudanza de barrio era inevitable a esa altura, por la sola razón de que la casa donde vivíamos no era nuestra y mi viejo había empezado a pagar la que iba a ser nuestra casa, en un plan de viviendas que se estaba construyendo en el límite de las vecinales Rocamora y Los Pinos. El cambio fue necesario, pero también traumático, por todas las cosas que se deben dejar atrás. Ese día comencé a darme cuenta que no sólo me estaba cambiando de barrio, sino que se estaba terminando una etapa de mi vida. Adiós Puerto Viejo, hasta siempre.

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