Suplemento Aniversario 2018
Domingo 11 de Noviembre de 2018

"Che pibe vení votá"

"Con cuerpo y mente joven/ siempre que acates decisiones/ en un buen rol podrás actuar/ en la emergencia nacional/ la juventud es primordial/ che pibe vení votá". Así le cantaba a los jóvenes Raúl Porchetto en vísperas del amanecer democrático, en 1982...

Hubo una época en la que el debut como votante le quitaba el sueño muchos jóvenes argentinos. La primera vez era un momento esperado, muchas veces imaginado, con la ilusión del que siente que comenzará a ser parte de las decisiones importantes.

"Con cuerpo y mente joven
siempre que acates decisiones
en un buen rol podrás actuar
en la emergencia nacional
la juventud es primordial
che pibe vení votá".

Así le cantaba a los jóvenes Raúl Porchetto en vísperas del amanecer democrático, en 1982.
Aquella letra tenía una carga de ironía e insinuaba que el deber del voto era impuesto con la misma autoridad de quien te manda a la guerra, a la colimba (servicio militar de entonces).
En Argentina el voto es obligatorio desde los 18 años y la concurrencia electoral suele ser elevada. En las elecciones generales y en el balotaje de las presidenciales de 2015 superó el 80%, y en las legislativas del año pasado fue del 76,15%.

"Esencia y moral es bueno
pero de golpe no podemos
el país así cambiar
conformate con algún puesto
sos joven para entender esto
che pibe vení votá"

El retorno a la práctica democrática de 1983 trajo aparejada una gran carga de expectativas en una ciudadanía que esperaba que esa hubiera sido la última dictadura. En aquella época la pregunta hecha a cualquier persona sobre cuántas veces había votado, indagaba en realidad sobre cuántos años había vivido en gobiernos de facto. A pocos, o a nadie, se les hubiera ocurrido pensar que la respuesta podía tener relación con el incumplimiento de la obligación ciudadana de votar; con la voluntad expresa de ubicarse a más de 500 kilómetros del lugar del sufragio o con preferir pagar una multa de menor cuantía a participar de los comicios, ni por comodidad ni por conveniencia económica.
Obviamente había otras razones que impedían votar a algunas personas. La Ley Sáenz Peña (sancionada en 1912) prohibía votar a los religiosos, a los soldados y a los detenidos, entre otros. Estaban obligados a hacerlo todos los argentinos mayores de 18 años. Las mujeres podían votar, pero como se usaba el padrón del Servicio Militar Obligatorio, y no estaban en el padrón... recién con Evita el voto femenino sería una realidad efectiva.
Tal vez aquello de las urnas que estaban "bien guardadas" explicaba la expectativa; en los años previos no solo no se hablaba de una fecha cierta para el retorno democrático, sino que tampoco se daba por seguro que fuer a ocurrir. Muchas veces se ha dicho que de no haber sido por la derrota en Malvinas, los dictadores se hubieran quedado varios años más.
Podría interpretarse entonces que, con seguridad, había que esperar hasta los 18 años, pero nadie garantizaba que con solo llegar a los 18 se fuese a votar sí o sí. Tal vez eso explique la expectativa.

"Si hay que triunfar
siempre
te vamos a llamar
para la guerra o para las elecciones
pibe, no nos abandones"

Por el contrario, tras 35 años de vigencia de las instituciones democráticas, lo del voto hoy está naturalizado, como siempre debió haber sido.
¿Será tal vez una cuestión de desinterés entonces? No está demostrado que a los jóvenes no les interese la política, así dicho. Es más evidente en todo caso que no se sienten contenidos por la estructura de los partidos políticos, aunque tampoco se trataría esto de una cuestión que le suceda solo a los jóvenes. Tampoco está demostrado fehacientemente que los jóvenes estén menos interesados en votar. Lo que no está es la magia del debut. Alguna vez se escribió que la democracia a la larga tiene algo difícil para la sensibilidad de los intensos y de los románticos: todos votan, o al menos, todos pueden votar. Incluso los que no lo hacen, con su ausentismo, definen una postura.
No hay igualdad de oportunidades, no hay igualdad ante la ley, no hay igualdad de género... pero sí igualdad ante las urnas. Un día, cada dos años, cada persona vale un voto.
No hay un sistema mejor. Un día millones se levantan y meten el sobre en la urna, con fe, con desgano, sin interés, sin épica; y son los que deciden.
¿Qué pasa entonces con los jóvenes?
Hace algunas décadas los jóvenes tenían una importante visibilidad en las estructuras partidarias, especialmente en aquellas que tenían ideas más transformadoras. Si bien más recientemente el kirchnerismo retomó parte de esa dinámica –lo que no estuvo exento de críticas– puede coincidirse en que es generalizada la idea de que la estructura de los partidos políticos ya no los contiene, y puede entonces de allí suponerse que surge también la apatía electoral. Si fuera cierta tal apatía.
Cuando se aprobó la ley que habilitó el voto optativo desde los 16 años en Argentina, se especulaba que el oficialismo buscaba sumar a esos 627.000 votantes para manipularlos y lograr una ventaja electoral. En la primera experiencia, las elecciones primarias de 2013, votó algo más de la mitad de los habilitados para hacerlo de manera voluntaria desde los 16 años. Y el reparto de esos votos se estima que fue similar al del resto de las franjas etarias. La tendencia se mantuvo así hasta la elección del año pasado, cuando el padrón de votantes optativos jóvenes llegaba a 1.130.000 personas aproximadamente. Solo en las primarias de 2015 la cantidad que no fue a votar superó a la de los que sí lo hicieron.
Que la mitad de los chicos que no están obligados a votar concurran a las urnas parece contradecir el argumento de la apatía electoral.

"Es tiempo que busques
ejemplos
en estos grandes patrones
de la vida nacional
hay que dejar de estar a un lado
poné cara de preocupado
che pibe, vení vota"

En el afán de darle vueltas al asunto también es probable pensar que en su momento, los largos períodos de no vigencia de las instituciones democráticas hayan permitido tener una mirada idealista sobre el sistema. Es probable que en aquel entonces, una sociedad tal vez más politizada, aunque con muchas menos herramientas para informarse, haya valorado más el voto como derecho de los ciudadanos,
Era común ver a la mañana temprano en las escuelas a jóvenes que se habían quedado toda la noche en vela, esperando el debut, conviviendo con la adrenalina de convertirse en electores, pese a que tenían decidido su voto desde hace muchísimo tiempo. Eran algo normal en el marco de esa idealización.
Hubo un desencanto de la juventud con la democracia. ¿O es el descontento de la sociedad completa con la democracia y del cual la juventud solo refleja el mismo comportamiento?
A 35 años del retorno de la vigencia democrática se observa un fortalecimiento institucional (que incluso puede cuestionarse, pero resulta claro si se observa el principio) pero también se han defraudado las expectativas de un crecimiento de la economía que sea capaz de permitir una mejora de los aspectos sociales, garantizando al menos el acceso al empleo y la movilidad social que existía antes de la dictadura.
Los indicadores de esta situación, comparados desde el inicio del período hasta estos días son claros al respecto, más allá de que durante algunos años la situación haya mejorado coyunturalmente.
La pobreza en 1983 era de 16% cuando en América Latina se acercaba al 40%. Desde el 83 fue creciendo hasta llegar al 33%, según el último informe de la Universidad Católica Argentina, y uno de cada diez argentinos vive en al indigencia.
La informalidad laboral, que rondaba el 22% en 1980, comenzó a subir y desde hace varios años se encuentra en el 33 %. Los dos últimos años del modelo neoliberal en lo económico que impulsa Cambiemos le dieron, al igual que a los números de la pobreza, una aceleración notable. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, la informalidad laboral escaló a 34,2% en el último trimestre del 2017, mientras que hay sectores en los que la tasa es más alta: construcción (67,8%), comercio (42,6%), y hotelería y turismo (44,6%).
La desocupación aumentó vertiginosamente en los 90 y se redujo luego desde 2003, con un repunte en el gobierno de Mauricio Macri. La participación de Argentina en el PBI de América Latina viene cayendo sostenidamente y así numerosos indicadores más.
La democracia no ha servido para mejorar la calidad de vida, no solo de los jóvenes, sino de todos los argentinos. Es posible entonces buscar allí un motivo de indiferencia, especialmente en un electorado que no conoció la dictadura, e incluso de la cual muchos no tienen demasiada idea de que fue lo que ocurrió.
La política muchas veces los ahuyenta, cuando los considera solo como futuro; cuando la educación es un gasto; o cuando el primer empleo es un problema que debe resolver el mercado; o cuando les decimos que tienen la culpa porque no votan. ¿Desde dónde se les dicen estas cosas? Desde el prejuicio y el facilismo.
Las estructuras partidarias no contienen a las jóvenes. El debut electoral perdió la magia. Los prejuicios son mayores hacia ese sector, pero eso no significa que los jóvenes no valoren la democracia. Apenas tengas 18 (ahora 16), poné cara de preocupado y vení votá.

matteoda.jpg

Octubre del 89

El 30 de octubre de 1989 iba a tener 18 años recién cumplidos. Soñaba con votar y pensaba votar al peronismo. En mi barrio de adolescente había pintadas en los cordones de la calle que decían "Cavallaro intendente, un soldado de Perón". Habían quedado del 87, porque en esa época el mandato presidencial duraba seis años, y el de gobernador o intendente, cuatro. Pensaba cómo sería ese soldado de Perón, no Gino Cavallaro, sino la idea de esa batalla que había que disputar.
La hiperinflación desatada ese año carcomía los bolsillos de los trabajadores. Veía a mi mamá, radical de toda la vida, hacer cola en la Unidad Básica del barrio, a las cinco de la mañana para comprar una leche aguada que los compañeros vendían a la mitad del precio que en Los Hermanitos, en Abud o en la despensa del barrio.
Poco sabíamos de los golpes económicos, de la manipulación mediática y de los acuerdos espurios. "Alfonsín es para los giles", pintaban en algunas paredes. La historia se encargó y se seguirá encargando de reivindicar al presidente radical y su gran legado.
Yo quería votarlo a Menem, pero a él mi voto no le interesaba. Las elecciones se adelantaron y el 14 de mayo, lógicamente no aparecí en el padrón. Ese día me quedé acostado por la rabia que me daba no haber votado. Ni siquiera fui a los festejos pese a que tenía un carné de adherente a las postulación del señor Patillas, por ser menor de edad.
Debuté en 1991, votando por Mario Moine como gobernador y Julio Solanas como intendente. La expectativa ya no era tanta, ya intentaba trabajar como periodista (gracias al afecto y la confianza de Daniel Enz) y mi mirada sobre la política había cambiado, posiblemente por estar más cerca de la información.
Fue una linda época. Incluso teniendo el voto decidido, recuerdo haber recorrido en el 89 todas las sedes partidarias pidiendo la plataforma electoral para saber qué proponía cada candidato. No había Internet, Google y ni siquiera se había inventado el fax. La plataforma era un librito donde los candidatos decían lo que iban a hacer si ganaban. Poco después nos enteramos que "si les decía lo que iba a hacer, no me votaban". En fin, siempre es mejor en democracia. No hay nada mejor que este sistema, el del tiempo contra la sangre, de las mayorías contra las elites (me gusta esa frase, y además es cierto).

Comentarios