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Del Trémolo de Falú al Uruguay de la Pachamama para religarnos

Naturaleza y cultura reúnen a los dispersos y ponen en el centro la unidad, contra aventuras separatistas fundadas en arrebatos y enojos.

Jueves 23 de Julio de 2020

Nos sentamos a escribir bajo los efectos de la pesadumbre y el escándalo, de haber escuchado estos días la palabra independencia, por riñas menores. Si el poder colonial, concentrado y despótico, sigue intacto en algunas manifestaciones, sabemos que ese flagelo no se cura con separatismo y tonterías por el estilo.

Como prevención ante las amenazas divisionistas de la hora iniciamos una breve gira por el arte regional, que nos regala lugares comunes, solares donde nos abrazamos adversarios y distintos.

Encontramos en la guitarra un punto de intersección, y es que estamos escribiendo en el Día del Amigo con motivo de la llegada del ser humano a la Luna, un lugar equidistante que nos llega a todos. No cuesta sentirse amigable, ante la Luna. Pero el paseo por las fuentes de arraigo y de identidad regional se nos presentó al oído escuchando por youtube (internet) el Trémolo de Eduardo Falú, sin darnos cuenta de la fecha: era el pasado 7 de julio, cumpleaños del notable salteño. ¿Casualidades? Creer o reventar.

Diapasón completo

Trémolo es entonces el principio. ¿Qué mujer, qué hombre de la Argentina, no se sentirá en comunidad, en su patria/matria verdadera, ante esta obra de Falú interpretada por él mismo? Si hasta recién había alguna diferencia entre nosotros, acaba de diluirse: ya suena su guitarra, ya se hace presente el corazón abierto de la Argentina en el diapasón completo.

El Trémolo nos devuelve la unidad extraviada. Y de ahí pasamos al Canto al sueño americano, en una versión grabada en España hace casi 40 años. “Despierta juventud americana, realiza la unidad continental… el día que los pueblos sean libres la política será una canción”. Con letra de Jaime Dávalos y música de Falú. Poesía, voz profunda, canto con fundamento, guitarra, público, arte en suma en todo su esplendor. “No olvides que la sangre nos religa a los que mueren por la libertad”, dice el poema. Ahí también una intención artística por la unidad. “Rompiendo las fronteras provincianas, herencia del sistema colonial”.

Así como la sangre, Falú cumple en nosotros una función similar a la que Antonio Serrano le adjudicó al río Uruguay. “El río Uruguay es el portal por donde cruzaron y cruzan sentimientos de hermandad, afectos familiares y mancomunadas aspiraciones de paz y de trabajo. Como si no bastara la misma historia que vivieran sus riberas, antes y después de la conquista, la Naturaleza distribuyó en uno y otro lado los mismos bosques, los mismos pájaros, la misma belleza de sus cuchillas y arroyos... Si alguna vez la fatalidad de la discordia se cirniese sobre estos pueblos hermanos del Plata, bastaría con mirar hacia ese río y avergonzados retornarían a la paz, que es su destino”.

La Pachamama nos abraza sin distinciones, sin tapiales, sin predilecciones. Las culturas encuentran puntos de conexión para el diálogo, para la amistad, como la Luna. En la conversación de a pie, por ejemplo, el estado del tiempo estimula la comunicación. ¿Irá a llover? Con esa sola pregunta rompemos el hielo, y funciona en todas las culturas, en casi todas las clases sociales, cruzando estamentos.

El tiempo enciende la conversación. Y en el diálogo está el camino para recuperar la unidad. Comunicarnos, sin más vueltas, porque somos hermanos, decimos en el altiplano con la expresión que suele repetir el ex canciller boliviano David Choquehuanca: aruskipasipxañanakasakyspunirakispawa. Hablar, sí o sí.

Así como una obra de Falú hace de río Uruguay, porque fluye y nos reúne en sus orillas, otros artistas cumplen la función de la lluvia, el estado del tiempo. Con ellos en el medio, los pleitos quedan para después, o pierden filos si no se extinguen.

En esta ocasión nos invitamos a una gira fácil por youtube.

Hay una grabación bien casera del guitarrista Marcelo Varela, de Maciá, interpretando Lágrimas de madre del entrerriano José Ramón Maciel Varela. Podemos empezar este paseo por allí, por la zona mediterránea, y seguir por el chamamé Bien atáu, de Abelardo Dimotta, en la interpretación de Gustavo Reynoso, Abelardo Coronel y Valentín Cosso, en Chajarí. Como ocurre con el preludio de Maciel Varela, esa melodía va a las esencias de la entrerrianía y al corazón del ser humano, no hay modo de escapar, pero en el bandoneón de Reynoso, el joven “Pichuco” de Aranguren, alcanza alturas que no podemos decir en palabras.

Así: estamos acudiendo a las grabaciones a mano en Internet para hablar de diálogo, de unidad. Y usamos esta expresión para introducirnos en otra perla de youtube: el chamamé Gente de Ley, de Ernesto Montiel, por su autor. No somos pocos los que sostenemos que ésta es una de las melodías emblemáticas del litoral. Por supuesto: en gustos no hay nada escrito. “Tal vez mi música diga lo que quisiera decir”, sugiere el “señor del acordeón”, y la verdad, lo logra con creces. Redondo el tema, como redondo el paisano al que está dedicado.

Ya que estamos con dos acordeones y un bandoneón, vamos a empardar con Luis Bertolotti y el rasguido doble Motivo triste, de Dimotta (perdón por repetirnos con el compositor de Villaguay pero es difícil no hacerlo, de acuerdo a nuestros gustos). Cualquier compositor querrá que alguien interprete así su tema. Bertolotti, santafesino de nacimiento, entrerriano por adopción, le hace justicia a la obra sin dudas. Con él y sus guitarristas nos vamos al fondo del alma. No hay que agregarle ni quitarle una coma, impecable.

Como ya nos disculpamos por eso de reiterar a Dimotta, vamos a abusar un poco para convocar a Las Guitarras Gualeyas (Valentín Cosso, Juan Martín Caraballo, Nadia Ojeda), en una grabación a campo, con el trino de los pájaros en el atardecer dando marco al vals Los Corrales. La juventud no necesita más que seis cuerdas para aventar disputas estériles, divisiones de ocasión, y sentarnos en nuestro territorio. Como la luz de la Luna, los sonidos de la guitarra abonan la amistad.

Hablando de gustos y sin obligaciones, queremos escuchar una voz, una poesía; entonces escribimos Santiago Chalar y Santos Inzaurralde, para volver una vez más a Minas y abril, una de las composiciones más bellas que hayamos disfrutado en nuestro territorio. “Minuano, donde tu vayas/ no te canses de decir/ que si Dios baja a la tierra/ por el altar de la sierra,/ baja en Minas y en abril”.

Y la gira por los sonidos de la tierra sigue: si ya bandeamos el río Uruguay, cómo no cruzar el Paraná y escribir en el teclado Carlos Di Fulvio, Campo afuera. Guitara, voz, poesía, chacarera completa, sin fronteras. Entre Ríos, Uruguay, Córdoba, Liga de los Pueblos Libres, pero podemos cruzar también esos límites y decir Zamba Quipildor para extasiarnos en La tristecita, de Ariel Ramírez, en una invitación al escenario que le realizó Jaime Torres y que (felizmente) quedó grabada. ¡Bueno! Hay que sentarse y dejar que el mundo gire. ¿No da gusto ser argentino? Torres, Ramírez, Quipildor, todo un resumen del Abya yala del sur, en tres nombres.

Esa grabación en vivo es imperdible, la recomendamos de corazón, para cantar juntos, en comunidad. “Sangre en el ceibal que se vuelve flor, yo no sé por qué hoy me hiere más tu señal de amor”. ¡Qué Pavarotti ni ocho cuartos! ¡Quipildor!

Después de escuchar esa voz que enlaza Jujuy, Salta, Catamarca y Tucumán en un apellido, sin hacer fuerza; después de meditar en esa letra, y apreciar la presencia del cantor y la alegría del charanguista, no nos queda sino agradecer este aspecto de la tecnología que nos permite regocijarnos en el arte.

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Quipildor. Su voz de excepción y su estilo nos congregan.

Quipildor. Su voz de excepción y su estilo nos congregan.

Nuestros sueños

No tenemos que hacer ningún esfuerzo para viajar al otro extremo por la voz del correntino Santiago Sheridan, el Bocha, en Flores del alma, ese homenaje emotivo a nuestros artistas que se tragó el Paraná, con la voz sentida del hermano mayor de los Sheridan. “No sé por qué, pero el viento/ que en tus rodillas hablaba/ me juega de vez en cuando/ como una mala pasada”.

Los jóvenes músicos de la tragedia de Bella Vista interpretaban el chamamé Nuestros sueños y la distancia como si vislumbraran su futuro. Lo hicieron horas antes de hundirse en el Paraná. “No me pidas muchacha que me quede/ si en el fondo sabés que no me voy”. Hay belleza y hay unidad en el tema y en la ovación y el coro del público chamamecero cada vez que alguien entona esta bella composición de Ricardo Gómez (Tito, fallecido en noviembre pasado), Julián Zini y Joaquín Sheridan. “Por el río me voy, con la lluvia vendré a besarte los ojos para el amanecer”, dice el tema como una premonición y el público lo corea (lo coreamos) hoy casi llorando.

El arte reúne, el arte es belleza y es verdad, y también es unidad. María Silva canta Flor del rincón y hace de ese rasguido doble milongueado una pintura inigualable de nuestro paisaje. “Y la Laguna del Pescado vuelve a ser/ cielo que invierte ombúes al atardecer”, dice la poesía de Ricardo Maldonado.

Mujeres en la voz, en la guitarra, en el acordeón, el bandoneón, la flauta… Podríamos extendernos por horas escuchando artistas de primera línea, pero aquí nos dejamos llevar sin razones un rato por los videos que nos entrega internet, con la certeza de que dejaremos al 99% de los artistas queridos al margen. Es decir: nos estamos refiriendo sólo a un puñadito, en un recorrido al acaso, empujado por la memoria y las aleaciones circunstanciales, provistos esta vez de un teclado con letras y navegando en la red. El cumpleaños de Falú fue el detonante, y el Día del Amigo lo hizo.

Romper fronteras

Ahora, ¿qué es eso de fragmentar la Argentina por diferencias menores? A los vicios del colonialismo se los ataca con mayor unidad y con verdad. Cuando la altanería centralista atropella con mayor vehemencia hay que responderle con el Abya yala, hay que romper fronteras para dejar al colonialismo en orsay. Y esa unidad, claro, con base en la soberanía particular de los pueblos, que dio sentido a la revolución federal artiguista guaraní y charrúa, de la que somos hijos. Pero la autonomía que nos viene en el ADN, desde nuestros pueblos milenarios, no es sinónimo de partición. Es encuentro profundo, con respeto común por las particularidades propias de cada nación, de cada territorio.

El Estado-Nación ha intentado por siglos forzar todas las culturas para que entren en el modelo occidental, eurocentrado, blanco; el Estado-Nación desnaturaliza nuestras culturas hermanas, complementarias. La música, en cambio, permite mirar las cosas desde la unidad natural, donde la zamba no tiene por qué ser metida en una batidora con el tango, el chamamé y la milonga. La cultura ch’ixi, cheje, dice Silvia Rivera Cusicanqui, no equivale a crisol sino a colores juntos, compartiendo un lugar, como observamos en una gallina bataraza.

La música cruza fronteras. Si los gobernantes descansan un rato para salir de su aturdimiento crónico verán que apenas nos sentemos en una rueda de mate (aunque el mate se comparta a medias en tiempos de virus), el divisionismo no será otra cosa que un exabrupto para el olvido.

El mate, claro, tradición emblemática para diluir las fronteras entre el ser humano y el resto de la naturaleza; romper los muros entre el presente, el pasado y el futuro.

Cerramos aquí y volvemos a La tristecita (“zamba parida en Tucumán”) con Quipildor, en vivo, junto a Jaime Torres. Hay que buscar ese video en el que Torres presenta a Quipildor en homenaje a Ariel Ramírez. ¡Qué regalo!, y con algo de nostalgia, ¿no?

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