Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

El arquero que relató su propio gol

Pata dejó los guantes una tarde y se puso la 9. Picó al vacío y quedó en la historia de una final entre clásicos rivales.

Pata vive en el Cuarto Cuartel, el más grande de la ciudad de Gualeguay. La ciudad del sur de la provincia con manzanas de 70 metros cuadrados, se divide en cuatro partes, y la separan las calles 9 de Julio que corre de este a oeste y 25 de Mayo que corre de sur a norte. En el Cuarto Cuartel se encuentran cinco clubes, Gualeguay Central, Sportiva, Bancario, Urquiza y Quilmes. Es la zona más poblada de la ciudad y Pata vive entre Urquiza y Quilmes, pero jugaba en Central. El Rojinegro es una de las instituciones más grandes en superficie y cantidad de títulos. Pata atajaba para el gran club, pero merodeaba las otras instituciones por la cercanía de su casa o por la relación con algún que otro jugador o concurrente compulsivo de la barra. Solía ser amigo del cantinero de cada club. Allí pasaba horas charlando y comentando anécdotas y en el ambiente era y es un tipo amigable que con el paso de los años adquirió el título de personaje. En el ambiente nunca pasaba inadvertido por su singular manera de manifestarse. Con la sonrisa a flor de piel y con la capacidad de advertir a algún conocido a lo lejos y llamarlo a los gritos, tenía la capacidad de alegrarte el día.
Pata saludaba siempre de la misma manera. A cada uno que encontraba en la calle le manifestaba un interés sincero y estiraba el final de su nombre como un sello distintivo. "Cachoooo, Martínnnnn, Chamaaaaa", decía y aún conserva. Y si te cruzaba dos o tres veces en el día, cosa que sucedía a menudo, cumplía con el mismo ritual. La mayoría de las horas se las pasaba en el club y cuando se ausentaba a más de uno le llamaba la atención.

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Amante de la cumbia solía elegir el tema de moda en el vestuario y la arenga comenzaba el lunes en el primer entrenamiento de la noche o de la siesta. En las ligas amateurs los clubes que no tienen luz artificial entrenan a la siesta y los que la tienen, a la noche. Son los dos horarios en los cuales la mayoría de los jugadores no trabajan. Al mismo tiempo los más jóvenes que aún cursan los estudios secundarios después de las 17 o 18 están libres para ir a entrenar.
Gualeguay Central históricamente tuvo un gran semillero por la cantidad de jugadores que practican en sus inferiores. Si bien en la década del 90 no abundaron los títulos en Primera, en las formativas siempre sus categorías fueron protagonistas. Pero al llegar a edad de Primera, Central tenía un éxodo importante de jugadores. Ante la falta de ofertas educativas en la ciudad, muchos chicos emigraban a Buenos Aires, Paraná, La Plata o Rosario para estudiar una carrera universitaria. Ese vacío se cubría a medias. También sucedía que muchos chicos, a los 18 años, encontraban oportunidades laborales en los grandes centros urbanos. Sobre todo en Buenos Aires, ubicada a 220 kilómetros de la ciudad, a dos horas y media en auto y a tres en colectivo con tres o cuatro frecuencias diarias.
Algunos de sus jugadores viajaban los viernes o los sábados para completar el plantel. Pero no era lo mismo. Esa tendencia que se remonta a otras décadas siempre generó malestar en los grupos, porque los que jugaban bien iban de movida a pesar de no entrenar en la semana con el resto porque vivían en otro lugar. De todos modos estaba institucionalizado porque ya era una tradición del club y eso amortiguaba los conflictos y las diferencias.
Después, como cualquier club, un ensayo por día y los viernes asado para unir al grupo. Sábado libre y el domingo a jugar.
A los 17 y sobre todo a los 18 años llegaba el momento de subir a Primera. La Tercera, en aquel entonces, reemplazante de la Segunda o Reserva de ahora era el límite para llegar a la máxima. Allí había un límite de dos o tres jugadores mayores. El resto libre.
Central, por ser un club nutrido de jugadores, llegaba a la Tercera con una camada que seguramente había ganado en Sexta, Quinta y Cuarta, o al menos había sido protagonista. La 80-81 fue una gran camada que llegó a la tercera con varios jugadores que habían saltado de la Cuarta a la Primera.
La Tercera entrenaba a las 18 o a las 19 y después era el turno de la Primera. Pata iba a ver los entrenamientos de la Tercera y cada tanto se sumaba. Hablaba a los chicos y atajaba en el fútbol de los jueves con la intención de hacerles sentir el rigor desde la retórica y para "hacer grupo" con sus futuros compañeros de equipo. De condiciones notables como arquero era capaz de perder una sencilla pelota de un centro llovido o sacar un remate al ángulo de media distancia tras un disparo implacable. Un auténtico arquero gana partidos. Era uno de los lazos directos entre una división y la otra. Sus pupilos entraban por un tubo sin pagar derecho de piso en la categoría mayor. Su instinto paternal, a pesar de ser joven, y carisma lograba una aceptación indiscutible. En el ambiente su condición de personaje tal vez minimizaba sus grandes condiciones como deportista. Por lo que la exigencia en cada presentación era aún mayor.
En el 98 se jugó un torneo atípico para la Liga Departamental en las divisiones menores. Los torneos por lo general se jugaban por puntos, todos contra todos y el que más puntos sacaba se quedaba con el título. Ese año hubo final. Central por un lado y Sociedad Sportiva. El Millonario, como le dicen al azul y blanco y su vecino son los dos clubes más grandes. Clubes ubicados en calle Belgrano al final y separados por una cuadra, como si fuera Racing e Independiente en Avellaneda. A pocos metros de la exestación de Ferrocarril donde hoy se encuentra el Corsódromo. Desde una cancha se puede ver la otra.
Sportiva, víctima de varios juicios y algún que otro inconveniente dirigencial, tuvo varios años sin poder ganar nada. Ni en inferiores y menos aún en Primera. Ese año, con una gran camada de jugadores, y algunos que bajaban de Primera, llegó a la definición.
Pata, asiduo de los entrenamientos de la Tercera y parte del grupo, sabía que no podía pedir el arco para jugar la final porque significaba una falta de respeto para el arquero que había llevado a su equipo a la definición. Fue entonces que una noche de primavera reunió al grupo y al cuerpo técnico y les dijo que quería cumplir el sueño de jugar de 9. Hábil con los pies y de buen porte físico, su figura atemorizaba cuando se ponía adelante en los "picados" informales. Sus compañeros sabían que no se trataba de un deseo caprichoso, sino que quería ganar, sabía jugar en esa posición aunque nunca lo había hecho de manera oficial y que, en su afán de líder, lo que más deseaba era ayudar.
Para Sportiva la final era todo, no así para Central, que si bien no quería regalar nada, por aquel entonces en inferiores todos los años tenía al menos una o dos alegrías.
Fue entonces que Pancho, el entrenador, tomó la difícil decisión de incluirlo, tal vez luego de haberlo consultado con los dirigentes de la institución, reunión o diálogo que nunca se supo si existió y siempre fue un misterio. Además nadie quiso preguntar y a muchos les resultó indistinto ese detalle.
El grupo lo aceptó y la semana previa Pata se movió por el frente de ataque. A favor del arquero, para esa fecha, el nueve titular no estaba por lo que el espacio no contaba con un reemplazante natural. Había delanteros, pero no de esas características. El auténtico nueve de área.
La final se jugaba a dos partidos. La primera en Central y la revancha en Sportiva.
El primer encuentro fue el sábado por la tarde, como todos los partidos de inferiores. La gente de Sportiva tomó la definición como si fuera de Primera. El color de la tribuna y la multitud que acompañó al equipo aquella tarde hacía pensar que se trataba más que una final ante el eterno rival. Mucha gente que se había alejado del club por los problemas, esa tarde había vuelto a la cancha. De punta en blanco, con media blancas, pantalón blanco y la tradicional camiseta a rayas verticales azules y blancas, el Millonario salió a la cancha y recibió una gran ovación.
Central, con medias negras, con tres rayas rojas en la parte superior, pantalón negro y la camiseta tradicional con rayas rojas y negras similar al histórico diseño del Milán, líneas delgadas, le puso un contraste maravilloso al campo de juego.
Pata había cumplido con el ritual de siempre. Se paseaba "en bolas" antes de cambiarse, se hacía masajear con aceite verde antes que nadie y ponía la música. A medida que se acercaba la hora iba subiendo el tono y a segundos de entrar a la cancha ponía el hit del momento, en aquel entonces Te Extraño de Los Charros. También tenía esa capacidad, cual si fuera un DJ de música electrónica, que manejaba progresivamente el nivel de excitación de la gente.
Dio la arenga en el extenso túnel y salió con la pelota y la cinta a jugar "el partido de su vida".
Sportiva llegaba mejor e híper motivado. Tomó el protagonismo de movida y se puso en ventaja en el primer tiempo. Tenía todo a favor: la gente exultante, el nivel de juego y la ventaja sabiendo que la revancha era en su casa. Sin embargo Central no se dio por muerto. Pata no había tenido demasiado juego en el primer tiempo, pero había hablado los 45 minutos. Lo apalabró al árbitro, los compañeros, los rivales y claro, como suele pasar en las ligas de las ciudades chicas, a los hinchas que buscaban provocarlo del otro lado del tejido. Y Pata no se quedaba atrás y tenía la capacidad de identificarlos y responderles por su nombre.
Ensimismado con el personaje la hinchada jugó un partido a parte con el Arquero-Nueve. Pata salió al segundo tiempo como si nada. Después de una breve arenga en el túnel, evitando entrometerse en las indicaciones del DT, el nueve se encargó de dar un par de órdenes con el equipo parado para mover la bola en la mitad de la cancha.
El segundo tiempo comenzó parejo, timorato, con un Sportiva más retrasado, esperando por la obligación de Central y con la estrategia de meter un contragolpe a través de la rapidez de los delanteros que jugaban por afuera.
Corrían 20 minutos, Sportiva había adelantado sus líneas porque dominaba el juego. De repente Central corta la línea de pase y el Diez mete un bochazo largo al vacío con los centrales rivales casi en la mitad de la cancha. Pata abre los brazos, mañoso y pícaro, frena con el brazo izquierdo el arranque del 2. El impulso lo ayuda a ganar unos centímetros y va camino a la pelota. En el recorrido el 6 corre en diagonal, Pata lo espera y cuando se ponen a la par lo tira lícitamente con el cuerpo quedando sin oponentes en su carrera. A tres metros de la pelota y sobre el lateral donde estaba la parcialidad de Sportiva y ante un silencio inquietante, advierte la salida del arquero. En esos dos metros grita, con su voz inconfundible, "Tatán Tatán", emulando al Relator uruguayo Walter Nelson y su recurso para anunciar un gol. El relato se escuchó en toda la cancha que seguía atentamente la definición. Después del relato, llegó al balón y le clavó el pie derecho abajo. La pelota se levantó por sobre el arquero y cayó unos metros antes de la línea de gol. Antes que la cruzara Pata gritó "Goooooollll" por segundos acompañando el trayecto del balón hasta llegar a la red y salió corriendo a festejar para al lado de la tribuna visitante sin hacer gestos al resto de los compañeros. Los chicos de 18 años salieron raudamente despegados del césped a abrazarlo entre risas y emoción mientras en la tribuna local se tomaban la cabeza y no caían del asombro. No había celulares ni cámaras. Nadie, solo aquellos que estuvieron dentro y fuera de la cancha, capturaron un momento único. El día que el arquero jugó de 9 y relató su propio gol.
Y por si a alguien le interesa, aquella tarde el partido terminó 2 a 1 a favor de Sportiva. La revancha se jugó una semana después. Central ganó 2 a 1 en los 90 y salió campeón con gol de oro de Pupo. Pata no jugó la revancha, pero fue campeón e hizo un gol en la final.

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