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Agustina San Millán

Agustina San Millán: "Usamos, tiramos y dañamos, más allá de buenas intenciones"

Diálogo Abierto con la profesora Agustina San Millán. Menstruación, compostaje y cantidades de basura. El secreto de las seis "r". Cambio y emprendedurismo

Domingo 15 de Noviembre de 2020

Contrariamente a tanta militancia fraudulenta, de toda laya y especialmente la del progresismo de pacotilla, la profesora Agustina San Millán hizo su revolución personal para luego compartir la experiencia a través de los extraordinarios recursos de las redes sociales, y de otras formas de activismo y compromiso. A partir del inicio en el vegetarianismo, comenzó a revisar permanentemente cada uno de sus hábitos de consumo y los reemplazó o modificó por alternativas amigables con el ambiente y la sustentabilidad, un concepto que cuestiona en su uso generalizado y marketinero, y para el cual propone una resignificación adaptada a cada entorno y caso individual.

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En casa y sin Naturaleza

—¿Dónde naciste?

—En Maipú, un pueblito de la provincia de Buenos Aires, me crié en Río Gallegos desde los 2 años y hace 12 que vivo en Paraná.

—¿Cómo era tu barrio en Río Gallegos?

—¡Uh, tocaste una fibra íntima, porque no me gusta Río Gallegos, ni volvería, sin ofender a nadie! Tengo familia y mis viejos allá. Es mucho menos verde que Paraná, agreste, frío, ventoso y en la ciudad no hay tanto paisaje, salvo yendo hacia la cordillera. Por eso me enamoré del verde y brillante de Paraná. Estaba mucho en casa porque no hay mucha vida al aire libre, ni contacto con la Naturaleza, salvo un campamento al año con la escuela. Todo esto forja la personalidad. Cuando vine a los 18 años sentí que toda la gente era muy cálida pero ahora ya digo que soy paranaense (risas).

—¿A qué jugabas?

—Juegos de mesa, con mis dos hermanas, nos disfrazábamos, pintábamos y hacíamos manualidades. Leía mucho, aunque perdí el hábito.

—¿Tus lugares de referencia?

—El Chaltén y el glaciar son mis lugares favoritos, donde íbamos de campamento, mi barrio, mi escuela, pero estaba mucho en mi casa. El concepto de barrio como sentido de pertenencia comencé a vivirlo más acá porque allá no hay una relación estrecha entre vecinos.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi vieja es docente, jubilada, muy laburadora, y mi viejo es transportista de corta distancia.

—¿Libros influyentes de aquellos primeros?

—Muchos porque leí desde chiquita. Crecí en la época del boom de Harry Potter, ya que tengo 30 años. En ese momento no era muy conocido y me volví “adicta”.

—¿Por qué?

—Es atrapante por la forma en que están escritos y porque el personaje va creciendo con vos, aunque hoy no lo leería. Cuando lo hice tenía 10 años y el personaje también, así que “iba a la par” y los fui leyendo a medida que se publicaban.

—¿Sentías una vocación?

—Quería ser escritora y como profesión quedó en el camino, pero diariamente escribo mucho. Escribía cuentitos y poemas.

—¿Los mostrabas?

—No, no, me daba mucha vergüenza, aunque mi mamá me los espiaba.

—¿Qué te inspiraba?

—No sé; leía cosas que me gustaban y quería provocar eso en las personas.

—¿Sin mostrarlo?

—No sé… era más interno. Cuando tengo la mente atribulada escribo una carta para mí u otro, porque me ordena la mente.

—¿Lo guardás?

—Un tiempo, porque a veces me dan vergüenza (risas). Escribo en las redes sociales porque con la cuestión de la sustentabilidad hay mucho para educar y decir.

—¿Qué materias te gustaban?

—Lengua y Artística, y odiaba Educación Física y Matemáticas.

—¿Desarrollaste otra afición?

—Dibujaba, pintaba y diseñaba, y nuestros padres nos motivaban.

Estudio y motivación

—¿Qué elegiste estudiar?

—Un novio se vino a vivir a Paraná y yo no quería ir a grandes ciudades. Vine a estudiar Diseño de Indumentaria, que colmaba mis expectativas por lo creativo y artístico. Tuve materias que me generaron sed de estudio y el portugués me voló la cabeza, por eso soy profesora. Las humanidades siempre me interesaron, por sobre la parte práctica de la carrera.

—¿Qué mirada te aportó ese idioma?

—Se me cayeron muchos prejuicios e ideas preestablecidas respecto a esa cultura.

—¿Qué idea de desarrollo profesional te hiciste?

—No me gustaba diseñar vestidos sino la parte textil del diseño, o sea la producción, intervención y teñido de los tejidos. Dejé de hacerlo, pero cuando tuve un despertar ambientalista esas herramientas me auxiliaron para armar mi laburo. En cuanto al portugués, me recibí el año pasado y me fui enamorando de la docencia, también lo soy en primaria con un taller de juegos hechos con materiales reciclados, aunque había dicho que no sería docente, como mi mamá (risas). Me formé en varias cosas y les fui encontrando la relación.

La tortuga y el sorbete

—¿Cuál fue la primera aproximación a lo ecológico?

—Siempre me consideré interesada pero muy general, como lo dice todo el mundo, pero profundicé por lecturas y blogs de las redes sociales. Me crucé con el video de una tortuga a la cual le quitaban un pedazo de sorbete de la nariz, hice un clic y me pregunté ¿cómo sé que ese sorbete no lo usé yo? Usamos, tiramos y termina en esos daños, más allá de nuestras intenciones. Comencé a profundizar en lo que hay detrás del consumo, como experiencia personal y cambié hábitos cotidianos, aunque ya no comía carne, por el impacto ambiental y crueldad de la ganadería intensiva, comencé a compostar los residuos orgánicos y a usar la copa menstrual, un gran cambio por la disminución del volumen de contaminación que produce. Me crucé con el estilo de vida llamado zero waste (basura o desperdicio cero), que procura hacer cambios individuales para reducir al máximo la generación de basura, entendiendo que el mejor residuo es el que no se genera. Así, se rechaza la bolsa del supermercado y almacenes, y se tiene como aliados a objetos reutilizables para no necesitar lo descartable, el gran flagelo de estos tiempos. El plástico es un avance muy importante pero la cagada es que es un material proveniente del petróleo, un recurso no renovable, y dura 100, 500 o 1.000 años para usos de cinco minutos. Es un repensar qué consumo, cómo y de dónde viene. Y me familiaricé con conceptos como el de la huella de Carbono e hídrica, o sea por dónde pasó y lo que se necesitó para que un producto llegue a mí, y busqué alternativas.

—¿Un hábito muy naturalizado que luego te pareció totalmente irracional?

—Casi todos, aunque con algunos fue más shockeante o movilizante. Lo de la copa fue muy visible y palpable, también hay toallitas de tela, o para quien tiene hijo, pañales de tela, con telas más tecnológicas y broches. Cuando hablo de esto hay señoras que se espantan pero todo lo que vino no fue gratis sino que trajo aparejado un montón de problemas y por eso hay que ver cómo cambiar. La mitad de la basura que se produce se puede transformar en abono y tierra; siempre ando con una bolsa de tela, como si fuera mi cartera, aunque para el otro sea sinónimo de buen servicio ofrecerme una bolsa de plástico. Es un ejercicio en el que hay que estar dispuesto a incomodarse e incomodar al otro; alejarse del supermercado, ir a la dietética, la verdulería y la feria, incluso, quienes comen carne, llevar un Tupper a la carnicería. Cuando dejé la carne no me preocupaba mucho por los ingredientes de lo que comía, entonces comencé a entenderlo más integralmente, al igual que a los cosméticos y los productos de limpieza.

—¿Fue exclusivamente individual o te comprometiste como activista?

—Fue súper individual aunque comencé a volcarlo en las redes sociales, compartiendo los cambios en Instagram a modo de experimento, porque me ayudaba a mantener los hábitos. También publicaba una vez al mes una foto de los residuos que había generado, y cada vez iban siendo menos, más gente se fue “contagiando”, y me preguntaban cómo hacerlo, al igual que me nutría de experiencias de otros países.

La revolución de las seis “R”

—¿Alguna particularmente original?

—Me fascinó una chica (Lauren Singer, neoyorquina) quien mostraba su pequeño tarrito de basura generada durante dos años. También Bea Johnson, quien me inspiró mucho en ese sentido.

—¿Cuál es la clave de semejantes éxitos en cuanto a la basura cero?

—Hay una fórmula que si la aplicás en el día a día, ves los resultados. Es el esquema “de las tres R” que por aquí se ha reformulado y se habla de cinco o seis “R”. Es una pirámide invertida en la cual se comienza por rechazar, reducir, reutilizar o reparar, reincorporar y reciclar. Lo que no puedo rechazar trato de reutilizarlo, por ejemplo la bolsa de plástico, si no puedo, la reciclo… lo final es el descarte, que pasó por todos estos filtros y tampoco se pudo compostar. No tiene nada que ver con el actual que es “no me sirve, lo tiro”, “no me sirve, lo tiro”… sin ninguna reflexión sobre cómo llega ese producto a mi casa, qué pasará con él, si es posible reciclarlo y a quién le llegará mi basura. El papel es reciclable, pero si se juntó con yerba, no se puede. En mi caso, a lo orgánico, el 50 o 60 por ciento de lo generado, no lo considero basura. ¡Fijate lo que se podría reducir si esa basura no saliera a la calle! La ciudad sería muy diferente.

—¿Coincidís en cuanto a que el concepto de sustentabilidad está bastardeado y hay que resignificarlo?

—Lo que señalás se llama greenwashing, que es cuando alguien te quiere meter por ecológico o verde algo que no lo es, o cuando una marca, compañía o empresa, que no tiene prácticas necesariamente sustentables, larga una “línea verde” para que te quedés contento, pero con todos sus otros productos hace desastres. Sin embargo, cada vez más personas se apropian del concepto y lo hacen carne día a día. No puede haber un solo concepto de sustentabilidad sino que hay que adaptarlo a cada contexto y a mi vida. Hay gente que no te cree que solo generás una bolsa de basura por año, te quiere hacer pisar el palito y te pregunta “¿qué hacés con los fideos”. Entonces contesto que no los consumo, porque también hay que revisar la cuestión nutricional. Por eso, la familia que solo tiene para la canasta básica no se fijará en eso, pero puede lograr otros grandes cambios como el compostaje o tener una huertita, en macetas o en un pedazo de patio. La tarea es tomar los conceptos y ver cómo aplicarlos a mi vida, sin negar que hay personas que no lo puede hacer. Yo pude elegir dejar de consumir ciertas cosas, como el rollo de papel para servilletas, los sorbetes y los tenedores de plástico, y comprender, por eso trato de que las ideas que trasmito sean muy didácticas.

La bolsa y el Tupper

—¿Cuál de tus pequeños grandes cambios generaba más incomprensión en el entorno?

—Cuando iba a una dietética o lugar donde venden suelto y pedía que me llenaran mi frasco o bolsita de tela, o en la panadería, donde voy con un Tupper. ¿Por qué si intercambiamos el envase de cerveza no hacerlo con otros productos? En reuniones, me he llevado residuos porque sabía que no los separarían ni reciclarían y la gente decía “¡está loca!”. Ahora está de moda el full track de comidas (venta en camiones) y yo llevo mis cubiertos.

—¿Qué recomendás para quien no tiene demasiada consciencia e información, pero quiere abordar el problema de su basura personal y compostar?

—Hay que tener ganas y dejar las excusas de lado: en el mercado de Paraná hay composteras, de diferentes niveles, que te solucionan la vida si no querés andar luchando con un cajoncito de madera o hacerlo en el patio. Quien vive en un departamento puede invertir en ello. No hay compostaje bien o mal hecho, lo podés corregir y aprender de los errores. Con esto, tenés la mitad de basura que no sale a la calle, y abono para las plantas. Cuando me dan una cucharita, una bolsita o un vasito hay que pensar cuánto lo usaré. Para los cumpleaños hay mucho mercado de lo descartable y gente con tres hijos, por ejemplo, hace tres compras distintas. ¿Amerita semejante impacto ambiental de algo que usaré solo cinco minutos?

—¿Qué te parece lo más grave de lo observado en Paraná?

—El problema eterno es el de la basura; soy coordinadora en el Ecoclub Paraná y parte del equipo de proyectos de Eco Urbano, y la mayoría de los talleres que siempre nos piden en las escuelas es sobre eso, además que tenemos sobre cuidado del agua, arbolado urbano y dengue. Ahora está mejorando, pero hace un año tenía un montículo maloliente de basura alrededor del contenedor, imaginate en los barrios. Siempre estamos a un paso de que parece que lo vamos a solucionar, pero lleva tiempo. También está en agenda y la gente ha despertado más en torno a los agrotóxicos, la quema de los humedales y el acuerdo porcino con China. Pero todo confluye en lo mismo, porque es una cuestión sistémica, más allá de distintos intereses y contradicciones.

—¿Tenés página en Internet?

—En Instagram y Facebook, Las simples cosas, y mis redes personales.

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“Hay una idea romántica del emprendedor, y no es así”

San Millán encontró en su profundo cambio de vida, además de una forma más saludable consigo y con el ambiente, una posibilidad de ingresos económicos al comenzar a buscar, conocer y diseñar los productos necesarios para sostenerlo, con lo que también se convirtió en emprendedora.

—¿Tu emprendimiento nació por las necesidades propias y luego le buscaste la proyección comercial?

—Sí, surgió porque necesitaba reemplazar ciertas cosas como por ejemplo la copa menstrual, los cepillos para dientes de bambú, que luego van a parar a la compostera, el kit de cubiertos, servilleta y sorbete para comer afuera, la cosmética natural… Fui preguntando, consiguiendo, a la par daba charlas, tuve una beca para formarme en Chile en agente de cambio en hábitos sustentables y me conecté con organizaciones de acá. Finalmente terminé haciendo una selección de esos objetos y productos, con la garantía de que son totalmente naturales y compostables, más allá de que no hay ningún objeto que no tenga impacto ambiental. Me dedico más a la confección de bolsitas reutilizables y esponjitas tejidas, hay una chica que hace toallitas reutilizables y otra que elabora cosmética natural, de quienes tengo sus productos. Todo lo que ofrezco es para que dure mucho tiempo.

—¿Qué aconsejás a quien está por emprender su propio proyecto, de cualquier índole?

—No tiene nada de loco, es como cualquier trabajo, con pros y contras, te va bien, te va mal; hay que estar convencido de lo que se hace, plantear objetivos, conocer los límites personales, delegar y aprender a decir que no, más allá de que me lo pidan los clientes. Hay que ir de frente y ser transparente, que es lo que busco como consumidora y por eso lo ofrezco. Igualmente comparto el “detrás de escena”. El trabajo de emprendedor es bastante solitario, más allá de la gente que está alrededor, apoyando. Hay una idea bastante romántica sobre la cuestión y no es así, uno puede esforzarse y que no te vaya bien.

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