La Provincia

Concordia: Lito celebró los 60 años de bicicletero

A los 83 años Adolfo Olivieri de Concordia sigue más firme que nunca con su oficio. "De muchachito me gustaba arreglar bicicletas", recordó.

Miércoles 13 de Abril de 2022

Recientemente fue agasajado por su familia y lo considera el mejor regalo que pudo recibir. Lito, así como lo llaman sus clientes y amigos llegó a los 60 años dedicado al rubro de la bicicleta. Es decir, celebró seis décadas con su local abierto al público en Concordia, pero en realidad el oficio lo practicaba desde hace mucho tiempo antes.

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En Concordia, Lito es uno de los tantos bicicleteros artesanos.

En Concordia, Lito es uno de los tantos bicicleteros artesanos.

A sus 83 años Adolfo Olivieri disfruta día a día de esta profesión, que le permitió desarrollarse y críar a su hija Magda, quien todas las mañanas se da una vuelta por la bicicletería. En los últimos meses Lito decidió que el taller de arreglar bicicletas quedaría a un costado y solo se dedicaría a la venta de repuestos. Es que el paso de los años lo obliga a este noble trabajador a no forzarse demasiado y tener una vida más serena, pero sin detenerse en su rol activo de abrir todas las mañanas el local.

Llegó, a la hoy populosa Avenida Monseñor Tavella, en 1949 y recuerda que en aquellos tiempo la fisonomía era otra, totalmente distinto a como se vive en la actualidad. El tránsito no era tal y todo se movía a un ritmo más tranquilo. Si hasta recuerda el paso de las viejas cupecitas del Turismo Carretera, que transitaban por la puerta de su casa, cuando por aquel entonces se corría la Vuelta de Entre Ríos.

Actualmente, todas las mañanas Lito se acostumbra a levantarse a las 6.30 para tomar unos mates y pasa el tiempo con su inseparable amigo, Satanás. El perro que lo acompaña desde hace cuatro años y que lo considera un gran compañero, quien le saca unas cuantas sonrisas al día porque este mestizo es incansable y no para de deleitar con sus piruetas.

Su historia de vida la remite a muy pocas cuadras de su actual casa, allí estaba su vivienda familiar, donde junto a sus otros 12 hermanos ayudaban a su padre que vivían de los cultivos de una huerta familiar, que por aquellos años servía para el sostén diario.

“En los primeros meses de este año cumplí los 60 años de bicicletero, pero ya de muchachito, antes de instalarme en este local, trabajaba en el fondo de mi casa”, aclaró en su charla con UNO para resaltar que lleva prácticamente toda la vida desarmando y arreglando bicis. Y destacó: “Es una gran satisfacción llegar hasta el día de hoy sin ningún contratiempo o percance físico porque le pegué de corrido a este oficio hasta la actualidad”.

“Los tiempos de antes eran más duros que los de ahora. Había que trabajar más y se ganaba menos. Actualmente se cambian muchos repuestos, pero en esos años había que ponerle mano de obra en todo. Era un trabajo más artesanal”, comentó Lito. “Hoy, todo es más fácil. Si se rompe el pedal, se lo saca y se pone otro nuevo. Antes había que desarmarlo, arreglarlo, cambiarle las bolillitas. Eso era para los pedales, como para otros elementos de la bicicleta”, expresó.

Consultado del por qué se dedicó a este oficio, respondió: “De muchachito me gustaba arreglar bicicletas, le metía manos a la mía, a la de mi hermano. Trabajaba de cadete en una carnicería, le arreglaba la bicicleta a mi patrón y así fui aprendiendo porque me gustaba hacerlo. Una vez que salí del servicio militar allá por el 62 me dediqué completamente a esto”.

Comparando los tiempos con los de ahora y sobre el auge que tiene la bicicleta actualmente –aunque está más ligada a la práctica deportiva–, Olivieri contó: “Antes también había muchas bicicletas, no había motos como lo hay hoy y la gente se iba mucho a trabajar en bicis. Pero con la diferencia de que había que trabajar más porque no era mucho de cambiar las piezas”.

Los tiempos cambian y destaca que por aquellos años 60 el valor de la palabra era todo. Así fue como pudo Lito armarse de un capital y contar con repuestos para las reparaciones de los rodados. “Tuve la suerte de que me recomendó un comerciante de acá muy cerca, un proveedor. Tenía una piecita muy chica donde arreglaba las bicicletas. Vino y me dijo: ‘Olivieri acá hay que agrandar esto’. Mi respuesta fue cómo, si era todo muy difícil. Entonces me dice que haga un pedido de todos los repuestos que consideraba que los iba a vender más rápido. ‘Usted me pide los repuestos, los vende y con esa plata agranda el local’, me insistió. Así fue y cuando terminé el local me dijo que se lo pague como yo podía. Y así fue”, consideró.

Durante tantos años ligado a este rubro, este trabajador tuvo la posibilidad de arreglar las bicicletas de varias generaciones de una misma familia. Y así lo recuerda: “Tengo a un frutero de acá muy pocas cuadras, que empecé arreglándole las bicis a sus hijos, después vinieron sus hijos con sus otros hijos. Es decir a tres generaciones de una misma familia le arreglé las bicicletas”.

Con el paso de los años claro está, que las bicicletas también han evolucionado y sobre ello confió: “Las de antes diría que eran más sencillas que a las de ahora. Las bicicletas de hoy son muy modernas, muy lindas pero si se rompió hay que cambiar la pieza. En fin, son como los autos nuevos”.

Lito tiene la gratitud de que a lo largo de su vida pudo vivir de esta profesión y le permitió sostener a su familia. Hasta recuerda: “Yo a fin de año pagaba todas las cuentas, impuestos y con lo que ganaba durante el mes de enero, me alcanzaba para cerrar el local por 20 días en febrero y me iba de vacaciones por ahí con mi familia en el auto con la casa rodante. Eran tiempos que se los podía hacer”. Como toda profesión están los pro y los contra, pero respecto a lo que más le satisfacía fue “el desarmar y armar los cuadros de bicicleta o cambiar un caño, una pipa, cosa que hoy ya no se hace más”.

Jubilado desde hace muchos años, Olivieri destaca que sigue abrazando la profesión “porque estoy acostumbrado a trabajar, a estar ocupado, solo que a la mano de obra la dejé”. Inclusive en los primeros meses del año se dedicó de lleno a pintar y “acomodar” –como lo dice él– a su local ya que 60 años no se cumplen todos los días. “Trabajé con el taller hasta fin de año, pero me di cuenta que me costaba. Vivía cansado porque andaba todo el día al trote. Ahí fue que decidí dejar el taller y seguir con la venta de repuestos. Muchos de mis clientes se lamentaron que dejé la mano de obra”, aclaró.

Un día en la vida de Lito comienza muy temprano y es su trabajo quien lo tiene a la expectativa. “Me levanto a eso de las 6.30 y llegan las 8 y algo porque ya me llama la necesidad de abrirlo. Corto al mediodía y después a la tarde vuelvo de nuevo a abrirlo como todo horario de comercio”, expresó. Y a su lado desde muy temprano y hasta las últimas horas de la noche lo acompaña su amigo. “Acá lo tengo al socio, está todo el día conmigo, donde estoy, está él. Satanás es un gran amigo”, comentó Lito que comparte su ámbito de trabajo con su vivienda, ya que está detrás del local comercial. Inclusive a la vuelta de su casa está su hija Magda, que vive con su nieto.

“No les tengo fiaca para hacer las cosas, pinté el taller de arriba abajo. A los 60 años los celebré con una fiesta, rodeado de amigos y familiares más cercanos”, contó. Y sobre el orgullo que tiene por esta profesión valoró: “No la pienso dejar, mientras que me dé el cuerpo seguiré. Inclusive, hoy la llevo más aliviada porque ya no hago los trabajos de fuerza”.

Por último, Lito dejó unas palabras a muchas personas que quizás están experimentando esta profesión. “Acá viene un chico que se puso a arreglar. Siempre le digo: ‘si te toca un cliente que viene a reclamar algo, perdé lo que hiciste pero quedá bien con esa persona porque ese cliente va a quedar bien y te va a recomendar. No cometas el error de hacer macanas y ensuciarte por pavadas. Una vez podés perder, pero después vas a volver a ganar’. A mí me ha tocado perder más de una vez, pero sé que volverá”, finalizó.

SU PASIÓN POR LA MÚSICA

Lito también abraza otra de sus grandes pasiones, que lo ha llevado a recorrer distintos escenarios de la provincia y de la vecina República Oriental del Uruguay. Por diez años fue guitarrista de distintos grupos de chamamé, con quienes se dio el gusto de participar de festivales en la región.

Actualmente, la guitarra quedó guardada en su casa, pero su admiración por la música sigue latente. Su acordeón está más activo que nunca y muchas veces ambienta su vivienda tocándolo. Inclusive durante la entrevista sonó insistentemente su teléfono celular con un tono de llamada de Kilómetro 11, considerada el himno del chamamé.

“Hasta hace unos años atrás andaba con la música, integraba un conjunto correntino de chamamé. Tengo varias fotos de recuerdos, tocaba en un grupo conocido como ‘Los duendes del chamamé’. Anduve como 10 años en la música hasta que falleció mi mujer hace 25 años y ya no me quedaron ganas de seguir. Estuvimos tocando en Bella Unión, Salto, Chajarí, Villaguay, en varios escenarios”, explicó. “Hoy soy más acordeonista que guitarrero. Para la fiesta que hicimos por los 60 años estuvimos actuando, así que la pasamos bien”, relató.

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