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Túnel subfluvial - 50 años

Cincuenta años de la más amada obra y entrañable símbolo federal

Es la construcción más asombrosa y querida. Eduardo Saibene, que la vivió de punta a punta, nos traduce la voz del Túnel subfluvial.

Miércoles 11 de Diciembre de 2019

“Sí, el Túnel puede hablar, el Túnel dice muchas gracias por la comunicación entre dos provincias a través mío; agradece”. A nuestro pedido, Eduardo Saibene se sienta imaginariamente frente al Túnel subfluvial y se le empañan los ojos.

El paranaense de 76 años de edad cultiva en la calle Irigoyen, de esta capital, un amor inseparable por el Túnel. Lo conoce desde la concepción.

Con él podríamos hablar horas, días, años, sin descanso, de cada detalle, cada sentimiento, cada alegría, con inspiraciones en este canto al ingenio humano erigido a fuerza de estudio, sudor y lágrima.

Le preguntamos si puede conversar con el alma del Túnel, y aceptó el convite. Las palabras que le atribuye a la obra notable hundida bajo el lecho del río Paraná son las mismas palabras que él elige para hablarle al Túnel. Sin darse cuenta, quizá, Saibene se muestra en simbiosis con ese viaducto que a esta altura se nos presenta como algo más que hierro y hormigón.

Para siempre

“El Túnel no tiene fecha de vencimiento, si cuidamos la cobertura de arena sobre el lomo de los tubos seguirá allí eternamente”, sostiene.

Él, con su cuadrilla, entre numerosos aportes que realizó durante su planeamiento y construcción se enfocó en el corte y doblado de los esqueletos de hierro de los tubos.

¿Qué dice el Túnel?, le preguntamos. “Gracias”. Y más adelante cambiamos la pregunta: ¿qué le dice usted al Túnel? “Gracias”.

Fuera de sus amores familiares, apunta el paranaense, “es para mí lo más extraordinario que me pudo ocurrir, en mi vida personal como técnica. Allí aprendí todo, esa obra me brindó todo, estoy muy agradecido”.

Ese sentimiento genuino, de un vecino capaz de dar la vida por esa vía de comunicación, será refrendado después con explicaciones pausadas de cada operación, cada material usado, cada movimiento de la grúa, el tractor, el barco, la compuerta móvil, la isla flotante, la draga…

Siete en el recuerdo

Siete hombres se tragó la obra. Seis murieron en forma instantánea, el séptimo murió tiempo después por una accidente en las operaciones. Las estadísticas preveían hasta diez muertes por año, pero en los siete años de construcción murieron seis en total, es decir: está comprobado que tuvieron un cuidado mayúsculo con el personal, pero Eduardo Saibene recuerda con respeto cada operario muerto, a veces en tareas sencillas pero víctimas de un viento inesperado, una descarga eléctrica, un resbalón, una máquina descompensada…

“Al principio no había confianza, por una cosa o la otra. El sistema de construcción del dique seco con compuertas cilíndricas era único, por ejemplo. Pero la empresa Hochtief había traído planos de una universidad de ingeniería hidráullica de Alemania, que había dedicado el último de un curso a la obra completa del Túnel, entonces daban fe de certezas, como decían. La Facultad de Hidráulica de Santa Fe había brindado datos sobre el lecho, todo estaba muy bien calculado”.

Si hablamos del Túnel subfluvial Uranga Silvestre Begnis, la unidad de medida será la tonelada. Todo grande, todo pesado. Pero a Saibene, que durante toda la ejecución del Túnel cumplió servicios para la firma Hochtief, le gusta además apuntar otro aspecto inmaterial de la obra: “había mucha solidaridad, los capataces con los obreros, juntos, porque veíamos el esfuerzo, uno no se podía quedar de brazos cruzados en noches con temperaturas bajo cero, cortando hiero, doblando, armando; trabajábamos 12 horas continuas, y nos cuidábamos; todas las semanas el jefe de obra nos reunía para hablar de la seguridad, para evitar accidentes”.

Día de la Hermandad

De tanto verla se nos ha naturalizado. Los aniversarios nos ayudan a volver la mirada, a contemplarla desde la distancia para maravillarnos de nuevo, como nos asombramos frente al misterio de un lapacho florecido. La obra que comunica a los argentinos de ambas orillas del Paraná, por debajo del lecho del río, es admirable de punta a punta y todo indica que disfrutarán de ella también nuestros nietos y bisnietos. Los especialistas alemanes que la ejecutaron aseguraron que, salvo un terremoto o algo así, la obra quedaba fundada para la eternidad.

Eso comentábamos cuando el Túnel cumplió 35. Ahora está cumpliendo los 50. Eduardo Saibene refrenda esa durabilidad indefinida de ese hormigón, y nos recuerda una anécdota familiar: estaban por abrir la última compuerta, y él andaba en los camiones de la empresa. Entonces llamó a su familia, su esposa Noemí, su hijo Adrián, su cuñada Alicia, y los Saibene fueron la primera familia en cruzar el Túnel de punta a punta, en un camión, un 28 de junio de 1969, medio año antes de la apertura oficial.

Entrerrianos y santafecinos tenemos nuestro propio Día de la Hermandad y es el 13 de Diciembre. La naturaleza, el río, nos unía y nos distanciaba a la vez y debió ser la cultura, la mano del hombre, la que se diera a la tarea faraónica de congregar para siempre a los pueblos de ambas orillas que habían crecido un tanto apartados.

Ya en los primeros siglos de la Era cristiana los ribereños del Paraná, pueblos alfareros que gustaban representar a los animales autóctonos en sus vasijas, se desarrollaron en este territorio sin distinguir una costa de la otra pero los nuevos medios de transporte, el auto, el tren, el camión, el colectivo, exigían un piso sólido para funcionar al tiempo que desplazaban a la navegación fluvial. Entonces las balsas y los lanchones se hicieron pintorescos y lentos al mismo tiempo, por los trasbordos, para entrar a Entre Ríos o salir, y ante el cuello de botella la conexión física se tornó inevitable.

Motivados como nadie

Las expectativas, la sensación de triunfo, el disfrute permanente que nos ofreció y nos ofrece en el Litoral el Túnel no tienen precedentes. Y si su habilitación hace 50 años repercutió en toda la región, hay que decir en honor a la verdad que los más entusiasmados, los más motivados con la obra fueron y son los entrerrianos.

Está más cerca de Paraná que de Santa Fe, la obra se ejecutó desde nuestra capital, y los tubos se construyeron íntegros en lo que hoy es el Club Náutico. Esa proximidad justifica que las expectativas mayores fueran generadas en esta banda oriental. Pero además, los entrerrianos necesitábamos del Túnel como nadie, fue una obra hecha a nuestra medida, y si bien le debemos mucho a la ingeniería europea, alemana principalmente, también nuestros obreros y técnicos pusieron sabiduría y dedicación extremas para concretar las ideas, es decir, para completar la otra mitad.

El 13 de diciembre de 1969 se habilitó la obra más admirada, por lejos, la que más sueños despertaba, y descreimientos. A algunos de nuestros padres y abuelos les daba escalofríos sólo pensar en una cueva bajo el lecho del río Paraná, para ingresar en esta orilla y salir en la otra, o viceversa, al modo de las vizcachas; y más si por esa cueva debían pasar miles de motos, autos, camiones, colectivos, ida y vuelta.

Ayer nos recordaba Eduardo Saibene que el Túnel está preparado para el tren, bajo el asfalto están los tocones para atornillar los rieles… Si tuviéramos que elegir una para mostrar al universo como fruto del esfuerzo de la cultura regional, ¿quién no volvería los ojos para el lado de las avenidas Laurencena y Antonio Crespo?

A 50 años, nadie podrá decir que conoce Santa Fe o Paraná si no se introdujo una vez en esos tubos color Túnel, porque hasta esa identidad tiene nuestra obra maestra: un exclusivo verde-celeste opacado.

El Dique Seco realizado con tablaestacas de acero, la fabricación de los conductos de hormigón armado, la Isla Flotante traída de Holanda, el dragado del lecho del río y el proceso de hundimiento de los caños fueron cinco gigantescas obras de ingeniería, cada cual con sus pequeñas-grandes etapas que valen un capítulo aparte, porque sólo el esqueleto férreo cilíndrico del hormigón constituye, por ejemplo, un canto a la ciencia y está allí, escondido en esa mole eterna.

El Túnel le cambió la historia a todos. Algunas industrias trabajaban exclusivamente para esa obra. Así pasó con la fábrica de azulejos de San Lorenzo, así con la de hierros de San Nicolás, que enviaba barras de 22 metros por 25 milímetros de diámetro, hoy sepultadas bajo el lecho.

Y esa mole está ahí también, escondida en un manto de arena, y bajo los azulejos y el pavimento vista desde su interior. Representa a Entre Ríos de un modo inigualable porque contiene conchilla extraída en Victoria y Gualeguay, piedra caliza y arena de Paraná, yeso de Hernandarias y Piedras Blancas, canto rodado de Colón, San José y Concordia. Y fundamentalmente ideas y mano de obra de 3.200 entrerrianos, santafecinos, bonaerenses, chaqueños, correntinos, chilenos, paraguayos, brasileños, bolivianos, alemanes, italianos…

Los obreros festejaron antes

Eduardo Rubén Saibene, oriundo de Federal, ingresó en la obra el 9 de mayo de 1962 y se retiró de la empresa el 31 de diciembre de 1969. Estuvo sobre el Túnel desde que fue gestado hasta que cortaron cintas. En ese tramo se graduó de maestro mayor de obras, luego formó empresa propia, fue docente, participó en instituciones de su profesión.

La licitación para la construcción de la obra, encarada por los gobiernos de Entre Ríos y Santa Fe, había sido ganada por el consorcio formado por las empresas Hochtief A.G. (Essen, Alemania), Vianini S.P.A. (Roma, Italia), y Sailav S.A. (Buenos Aires, Argentina). El contrato se había firmado el 29 de junio de 1961. A los 8 años y un mes, el 26 de julio de 1969, el Túnel era una realidad. Claro que los trabajos finos demandaban otros meses de esfuerzos, pero los obreros y profesionales que habían visto desde el clavado de las tablaestacas de acero en el Dique Seco hasta el hormigonado de los tubos y su inmersión a través de la isla flotante, experimentaron una sensación de “tarea cumplida” aquel 26 de julio. A tal punto que el propio Saibene faltó a la cita en la inauguración oficial el 13 de diciembre. Después de todo, para entonces ha ya hacía 5 meses que andaba en el interior.

Los pescadores sabían

La construcción del Túnel fue una universidad a cielo abierto. “La empresa alemana tenía excelentes ingenieros, y también necesitó de la muy buena voluntad y la inteligencia de los obreros de Entre Ríos. Si bien acá no se había hecho una obra parecida antes, la gente puso voluntad y todos los trabajos que aparecían, totalmente nuevos, fueron resueltos. Ellos no trajeron trabajadores expertos; los inconvenientes se iban resolviendo mientras aparecían”, dice Saibene. (Lo contó hace 15 años y lo recordaba ayer).

En esto de la buena predisposición de los obreros y los vecinos, no olvida el día en que los profesionales trasladaban la primera partida de 4 tubos desde el Dique Seco hacia el lado de Santa Fe, en donde debía comenzar la colocación. “Había cuatro o cinco pescadores curiosos. Los que manejaban los remolcadores, con una potencia terrible, escucharon a un pescador que les dijo que tuvieran cuidado porque en ese lugar había mucha correntada, y si los llevaban de ese modo los tubos iban a terminar en Puerto Sánchez. Los especialistas siguieron, engancharon el tubo como tenían pensado, y se les cortó un cabo. El tubo se fue aguas abajo, los remolcadores no lo podían arrastrar. Si hubiera llegado al puerto, rompía todo. Entonces se giró de costado y se metió en el barro. Después de eso, llamaban a los pescadores como baquianos cada vez que iban a realizar un movimiento con los tubos”.

Las pequeñas anécdotas sobre cada etapa de la construcción son inagotables. Cada caño de hormigón tenía un agujero arriba, en el medio de los 64 metros de largo. “Una cuadrilla de 60 obreros se ocupaba de echar arena adentro por esa boca de tormenta, para darle al tubo la inclinación de acuerdo a la pendiente que necesitara. Entonces la cuadrilla llegaba en lancha y tenía que entrar allí, bajaba por una escalera, por un tubo, y se quedaba ocho o diez horas abajo, como en un submarino. Ahí desparramaba la arena para que el tubo tuviera la inclinación, cuando estaba hundido pero no asentado todavía. Después el personal salía, y el tubo era colocado en su lugar por la isla flotante; pero esas diez horas se vivían ahí abajo, incluso para las necesidades”.

Compañeros que dejaron la vida en la obra

Vale un especial homenaje a esos obreros que no pudieron disfrutar de la coronación exitosa de su esfuerzo.

Para Saibene no hay más que recuerdos gratos con el personal. Ante un pedido de UNO hace 15 años prefirió no salir en una foto por respeto al resto de los compañeros que cumplieron funciones allí. Esta vez sí aceptó una foto familiar. “El primero fue un obrero que ayudaba en una máquina para mover caños, al principio de la obra. La máquina tocó el cable de alta tensión, se electrocutó, y repercutió sobre el señor que estaba limpiando la máquina con un trapo con gasoil”, señala Saibene. “El segundo señor que vi fallecer estaba colocando la cumbrera del techo del almacén, subido a una escalera. En un momento, un viento lo tiró hacia atrás, y el hombre golpeó la cabeza contra el piso. En otro accidente, un muchacho que jugaba al básquet en Ciclista estaba haciendo movimientos de los encofrados metálicos. Era de noche, y los corría con una grúa, para limpiarlos. Una de las lingas de los grilletes se soltó, le pegó en la cabeza con casco y todo, y falleció”.

“El otro que pude comprobar ocurrió del lado de Santa Fe. Había un grupo de gente limpiando los encofrados metálicos. Una tormenta hizo caer los encofrados como un dominó y el hombre quedó atrapado. Nosotros justo estábamos mirando desde Paraná con el topógrafo”.

“Otro accidente que fue comentado ocurrió en la isla flotante, que tenía una abertura en el centro para realizar los trabajos de enganche de los tubos, y el hormigonado entre cabezal y cabezal. Un obrero se resbaló y cayó al agua, en un día de lluvia”.

Otro operario falleció tiempo después a raíz de un accidente por una maniobra mal pensada, con una grúa.

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