Historia de vida
Domingo 03 de Marzo de 2019

Corolario de una época: el mayor refugio de libros usados de la región baja sus persianas

Eduardo Altman supo dar continuidad al negocio que erigió su padre hace 80 años. Tiene más de 10.000 textos y los liquida "por cierre definitivo"

Eduardo Altman vive en Paraná y calcula que tiene alrededor de 10.000 libros en su domicilio, distribuidos en el local de venta al público de calle Villaguay 260, y en dos habitaciones más. Además de libros usados y algunos nuevos, en el lugar hay revistas y otras reliquias que son testimonio de épocas pasadas e incluso cobraron valor histórico.

Fue su padre, un inmigrante rumano al que todos lo llamaban Carlos –quizás su nombre extranjero era difícil de aprender– quien en 1939 inauguró una librería en la intersección de las calles Tucumán y Cervantes. Allí Eduardo aprendió a leer, a los 5 años, y aunque fue empleado de un banco durante tres décadas, terminó trabajando en un oficio prácticamente heredado, que conoce muy bien y reivindica, definiéndose como un "guardián de la riqueza en este desvencijado boliche que atesora libros que son los objetos por excelencia transmisores de la cultura, el conocimiento y el saber".

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Sin embargo, con 75 años y un par de enfermedades que no se evidencian en su andar, decidió que es tiempo de bajar las persianas, liquidar todo, y dedicarse a otra cosa. Aunque hay quienes lo dudan, aseguró que esta vez cierra definitivamente el negocio que nació 80 años atrás, porque nadie continuará custodiando el legado familiar que se fue transformando en una especie de refugio para libros que quizás nadie vuelva a leer, en tiempos en que las nuevas generaciones se volcaron a consumir textos a través de las pantallas de una computadora o un celular.

Colocó un cartel en la entrada anunciando el final, dispuesto a desprenderse de todo, a precios muy accesibles, inclusive de obras que llegan a tener un verdadero valor cultural, histórico, y hasta sentimental para los amantes de la lectura.

Polémico en sus opiniones, se define como "opinador social" y lo hace con argumentos, aunque de vez en cuando se trence en un duelo discursivo con alguien con quien disiente. Según contó, por este y otros motivos se ganó el apodo de el Loco Altman. Culto, prolijo, comprometido con sus ideas y gran sentido de humor, analiza con ironía los tiempos que corren, en un contexto en el que la tecnología fue ganando terreno e instaurando nuevas formas de leer, más acotadas, efímeras, y sin la riqueza que proporcionan los textos de los buenos autores que abonan la imaginación y el saber de quien se atreve a recorrer sus páginas, palpando el papel con todos los sentidos.

"Para dedicarse a vender libros usados realmente hay que amar el libro. Este negocio fue único en todo el Litoral y hay provincia argentinas que todavía no tienen un negocio de este tipo", dijo, y señaló: "En los últimos tiempos en Paraná han surgido minivendedores de libros usados, que son respetables, y hay otros que venden varios ejemplares aun sin conocer nada de libros". En este marco, recordó a los viejos vendedores de libros que alguna vez visitó en Buenos Aires, que con solo mirar al cliente sabían que ofrecerle: "Se ingresaba a sus locales por un lugar que era como un túnel, y era gente que conocía de ediciones, de títulos, de autores y de las temáticas. Realmente no sé cómo les cabía en la cabeza tanta intelectualidad. Alguien iba y le preguntaba qué libro le podía recomendar y el tipo miraba a la persona, iba a buscar un libro, y se lo vendía. Cuando el cliente regresaba y le decía que le había gustado lo que llevó, ya tenía una referencia, pero cómo acertaba la primera vez, es un misterio".

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Eduardo refirió que su padre compraba grandes bibliotecas en casas de familias, para preservarse de adquirir algo de origen dudoso, y confió: "Cuando él compraba un lote importante de libros, a la primera que llamaba era a la historiadora Beatriz Bosch, quien murió en 2013, a los 102 años. Después a Facundo Arce, historiador de otra época. Se proveía a la biblioteca del Museo Antropológico Antonio Serrano y en el local además había una clientela muy asidua. Hoy ha cambiado todo, viene alguien y pregunta si tengo algún libro de (Friedrich) Nietzsche u otro puntual. Antes en cambio, llegaba gente que se ponía a revolver y podía descubrir algún texto que ni imaginaba: siempre dije que este negocio es para encontrar lo que uno no busca", acotó.

"A este negocio venían estudiosos investigadores, historiadores, literatos, poetas, y también alguna gente común que compraba las novelitas policiales, de cowboy, entre otras. Leyendo bastante uno accede a tener expresión verbal fluida, pero hoy hay una marcada falta de adhesión a la lectura y su metodología ha cambiado mucho. Entre las cosas malas de la tecnología, ha deformado el idioma y ha generado una invasión cultural en nuestra lengua con vocablos en inglés", lamentó.

En su inventario tienen libros que datan de 1850 en adelante, de temas diversos. Asegura que no los leyó a todos, aun cuando eso fantasean algunos: "Como vendo libros y opino de todo con determinados criterios, hay gente que me pregunta si leí todos los que tengo. Y les respondo que si hubiese leído todos estos libros estaría más loco de lo que estoy", concluyó con sagacidad.

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