Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

Color de la madre tierra y de la lucha por la independencia

La banda roja y el nombre del continente se hermanan en un sueño que dice juventud y madurez, belleza, autonomía y alerta, y que abraza a Cuyo y el Litoral.

La entrerrianía se resume en la diagonal roja que fuera trazada por José Artigas en homenaje a la sangre, en un rincón del continente que llamamos Abya yala: tierra de sangre.
El 18 viene teñido, según una tradición que se pierde en el fondo de los tiempos, y la sangre, vida y muerte, simboliza una totalidad. Cuando el Diario UNO de Entre Ríos celebra estos 18 años, ese número nos revela una pertenencia ineludible que trataremos de dilucidar aquí: si al fin y al cabo entramos en la mayoría de edad.
Para el juego que proponemos debemos imaginarnos un sueño. Cualquier vecino o vecina, de los que saben arriesgar unos billetes en la quiniela, si ha soñado con sangre apostará al 18. De ahí la relación, sin forzar, entre el cumpleaños de la gran familia del Diario UNO y ese punto de sintonía sin ruidos, entre nuestra provincia charrúa y el continente.
La asociación parece caprichosa pero no sabemos. Los argentinos, afectos a la cábala criolla, pudimos importar significados de Italia donde llaman smorfia (de Morfeo) a la conversión de sueños en números, una tradición con fuentes en la antigua Grecia y en la Biblia y en civilizaciones muy antiguas, de cuando los números significaban otra cosa que cantidad, lo que ancla el misterio en épocas muy lejanas.

Sangre y sangre
El color rojo nos recuerda la unidad porque de una u otra forma es izado en nuestros mástiles, en el territorio que fue la Liga de los Pueblos Libres, en honor a la sangre derramada por la libertad y la independencia, como sabemos desde 1815 de puño y letra de Artigas. Bandera de sangre, en un rincón del continente de sangre, ¿no amerita detenernos un rato en el sentido?
El lingüista panameño y colombiano Manibinigdiginya (Abadio Green) dice que la voz Abya yala se refiere a parto, sangre-hueso de la tierra, y a la vez sangre de las confrontaciones en el continente a causa de la invasión europea. Leemos en la obra Mingas de la Palabra, de Miguel Rocha Vivas: "Si se siguen las etimologías propuestas por Manibinigdiginya, se podría sugerir que habitar en este continente es vivir en tierra sangre, tierra que sangra, tierra que pare, tierra que ha parido, en suma, vivir sobre la herida y la (re)creación constante como resultado del encuentro y desencuentro entre personas y civilizaciones tan diversas".
Los pueblos kunas o gunas de Panamá y Colombia, de quienes heredamos la voz Abya yala evocada por decenas de naciones y congresos para nombrar al continente, traducen tierra de sangre, tierra de sangre vital, tierra en plena madurez, tierra madura, tierra madre grande.

Como las acequias
Los que gustan de las alegorías verán que el 18 tiene connotaciones insondables en las más diversas culturas del mundo. En nuestra vida social nos llama a hacernos cargo, sin más excusas. Y si algunas imágenes nos remiten a números, sangre y 18 se entienden.
La sangre circula, transporta alimentos, da salud, y así la palabra circula, comunica, de modo que los diarios maduros pueden constituirse en vehículos de conocimientos, conciencia, que rieguen a la vecindad como las acequias, con diversas fuentes de energía y ramificaciones impensadas. Todo un desafío.
Los diarios pueden avenar nuestras comunidades, en un ida y vuelta, como los ríos del sur entrerriano que cambian de dirección con frecuencia. De nosotros depende la salud de los glóbulos, la nutrición (sin caer en el periodismo amarillo que suele chorrear sangre).

Nuestros jóvenes
Hay dos asociaciones que salen sin forzar nada: el número 18 pensado desde la edad nos recuerda a tantas y tantos jóvenes de 18 como Luis Gianotti, que regaron con su sangre las Malvinas, y a tantos de 18 como Eduardo Germano, el Mencho, caídos en la dictadura sangrienta. Hubo mujeres y hombres mayores y menores, pero a los argentinos ávidos de modelos nos ha quedado la imagen de una juventud valiente luchando por altos ideales, y los 18 simbolizan eso: juventud y madurez en una sola pieza. Tierra de sangre, tierra madura, decimos de Abya yala.
Buen barbecho para que broten antiguas tradiciones que dan respuestas a problemas de hoy, con ánimo remozado. Abya yala dice armonía del ser humano en el paisaje, dice comunidad, dice manos abiertas, serenidad, reciprocidad, y dice resistencia y lucha. Es una confluencia guaraní charrúa en el litoral, y el periodismo puede expresar esa comunión si se lo propone.

La misma flor
Como un mensaje de la Pachamama que el pueblo logró traducir, se nos presenta el racimo del ceibo, flor nacional de la Argentina y el Uruguay, tan federal como el cardenal, el ave que mejor encarna a la entrerrianía con su copete de sangre, no menos emblemático que el churrinche para el charrúa, y el ñangapirí o pitanga, de tomatitos dulces, que hace las veces de laurel en el casi olvidado escudo charrúa artiguista (ese que reza "Con libertad ni ofendo ni temo", por si hace falta un lema para un diario).
En referencia a Artigas, podríamos repetir con el poeta Raúl Fernández, en su Payada Federal: "Lleva una rúbrica franca/ la proclama de su empresa:/ roja banda que atraviesa/ la bandera azul y blanca./ Rojo, color de pasión,/ de protesta justiciera,/ hoy la universal bandera/ de la humana redención". Independencia, federalismo, lucha obrera, en el solar de los cardenales, como expresión también de la conciencia ambiental tan antigua y vigente a la vez.
El lapso de 18 años, desde el nacimiento del Diario UNO hasta hoy, nos promete en adelante fenómenos parecidos, en una espiral. Como los astrónomos valoran especialmente el período de 18 años (ciclo de saros) por la repetición de los eclipses, en esa naturaleza podemos también encontrar una fuente de inspiración para imaginar una etapa cumplida, con una experiencia que nos permite darle un nuevo envión a la parábola que el Diario UNO de Entre Ríos está trazando en el periodismo argentino.

Tero y zorzal
No nos fue difícil hallar dos símbolos de un emprendimiento como este, nacido al pie de la cordillera de los Andes y extendido hacia el litoral: el tero y el zorzal. Y la intención es honrarlos.
El sueño tiene una dimensión superior, en este cumpleaños. Trae celebración, conciencia, nostalgia, compromiso, belleza, voz de alerta.
Con nombre científico puesto en Chile (vanellus chilensis), en zonas cercanas a Mendoza, y compitiendo como ave nacional con el cóndor, el hornero y el zorzal, el tero está presente en toda la Argentina y es ave nacional del Uruguay. Advertido en la protección de sus pichones, centinela para prevenirnos de predadores, todo un señor de las llanuras y las orillas en el sur del Abya yala. Como un plus: el rojo de sus extremidades y sus ojos.
El zorzal no le va en zaga, en las alegorías. Presente desde el Atlántico hasta el Pacífico, ave nacional de Brasil, montaraz y urbano, despertador y buen compañero del canillita en las madrugadas de Paraná con su canto bello y estridente en primavera, nos facilita el diálogo entre Cuyo y el litoral; aquí zorzal colorado, allá zorzal chiguanco, bien puede ayudarnos a salvar la distancia, y a corregir la ausencia de esa charla imprescindible entre nuestros libertadores de tan distintos pareceres, José Artigas y José de San Martín, a quienes imaginamos, en nuestros versos, montando sus caballos de fama.
¿Puede ofrecer un diario esa rueda de mate huarpe y charrúa, que cantan por igual el puntano Antonio Esteban Agüero y el pampa José Larralde? ¿Puede seguir un diario la comba del sol de oriente a occidente, de los azahares al parral?
Sería una pedantería sugerir que hemos alcanzado algo así, pero entrando en la mayoría de edad bien podemos plantearnos desafíos para desbordar esa propensión al localismo que suele confinar a los medios masivos del llamado "interior".
Como sea, el cumpleaños del Diario UNO nos alumbra caminos, nos abre horizontes, y es para celebrar porque nos agarra soñando, con la pasión de los 18.



TERO ROJO ENTERO

raja la cáscara verdinegra, adentro igual
gaucho redondo, gauchito en ese óvalo
(si cabe en mi mano, tibia promesa)

desenfunda
prueba un pío de alerta y tropieza en los colores del nido

del silencio al pío, del pío al silencio
pasa un sol, pasan los soles
y al capullito le entran a rojear las patas

como el tero me gano en todos los colores
y me rojean las patas

de dónde el rojerío
si la manta ondulada es arcoíris
para nuestros asombros

qué enigma rojo le pintó al tero los ojos
cuál es la fuente del rojo en las espuelas
cuánto manantial a tanto compañero
si el mismo tajo de un Facón Grande
vuelve en gotas por el ceibo

si el cofre del mburucuyá atesora
el rojo vivo de las fraguas de Tosco y Salamanca
si izamos a Guazurarí
con una vena abierta, diagonal
y los fogones de La Forestal subieron a los pájaros

cuál es la cuenca de los rojos
capaz de un flujo eterno, qué corazón
nos devuelve el rojo por la red de grietas
y por qué ese vicio tan ajeno
de las sangrías en el árbol

late el rojo, invita
no me deja mentir la aurora de esos labios



SANTO Y KARAI
(encuentro de Artigas y San Martín)


cuenta el chiguanco al zorzal
sus aventuras de nieves
le habla de frutas, relieves
¡uh! lejos del litoral

y el zorzal con sus bagajes
¡oh! variopinto el tenor
insinúa el resplandor
tempranero en el plumaje

por los oros del chañar
el aromo y la retama
en lo alto de una rama
con urbanidad campera
saben que la primavera
si no es hoy será mañana

el mismo sol de la aurora
encendido en mil hazañas
va a atravesar las montañas
con aura libertadora
y cuando aturde la hora
de los teros en un grito
convidan un galopito
(como zorzal y chiguanco)
el santo en el bayo blanco
y el karai en el morito



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