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"Al principio fue de terror, pero me enamoré para toda la vida"

Las reglas y fórmulas de un decir milenario, apto para víctimas de pánico escénico. La escuela original del Paranatecuento

Domingo 02 de Junio de 2019

Cotidianamente Víctor Villarraza sale de su consultorio odontológico –donde dice que “tortura gente”– y suele sumergirse en la lectura y el relato, universos aparentemente irreconciliables que transita sin conflictos, aunque últimamente, confiesa, el aspecto artístico está inclinando la balanza.

—¿Dónde naciste?
—En Paraná –el 23 de abril de 1972–, justo cuando mis viejos se habían mudado a calle Feliciano, donde para mí –en la infancia– era como que terminaba la ciudad, porque estaba el ferrocarril

—¿Hasta cuándo viviste allí? —Hasta que me fui a estudiar a Córdoba, aunque luego volví, intenté irme del país en 2001, no fue exitoso, volví y tengo el consultorio ahí.

—¿Podías trasponer el límite del ferrocarril?
—Era todo campo, pasar “la frontera”, andábamos en bici y explorábamos lugares nuevos.
—¿Otros juegos? —Me gustaba imaginar y jugar a la guerra, a titanes en el ring –yo era el androide–, y mucho solo –a los vaqueros o ser superhéroe– ya que no dormía la siesta.

¿Qué otra característica tenía la zona en aquel entonces? —El pulmón de esa área fue la plaza Sáenz Peña, así que era como la periferia de ella –no obstante estar a tres cuadras. La calle no estaba arbolada, era muy tranquila, y con casas muy antiguas de frentes altos y con molduras –en la mía unos leones. El Sol se veía distinto y era como que calentaba más. En los últimos años crecieron muchos árboles, y se siguen perdiendo casas antiguas y se hacen edificios. Cuando era chico a la siesta sólo pasaba el heladero y ahora es impresionante el tránsito.


—¿Materias predilectas?
—Biología y Literatura –aunque no tuve buenos profesores que me entusiasmaran. Tenía que estudiar algo rentable (risas) y no desafié el mandato.

—¿Cuál era la actividad profesional de tus padres? ]
—Mi viejo –de María Grande– fue bioquímico pero tenía unas hectáreas de campo de mi abuelo –quien tuvo almacén de ramos generales– y a los 40 años le dio por estudiar para técnico agropecuario por correspondencia. Se enamoró más del campo, así que en sus últimos 30 años se dedicó exclusivamente a eso. Mi vieja es profesora de Inglés.

—¿Cómo transitaste lo inconciliable del mundo narrativo y los libros, y la Odontología?
—También me gusta, amo las dos cosas y nunca me resultó algo demasiado problemático. Aunque ahora cada vez me gusta más narrar que ser odontólogo.

Un oficio particular

—¿La primera aproximación fue al Paranatecuento?
—Sí, ya de grande y cuando en ese ambiente era sólo un espectador. Hasta ese momento subía a un escenario y me daba terror. Me da pánico escénico actuar. —No obstante –en el algún punto– al texto lo estás pasando por el cuerpo

—Entiendo todas las similitudes que hay ya que he leído a cuanto autor de teatro existe, e incluso he narrado teatro. Mi primer espectáculo grande fue Tito Andrónico –de William Shakespeare–, un texto teatral, pero al descubrir la narración descubrí que era mi manera –no representar un personaje. Soy Víctor quien cuenta historias de otros y no podría tomar la primera persona en componer un personaje. Nos pasa a la mayoría de los narradores y estamos haciendo una reflexión teórica al respecto.

—¿No es también interpretar que tu narración sea distinta a la de otro, y el hecho de que se hace en un espacio escénico?
—Sí, por supuesto, es muy personal. Cada cuento es distinto según el narrador que lo cuente, pero dentro de eso se aprende a que el oficio se basa mucho en respetar ciertas reglas –aunque no se diluya la interpretación–. Pero está más basado en la comunicación con el otro que en el ensayo de querer forzar algo –como el actor, que quiere deslumbrar. Es un oficio diferente y el acento está puesto en que el cuento sea distinto según quién escucha. Un narrador nos dijo que le gustaba incorporar no solamente dos personas –una narrando y otra escuchando, como acto completo–, sino una tercera como “testigo” –que también lo puede ser el narrador–. De esa forma el cuento se puede dar entre el personaje –quien “sale” y cuenta partes de una historia– y quien la

—¿Hasta cuándo viviste allí?
—Hasta que me fui a estudiar a Córdoba, aunque luego volví, intenté irme del país en 2001, no fue exitoso, volví y tengo el consultorio ahí.
—¿Qué otra característica tenía la zona en aquel entonces?
—El pulmón de esa área fue la plaza Sáenz Peña, así que era como la periferia de ella –no obstante estar a tres cuadras. La calle no estaba arbolada, era muy tranquila, y con casas muy antiguas de frentes altos y con molduras –en la mía unos leones. El Sol se veía distinto y era como que calentaba más. En los últimos años crecieron muchos árboles, y se siguen perdiendo casas antiguas y se hacen edificios. Cuando era chico a la siesta sólo pasaba el heladero y ahora es impresionante el tránsito. —¿Podías trasponer el límite del ferrocarril?

—Era todo campo, pasar “la frontera”, andábamos en bici y explorábamos lugares nuevos.
—¿Otros juegos? —Me gustaba imaginar y jugar a la guerra, a titanes en el ring –yo era el androide–, y mucho solo –a los vaqueros o ser superhéroe– ya que no dormía la siesta. Los catalogaba… ¡y soy dentista! (risas).

—¿Los primeros influyentes?
—Era fanático –y ahora grabo audiolibros– de Julio Verne –cuyos libros me siguen atravesando por la aventura y la ciencia –que también me gusta. Tuve la colección Robin Hood, la de los Los Hollister, Alfred Hitchcock, Agatha Christie, Sherlock Holmes, Salgari, Robert Stevenson, Borges y Cortázar, sigo leyendo los clásicos y ahora poesía. En la Universidad descubrí los autores más contemporáneos.


—¿Qué hacías con lo que descubrías?

—Era un ejercicio imaginativo, me gustaba lo artístico pero nunca encontré un vehículo. En Córdoba la mayoría de mis amigos son actores, músicos y escritores, pero nunca encontré una vocación más allá que me crié viendo teatro y ensayos. Hasta que al volver a Paraná descubrí Paranatecuento y la narración oral, y pude compartir

—¿Leías? —Era y soy muy lector, es una conexión a otros mundos.
—¿Había libros en tu casa? —Sí y se perdieron muchos. Me prohibí comprar más, así que compro digitales –pero no es lo mismo. Seríamos como muchos actores en uno, y alguien que los dirige.



—¿Cómo se completa el hecho narrativo con quien escucha?
—Siempre contás mirando al otro y desde ese contacto o vehículo de la mirada, se completa y te modifica como narrador. Cuando miro a alguien mientras cuento, sé si se está aburriendo, si está metido y haciendo su película, o si le tengo que dar más tiempo para que vea las imágenes que genero o para reírse. El ritmo me lo da quien escucha. Ana María Bovo –una maestra narradora– asemeja el acto narrativo al frágil tremolar de la luz de una vela, que puede oscilar para todos lados, pero que no se apague nunca. Es lo que tenemos que cuidar. Vamos trabajando con núcleos de imágenes y conflictos, parte por parte, y en eso se asemeja al trabajo del actor, pero enseguida llega la necesidad de incorporar la figura de quien te está viendo.

—¿Nunca se llega a la acción, en términos teatrales?
—No se necesita, aunque hay narradores muy buenos que crean como un golpe de efecto al desplazarse en el escenario; hay quienes utilizan objetos, son estilos o máscaras de la narración. Pero lo que caracteriza es lo puesto en el otro, que quien escucha se haga su mundo, y no se le apague la imaginación.

—¿Cómo se ensaya?
—Vas haciendo una rutina: la mitad del tiempo busco nuevo material y leo, y los ensayos van de lo individual –con el texto– o de a dos –con Malena (Sarrot), quien hace de público, y yo le hago de oyente cuando ella ensaya–. Al principio ensayaba mucho solo – con el espejo–, pero Juan Moreno nos dijo que era nocivo.

—¿Por qué te das cuenta que algo funciona?
—No es una versión terminada del cuento sino que lo vas modificando cada vez que lo contás. Tenés un repertorio de 40 o 50 cuentos, y entendés las respuestas y cómo se modifican. Después de la quinta vez se cuenta, está tomando su versión definitiva.

—¿Has descubierto subtextos o entrelíneas estando en escena?
—Sí, muchas veces, pero es efímero, porque son cosas que funcionan en un momento determinado, o aprendés que cosas que pensabas que iban a funcionar, no lo hacen y tenés que modificar.

—¿Relatos que no te cansás de narrar?
—Dos o tres: Ulises –de James Joyce–, de donde rescaté un cuento en el cual es protagonista Gerty McDowell –una chica que está en la playa por donde pasea Mr. Bloom y pasan cosas. Siempre le encuentro nuevas imágenes y formas. También un cuento popular italiano de tres viejas y estoy narrando mucho de los hermanos Grimm, que siempre disparan nuevas imágenes. —¿Reacciones inesperadas? —Hay narradores que trabajan con el público y hacen un ida y vuelta –lo cual permite el cuento popular con juegos de palabras, adivinanzas, canciones o repeticiones. No es mi estilo pero a veces la gente responde o dice cosas.

La impronta de Paranatecuento


—¿Cómo fue la experiencia del Paranatecuento?
—Tengo que agradecer a mi prima Pamela –a quien no conocía–, quien me conectó con gente del Paranatecuento –a los que había ido a ver y me gustó mucho. Lo llamé por teléfono a Monchi Zonis y quedó en nada (risas), entonces Pame me conectó con Churi Chemin, quien me abrió las puertas. Estuve muchos años y pasaron muchas cosas.

—¿Qué aprendiste?
—Tenía una impronta muy fuerte que fue lo grupal –más allá de los egos que pudiera haber– y todavía persiste, lo cual no es fácil mantener para ningún grupo durante 25 años. Aprendí a compartir historias, la sistematicidad de juntarse todas las semanas, el concepto de rueda y me dieron la posibilidad de pisar los primeros escenarios –en una época cuando iba mucha gente. Aprendí de estar y verlos como espectador, hasta que fui poniendo lo mío.

—¿La primera vez?
—Un cuento de Onetti –llamado La araucaria– en el sótano del Bersa. Al principio fue de terror pero cuando escuché la primera risa, me dije que era lo quería hacer por el resto de mi vida. Son diez minutos que demora un cuento y pasás por una galería de sensaciones.


—¿Un narrador que te haya fascinado?
—Referentes, a nivel afectivo, cada uno de los del Paranatecuento –más allá de la virtuosidad o no. Luego, en primer término, Juan Moreno, con quien aprendí a narrar sentado. Es uno de los primeros narradores argentinos, un capo, que con su amistad y enseñanza me dio un panorama mucho más amplio de la narración, y me forjó un estilo de contar cuentos tradicionales y populares. Otras grandes figuras, Ana María Bovo, y Ana Padovani, que me ha hecho reflexionar sobre el uso de las manos. En teatro lo vi a Darío Fo, que además de actor es narrador, y Peter Brook, con su sabiduría ancestral y amor por cómo se pronuncian las historias.

La eficacia del cuento

—¿El tiempo establecido es por una razón técnica?
—Se siente una energía, por oleadas, viene una ola grande –el climax– y tiene que estar el final. Diez o quince minutos, porque es muy difícil sostenerlo. Ahora el stand up nos ganó y es menos tiempo. El cuento permite algo más que la risa: aterrarse y conmoverse. Por algo Borges escribió tantos cuentos.

—¿Se narran sólo cuentos?
—Se puede adaptar cualquier cosa a esa estructura aunque es mejor si narrás a partir de un cuento popular, un relato autobiográfico –que permite identificar al otro porque es una vivencia– o a partir de un cuento literario –lo nuevo que ha surgido para reinterpretar en palabras. El cuento es lo ideal porque los tradicionales tienen un saber cargado por años de historia, sabiduría, y energía popular y ancestral. Cosas de la boca

—¿Descubriste algo sobre la boca –como instrumento de fonación– que no sabías como dentista?
—La fuerza que tiene. Es por donde nos relacionamos con el mundo, desde los alimentos que ingerimos, circulan un montón de cosas, nos permite hablar, emitir sonidos, nos amamantamos, besamos, sentimos… es un terreno muy particular del cuerpo y de la vida. Todo eso se refleja en la oralidad y los cuentos, como el caso del lobo feroz que se traga a la caperucita… La lengua –que veo muchas a diario– es un órgano raro, resulta tan potente y permite modular sonidos, canciones y palabras.

—¿En qué te modificó saberlo?
—En querer y cuidar más a mi boca, aprender a conocerla más desde el lugar funcional y no anatómico –que en la facultad está muy escindido. En mi profesión veo colegas que pretenden solucionar – por ejemplo– el bruxismo con una placa de relajación, lo cual es un verso. Vos sabés que para relajar las tensiones que se acumulan a nivel muscular hace falta mucho más que una placa, un trabajo serio. La ciencia y el arte tienen puntos de coincidencia, y otros en los cuales la academia te encierra en un pensamiento limitante que no es la verdad para nada.

—¿Alguna actividad para anunciar?
—En julio, Cuentos a la hora del té –con Malena Sarrot. Venimos de narrar en la Feria del Libro, lo cual fue movilizante y lo estamos procesando. A fin de año haremos el segundo Encuentro de Narración Oral en Entre Ríos


De los griegos a hoy, una fórmula eficiente

Villarraza reseña aspectos históricos en torno al narrador, desde cuando en Grecia cantaban epopeyas hasta el actual artista escénico, actividad que en primera persona define como “un cruzado que quiere darle sentido a cada palabra”.

—¿Qué reseña sintética se puede hacer sobre la figura del narrador?
—Tomé un taller con Juan Martín Tapia –narrador y filósofo– en la Feria del Libro y nos habló que entre los griegos los aedos eran grandes figuras porque trasmitían a la gente el mensaje divino de las musas; luego pasó a ser dentro de los palacios, para los reyes, a través de los juglares, y estaba el narrador popular que contaba cuentos tradicionales. Pero con la escritura, la imprenta, la prensa y los me dios de comunicación, la figura del narrador –como reservorio de historias tradicionales– desapareció, hasta que a partir de 1970 hay un revival del narrador oral urbano, a través de la cuentería popular –como en África, Centroamérica y Colombia–, y luego comenzaron a contar cuentos de la Literatura. Hubo una síntesis y se modeló el narrador escénico, como movimiento nuevo.

—¿Cuál es el denominador común?
—La capacidad de presentar usando solamente la palabra, la voz, el gesto facial y el ademán con las manos, y permitir que quien te escuche forme sus propias imágenes en la cabeza. Eso entronca la figura del narrador a lo largo de toda la Historia, más allá de las descripciones antropológicas y filosóficas. Permitir que el otro –con recursos muy simples– se haga una película, desde los griegos hasta hoy, sin necesidad de escenografía o música.

—¿Cómo es el trabajo con los audiolibros?
—Hace tres años que descubrí una plataforma gratuita que se llama https://librivox. org/, que son libros en dominio público, donde voluntarios de todo el mundo graban y editan. Es una forma de transformar todos los libros de dominio público en audio. Me ha permitido experimentar con las voces y narrar novelas, y reencontrarme con libros que leía cuando niño. —¿Tu reflexión sobre la vigencia de la palabra en un contexto que la devalúa constantemente y es amenazada por la imagen?

—En un mundo con una cultura audiovisual tan potente parece imposible competir contra una película o Youtube, pero paradójicamente la figura del narrador crece. Frente a los medios y las redes que pueden llevar tantas mentiras, y también porque tomamos palabras de otros idiomas, nuestra tarea es rescatar el valor de las palabras, Me siento como un cruzado en cuanto a cargar de sentido a cada palabra que digo y aprovechar todo el idioma. Que lo devalúen otros.












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