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Alberto podría romper huevos para unir la masa desgranada

Medidas que podrían cerrar grietas y generar expectativas imprevistas para frenar la decadencia, en lo interno y en el ajedrez internacional.

Lunes 11 de Noviembre de 2019

¿Cuáles serán los huevos que romperá Alberto Fernández para alcanzar algún grado de unidad de esta masa dispersa llamada Argentina?

En comunidades en disolución cada cual tira para su lado, con el riesgo de pintar un paisaje de caranchos sobre un cadáver. Ya sabemos qué aves de pico encorvado han mordido partes sabrosas en nuestro país, pero ahí estamos también los periodistas (el burro adelante), los sindicalistas, los políticos, las diversas corporaciones, los intelectuales, tratando de llenar también el buche.

Habrá infinidad de vías sin dudas para cultivar empatías que duren más de cien días, y que permitan borrar esta imagen carroñera. Veamos algunas: por ejemplo, buscar un objetivo común por la positiva. ¿Cuál sería? ¿Con marcas internas o externas?

El ambiente espera

Si aspiramos a cuidar el ambiente, el Estado no puede hacer de Vaca Muerta el inflador del país, como se pretende. El fracking tiene una serie de contraindicaciones y el presidente electo Alberto Fernández ha dado señales de que apuesta a la extracción no convencional como un motor para los recursos del Estado. Debe creer que los opositores al fracking son por ahora minoritarios y le dan margen.

Si el huevo de la unidad fuera el ambiente sano tampoco puede promover los récord de transgénicos con insecticidas y herbicidas. Es difícil pensar, pues, que la mezcla para la unidad será la defensa ambiental.

Supongamos que con Alberto ponemos proa a la tecnología de punta. ¿Cómo competir con China y Estados Unidos, atados como estamos por la deuda externa? Ellos nos quieren produciendo granos y carnes, y hoy tienen voz y voto, por las malas acreencias y peores urgencias. Habrá que buscarle la vuelta.

El huevo puede ser también, por la negativa, el combate al capital financiero internacional, contra el endeudamiento y sus responsables internos y externos. En este punto, Alberto Fernández es una incógnita pero en principio, aunque diga que no se puede pagar en los términos actuales, parece rodearse de nombres más o menos clásicos, lo que hace pensar en una renegociación, como lo esperan casi todos, incluso el FMI, y poco más. En verdad no sabemos. Investigar, denunciar la deuda fraudulenta y atribuir responsabilidades no parece en los planes.

Podemos dar cincuenta ejemplos para alcanzar esa ansiada unidad tras una meta noble (dentro del sistema actual de partidos burgueses con mayoría electoral). Pero vayamos a objetivos en común por la negativa: ¿y si la gestión Alberto busca un enemigo externo para encolumnarnos? Todos contra Jair Bolsonaro, por caso. Eso no parece lógico, si somos tan interdependientes con Brasil. Además, los argentinos no tenemos pica con Brasil, y el empuje que varios dirigentes están dando al Grupo de Puebla, de línea lula-chavista, con el ingrediente fundamental del mexicano José Manuel López Obrador, nos habilita a suponer que se buscará la armonía.

Cuando Estados Unidos atacó Irak se hizo una consulta en las poblaciones del sur de nuestro continente Abyayala y el país con más antipatía con los Estados Unidos de América resultó ser la Argentina. ¿Hemos cambiado? Los partidarios de diversas líneas políticas coinciden en esa aversión, por razones y sentimientos que en nuestro país se potencian. Sin embargo, la llave que tiene Donald Trump(o quien sea) sobre el FMI nos está ablandando la boca de entrada. Se nota en el cuidado que puso Alberto Fernández en México para referirse al rubio yanqui.

Las Malvinas, una fija

Si no es Estados Unidos, y tampoco es Brasil, no parece que nos enemistemos con Europa cuando tantos argentinos/as sienten una suerte de debilidad por sus abuelos, y no tenemos elementos irritantes, inmediatos, con esos países, para ponerlos en función del carisma de un dirigente de tipo “nacionalista”. La buena onda de Alberto con José Luis Rodríguez Zapatero y Emmanuel Macron sugieren alguna calma.

Tampoco serán China y Rusia, aliados seguros de los gobiernos que se enfrentaron con Estados Unidos; además será difícil arrear a los argentinos hacia una antipatía (que los una) por mera propaganda.

Así las cosas, aparece en nuestro horizonte Gran Bretaña. ¿Cómo responderíamos los argentinos si Alberto Fernández se pusiera serio con la causa Malvinas?

Gran Bretaña es un león nervioso en estos días. No sabe cómo salir de su encierro con el Brexit, y necesita amigarse con alguien. Los kelpers mismos se muestran ansiosos por saber cómo repercutirá el divorcio en las islas, cuando viven de exportar a Europa.

Fernández podría poner el ojo en una aspiración fogoneada durante casi 190 años en el país. Gran Bretaña haría entonces el papel de huevo en el plano internacional, para unirnos. Estamos hablando en términos diplomáticos, y con foco en un problema que no inventaría el gobierno, sino que existe y que sus antecesores ocultaron o menospreciaron.

¿Denunciará Alberto Fernández los Acuerdos de Madrid, que nos declaran siervos, esos tratados de la derrota firmados hace 30 años, que ningún gobierno anterior se animó a tocar? Es probable, y este es el momento. Sería un huevo de ñandú, a los fines de la amalgama. Y Alberto será sinuoso pero no tonto, sabe que en determinadas ocasiones no hay mejor defensa que un buen ataque. Anunciar la liberación, contra esos textos coloniales, cuando se cumplan 30 años del segundo Acuerdo en febrero de 2020, sería un golpe de timón y de efecto que le daría a Alberto un margen notable para gobernar por un buen tiempo. No hay que olvidar que los peores gobiernos del país mantuvieron en alguna medida la llamita encendida, aunque ninguno se animó a más que gritar dos palabras. Con excepción de un grupo de pretendidos intelectuales porteños, la mayoría de los argentinos tiene latente una como deuda con las Malvinas.

Si el enemigo vuelve a ser Gran Bretaña (como lo es, mientras mantiene millones de kilómetros cuadrados de la Argentina bajo su mando por la razón de las armas), cualquier conflicto interno de la Argentina podrá restringirse en homenaje a ese objetivo superior incontrastable. No olvidemos que la coalición que alcanzó el poder llegará a diciembre con dificultades, algunas de ellas vinculadas a los requerimientos del Poder Judicial sobre la vicepresidenta electa.

Líderes de Gran Bretaña han declarado, y en forma reiterada, que a la Argentina hay que humillarla, y ese imperio puede hacerlo junto a sus socios de Europa y los Estados Unidos… pero en política hay amores y desamores,inteligencias y desinteligencias, de modo que además de las pocas fuerzas propias (en la Argentina) hay que saber mirar las pequeñas debilidades ajenas. Si nos enfocamos en Gran Bretaña hoy podemos, dicho mal y pronto, matar dos pájaros de un tiro. Entonces Alberto dejaría de ser, de un cimbronazo, el compañero de fórmula, y a la vez rompería con la memoria de su adhesión a la filosofía de Domingo Cavallo (uno de los promotores de esos acuerdos infames).

Capital y latifundio

En el plano interno, ¿cuál será el huevo? ¿Buscará Alberto por el lado del consumo de productos hechos acá, que tantos adeptos convoca? ¿Y cómo sustituir importaciones sin hacer cosquillas a los poderosos del mundo, obsesionados en vendernos desde la licuadora hasta el felpudo, a cambio de soja? ¿Y cómo promover el consumo y a la vez contener la inflación?

En política por ahí se necesitan impactos, y en algunos rubros conviene trabajar en silencio para no despertar monstruos.

Hay banderas antiguas y vigentes que pueden generar debates y atravesar sectores. Por ejemplo: volver con la antigua filosofía artigueña que llama a trasladar la capital del país. Los tres poderes, o uno. Eso generaría un debate más o menos amistoso por un par de años, si incluimos la necesaria reforma constitucional. Sabemos de radicales que se sumarían, sabemos de peronistas que han mirado con buenos ojos esta idea, de manera que a los clásicos del artiguismo que (gracias a la colonización interna) son pocos, se agregarían masas de partidos mayoritarios.

Eso también permitiría llamar “federalismo” a medidas emparentadas con las Instrucciones del Año XIII, cuando el sistema impositivo y de coparticipación no da señales de mejorar las autonomías, menos aún con el endeudamiento que padece el Estado nacional. Y cuando la provincia de Buenos Aires ya ha logrado que distintos sectores miren las cosas de acuerdo al cristal de esa provincia que, con la capital del país, coloniza al resto del territorio.

Bajar los ingresos de jueces, legisladores y funcionarios, con un techo para el presidente, lograría también adhesión en la Argentina. Y podría generarse, con la adecuada propaganda, un clamor creciente por la reforma constitucional que decíamos. Sería otra excusa movilizadora, con metas que puedan ser atractivas en el plano de las promesas.

Y bien: digamos en este punto que las presentes especulaciones se justifican porque Alberto Fernández no ha adelantado su modelo. Al tiempo que menosprecia a los que no votaron a su partido (entrevista con Rafael Correa), admite que el país saldrá con el esfuerzo de todos (visita a la CGT), y da señales claras, sí, de unidad con los países de la región con un estilo más lavado que el chavista, pero emparentado.

Convengamos también que para los que tienen buen olfato, los términos de la unidad y el silencio sobre las bases programáticas dicen más de lo que se cree. Solo desde la candidez puede esperarse que la gestión Alberto sea más de lo mismo.

Una meta que puede generar adhesiones, incluso en lugares impensados, es el necesario ataque a la concentración de la tierra. Si Alberto pone en la mira a los sectores que acumulan más de 10.000 hectáreas y hasta 1 millón en una sola empresa o persona, cientos de organizaciones saldrán a respaldarlo. No solo los seguidores de algunos llamados “piqueteros”: también algunas organizaciones de productores, y ni hablar de los sindicatos. Claro que, sin principios socioambientales, sería una reforma clásica con flancos débiles. Los derechos de la Pachamama por ahora quedan, en el mejor de los casos, en los papeles en toda nuestra región.

Sucesivos relatos

Estamos hablando de opciones dentro del campo visual de un frente de partidos en el gobierno y una oposición dentro del capitalismo y más o menos en línea con el sistema. Hay medidas justas y necesarias que no están mencionadas aquí. Pero, para lo que se espera, estas opciones señaladas pueden oxigenar un tiempo la gestión Alberto, en tanto el presidente electo reniega con las herencias (en las que él mismo y los suyos tuvieron su cuota de responsabilidad, claro). Una vez que, ya en el gobierno, diga la frase mágica: tierra arrasada, entonces empezará a tejer confianza y compromisos. Hay partidos de izquierda, hay sindicatos, hay partidos de centro, hay economistas más o menos protagonistas del neoliberalismo, hay funcionarios ligados a mineras, las petroleras y los agroexportadores de los agronegocios, y es probable que los proyectos sostenidos dentro de los movimientos feministas tomen mucha de la energía social. ¿Cómo sostener esta mezcla?

No vamos a pedir verdades en los relatos del poder. Cada sector, en el poder, toma los argumentos que considera necesarios para sostenerse, en las góndolas de argumentos que son muy nutridas y dan para todo.

Pero mientras se lucha por imponer relatos, con la verdad siempre en otro plano, es probable que el poder deba romper algunos huevos para asegurar la integridad de esa masa llamada Argentina. ¿Y si es el trabajo? Ojalá. ¿Habremos aprendido algo de nuestros propios tropiezos?

Por lo pronto, no son pocos los dirigentes sindicales que ya sacaron la pata del acelerador porque consideran que el presidente nuevo es un aliado de ellos. El presidente actual fue el huevo que permitió (por el espanto) la unidad del frente que se avecina. Tal vez la gestión que viene lo siga usando, quién sabe. La estrategia de la grieta por ahora ha dado resultados en los sectores que se alternan en el poder, pero esa cierta paz de los sepulcros tiene fecha de vencimiento. Que lo digan los chilenos.

Todo esto podría ser desarrollado en extenso. Sin embargo, y para enfocarnos, no habría que perder de vista lo que dijimos: el huevo de ñandú.

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