Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Debutando con "Lady Chatterley"

... Nada se equipara a aquellas representaciones mentales, a la comezón erótica que producen las palabras "sucias" que leemos en boca de los personajes de Lawrence, y que subliman la libido en la cabeza del lector...

El sexo y el erotismo en el arte obviamente no son nuevos. En absoluto. Están presentes en las manifestaciones rupestres más antiguas halladas en cavernas de Portugal, pasando por esculturas, mosaicos y figurillas, multiplicándose luego exponencialmente cuando el hombre se dio maña para representar con símbolos gráficos ideas que se correspondían con los sonidos de su hablar. O sea, la escritura.

El uso de la escritura comenzó a extenderse rápidamente como una mancha de humedad abarcando todos los campos del incipiente saber humano. A través de ella, los antiguos escribas plasmaron asuntos relacionados con la religión, la historia, la mitología, la medicina, la ley, y, un poco más tarde, las obras literarias propiamente dichas. Cuando esta maravillosa herramienta penetró en las fibras creativas del ser humano: la poesía, la lírica, la dramática, la comedia (antes de tradición oral), se registraron por escrito también las pasiones eróticas y sexuales.

Hagamos un alto acá y aclaremos un par de cosas importantes. La mayoría de los textos con contenido erótico que han llegado hasta nosotros desde la antigüedad grecorromana –e incluso antes–, abordan al sexo en tono explícito, abierto, con frecuentes referencias a la genitalidad, las posiciones para el acto sexual y las infaltables interacciones amorosas entre Dioses y hombres que pueblan –por ejemplo–la poesía y el teatro griego.

El intercambio hétero y homosexual no era en realidad visto como lo son hoy –desde el género–, sino más bien dependiendo del rol pasivo o activo que se tenía en la actividad amatoria, sin ninguna connotación discriminatoria. De igual manera la literatura y el arte en general, lo expresaban con desprejuiciada naturalidad. Encontramos esta perspectiva liberal en las hetairas, una suerte de prostitutas de élite que gozaban de gran prestigio social en Atenas, especializadas en el refinamiento de los placeres del cuerpo. En las comedias satíricas la presencia del sexo era particularmente habitual. La más famosa es quizás la célebre Lisítrata (en griego "la que disuelve el ejército") de Aristófanes, que narra en clave de humor la historia de la "huelga de sexo" de las mujeres y amantes de los soldados para evitar que sus hombres vayan a la guerra. Fue representada por primera vez 411 años antes de que aterrice Jesucristo con su mensaje pacifista, y es considerada el primer alegato antibelicista.
Los romanos no se quedaron atrás en este tema. Fue una sociedad licenciosa que vivió con igual frescura y desenfado la sexualidad, y sus poetas así lo reflejaron: El arte de amar de Ovidio, El Satiricón de Petronio, y El asno de oro de Apuleyo, (obra pionera de la picaresca y la crítica social), son ejemplos paradigmáticos de una actitud abierta frente a lo carnal; al igual que la divertidísima colección de grafitis callejeros excavados recientemente en las ruinas de las ciudades de Pompeya y Herculano –tapadas por 20 metros de cenizas volcánicas durante la erupción del Vesubio en el 79 dC–. Allí aparecen numerosísimas referencias al sexo, en particular las invocaciones a Príapo, un dios menor del panteón religioso, pero muy popular por estar dotado de un descomunal miembro viril.
Por el lado del Oriente también hicieron lo suyo: nos legaron Las mil y una noches, esa obra maravillosa atravesada por el tema de la infidelidad. Al igual que El kamasutra, un interesante texto hindú que data del siglo IV, aunque más interesantemente ilustrado por láminas con un amplio repertorio de poses para el coito, algunas francamente acrobáticas, que parecieran ser solo realizables por un artista del circo du Soleil.

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Podemos afirmar entonces hasta aquí, en esta apretadísima síntesis de la literatura "proto" erótica, que la gran ausente fue –precisamente–, la moral sexual: entendida básicamente como el conjunto de mandatos represivos impuestos por la religión que se inmiscuye en la intimidad de las personas (generalmente de la mano de un clero supuestamente célibe y fanatizado) abominando del deseo e incluyéndolo en el lista negra de los pecados capitales bajo el rótulo de "lujuria".
Ese gran hongo negro y ominoso se posó sobre la humanidad durante un largo período llamado "Edad Media", u "oscurantismo" por algunos historiadores. Sin embargo, generó un efecto paradojal: la sexualidad, que antes era considerada con libertad, pasó a ser lo prohibido, y lo prohibido despierta el deseo, la tentación, como la manzana a la pareja original. A consecuencia de ello, sobre el final del Medioevo y el comienzo del Renacimiento, el tema del amor y el erotismo en la literatura se vuelca al romanticismo sugerido, insinuado, o bien al abordaje picaresco, cuando no directamente grotesco. Se buscaba gambetear los celosos tijeretazos de la censura inquisitorial. De ese período podemos mencionar suscintamente dos ejemplos notables: el Decamerón de Boccaccio y los Cuentos de Canterbury de Chaucer.
Ya en los siglos subsiguientes, incluyendo la Ilustración, la reacción literaria contra la censura y la persecución moralista de la religión fue la explosión de lo explicito, lo pornográfico. La descripción de los excesos y el libertinaje alcanzó su pico con las obras de Rabalais (Gargantúa y Pantagruel) y del célebre Marqués de Sade (de donde proviene el término "sadismo"); quien desde la sórdida prisión de La Bastilla, escandalizó a la sociedad con su 120 días de Gomorra y Justine, textos que narran situaciones de una depravación jamás leídas hasta entonces. En rigor de verdad, lo que parecería que estos autores pretendían dejar sentado era su rebeldía contra la Iglesia Católica y la represión sexual, más que un intento de conectarse con la intimidad erótica del lector.
Pasada la tormenta de la concupiscencia francesa, el péndulo de la literatura amorosa osciló hacia un nuevo ideal: el Romanticismo. Movimiento artístico que priorizó los sentimientos, las relaciones platónicas e idealizó el sufrimiento emocional. Si bien hubo por allí algunas expresiones literarias que rozaron lo permitido, no se alcanzó nunca la obscenidad a la que llegó el infortunado Marqués de Sade. Citemos solo dos obras icónicas de este período: Madame Bovary de Flaubert y la más rosa Cumbres borrascosas.
La verdadera literatura erótica se hizo esperar históricamente. ¿Por qué decimos esto? –y ahora sí vamos al meollo del asunto luego de esta larga digresión–. Porque el erotismo es posibilidad, es expectativa, no acción. Si somos nosotros mismos quienes realizamos un acto de naturaleza sexual –cualquiera sea–, si lo protagonizamos, lo erótico queda excluido. Solo existe en la posibilidad de contemplarnos junto al otro como si fuésemos extraños. En la otredad de esa imagen es donde reside el erotismo. El acto en sí nos proporciona placer físico, real. Lo erótico, en cambio, tiene que ver con lo posible, lo inminente: "como si lo fuésemos a hacer"; reside en lo invisible, en la potencialidad del acto, separado de la verdad palpable del placer. Y la literatura es imbatible en este sentido, cuando convoca desde el poder de la palabra, desde lo lingüístico en toda su amplitud, a una representación visual y sensual que se incuba para siempre –y cada vez– en la mente del lector. El recuerdo de lo que hemos gozado se equipara al relato erótico. Queremos ser los otros o queremos ser los que fuimos. La literatura erótica –en definitiva–nos hace salir de nosotros mismos para poner nuestros deseos en un ser distinto.
Como dijimos, la pornografía es vieja en las letras, pero solo cuando le quita al lector la posibilidad de imaginar, dándole las situaciones servidas en bandeja, o cuando directamente las mancilla. Por lo opuesto, son ejemplos de buenos libros eróticos: Las Once mil vergas de Apollinaire (a pesar de cierto parodismo con el Marqués de Sade), Sor Monika de Hoffmann, Teleny de Oscar Wilde y El amante de Lady Chatterley, la novela del británico David Lawrence, publicada en Italia en 1928.
Esta última ficción narra las relaciones de Constance –la mujer de un integrante de la aristocracia británica que quedó inválido luego de la guerra– con Oliver, el casero de la mansión en la que viven. Un hombre de clase trabajadora. Doble escándalo para la época: sexual y social. Es, sin dudas, una de las obras cumbres de la literatura erótica en el sentido afrodisíaco que venimos describiendo como esencia de este género literario. En algún punto puede también afirmarse que este libro abrió una de las primeras grietas en el dique de represión moral que terminó de romper la revolución sexual de los 70. Fue uno de los textos más cuestionados del siglo XX y, por lo tanto, uno de los más buscados y leídos. Circuló clandestinamente durante años por infinidad de países. En Estados Unidos fue considerada una obra "pornográfica e indecente", y en Inglaterra, el parlamento impulsó una moción de censura contra "esa afrenta repugnante a las convenciones sociales". La publicación de la versión original recién fue autorizada en la patria del autor cuando aparecía el primer disco de Los Beatles.
Si bien hoy no creo que El amante de Lady Chatterley escandalice a nadie, podemos encontrar en sus páginas referencias al sexo anal, oral, al disfrute sin tapujos de la sexualidad femenina. No obstante, el paso del tiempo admite su relectura en varias claves, fundamentalmente como una impugnación a los tabúes de toda índole; sobre todo al "único tabú enloquecedor que queda hoy en día como acontecimiento vital y natural: el sexo", según se defendió el propio Lawrence –como hacen los buenos escritores–, a través la voz de uno de los personajes de su obra.
Quienes peinamos algunas canas, el reloj de nuestro despertar erótico sonó cuando el desembarco de internet era apenas un sueño de unos trasnochados en un garaje de Massachusetts. Coincidió también con los oscuros años de la dictadura del Proceso en la Argentina, por lo que hubo que esperar –o bien aprovechar– las escasas opciones disponibles para saciar nuestra curiosidad sobre estos temas; es decir, los libros. Muchos de ellos salieron ilesos por la eficaz torpeza de la censura de los militares, que en su ignorancia llegaron a prohibir El Principito y Crimen y Castigo, pero no las páginas que relatan con excitante tensión los ardientes intercambios de Lady Chatterley con su fogoso y proletario amante, que leí extasiado por primera vez casi llegando a la mayoría de edad.
El porno, obviamente, también circulaba en el barrio y en el colegio. Recuerdo que era en forma de pequeñas revistas inglesas carentes de todo texto, con fotos a todo color de mujeres peludas y estridentemente maquilladas en poses de maniquíes sin gracia, como salidas de un episodio del "El show de Benny Hill". Nada estimulante por cierto.
Con la democracia llegó el destape y se multiplicaron desaforadamente las ofertas, tanto desde lo escrito como de lo gráfico. Sex Humor, Eroticón, Libre, la buscada Playboy brasileña, entre otras publicaciones, vinieron a satisfacer la enorme demanda ratonera de toda una generación de jóvenes argentinos. Con el advenimiento de internet se produjo la apertura de las aguas del Jordán para todo el mundo y ya nada fue igual. Hoy un pastor etíope con un celular puede otear en la pantalla la ausencia de un leopardo al acecho de sus cabras entre las espinosas zarzas africanas, o el soberano traste de las hermanitas Kardashian mientras toman sol en su mansión de Malibú. A eso hemos llegado.
Pero nada se equipara a aquellas representaciones mentales, a la comezón erótica que producen las palabras "sucias" que leemos en boca de los personajes de Lawrence, y que subliman la libido en la cabeza del lector. Aún hoy sigo recordando con cierta emoción aquel debut con Lady Chatterley. El literario. A los 18.

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