Descubriendo Entre Ríos

Aprender de África el ubuntu para disipar cerrazones varias

Una pueril clase "deportiva" invita a examinar trampas de la competencia y el éxito, y a desempolvar semillas de hermandad

Domingo 03 de Julio de 2022

“Van las dos hasta el cono y vuelven, la primera que llega, gana”, dice la joven profe a dos niñas de cuatro y cinco años. La de cinco, gana: “¡gané, gané!”. “Ahora dan tres vueltas alrededor de este círculo con el bate en la mano, la que llega primero, gana”. La de cinco, gana: “¡gané, gané!”. Al quinto juego parecido, la de cinco grita “¡gané, gané!”, y allí termina la jornada de ejercicios.

Media horita bastó para distorsionar en la niña de cinco añitos los valores milenarios de este suelo, y abandonar a la de cuatro a dos caminos posibles: odiar ese deporte o desear que la próxima vez venga una niña de tres, para ganarle todo.

Pretender un estímulo a la gurisada a través de la competencia es el fruto de un sistema que no funciona pero se ha naturalizado, al punto que esa chica, víctima ella del sistema, no advierte siquiera el disparate ante la evidencia ostensible. El ejemplo, tomado de una experiencia concreta, muestra la gravedad de un modelo enrevesado pero atornillado en la fe. Fe en la competencia.

Otros casos

Unas niñas de 12 años juegan un deporte y entre ellas aparece un niño. Ha sido autorizado porque los varones de su grupo juegan a otro deporte. Todo sobre rieles, hasta que un entrenador cuestiona la inclusión: “hay diferencias físicas, estamos en una competencia”. El niño mide cinco centímetros menos que las niñas, pero el entrenador, arrastrado por sus prejuicios y la competitividad que parece ser su ley, ve lo que no hay, hace un planteo, incomoda al niño. En ganar y perder se le va al entrenador la vida, y qué culpa tiene si esa es la formación de un sistema que tantas veces enseña a ganarle al otro, no a complementarse, no a compartir. De ahí que ciertos partidos en la gurisada deban ser suspendidos por la violencia entre papás y mamás enfocados en la victoria, impreparados para soportar el mínimo error, obsesionados con el apego al hijo propio y el desamor por los demás.

¿Hacen falta más casos? Una maestra lleva tres autitos de juguete: “el que termine primero la cuenta gana este autito rojo”… Un solo alumno gana el rojo, el azul, luego el verde… ¿Estímulo o competencia estéril?

Un estudiante del secundario saca el mejor promedio. Le dan la Bandera en virtud de la cantidad. Premio de la Asociación Fulano al mejor promedio, y pasa el mismo. Distinción del Ministerio, al frente de nuevo. Beca del Banco, nuevamente, y así seis veces el aplauso… Eso ocurre aquí y ahora, bajo la religión del individuo y la cantidad. Pero veamos una tradición antigua y vigente, que muestra en las antípodas el estímulo por la vía comunitaria.

Porque somos

Dice la anécdota africana que un estudioso visitaba un poblado y, con el fin de conocer un poco sus valores, improvisó un juego entre los niños. Colocó a cincuenta metros un cesto con frutas y los invitó a correr: “el que llegue primero se quedará con las frutas”.

“A sus marcas, listos, ¡ya!”. Para su sorpresa, los niños y las niñas se tomaron de las manos y comenzaron a correr juntos. Al llegar al mismo tiempo, se sentaron y se repartieron las frutas con gran algarabía.

Eso se llama ubuntu. “¿Cómo voy a disfrutar yo, si todos mis compañeritos pierden?”, responde una niña. “Yo soy porque nosotros somos”, significa ubuntu, y es una demostración palmaria del estímulo comunitario, cooperativo.

Empatizar, cultivar la amistad, colaborar, compartir la alegría, mirar el conjunto, son valores que por distintas vías (y esta es sólo una), nos llegan desde el fondo de los tiempos, pero las instituciones se organizan para desviar el camino y lanzan a la niñez a una carrera en la que todos perderán porque la mayoría perderá.

“En una relación, si uno gana y el otro pierde, ambos pierden”, dicen los saberes ancestrales. “Compartir, no competir. Porque compitiendo unos tienen que perder para que otros ganen. Esta es la esencialidad comunitaria, en cooperación”, reafirma el entrerriano Pedro Aguer. Pero ¿hay lugar para los saberes milenarios en el apuro moderno?

Los tojolabales

“Uno de nosotros perdió”, decimos en castellano. “Uno de nosotros perdimos”, decimos en el idioma de los tojolabales de Chiapas, México. “Uno de nosotros mató”, pero en otro idioma, y como expresión de otra una cultura inclusiva, decimos “uno de nosotros matamos”. O “uno de nosotros cantamos bellamente”. Ni en lo mejor ni en lo peor dejamos a alguien afuera. Así es la comunidad que no descarta al otro, la comunidad sin afuera.

La construcción gramatical obedece a una filosofía comunitaria, no individualista. ¿No es habitual entre nosotros, ante una persona que delinquió o cometió un error grave en su vida, desear “que se pudra en la cárcel”? ¿O incluso apelar al “ojo por ojo”?

En estos días nos están informando que en una década hemos multiplicado el número de presos y presas en Entre Ríos. Los penales están superpoblados, con el “alivio” de saber que se construyen más celdas… La proporción de presos, en relación a la cantidad de habitantes, crece de modo abrupto pero no alcanza a conmover a los gobernantes que sí buscan atajos para salvar a sus amigos/amigas, aunque en el intento deban romper las instituciones, de las que ellos se benefician… El aumento de la población carcelaria en Entre Ríos supera el 280 % en sólo una década, admiten en el gobierno, y algo similar ocurre en otras provincias. Para una sociedad occidental individualista, los presos “son ellos”, y por eso poco importa lo que suceda con esos “ellos”; para el pensamiento ancestral comunitario, en cambio, los presos “somos nosotros”, de modo que el abordaje de ese flagelo será sin dudas comprometido. Conclusión: la mirada comunitaria cambia diametralmente el eje y el tratamiento de los asuntos comunes. Los 4.000 barrios hacinados (villas miseria, asentamientos) de la Argentina, ¿“son ellos”, o “somos nosotros”? De la respuesta a esta pregunta dependerá si vamos a superar o no ese otro flagelo.

No por nada los tojolabales son conocidos como los “hombres de la palabra recta”, o “los que saben escuchar bien”, y cuánto hay para aprender de su cosmovisión, claro está, incluso para alumbrar condiciones tan nuestras como la que deriva del “nadie más que nadie” en nuestro territorio, es decir, la horizontalidad comunal, sin mandones, frente a la verticalidad militar, empresarial o estatal: por derecha y por izquierda hay un menosprecio a lo comunitario, herencia colonial que coloca a lo distinto como inferior. En la altanera y encasillada mirada eurocentrada y antropocéntrica que todo lo reduce a la experiencia europea y la razón, lo comunal tiene olor a fascismo, aunque lo comunal se extiende por miles de años y miles de rincones, y el fascismo abarque pocas décadas en un pequeño lugar.

El “nosotros” que está en el centro de la cosmovisión tojolabal (explica Carlos Lenkersdorf) incluye al resto de la naturaleza; en el nosotros está la piedra, está el pájaro, no hay “afuera” del nosotros. ¿No se hace más sencilla y aceitada así la convivencia, la comprensión?

Dice Lenkersdorf: “Veamos otro ejemplo que hace explícito el nosotros. Se dice en español: yo te dije. La expresión correspondiente en tojolabal es yo dije, tú escuchaste. En la estructura en español pasa la acción del sujeto yo al objeto te. El actor, por supuesto, es el yo. La estructura correspondiente en tojolabal, en cambio, es de dos sujetos, con sus verbos correspondientes y sin objeto (acusativo). En términos generales podemos afirmar que en tojolabal, en lugar de objetos, hay diferentes clases de sujetos que se complementan; los sujetos no subordinan a los objetos, como ocurre en el español. Por esto en tojolabal se da una subjetividad intersubjetiva (sujeto-sujeto) en lugar de la relación de sujeto-objeto”.

Y bien, ¿en qué incide esto en nuestra vida diaria? En todo: las lenguas indoeuropeas desprecian la virtud del saber escuchar, de ahí que soportemos a diario a militares, políticos, curas, periodistas, docentes, expertos en “saber exponer” pero ignorantes en “saber oír”. Y muy particularmente en la Argentina colonizada (no en el pueblo campesino o barrial) los políticos se quejan de los militares, los militares de los políticos, y lo mismo ocurre entre empresarios y sindicalistas, pero todos cortados por la misma tijera: son mandones. (Quitemos aquí las excepciones siempre tan honrosas como inhallables).

Es cierto que en los cuatro continentes habitados (Abya yala, Eurasia, África y Oceanía) existen tradiciones comunitarias tan valiosas como las del guaraní, el chaná, el charúa, el quechua aymara o el mapuche.

En la Argentina fue el poder vertical, el Estado, el que copó los territorios comunales durante el siglo XIX para darlos a los comerciantes, banqueros y terratenientes, y es el Estado el que protege hoy con sus armas esos capitales privados. ¿Cómo es esto? Muy sencillo: el Estado se camufla como público, como vecindario, y copa y administra la tierra para dársela a los principales beneficiarios del mismo Estado: una minoría de privilegiados. Lo mismo que hizo el Estado monárquico en España con los concejos abiertos asamblearios espirituales de la alta Edad Media, a los que ese Estado les copó la administración (el pensador peronista Jorge Rulli suele insistir en este antecedente), es lo que hizo el Estado “republicano” en la Argentina rapiñando territorios con el cuento del Estado-Nación uniforme, aniquilando la “soberanía particular de los pueblos”, que fue principal objetivo de la revolución federal artiguista.

Días de la amistad

El 20 de julio y el 30 de julio se celebra en distintos países el Día de la amistad. La casualidad ha querido que sea julio, frío para nosotros en el hemisferio sur, el mes que promueva la calidez.

En estas fechas vale recordar un puñado de tradiciones nuestras, de este suelo, que hacen de la amistad el centro, muy por encima del espíritu individualista de competencia, de ganancia.

Primero: el don, la reciprocidad, en personas felices en la medida que pueden dar; un sistema que ha regido en toda la región guaraní (que nos comprende) por milenios.

Segundo: la hospitalidad como marca de la familia islera, una condición que Marcos Sastre destaca por encima de cualquier valor en nuestras comunidades del Delta principalmente; y la complementariedad como base de la comprensión cósmica y la organización social para el consenso, no para la fragmentación y el pleito como norma a que nos tiene acostumbrados (y hartos) el poder vernáculo.

Tercero: la minga, el trabajo colectivo y festivo, otra tradición que Martiniano Leguizamón señala entre las más apreciables de nuestras comunidades campesinas.

Cuarto: el “mande nomás”, el espíritu confiado y servicial que jamás debe confundirse con la servidumbre. Estar atentos al otro, para ver qué necesita, cuáles son sus gustos, y ponerse a disposición.

Quinto: la gauchada, esa acción concreta, desinteresada, en la que los anteriores valores se ponen en práctica de modo casual, espontáneo, y donde no cuadra ofrecer un pago. La gauchada es un relicto de la vida comunitaria, uno no espera nada a cambio, y sabe que el otro haría la misma gauchada en esas circunstancias.

Sexto: la vida comunitaria y autónoma, que la revolución federal resumió en la expresión “soberanía particular de los pueblos”, un modo de organización que se articula en confederación con las demás comunidades, que valora los modos propios sin despreciar los ajenos, y que sirve de resistencia ante las imposiciones verticales y la uniformidad propias de un régimen colonial.

Séptimo: la proclama “naide es más que naide”, una tradición compartida por distintas culturas, que ha echado raíces en el litoral y fogonea el sentido de pertenencia y de igualdad entre los miembros de una comunidad, y entre comunidades.

Octavo: el tekó porá, vivir bien y bello, con interacciones comunitarias y en sintonía con el resto paisaje, es decir: el ser humano integrado en el monte, el río, con las demás expresiones de la naturaleza.

Noveno: la Pachamama, madre tierra en armonía, que nos contiene sin distinción, y nos genera esa conciencia de ser manifestaciones de un todo, por encima de fronteras y fragmentaciones, y por eso con una actitud para la austeridad, para dar lugar.

Décimo: la tradición de la rueda de mate, el compartir no sólo el agua, la yerba, sino el ámbito, el momento, con la presencia de nuestros antepasados, de la Pachamama, para una comunicación auténtica que diluye espacio y tiempo y convierte a la ronda en un lugar venerable, donde cultivar sinceridad, amistad, conocimiento profundo.

Todas tradiciones vivas compatibles con el ubuntu, que nos muestran civilización exquisita donde la historia más difundida ha naturalizado esclavización, con el cuento del supremacismo.

En el ámbito artístico, el Movimiento De Costa a Costa y los Contrafestejos reúnen, enseñan, celebran, ensamblan, en base a las culturas ancestrales del Abya yala y del África, como una demostración de los estímulos del compartir, por sobre el competir.

También en el deporte

La mirada integral permite advertir armonía, equilibrio, compensación en la vida social y natural. Visión de cuenca, donde podemos apreciar juntos el río, sus afluentes, sus costas; y así sus peces, poemas, ritmos, aves, luchas, flores, alimentos…

Y bien: esa mirada integral es la que lleva a nuestros pueblos ancestrales a tomar lo que necesitan, pero con mesura, pidiendo permiso. Al fin y al cabo, como dice el poeta, si hay leña en el suelo no voy a cortar un árbol. Y desde esa misma óptica, en un partido, cualquiera sea el deporte, aún en una competencia, apenas nos distanciemos metro y medio y logremos mirar al adversario como el compañero que es (sin el cual no jugaríamos), y alcancemos a apreciar sus metas, virtudes, logros, frustraciones como nuestras victorias y nuestros fracasos, advertiremos que ni la celebración ni la amargura nuestras deben llevarse al extremo de ignorar lo que ocurre en el conjunto.

De ahí que recordemos con satisfacción dos actitudes del deportista Lionel Messi cuando se sentó a conversar con su amigo brasileño derrotado, en la Copa América, y cuando impidió que sus compañeros cantaran burlas. Ahí la sabiduría que no se aprende en los libros, se mama en la comunidad.

Sergio Cachito Vigil, Marcelo Bielsa y José Pékerman son tres deportistas de élite, reconocidos por sus condiciones excepcionales, y ejemplos de esa otra mirada integradora que interpreta la verdadera dimensión del deporte como juego colectivo de relaciones amistosas, respetuosas, vibrantes, no sólo en la niñez y la juventud sino en todos los planos.

Han quedado las mentas de aquellas veces que Bielsa y Vigil sugirieron devolver un gol, en sus respectivos deportes, cosa que en las personas con formación comunitaria no requiere esfuerzo. O de la organización solidaria de los equipos de fútbol del entrerriano Pékerman.

“He reflexionado mucho sobre lo que significa triunfar y lo que significa fracasar -dice Bielsa-; creo que éxito y felicidad no funcionan como sinónimos, hay gente exitosa que no es feliz y hay gente feliz que no necesita el éxito para serlo… La producción se mide en función de las posibilidades, no exclusivamente en función de los logros; tiene que haber una relación entre lo que una persona posee antes de empezar y adónde llega, pero estamos acostumbrados sólo a valorar a aquel que llega más arriba”, se lamenta.

El paranaense José Eduardo Seri escribió un “Poema celebratorio de los seres y las cosas”, en el que agradece: “Y la casona antigua/ que me gusta habitar:/ vecinos sin querellas,/ puertas de par en par”.

Eso de las puertas abiertas nos llevó a llamar “Mundo zurdeño” (en memoria de un artista de excepción apodado el Zurdo) al universo comunitario con lugar para el monte, el trino, la serenidad, el debate amistoso, el mate amargo, las artes, el silencio fecundo, los saberes perennes, los oficios, donde el éxito y la competencia y la posesión resbalan, desentonan.

Seri celebra al caballo, al sauce, al grillo, se abre al entorno: “Y el pájaro barrero/ que, en la labor febril/ declara su entusiasta/ vocación de albañil./ Y la flor encarnada/ del ceibo federal:/ distintivo elocuente/ del pueblo nacional./ Y la mísera hormiga/ que, a pesar de ser ruin,/ puede llevar un mundo/ de confín a confín./ Y el río iluminado/ que cambia de color/ y es maravilla plena/ de soledad y amor”./ Y el granito de arena/ que, como el de la sal,/ revela un diminuto/ planeta de cristal”.

Se ha dicho con razón que quien goza por el triunfo o la buena gestión del otro ya ha triunfado. Festejar al semejante, celebrar no sólo a la persona, sino al grupo, al contexto, sacándose uno del centro. El poeta advierte la compañía y se asombra. Lo hace también en “Luz de Provincia” el gualeyo Carlos Mastronardi: “Leguas, y en ese brillo la torcaz y el aromo,/ pausado el movimiento del otoño flotante,/ y luego auroras de agua, temporadas de sombra/ y el tedio hacia las tardes que los vientos deshacen”. Como queda a la vista, y al oído, en los lugares apacibles con el horizonte a mano fluye la simbiosis del ser humano con su entorno.

Hospitalidad, grupo, alegría

Marcos Sastre vio esta condición en nuestras familias. “En los campos y en las islas del Paraná, del Uruguay y del Plata, como en los pueblos antiguos, el huésped es siempre acogido con respeto y alegría, servido y obsequiado con perfecto desinterés. Él os recibe con el cariño de un hermano, de un padre, os introduce al seno de su familia, sin preguntaros quién sois, os cede su propio lecho, os sienta a su mesa con regocijo, parte con vos, sin admitir recompensa, sus escasas provisiones, y todo esto lo hace él, lo hacen su esposa y sus hijos con tan buena voluntad y tanto gusto, que os encontraréis contento y feliz y no podréis dudar que aquellos corazones gozan, al serviros, de la más pura satisfacción”.

Hospitalidad, minga, trabajo grupal y celebratorio, ¿qué parte de nuestra condición no entiende la modernidad competitiva colonial que nos quieren clavar?

Hay que volver a Martiniano Leguizamón para tomar dimensión de la minga en el suelo entrerriano. Labores esforzadas, juego, beberaje, humor, guitarras, pericones, amoríos: fiesta en suma. Con la llegada de las máquinas, dice, “al renunciar a los procedimientos primitivos y rutinarios se han borrado casi totalmente esos rasgos de desinterés, ese desdén altanero y bizarro por las riquezas”, que caracterizaba al criollo. “Ya no hay mingas en mi tierra!”, lamenta Leguizamón. “Ya no resuenan en las noches de verano bajo la trémula claridad de las estrellas, las músicas, las danzas y los cantos con que se festejaban las felices faenas de la tierra”.

Ni endiosar lo individual ni trabajar al modo de un esclavo; celebrar el encuentro sin ganarle a nadie: saberes largos como “memoria del futuro”, al decir de un mallorquí paraguayo sobre el patrimonio cultural guaraní que se resume en el jopói: manos abiertas mutuamente.

Según otro amante de los ancestros, la educación, en lugar de promover nombres y triunfos personales, al modo tojolabal debiera nosotrificarnos.

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