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Dibujo Moreno cumple medio siglo de amistad con el saxo y el jazz

Barrio y show: diálogo con el paranaense Dibujo Moreno que admira a Charlie Parker y Ella Fitzgerald por allá, y a los hermanos Expósito y Charly García por acá

Domingo 23 de Mayo de 2021

Esta es la historia del primer beso del Dibujo Moreno con su amor eterno: el saxo. Él y toda su familia pasaban en aquellos años momentos complicados en el barrio, entre las avenidas Ramírez y Don Bosco, tras la muerte de su padre en un accidente en alta mar, cuando un tío lo invitó a escuchar los instrumentos de una banda de música en La Paz. Fue amor a primera vista con los sonidos de esta encantadora pipa melódica.

Rubén Enrique Moreno, mejor conocido de gurí como “el Ruso Moreno”, y desde la adolescencia: “Dibujo”. No pocos han disfrutado su música en un bar de Paraná, un hotel de Buenos Aires, una playa de Bahía, y él con un estilo inconfundible en el vestir como en el repertorio. O en esa sonrisa auténtica, tan apta para conversar con las amistades del barrio sobre la gran familia, vaso de por medio, como para intercambiar pareceres sobre talentos artísticos o trenzarse amablemente, por qué no, en debates políticos con ideas rebeldes que parecen derivar de su tocayo Mariano.

El barrio

Nació el 21 de julio de 1956, hace casi 65 años, en Villa Sarmiento, “la zona del colegio Don Bosco, la comisaría Cuarta; las calles de mi infancia fueron Don Bosco, Brasil, Dupuy y Gregoria Pérez, donde viví de chiquito”.

—¿Y tu familia, Dibujo?

—Mi padre trabajaba en las balsas. Después fue marino de ultramar.

—Qué hacía en las balsas.

—Era maquinista, mantenía los motores de las balsas.

Dibujo Moreno puede hablar horas de la familia porque sus viajes por distintos países, contratado para ofrecer su música para el recreo, no le han hecho mella en su amistad con la vecindad de las calles Gregoria Pérez y Dupuy y aledaños. Tenía 13 años cuando su padre falleció en un accidente, embarcado. “Yo era muy gurí, nunca indagué si era autodidacta o había estudiado… calculo que sí porque para se jefe de máquina tuvo que rendir”, contesta a nuestra pregunta y recuerda los juegos en el campito, en el colegio Don Bosco, y su vida feliz a pesar de las ausencias.

—¿Los Moreno son de acá?

—Mi abuela paterna, de Balnearia, Córdoba. Y mi abuelo, de Victoria. Por parte de mamá: mi abuela, de Don Cristóbal Segundo y mi abuelo venido de Galicia. Él era Fernández y la abuela Velázquez. Me acuerdo de mi familia, mis tíos, hermanos de mi madre básicamente, una familia muy numerosa, con muchos primos. Yo tengo cinco hermanas mujeres, el único varón soy yo. Y una buena infancia, bien de barrio. La mayoría de mis tíos fueron militares. En esa época te aseguraba un trabajo estable. Un día fui a visitar a un tío que estaba destinado en La Paz. Vos sabés que me dice ‘te voy a llevar a un lugar que te va a gustar’. A mí, de chico, me gustó la música. Por influencia del barrio, de juntarme con amigos. Pasábamos música en los asaltos, en las reuniones que hacíamos. Ese día me llevó a la banda del Ejército. Yo tenía 12 o 13 años, y me quedé maravillado.

—Con los instrumentos.

—Claro, pero me llamaba particularmente la atención el saxo. Y bueno, le pregunté cómo había que hace para entrar. En ese momento, mi padre había fallecido hacía muy poco. Los recursos económicos eran menos diez, como en el chinchón.

—La pérdida de tu papá había provocado…

—Una debacle. Sí. Aparte éramos chicos. Y vos sabés, vi eso y me quedé guau… qué lindo, eso me gustaría tocar. Le pregunté cómo entrar, me dice ‘tenés que hacer así y así’. En síntesis, estuve tres años en el Ejército. Firmé un contrato de un soldado voluntario, un soldado con sueldo, ahí me compré el primer instrumento…

—¿Acá o en Buenos Aires?

—En La Paz. Me quedé en La Paz ese tiempo. Después salí de ahí, pedí la baja. Hoy, con el tiempo, digo: no me la banqué. Antes decía que no me gustaba… La verdad, no me la banqué.

Un año clave

—Claro, la música pero también los “rituales”…

—De las fuerzas armadas. Y como uno no va a cambiar eso… con el tiempo reconozco que eso me marcó. En el tema de la puntualidad, por ejemplo.

—¿Qué hacías en La Paz?

—Estudiaba música y tocaba.

—¿Encontraste buena gente?

—Sí. Como en todos lados. Y tienen una particularidad las bandas militares en general: que ellos respetan tu idoneidad profesional. Ojo, si te tienen que aplicar las jinetas te las aplican. Pero respetan tu idoneidad para trabajar con el instrumento, tu constancia, tu disciplina. Y yo era un tipo muy disciplinado. Muchísimo.

—Hasta la exageración.

—Sí. Yo viví dentro de un cuartel un año entero. Un año calendario. Porque pagaba 12 cuotas de 299 pesos por el primer instrumento que me compré, y yo ganaba 300 pesos. Entonces comía como soldado, me vestía como soldado, vivía como soldado.

—Todo el dinero para pagar el instrumento.

—Exacto. Lo único que yo hacía era tocar. Me levantaba a las seis de la mañana como te levantan, tomaba el matecocido con galleta, y ahí me ponía a tocar hasta las 9 de la noche. Corrido. Ensayaba con la banda, paraba para comer, y a la siesta me iba más lejos para no molestar y seguía hasta las 9 de la noche que me llamaban a comer de nuevo. Un año fue eso.

—Una explosión para vos.

—Claro, aparte el tiempo te va marcando en la constancia.

—Y esa vida genera también amistades, supongo.

—Sí, claro, se crea un vínculo. Pero en el caso mío era con los soldados que pasaban. Antes se hacía la colimba un año, los soldados pasaban, querían estar lo mejor posible, lo más leve; no estaban programados para quedarse. Hice muchos y buenos amigos que hasta el día de hoy los tengo. Pasaron por la colimba; colimba porque corre limpia y barre.

Los maestros

—¿Siempre este instrumento o pasaste por varios?

—Siempre los instrumentos de viento con cañas, que no son de bronce las boquillas; toda la línea de saxo, flauta, clarinete, pero habitualmente trabajo con un solo instrumento, el saxo.

—En esa época el saxo para la banda, pero vos te ibas por otros rumbos, y los maestros ¿también tenían esa apertura?

—En la parte militar tuve un maestro que se llamaba Julio César Guevara, santafesino. Un sargento, nunca me olvido. Él tenía otra forma, él estaba ahí porque estaba cómodo, no ganaba mal, hacía lo que quería, la música, se comía algunas cosas dentro de la vida castrense; él fue quien me enseñó mucho, mucho.

—Vos estás agradecido.

—Uh, igual que el maestro Lino Gereduz, de Mendoza. Él era el maestro de la banda. Yo estudiaba, estaba solo, y pensaba cómo hago para parar, que todos paren a la vez; me decía ‘tenés un silencio, en tantos compases, van a llegar ahí y nadie va a tocar nada’. Hoy parece una tontería, pero era todo un mundo para descubrir. Después fui estudiando con otra gente amiga que tenía un poco más de experiencia, otra visión.

Otros laburos

—Vos no tenías ese problema de algunos músicos, donde la familia los considera vagos.

—(Ríe). Exactamente. Veo músicos de otras latitudes que en sus países forman parte de una industria; para nosotros, en países emergentes como éste, lamentablemente es un hobby carísimo. El sentido común a vencer es ese: ¡es mi trabajo! ‘¿Y de qué trabajás?’ (Ríe). Tengo una anécdota con mi hija más chica cuando iba a la escuela Primaria. Le preguntaban a los alumnos en qué trabajaba el papá, y ella respondió: -mi papá es músico-. La directora de esa escuela: -no, Magui, en qué trabaja. -Y, es músico mi papá-. Entonces vino y me lo contó. Como todos mis hijos tocan los instrumentos, no se dedican a eso, pero sí tienen conocimiento, ensayamos en casa con un coro y a final de año tocamos con los chicos, cantó el coro, y la directora: -Ay, don Moreno, lo felicito…. Trabajo lo mismo que usted, hago otra cosa. Que no esté reconocido, o que sea ninguneado, por la falta de cultura en este país, donde reina el exitismo, no significa que no trabaje, que no me dedique.

50 años

—Una vez que renunciaste, ¿cómo hace uno para sostenerse como músico independiente?

—Es complicado. Llevo 50 años de músico. En total.

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Dibujo Moreno cumple medio siglo de amistad con el saxo y el jazz

Dibujo Moreno cumple medio siglo de amistad con el saxo y el jazz

—Habrás pasado momentos difíciles.

—¿Cómo? ¡Claro que sí! Varias veces laburé de otra cosa. Nunca dejé de tocar, pero he llegado a vender insumos de cirugía vascular… Aprendí a regular un marcapasos…

—Y vos tenías familia...

—Numerosa, seis hijos. Cuando no cerraban los números me buscaba otro laburo. Después la estructura económica de la familia se diversificó, fue más tranquilo, volví a hace lo que hacía.

—¿El nombre “Dibujo”?

—Nos íbamos a tocar a Uruguay, yo tenía 16 años, tocaba con una orquesta como decía mi madre, ‘ahí vienen los vagos de la orquesta’. Yo tenía el pelo largo, algunos me decían el Ruso, era una escoba, y mi compadre que era el baterista me dice ‘che, parecés un dibujo animado así”. Ya voy, pará… Me empezaron a decir Dibujo, Dibujo… Y me ayudó de alguna manera porque mucha gente asocia el Dibu con el saxo. No saben cómo me llamo, “el Dibu”.

Buena compañía

Nuestro músico ha tocado en diversos lugares, incluidos teatros, plazas, hoteles, playas, restaurantes. Hace un mes lo encontramos en Federación, por ejemplo. Muchas veces anda en soledad, con sus complejos equipos de música comprimidos en un enorme valijón, y otras en compañía de guitarristas, bateristas, bajistas, en fin. Le preguntamos si no le ha dado por un concierto y le gusta la idea. “En estos tiempos de pandemia he pensado en hacer cosas puntales en Paraná, me agradaría hacerlo. Estoy buscando folklore, cosas nuestras”.

—Hacés la música que te gusta.

—Y, vas mirando, vas descubriendo todo el tiempo. A mí me pegó cuando era gurí como todo pibe… nuestros viejos escuchaban tango. Mi viejo venía del barco, después de mucho tiempo de navegar, y tenía un tocadiscos, un parlantecito, y se ponía a escuchar tango en el patio, con el mate, y yo estaba al lado. Lo disfrutaba a mi viejo, lo veía poco y lo disfrutaba. Magaldi, los tangueros de esa época. Con el tiempo, en una de las formaciones que he tenido, tocábamos algunos tangos en determinados lugares. O me acordaba de esos tangos… “Nunca tuvo novio pobrecita porque el amor no fue a su jardín”...

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—Te hemos escuchado más en el jazz.

—Sí, un poco por afinidad del instrumento. Hay músicos y autores en esta zona que son increíbles. Lo que pasa es que no se difunden como otras cosas; pero de calidad compositiva extraordinaria.

—Hablanos un poco de los temas que vos interpretás.

—Por ejemplo, si me decís un ícono del jazz, Charlie Parker. Un saxofonista de excepción, yo a esa película (suponemos que se refiere a Bird) la vi cuatro veces y la vuelvo a ver. Un tipo de otro tiempo, un adelantado. Y después, por una cuestión de género y de lugar, me identifico mucho con el jazz norteamericano, con bandas de jazz y de rhythm and blues y pop; a mí me gusta todo eso, pero no dejo de buscar la música nuestra. Qué lugar ocupamos en ese universo, cómo está representada nuestra música… aparecen géneros intermedios como el jazz latino.

—¿Rock?

—Muy poquito. Bandas muy clásicas.

—¿Y entre los cantantes?

—Ella Fitzgerald, Aretha Franklin…

—¿Frank Sinatra?

—(Duda un poco)… El tipo era bueno en lo que hacía, un ícono, pero hay otros… Tiene que ver con un proceso de penetración cultural en nuestras sociedades, no lo neguemos.

Las anécdotas

Dibujo no lleva la cuenta de los lugares en que ha desplegado su instrumento de viento. Una cadena de hoteles lo ha contratado durante una década, por caso. Actúa mucho en la provincia, en varias ciudades, también en Buenos Aires, en ciudades de Brasil, Uruguay, Chile, Colombia… Recuerda su estada por meses en Bahía, y puede estar horas contando anécdotas de personas con quienes ha compartido momentos. Nuestro músico es un cofre de recuerdos, de lindos recuerdos. “Me gusta mucho, trabajo en tres o cuatro hoteles, y después en uno o dos paradores de mar, fijos, y de ahí vas saltando, pero tenés una base hecha. También salen eventos privados: ‘hola Dibu, te habla Fulano me pasó tu número Tal’”.

Reconoce que la tecnología le ayuda a trabajar solo, y eso le facilita la movilidad, los costos. “Pero acá hacemos eventos con un cuarteto. Guitarra, bajo, batería, saxo, un cuarteto y hacés una fiesta… Un amigo del barrio que volvió después de muchos años me decía que Paraná debe ser uno de los pocos casos que conoce con cantidad de músicos. Trabajó toda su vida en Europa, para juntar músicos en un mismo pueblo tenés que andar, acá es increíble”. Entonces nos da una serie de nombres de músicos conocidos de por acá, con los que ha compartido momentos más o menos informales, y recordamos por caso al notable oriental Ricardo Panissa por anécdotas muy singulares.

Vida y arte

Música en las buenas, música en las malas. La pandemia lo ha tenido a maltraer con las actuaciones. Tiene un contrato pendiente en un lugar privilegiado de Europa, pero no lo quiere comentar mucho para que no se pinche.

Uno puede estar muy metido en asuntos del día, las noticias, charlando con este hijo de Paraná, o haciendo memoria de picardías de la adolescencia, y de pronto se encienden las luces, suena un ritmo que llama y el artista sopla entonces las melodías más bellas de la tierra sin cambiar el ánimo, pero ahora con un aura porque el Dibu Moreno cierra los ojos y se entrega a los requerimientos amorosos del instrumento.

—¿Qué tenés para decir vos de tu relación con la música?

—Si tuviera mi vida económicamente resuelta haría exactamente lo mismo. No concibo mi vida sin hacer esto. Me gusta lo que hago, nunca sentí que esto fuera un trabajo. Con estos tiempos en que uno trabaja tan raleado, buscás la posibilidad de hacer cosas, y no tienen que ver con una retribución económica: la necesidad de expresión, de tocar… Es indisoluble, no puedo escindir mi vida del músico, van juntos.

—¿Qué tema elegirías?

—No, no se puede. Depende del momento, de tu estado anímico para asimilarlo, siempre digo: levantate con música, no sé, Vivaldi a la mañana, cualquiera de las Cuatro Estaciones, la primera media hora, fijate cómo te cambia, tu relación, la armonía con lo que te rodea. Te da otra energía. El mismo lugar, la misma casa, pero otra perspectiva, tenés otro color.

—¿Te gusta tocar solo, por ejemplo, bajo los árboles?

—Sí, lo hago seguido. Me encanta.

—Pero sos muy urbano.

—Va cambiando con el tiempo. Me gusta por mi interrelación, la gente que veo; soy una rata de ciudad, pero me gusta más tranquilo, soy un tipo de perfil bajo, no me gusta llamar la atención, si veo mucha gente acá prefiero irme para allá. Eso en mi vida personal, privada. En mi vida pública necesito interactuar con la gente, claro, de eso me nutro.

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También La Calandria

—¿Y entre los músicos nacionales?

—Homero y Virgilio Expósito como compositores. Cuchi Leguizamón. Charly García, el Gardel del siglo XXI, o Spinetta. Y dentro del instrumento que yo toco, el Gato Barbieri, un rosarino… Digo en líneas generales, pero hay millones de músicos…

—¿Un chamamé en el saxo?

—Sí, claro, Merceditas. La Calandria, Kilómetro 11. He estado en festivales tocando chamamé arriba de un escenario con el saxo. Me han venido a buscar para la Fiesta del Ternero en Feliciano. Acordeón, piano, bajo, batería, guitarra, percusión, saxo. Los gauchos con sombrero ancho, sentados así, muy atentos.

—Decía Yupanqui que al pueblo hay que darle “lo que merece, o sea, lo mejor”.

—Si a vos todos los días te pasan determinadas cosas te terminan perforando la cabeza. En todos los sentidos, no sólo en la música.

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