Cultura
Domingo 11 de Marzo de 2018

El avestruz, mal ejemplo para la suerte de pollitos y verdugos

Cuatro casos nos muestran una actitud proclive a esconder la cabeza, con la ilusión de que el problema no ocurre si no lo vemos.

Vamos a suponer que una persona llamada Equis toma un bello pollito recién salido de la cáscara y, ante las cámaras de la televisión, le corta la cabeza. De inmediato agarra otro hermoso pollito cremita y, sin atender sus píos, lo ejecuta. En tres segundos, tres pollitos guillotinados. Al minuto seremos testigos del sacrificio de 60 pollitos. En un día, 86.400 pollitos decapitados ante nuestras narices. Ahora viene esta pregunta: ¿cuánto duraría la escena sin provocar un sacudón por el espanto, en todo el país? La única razón por la cual el sacudón no existe es muy sencilla: escondemos la cabeza.

La matanza de pollitos recién nacidos se cuenta no por cientos sino por millones, pero continúa día tras día, por décadas, gracias a esa condición casi infalible: nuestra propensión a esconder la cabeza, con la peregrina ilusión de que, si no vemos, no ocurre.

En la Argentina hay tantas gallinas ponedoras como argentinos. Eso significa que en pocos años alguien le ha cortado la cabeza, como mínimo, a tantos pollitos machos como habitantes de este bello suelo. (Y solo contando las gallinas en producción, no contemos exportaciones, recambios, etc.). ¿Por qué? Según las reglas de la naturaleza, de cada 100 huevos es muy probable que nazcan 50 hembras y 50 machos, pero como en la línea de gallinas ponedoras los machos no son "útiles", porque no ponen huevos ni son los más apropiados para carne, entonces, tras el sexado, se los coloca en una cinta que desemboca en una trituradora.

¿Cómo funciona eso? Es que el sistema conoce nuestra debilidad:hacer como que no sabemos es norma, con aceptación colectiva. Ya habrá tiempo, llegado el caso, no para reconocer nuestra responsabilidad sino para acusar a otros de verdugos.

Los panzaverdes

Como Entre Ríos es una de las provincias que más pollitas bebés produce, y vende a otras regiones, la conclusión es muy obvia: ¿dónde matamos a los pollitos machos? Pues aquí, a la vuelta de la esquina. Lo saben los peronistas, lo saben los radicales, lo sabe la izquierda, lo sabe la derecha, lo saben los judíos, los cristianos, los ateos, los periodistas, los sindicalistas, los empresarios, ¿quién lo ignora? Y todos nos hacemos literalmente los distraídos para pasarla bien. Ocurren cosas similares en muchos tipos de producciones intensivas y a escala. El tema es harto complicado. Alguien dirá que el animal morirá sin remedio, porque lo criamos para comerlo. Otro apuntará que una cosa es matar para comer, y otra muy distinta matar por su sexo. No faltará un tercero que indique que el barullo de esa cinta con plumoncitos amarillos piando a coro terminará en una bolsa de alimentos para perros. Comida al fin. Ahora bien: si dejáramos crecer a esos pollitos, la producción sería más cara y con menos rendimiento, porque para la olla y la parrilla tenemos otras variedades más carnosas: los pollos (allí sí, machos y hembras) llamados, brutalmente, parrilleros.

¿Estamos dispuestos a "perder"? Cuando decimos "deme un pollo chico" estamos pidiendo una polla, de la misma camada pero más pequeña. En huevos, en cambio, no podemos pedir huevos chicos porque los machos no ponen. Sin dudas, el sistema nos empuja a caminos que preferimos ignorar. Con el tiempo encontramos o pregonamos salidas más o menos airosas, pero en el fondo no hay salida, mientras el ser humano continúe colocándose en la cima, como dueño y señor, y crea que todo está bajo su arbitrio. Los saberes antiguos de este suelo nos dicen, en cambio, armonía, equilibrio, complementariedad.

Romildo Risso pide perdón por pisar el pasto, por no poder volar. ¿Qué tiene que ver esa filosofía con esta otra, moderna, de máxima invasión, de manipulación de los genes y la vida desde la perspectiva del capital y la ganancia?

En las rutas

Hay un sinnúmero de problemas que atravesamos con los ojos vendados, o la cabeza escondida, para no encararlos. La colonialidad es un rasgo de los países que fueron colonia y que, ya libres del gobierno colonizador, siguieron con la dependencia por otras vías en la economía, en las aulas, en los medios masivos, en las instituciones. De esta manera, hasta que no vengan "expertos" de afuera y enfoquen un asunto, nuestra depresión nos tapará los ojos. Sufrimos un síndrome de inferioridad, un achaque de larga data que nos maniata. La muerte de entre 7 y 8 mil personas, la mayoría niños y jóvenes, mujeres y hombres, en los choques es otro ejemplo.

Como los entrerrianos contamos con centenares de localidades de entre tres y cuatro mil habitantes, podemos hablar de dos pueblitos por año masacrados en las rutas. No por un terremoto quizá impredecible, no por un huracán: por razones perfectamente previsibles, la primera de ellas: alta velocidad.

Muere un poderoso o un famoso por una mala praxis, un accidente o por razones naturales y hacemos un escándalo. Mueren 8.000 personas en un año por la mala praxis del Estado en materia de seguridad vial, y ¿qué hacemos? La del avestruz.

Por eso hemos pensado que sería conveniente reunir todos los cadáveres a fin de año, para que los avestruces se sientan obligados a levantar la cabeza de una buena vez. El presidente Mauricio Macri anunció medidas para abordar el asunto. Dijo algo, macanudo. Pero somos escépticos porque no hemos recibido señales aún de que el poder político y económico (oficialismo, oposición, instituciones) tome conciencia del estrago. Y no llegaron todavía los "expertos" (necesariamente de afuera, ante una sociedad colonizada), que digan, con otro acento, lo obvio: que la Argentina tiene asumida como natural la pena de muerte contra los inocentes en las rutas. Que donde debieran mandar la vida y la cultura, mandan la ganancia y la muerte.
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Costumbres. La imagen, quizá un invento, simboliza la negación.
Costumbres. La imagen, quizá un invento, simboliza la negación.

En los barrios

Un segundo ejemplo: acaban de informar que la gran mayoría de los inmigrantes venezolanos se instala en Buenos Aires y el conurbano.

Con los hermanos paraguayos y bolivianos, los venezolanos constituyen la nueva inmigración masiva en la Argentina. Pero la mente colonizada de los sectores de poder en los gobiernos nacional, provinciales, municipales, no logra advertir que se suman a la macrocefalia argentina y que eso ya colapsó hace rato.

¿Qué experto del extranjero tiene que llegar aquí, para señalar lo obvio? El hacinamiento es causa principal de muerte en la Argentina, como la velocidad. Muerte por violencia, muerte por falta de comunidad, muerte por adicciones, muerte por ausencia de expectativas y discriminación negativa, muerte por amontonamiento en síntesis. Sin contar los costos que generan las obras necesarias para morigerar el impacto del hacinamiento. Y sin anotar que un poco más allá brillan los espacios deshabitados, reinos de las taperas. ¿Cuál es nuestra respuesta a este flagelo del destierro y el hacinamiento? La del avestruz. Y Dios proveerá. Si un día apiláramos las víctimas del racismo por hacinamiento ante los ojos de los avestruces principales, principalmente niños y madres desesperadas, podrían entonces sí calibrar el daño del ocultamiento, de la indiferencia.
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Selección. Las ponedoras sobreviven en jaula, los machos son descartados.
Selección. Las ponedoras sobreviven en jaula, los machos son descartados.

En los alimentos
Vayamos a un tercer ejemplo: ha ce muchos años que los políticos en el oficialismo y la oposición principal, que se turnan en los gobiernos, sostienen el sistema agropecuario vigente. Lo impuso Monsanto para vender transgé- nicos y herbicidas, por sintetizar en un nombre. Los beneficiarios fueron pocos. Las multinacionales, se sabe, buscan uniformar al planeta en los gustos, en las formas de producir, y barrer las diferencias regionales. (Principios de la colonialidad). No hemos encontrado a nadie que nos explique en qué momento la comunidad pidió esto, cuándo le dimos licencia social. Y es que lo impusieron las multinacionales y sus socios.

Nosotros necesitábamos arraigo, trabajo, salud, alimentos sanos y cercanos, cuidado del ambiente, y nos trajeron economía de escala, semillas genéticamente modificadas y bien patentadas, alto gasto de combustibles fósiles, riego con químicos peligrosos, expulsión. Exactamente lo contrario: clamá- bamos por agua y nos sirvieron vinagre.

Ahora están tratando una ley en la Legislatura provincial, y cada cual parece atado a no sé qué designio que les impide abrir los ojos. Algunos usan los momentos partidarios, las ventajas de ocasión, para sacar la cabeza a flote como si ignoraran que, de esas agachadas, está aceitado el camino de la colonialidad. De nuevo: apilemos las víctimas de los agronegocios por expulsión, por salud en las actividades agrarias, por salud en el consumo de alimentos contaminados, por dependencia, a raíz de la merma en la biodiversidad y la variedad de alimentos, por pérdida de soberanía, por tala y destrucción del monte y contaminación del agua, y entonces dimensionaremos la cobardía de esconder la cabeza.

A propósito: nos han comentado que esa costumbre de esconder la cabeza no se aprecia en el ñandú. Ahí tendríamos, entonces, a un paisano que se las sabe larga y que al parecer no sigue el consejo de su gran hermano. Estos pocos ejemplos nos invitan a reflexionar acerca del hábito de hacer la vista gorda hasta que los problemas nos explotan en la cara; cuando ya es tarde para ese diálogo sereno que, con tiempo y paciencia, da tan sabrosos frutos.




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