Diálogo Abierto
Domingo 29 de Octubre de 2017

Caminantes o la cotidiana creatividad de gestionar cultura lejos del "centro"

Ricardo Rodríguez recuerda la génesis y desarrollo de una construcción surgida al calor del cuestionamiento popular hacia las instituciones y representatividades. Los niños, los jóvenes y la lectura en la era digital

Fiel a su formación y convicción ideológica deja en claro que el pionero ha sido lo colectivo y lo comunitario, y cada uno de los vecinos que han hecho y hacen su aporte para que la Biblioteca Popular Caminantes –ubicada en calle Gobernador Antelo 1345, frente a la plaza Alemania– continúe a paso firme. Sin embargo Ricardo Rodríguez representa uno de los motores de ese novedoso y atractivo centro de encuentro –nacido el 17 de abril de 2003 en un garaje facilitado por un vecino de la zona, mientras llovía torrencialmente– que genera cultura sin cesar.

Rancho precario y felicidad
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, en barrio San Agustín, en la parte del club –gran centro de reunión– y detrás de la iglesia –Segundo Sombra y Florencio Sánchez–, aunque hoy está todo cambiado. El barrio se llamaba Los paraisales. Ahí vivían mi abuela y tías, y otros tíos en calle Montiel. Fui a la vieja Escuela 20 –en Florencio Sánchez y Casiano Calderón–, la cual era de tipo comunitario y cuando hacía una temperatura agradable, las clases se daban en el patio y poníamos a prueba algún conocimiento que teníamos. Los patos de la familia de al lado se cruzaban a la escuela y cuando la pelota se pasaba, caía en unos almácigos de la huerta. La escuela luego se cambió a donde está hoy.
—¿Qué otras características presentaba el lugar?
—Mi casa era un rancho de paja de dos aguas, bastante precario pero con recuerdos de la niñez muy lindos. Mi viejo recién pudo comprar un terreno cuando yo tenía 10 años y mientras tanto alquilábamos. La referencia era la iglesia y no existían los barrios Foecyt ni El Sol, era bastante descampado y detrás de casa había una fábrica de ladrillos con una gran cava que se ampliaba.
—¿Qué se veía al salir de tu casa?
—Los aromos, un barrio donde tenía toda mi parentela y amistades, y hacia donde hoy está barrio El Sol era descampado.

—¿Había un límite que no podías trasponer?
—No, era una vida totalmente distinta a la de hoy. No nos criamos en la calle pero era el gran espacio para andar sin problemas, con mucha libertad y para aprender a jugar. Fue una niñez muy feliz más allá de lo que podía faltar –que a veces no nos dábamos cuenta porque los viejos se preocupaban porque las necesidades estuvieran siempre cubiertas.

—¿Hasta qué edad viviste allí?
—Hasta los 12 años, cuando nos cambiamos a calle Casiano Calderón –que es la casa paterna–, donde estuve hasta los 18 años y comencé a volar, por trabajo e inquietudes. El servicio militar me tocó en los años duros del golpe de Estado y estuve 16 meses.

—¿Cuál era la actividad laboral de tus padres?
—Mi viejo era trabajador del frigorífico –ex IFAM, Instituto Frigorífico Autárquico Municipal, en calle Acebal y República de Siria–, y mi mamá, ama de casa. Luego mi viejo salió y se hizo ferroviario –administrativo y camarero– y fue cantinero del club durante una época. Un tipazo muy respetado en la zona.

—¿A qué jugabas?
—No jugaba mucho al fútbol porque no me atraía demasiado; era boy scout en la iglesia –hasta que nos cambiamos de casa–, así que mis juegos estaban vinculados a lo colectivo; aprendimos a hacer nudos y campamentismo. Hasta hoy me encuentro con amigos de ese grupo.

—¿Fue una inquietud propia o te mandaron?
—Entré como lobato y la iglesia tenía estas alternativas como forma de enganchar a los gurises. Comencé a trabajar a los once años en la bicicletería Fulton-Cardú –en calle 9 de Julio–, donde aprendí a arreglar pelotas de fútbol, emparchar y centrar bicicletas.
¿El escoutismo fue la afición a la cual le dedicaste más tiempo?
—Fue cuando niño. Cuando crecí me gustó la lectura y era bastante solitario.

—¿Sufriste el desarraigo al cambiarse de casa?
—Sí, porque quedaron amigos, aunque podía visitarlos porque no era lejos, pero en aquella época era un pasillo de tierra de cinco cuadras. Todo eso se desmontó, loteó y se hicieron barrios. Era otra noción de la distancia y hoy se hace en tres minutos, porque, además, la cava no existe.

—¿Qué transformaciones urbanísticas fueron importantes?
—Los que se dieron sobre calle Casiano Calderón, inmediatamente después de que nos cambiamos –aunque ya se había vendido un loteo. Fuimos de los primeros en instalarnos sobre esa calle. En ese momento se trajo el agua.

—¿Hasta ahí la buscaban en un caño público?
—Sí, a dos cuadras. También se hizo el asfalto y llegó la luz; recuerdo que nos mudamos sin tener luz. Luego vino un gran impulso de urbanización en la zona, comenzaron las construcciones y se transformó totalmente.

—¿Personajes?
—Fangio. Carmelo –un señor grande con alma de niño, quien creo que vive por Paraná XIV–, pasaba y hablaba con la gente con un tono "achiquitau". Herminio –de la zona del club 9 de Julio– tenía otras características. Lolo, asiduo al cine Sáenz Peña. Otros personajes, pero por su solidaridad: doña Stefi –la enfermera del dispensario– a cualquier hora iba y te ponía una inyección –trabajo que luego continuó haciendo Carlos Insfrán.

—¿Cómo se modificó lo social?
—El cambio de la escuela vieja a la nueva fue importante. El club era el centro de atracción de la zona porque venía desde la novela que estaba en la radio hasta Jorge Cafrune, ya que no había ni un teatro ni un anfiteatro –como actualmente. Nos divertíamos mucho con los "asaltos", las reuniones y bailes en las casas, porque los boliches eran para gente mayor y del centro. Tíos míos que se fueron a vivir a Buenos Aires decían que venían de vivir "en el monte", cuando en realidad no había bosque, pero era la forma de definir la diferencia a un lado y al otro de la vía.

—Algo que todavía está marcado.
—Sí, en todos los aspectos, más allá de que la urbanización vaya resolviendo problemas difíciles.

—¿Qué visión tenías del "centro"?
—Era algo aparentemente inaccesible, lejos, como que no era para uno. Lo atravesábamos en verano, los domingos, cuando caminábamos con mis viejos, hermanos y primos –como una caravana– desde San Agustín hasta el balneario, ya que el agua era una gran diversión porque no la teníamos cerca. No importaba el cansancio porque pasarla en el río era maravilloso, al igual que ir a Bajada Grande a pasar el día y tirar un mojarrero.

Trabajo prematuro y posibilidades impensadas
—¿Trabajaste tempranamente para ayudar a la economía familiar?
—No había una exigencia pero estaba la necesidad de ayudar y resolver mis propios gastos. Cuando se hizo el campeonato argentino de básquet en Recreativo apareció don Fulton, me dijo que no quería que ese día trabajara, que fuera a mi casa y buscara con quién ir, porque me regaló dos entradas para el partido de Entre Ríos y Tucumán. Fui corriendo a mi casa y fuimos con mi hermano mayor. El trabajo siempre me posibilitó ese tipo de cosas, para mí impensadas.

—¿Cuál fue la segunda ocupación?
—En una metalúrgica –cuando salí del servicio militar– y desde esa época soy oficial plegador. Se ganaba mucho y había muchas fábricas, hasta que en los 80 vino el declive y me hice electricista, entre otros oficios manuales.

El viaje de la lectura y los tiempos efervescentes
—¿Cómo comenzaste la afición por la lectura?
—En mi casa había muy pocos libros porque no teníamos poder adquisitivo ni tampoco había una cultura lectora. Éramos cuatro hermanos. Me gustaba ir debajo de un árbol y leer los clásicos de literatura infantil, solo, y también revistas. Descubría y viajaba felizmente a través de la lectura –como lo sigo haciendo. Antes del servicio militar trabajé dos años en un kiosco de revistas en calle San Martín –al lado de Casa D´Agostino. Iba a la secundaria nocturna –industrial, que quedó trunca–, y había mucha efervescencia política y actividad social, así que había un montón de revistas que te ponían al tanto de eso. También leía libros y me gustaba trabajar el sábado por la tarde porque había menos gente y podía hacerlo. El kiosco determinó en gran medida esa actitud lectora. En esa época escuchaba a The Beatles, Pink Floyd, Yes, Deep Purple, había visto Woodstock, sabía sobre John Lenon y la guerra de Vietnam...
—¿A través de qué canalizaste eso cuando te alejaste de la iglesia?
—La escuela secundaria tiene mucho que ver porque fui elegido delegado de curso, cuando el centro de estudiantes era una organización muy fuerte y sucedían un montón de cosas –buenas y malas– en torno a ellos. Participaba de lo que hacía la Coordinadora de Estudiantes Secundarios y era un aprendizaje, que te exigía acceder a otras lecturas y asistir a reuniones. Mi visión fue cambiando y conformé un pensamiento ideológico de izquierda.
—¿Referentes?
—Había de todo: un viejo que vi en una peña y a partir de ahí comencé a comprar sus obras, Marcelino Román –quien tenía una orientación política muy clara. Me encantaba escucharlo cantar por su forma de decir. También seguía la música folclórica de fusión y alternativa. Desde el punto de vista de la lectura, muchos diarios y revistas, y me fui formando en las ideas de la izquierda clásica –que me acompañan hasta hoy, si bien no tengo una definición partidaria. Marca lo que hago.
—¿Cuándo iniciaste la militancia orgánica?
—En 1978, antes del servicio militar me hice de la Juventud Comunista y pasó un tiempo que no lo podía decir –aunque igualmente fui detectado junto a gente de otras militancias y hubo una especie de persecución, aunque no vale mencionarla comparada con lo que pasó. Cuando salí, trabajando en la metalúrgica y en el gremio –que era muy fuerte–, fuimos activando distintas cosas.
—¿Hasta cuándo lo hiciste?
—Hasta 1986 –cuando se hizo el XVI congreso–, porque muchos estábamos disconformes con lo que sucedió y nos fuimos. De todas maneras, siempre he tenido un pensamiento y una formación determinada, y reconozco que aprendí.
—¿Pudiste mantener la afición por la lectura a la par de los vaivenes laborales?
—Sí, fue creciendo, a la par de la lectura partidaria necesaria de aquellas épocas. Hoy hay un montón de posibilidades de lectura y leo de todo, novelas y poesía. Pero también tengo lo freireano (por Pablo Freire) de leer el mundo, porque no todo está escrito y en los libros, sino que hay que saber qué pasa en la comunidad y como intervenir –que es lo que más me interesa, como por ejemplo la educación popular. Estar atento a lo que está entre líneas y es lo que más transito para "encontrarle el agujero al mate" y ver qué se puede hacer para estar mejor.

El decir y el hacer
—¿Cómo viviste la ruptura, independientemente de los cuestionamientos ideológico o tácticos?
—Fue muy traumática porque ser del partido era todo un mundo y una cuestión muy fuerte. Pero también había un gran desencanto por ver la ruptura de la coherencia entre las ideas y el hacer, y otras posiciones muy cuestionables del partido: cegueras, rigideces, personalismos y egos. Todo se daba de patadas con ese pensamiento –un poco romántico– que creía que debía imperar en las organizaciones de este tipo. Lamentablemente no solo fue el Partido Comunista ni tampoco la izquierda, por eso a partir de ahí soy más independiente y libre desde la pertenencia partidaria –aunque siempre ligado con las cuestiones de la comunidad, lo colectivo, la participación, el debate y la horizontalidad. Eran organizaciones cerradas y verticales, y, por ejemplo, la dictadura del proletariado siempre me produjo ruido.

—¿Hubo un hecho puntual, en lo personal, más allá de la decisión del grupo?
—Nada personal. Fue lo de no hacerse una real autocrítica de cuál había sido la política del partido durante la dictadura. Desde la juventud se impulsaba "el viraje" y el pedido de explicaciones. Hubo un enjuague, se hizo una autocrítica formal y hubo una sangría impresionante, aunque mucha gente siguió militando.

—¿Qué grandes enseñanzas rescatás de la pertenencia al scoutismo y al PC?
—No dejaría de hacer nada de lo que hice en la política partidaria, porque tuve beneficios y logros. Antes balbuceaba y ahora hablo. Antes tenía acceso a alguna lectura y hoy soy lector. Hay un montón de categorías que cambiaron y muestran un salto de lo que fui, lo cual tiene que ver con esos aprendizajes y cuestiones personales. Si hubiera imperado en mí una cuestión de fanatismo, quizás no hubiera podido hacer ese salto. Creía que estaba en una posición interesante pero sin ser hermético y eso ayudó a que pueda tener hoy la cabeza abierta –teniendo en cuenta la opinión de todos para que florezcan flores. El escoutismo es buen recuerdo de la vida infantil, comunitaria, con juegos y aprendizaje de destrezas, fue hace mucho tiempo y una referencia que también me marcó.

La música y la gestión cultural
—¿En esa época sentías una vocación?
—Imaginaba ser músico, lo cual es una gran frustración. Hoy tengo un acordeón y mis dos hijos están vinculados a la música. Me hubiera gustado mucho tocar la guitarra.

—¿Qué imaginabas?
—Hacer lo que hago hoy, que cuando hay un grupo de gente aparece una guitarra y me pongo a cantar. Me maravillaba ver a alguien tocar y cantar, y pensaba que podía. Tener un acordeón tiene que ver con eso, en cuanto a que si tengo tiempo –porque estoy haciendo la tecnicatura en Gestión Cultural– me gustaría dedicarme. La gestión es lo que siempre hice, intuitivamente, y lo estoy sistematizando.


—¿Cuándo terminaste la Secundaria?
—En 2015, en la Escuela de Formación Municipal Néstor Kirchner, y en 2016 inicié la tecnicatura en Gestión Cultural –de la cual curso el segundo año. La secundaria había quedado trunca por mucho tiempo por distintas situaciones. En 2000 quedé sin trabajo porque me fundí, por el Federal, con mi empresita –unipersonal– de libros. Era muy lindo y fructífero ese trabajo porque me gustaba vender. En esa época –1996– ya vivía acá –en calle Medus– en pareja con una compañera, estuvimos un tiempo, comencé a changuear, nos quedaba tiempo y pensábamos qué hacer.
—¿Qué te motivaba en ese contexto de crisis?
—La inquietud de encontrar mejores rumbos colectivos y seguir dándonos cuenta de que siempre terminábamos desahuciados con las propuestas que la gente encontraba –más allá de las opciones que elige. Ya veía que sería así. Comenzamos con un grupo que vivía en la zona a tener inquietud por conocer experiencias que se estaban dando en el país. Ahorrábamos unos pesos, contratábamos una combi y nos íbamos a conocer experiencias de construcción política, no partidarias, autónomas y autogestivas, como las del Mocase (Movimiento Campesino de Santiago del Estero. Participamos –antes de 2001– de la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas y en 2002 hicimos una cátedra abierta en la Facultad de Trabajo Social sobre nuevos movimientos sociales. Fueron siete encuentros en los cuales participaron el cura Rubén Dri, los MTD (Movimientos de Trabajadores Desocupados) del cono urbano bonaerense –los piqueteros–, el Mocase y Apenoc (Asociación de pequeños productores del Noreste de Córdoba), organizaciones de lucha campesina y empresas recuperadas. Fueron muy interesantes y nos permitió concluir que había que hacer algo. Comenzamos a desarrollar pequeños núcleos en Corrales, Los gobernadores, Gazzano, Los paraísos y Parque del Lago, con esa idea, en un proceso que llevó cuatro meses. En abril de 2003 se convocó a una reunión grande y se conformó la Biblioteca Popular Caminantes, sin libros, lugar ni nombre, porque todo eso vino después.

Bibliotecas y prestigio
—¿Por qué una biblioteca?
—Había una gran crisis de representación y nadie creía en nadie ni en ninguna institución. Según nos parecía, las bibliotecas populares eran de las pocas que gozaban de cierto prestigio. Queríamos tener un espacio de encuentro y esa fue la decisión. Fue un día que llovía a cántaros y no obstante nos reunimos más de 50 personas –en un garaje prestado. Se eligieron algunos representantes y salimos a contarle a los vecinos de distintos barrios que había una biblioteca popular "intangible" –porque no tenía nada–, ya que el punto de encuentro era la plaza los sábados a la tarde. Era una romería muy linda porque veníamos a comer mandarinas, girasol y tomar mates, al igual que traíamos mochilas y carretillas con libros donados.
—¿Cuáles fueron las devoluciones recibidas cuando se referían al proyecto de una biblioteca popular?
—Seguimos adelante por la respuesta, porque era una necesidad y le pegamos justo. Todo aquel que estudia –salvo que saque algún libro de la escuela– tiene que ir al centro a buscarlo. La gente fue respaldando la idea y donando lo que le sobraba e incluso "la basura" –en materia de libros– y se hacían socios. Poco a poco con ese impulso fuimos queriendo saber más, para ser una biblioteca popular, así que un domingo a la mañana se recogió la opinión sobre el nombre, que terminó siendo Caminantes.
—¿Por qué?
—Tiene que ver con lo de los nuevos tiempos que se avenían luego de la crisis de 2001, lo positivo que estaba en la comunidad. Acá en frente –en la plaza– funcionaba el club del trueque y "el pueblo salvaba al pueblo".
—¿Cómo resolvieron la exigencia del lugar?
—Nuestras casas no tenían espacio, los libros eran bastantes entonces desde la plaza comenzamos a mirar alrededor. Estaba esta casa abandonada, llena de yuyos, sin luz y donde hubo un incendio en la parte de arriba. Hasta 2000 había sido la panadería La chamarrita. No pudieron pagar un crédito que habían obtenido para comprar la maquinaria, el banco se quedó con la propiedad y se terminó el trabajo. Fuimos al Banco del Suquía a explicar la situación, explicamos el proyecto y nos maltrataron. Hicimos un segundo intento, pensando que el problema éramos nosotros y fue peor. Así que convocamos a los vecinos a la plaza, se juntaron más de 300 firmas y se decidió intrusarla. Rompimos el candado y en 72 horas se pintó la parte de abajo, y colocamos estanterías. Hicimos una carta, viajé a Buenos Aires, me dieron por recibido el proyecto y volví creyendo que no pasaría nada. A la semana llegó una contestación en la cual decían que "actuarían en consecuencia" –firmada por Néstor Carlos Kirchner–, fui a la Policía con esa carta y continuamos con los reclamos.
—¿Qué argumentaban ustedes a su favor?
—La actividad demostrada por la biblioteca era creíble como para contar con una propiedad y comenzamos a hacer actividades en las cuales nos daban el aval para que la casa fuera nuestra. La Facultad de Trabajo Social firmó un convenio con la biblioteca para que hubiera pasantes, comenzamos contactos con escuelas de la zona, vinieron madres y abuelas de Plaza de Mayo, escritores y la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares nos reconoció. Se jugaba entre lo ilegal y lo legítimo.
—¿Cómo se saldó esa contradicción?
—Al año y medio, cuando los bienes del Bisel, Suquía y Bersa entran en un fideicomiso que maneja el Banco Nación, entonces este bien queda por fuera y en 2005 es donado a la comunidad. O sea que estamos haciendo esta entrevista en una casa que es del pueblo al igual que la escuela Las Heras y el dispensario.
—¿Cuáles son las obligaciones que eso implica?
—El estatuto marca claramente que es un bien comunitario y por lo tanto las administraciones seguirán bregando para que no sólo siga siendo público sino que cada vez sea más lindo y con más servicios.


—¿Qué subsidios reciben?
—Del Estado nacional y provincial. Se paga una cuota mínima –el que tiene, y el que no, también puede llevar los libros. El signo que caracteriza esta labor es lo colectivo, porque hay una cantidad de vecinos que han pasado por la administración en su comisión directiva o distintas comisiones para determinadas actividades. Estamos contentos porque a una distancia de donde se concentran las actividades culturales, podamos estar por entrar al 15º año con una población de socios y adherentes cada vez más grande, y actividades con más gente. Los pioneros también son la Escuela Las Heras, la de sordos, la Garcilaso, el dispensario Oñativia y el club San Martín.

—¿Cómo articulan acciones?
—Vamos a actividades que organizan ellos y ellos vienen a las que hacemos nosotros. Tenemos una labor permanente con las escuelas y más de 2.000 niños pasan por la biblioteca anualmente.

—¿Qué actividades lograron regularizar al comienzo además de la propia de la biblioteca?
—Siempre tuvo la promoción de la lectura si bien desde hace cuatro o cinco años, es más sistemática y profesional, porque estudiamos y nos formamos para volcarlo a la comunidad. Tratamos de hacerlo lo más seriamente posible y que los libros no sean los que habitualmente se pueden encontrar en el mercado, sino que sean los más novedosos. Nuestros anaqueles están llenos de libros importantes y nuestros socios y amigos tienen la posibilidad de compartirlos, porque siempre nos esforzamos por conseguir las mejores cosas de la cultura.

—¿El momento más crítico?
—Ha sido lograr que todos los días la biblioteca se pueda abrir, desde un voluntariado como el que somos –ya que sería mucho más fácil si tuviéramos empleados. Tener un grupo de gente comprometida que garantice todos los días su apertura –incluso algunas mañanas y el sábado por la mañana. Ha sido un gran logro, ya que hubo un tiempo en que fue complicado, porque una vez que tuvimos la casa, el entusiasmo pasó. La casa va teniendo cada vez más chiches que hay que mantener. El pasto crece y alguien tiene que cortarlo... Las compañeras y compañeros que tienen las tareas, son bibliotecarios de alma, porque tratan de hacer un trabajo profesional, y para eso se han formado.

—¿Contactos?
—bpcaminantes@gmail.com, en Facebook, Biblioteca Popular Caminantes y el teléfono es 4260993. Pero lo mejor es hacer un paseíto por acá el sábado por la mañana o todas las tardes, de 16 a 19. A diferencia de la clásica biblioteca, hay mucho bullicio y pensamos cada vez cómo hacerla más atractiva.

Un novedoso concepto de biblioteca para atraer a los más jóvenes
En la Biblioteca Popular Caminantes funcionan diariamente diversos talleres de actividades y disciplinas artísticas, con el concepto de no sólo formarse en ellas sino de que constituyan un puente de acceso a la lectura –que por otra parte se mantiene muy activa en la franja etárea de niños, jóvenes y adolescentes, según afirma Rodríguez.

—¿Qué reflexionás sobre esa cuestión que marcabas de gestionar cultura lejos del "centro"?
—Los talleres que de lunes a viernes se dictan en la biblioteca de manera gratuita y tratando de que los talleristas sean de primera línea acercan a la población infantil, adolescente y juvenil a los libros de manera indirecta. Es el caso del taller de teatro con Paula Righelato, de dibujo y animación con Jaimo, de construcción de juguetes con Favio Deganutti, y batucada y percusión con la murga La de bolsillo –al igual que hay otras propuestas. La gente se arrima al libro por esas actividades y hay que pensar cuál es el gancho que nos puede servir para atraer hacia el mundo de los libros. Hay gente que ha pasado durante años por la puerta y no se daba cuenta de que era una biblioteca, pero cuando entraron se hicieron socios y vienen a las peñas. Actualmente hay muchas formas de llegar al libro y hacemos todos los esfuerzos por incorporar las novedades en ese sentido para ofrecerlas a la comunidad.

—¿Claves para ser un buen gestor cultural en un medio como esta comunidad?
—Primero, la gestión colectiva, ya que la biblioteca existe porque hubo vecinos que se convirtieron en gestores de algo inexistente y nuevo, lleno de sueños, desde un lugar que era oscuro. Lo otro es haber tenido en cuenta que si bien teníamos la casa, siempre hay que generar fondos propios –dado por los socios, y en otra época por un boletín auspiciado, que habría que retomar. Los subsidios a las bibliotecas populares no siempre son en término y prioritarios, y a veces sólo te dan algo, por eso hay que tener una reserva para subsistir. Ligado más a la antropología, saber qué es este barrio y dónde estamos, ya que está ligado al origen de la ciudad y estamos en un lugar de gente trabajadora –no marginal. Necesitamos más contacto para saber qué están esperando.

—¿Qué recomendarías a los grupos en general, en cuanto a las falencias que suele tener la gestión?
—La no existencia de una coordinación permanente es un déficit y las organizaciones –cuya cantidad se desconoce– sólo se juntan, a veces, por una cuestión puntual. Sería de un gran aprendizaje para todos sostener un espacio de ese tipo y todavía no nos nace ese interés por intercambiar experiencias. No estamos en condiciones de decirle a nadie qué es lo que hay que hacer pero nuestra experiencia demuestra que lo que queremos ser hay que conquistarlo. Lo de la casa fue algo que se dio y tuvo que ver con un contexto histórico que hoy quedaría descolgado.

—¿Cómo es la relación de los niños y jóvenes con la lectura?
—Hay datos que confirman que la población infantil y juvenil es la que más lee –a diferencia de lo que mucha gente adulta cree. Acá se observa que un pibe lee desde el celular y las pantallas, y también los libros. Nos competimos con la pantalla en la medida que pueda brindar una búsqueda de mayor conocimiento, el tema es cuando lo obstaculiza o lleva hacia otro lado –como también lo puede hacer un libro. Por eso es importante tener la posibilidad de decidir –más que te manden cajas de libros–, tener el dinero y elegir lo que se quiere. Es una pelea que hacemos y en algunos casos ganamos, en el sentido de que los subsidios no sean a través de material sino de efectivo, para poder decidir –de acuerdo a los gustos y necesidades de la comunidad. De ninguna manera hay un decrecimiento en la lectura, al contrario, nos llevamos muchas sorpresas. Una función del celular, un pibe la encuentra más rápido que yo, y eso es leer. Leer el mundo no es sólo la decodificación de un texto, sino todo lo que atañe a incorporar conocimiento y manejarnos en la vida, para ser mejores y más felices. Es lo que intentamos propiciar.

—¿Qué emergentes sociales te llaman la atención de la zona en la cual está insertada la biblioteca?
—La de Gazzano es una zona muy grande donde –de acuerdo a un mapa cultural hecho hace algunos años, que habría que actualizar– había referentes musiqueros, acordeonistas, guitarristas... pero no hay un centro cultural. Las escuelas y el parque Gazzano –a veces– tienen algunas actividades más ligadas a lo artístico, y el Centro de Salud Corrales tiene un grupo de teatro. No es muy distinto a lo que sucede en general y por eso nuestra tarea es promover la realización de actividades artísticas y culturales, y trabajar en red. Favio (Deganutti) también es profesor de la Escuela de Arte del Club Universitario –que cumplió 50 años. Es lo más cercano que tenemos, que sepamos, ya que en el club San Martín predomina lo deportivo. El tema es cómo enlazamos todo eso y elaboramos una propuesta cada vez más comunitaria. En cuanto a nosotros, falta que mucha gente conozca el espacio, se encuentre y participe.

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