Dilema entrerriano en las fiestas del 25 de Mayo y el 9 de Julio

El 25 de Mayo y el 9 de Julio. El estado-nación trató de saldar desacuerdos con ficciones uniformes, pero la verdad se cuela por los intersticios y nos interroga.

08:35 hs - Domingo 24 de Mayo de 2026

Unos revolucionarios querían cuidarle las espaldas al rey, hasta conseguir un monarca apropiado; otros revolucionarios querían una república con soberanía particular de los pueblos en confederación, con respeto a las autonomías y con devolución de tierras a los más desposeídos. Esta segunda revolución, aplastada por la primera, quedó en expresiones de deseo en las leyes y poco más.

¿Por qué es tan difícil revisar el modo en que se recuerdan las fechas patrias en Entre Ríos? Muy sencillo: porque un examen sereno y desapasionado de los contenidos de la historia toca intereses actuales, y erosiona más de un bronce. El problema no está, pues, en el pasado sino en el presente. ¿Quién acepta que le toquen su clase, su “derecho”, su líder, su poltrona?

La colonialidad está sostenida en dos fuerzas simultáneas: la violencia y el relato. Lo que ha conseguido ese “eje” no se vuela al primer vientito, aunque esos cimientos expliquen en gran medida la ruina del país.

Los invasores

Los criollos que tomaron las riendas desde Mayo de 1810 recibieron la adhesión de los entrerrianos, y en octubre de 1811 nos entregaron a España (armisticio del Triunvirato con el virrey Elío que gobernaba desde Montevideo). Para acompañar una revolución hay que hacerse de valor, porque las consecuencias pueden ser fatales; y qué decir cuando el jefe revolucionario negocia con los europeos y devuelve los territorios y sus habitantes, exponiendo a los revolucionarios a sus viejos amos…

Las víctimas de esa traición fueron los orientales y entrerrianos. Esto explica, en parte, la actitud rebelde de los panzaverdes, que aflora de tanto en tanto en no pocos encuentros con manifestaciones autonomistas, y en la simpatía con los orientales.

Ese atropello de 1811 siguió en 1813 con el rechazo a los diputados de la región porque llevaban ideas independentistas, republicanas, federales, contrarias al despotismo militar. Y continuó en febrero de 1814, cuando nos invadieron con violencia para matar al jefe revolucionario, José Artigas. Ahí tenemos al austríaco-prusiano varón de Holmberg que se chocó con los entrerrianos y orientales en la batalla del Espinillo, cerca de Paraná. Es decir, a la resistencia que ofrecieron los pueblos por tres siglos, se sumó la resistencia de la paisanada ya en el siglo XIX.

Armisticio, rechazo, invasión violenta, ¿se entiende, pues, nuestra dificultad para celebrar a los de galera y las de miriñaque?

Para 1816, los entrerrianos nos sabíamos republicanos y confederales, y por eso invadidos por los herederos monárquicos de la colonia, así que no asistimos a Tucumán.

Qué decir, entonces de nuestra dificultad para celebrar el 9 de Julio, cuando para entonces ya flameaba en nuestros mástiles la banda roja independentista.

Tanto no le erramos, si en 1817 y 1818 recibimos nuevas invasiones correctivas a sangre y fuego en el arroyo Ceballos y en el Saucesito (Montes de Oca y Balcarce, rechazados por los entrerrianos y orientales, nuevamente).

Los ninguneados

Con sus excepciones, los actos escolares por el Día de la Patria han sido uniformados en todo el territorio. Un gran logro del estado-nación colonial. Para evitar dudas, se ha borrado puntillosamente la verdad. Los “negritos aguateros” y las “negritas mazamorreras” que bailan el candombe en los actos y gritan refranes, eran para entonces personas esclavizadas, violentadas y violadas por sus amos poderosos, y siguieron siendo esclavizadas, violentadas y violadas durante los sucesivos gobiernos criollos. Eso, cuando antes de 1810 ya se había dado la revolución independentista y antiesclavista haitiana, es decir: los criollos continuaron con el sistema a sabiendas.

“El 25 de Mayo, por primera vez decidimos ser libres”, escuchamos en un acto escolar. Habían pasado para entonces centenares de revueltas de pueblos ancestrales y africanos

en estas tierras, reprimidas con violencia extrema, incluso con el sacrificio horroroso de sus jefas y jefes en todo el Abya yala (América).

Aún estaban ardiendo las brasas de la batalla de Caibaté, donde los guaraníes habíamos resistido el atropello español y portugués. Los que no murieron se vieron expulsados.

Muchos hicieron ranchada en Entre Ríos. Y estaban ardiendo las brasas de las “guerras preventivas” que sufrieron aquí los charrúas. Los que no murieron se internaron en las islas, pasaron el Uruguay, o fueron reducidos en Cayastá. ¿Cómo trataron los criollos, después, a las familias indígenas y afroamericanas? Las matanzas siguieron por décadas, y no pocos hoy llamados próceres sugerían exterminarlos desde la niñez, para extirpar esas razas… Si reconocer la historia no hiciera mella en el presente, ya estaríamos hablando de otra cosa. El relato es un arma central en esta gran batalla, porque extiende el dominio, envilece al derrotado.

Traidores e intrigantes

Para el historiador argentino Juan Antonio Vilar, estas paradojas se explican en esa primera década, de 1810 a 1820, y es que no hubo una revolución sino dos revoluciones, y la revolución de los pueblos se debilitó con la derrota del artiguismo, aunque nos legó el federalismo y la república, en muchos casos como expresiones de deseo en las constituciones, para guardar las apariencias.

Juan Vilar sostiene que el estado nación argentino moderno se sostiene, entonces, sobre cuatro genocidios. ¿Cómo logra, el sistema, superar semejante acusación?

“La falta de principios, de valentía, idoneidad, patriotismo y honestidad de los máximos dirigentes porteños de la revolución es proverbial; su conducta se muestra agravada en los momentos difíciles en que se degradan a niveles inauditos”, sostiene Vilar.

Cuando los entrerrianos tomemos conciencia de que la educación ya no depende de Buenos Aires, probablemente los actos escolares tomen otro tono.

Qué difícil resulta celebrar a aquellos “patriotas” en los actos del 25, a no ser Manuel Belgrano, Mariano Moreno y unos pocos. “Buenos Aires careció de una clase revolucionaria porque no existió una verdadera burguesía capaz y transformadora. El poder quedó en manos de conservadores, ubicuos, traidores, servidores de Inglaterra, intrigantes, tenebrosos, reformistas delirantes, comerciantes aprovechados, calumniadores, terratenientes racistas, y un verdadero elenco estable”, sostiene Vilar, y enumera con nombre y apellido una docena de “próceres” que pululan en las chapas de nuestras calles.

Por supuesto, el mismo historiador resalta logros extraordinarios de los argentinos, en distintas ocasiones, y con actos de gran sabiduría, talento y coraje, a veces incumpliendo las leyes del poder constituido. Sin dudas entre los notables se encuentran, precisamente, José Artigas, Manuel Belgrano y José de San Martín. Pero por los libros del mismo Vilar conocemos decenas de mujeres y hombres patriotas, generosos, lúcidos.

Artigas había nacido en el virreinato del Perú, San Martín en el recién creado virreinato del Río de La Plata. Contra lo que se supone, las cosas cambiaban, entonces, más rápido que en la actualidad. En menos de cinco décadas fuimos virreinato del Perú, virreinato del Río de la Plata, Liga Federal, República de Entre Rios, Argentina…

Colonialidad

En las últimas décadas se ha diferenciado, en las ciencias sociales, el colonialismo de la colonialidad. El caso es muy singular para la Argentina, porque a pesar de los 25 de Mayo y los 9 de Julio, es el país que sufre hoy el colonialismo antiguo como ninguno otro en el planeta, por la permanencia del imperio inglés en el Atlántico Sur contra toda razón y justicia, como expresión viva de rapiña imperial, es decir: un territorio invadido, gobernado por un imperio por la fuerza de las armas. Y demás está decir que la colonialidad, esa continuidad de la dependencia por distintas vías, se expresa en la economía, el aula, los medios, las finanzas, las corporaciones.

En un acto por el 25 de Mayo, previo a los locros de la vecindad, estuvimos con alumnos y alumnas de sexto grado vestidos con camperas alusivas a su egreso. En el brazo, las Islas Malvinas. Es decir: por críticos que seamos, debemos reconocer que allí estaban la Bandera Argentina, la Bandera de Entre Ríos, la Bandera de Colonia Avellaneda, el Himno, la Marcha, la canción local, el candombe, el pericón, la chacarera, las frases alusivas, los versos patrios, las indumentarias antiguas, la participación de las familias, y Las Malvinas.

¿En qué otro lugar se expresan así nuestros sentimientos hondos, nuestra unidad? Buena onda, gran esfuerzo, y ocasión inmejorable para hablar, precisamente, de los bemoles y sostenidos de nuestra historia. Bienvenido, pues el 25 de Mayo.