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Actores en el papel más importante de sus vidas

Juan Kohner y Gabriela Trevisani son pareja y actores de profesión. Entre ensayos, presentaciones y giras, crían a su hijo, Felipe

 

 

 

El abuelo vigila a Felipe, que salta entre los peldaños del Anfiteatro. “Yo los apoyo, muchas veces lo cuidamos con la abuela y la tía mientras ellos (los padres) ensayan. Pero, aparte, viajan mucho. Una vez habían ido a Uruguay. Felipe se despierta en un hotel en Montevideo y dice: ‘¡¿En la casa de quién estamos?!’”
Mientras el abuelo conversa conmigo, Felipe sigue explorando y practicando sus deportes extremos. Llega hasta el escenario, donde Juan y Gabriela ensayan diálogos de la obra que presentarán en poco más de una semana. Juan simula correr estáticamente, Gabriela le tapa la cabeza con una capucha negra. Se apuntan con pistolas de utilería. Se equivocan en alguna línea, y alzan la voz. Felipe se ríe de la escena, pasa entre medio de ambos sin interrumpir, y le da la mano a un esqueleto que también aparece en la obra. Cosas que a otros niños los harían romper en llanto, para él son parte de la cotidianidad familiar.
Gabriela Trevisani y Juan Kohner son pareja desde hace 11 años, y se conocieron gracias a su profesión actoral. Hace tres años y medio que llegó Felipe, su hijito.
“Él anda todo el tiempo para todos lados con nosotros. Su espacio más fijo es una juegoteca a la que va dos o tres horas por la mañana para socializar. Cuando nació Feli, con Gabi decidimos que él tenía que tener su espacio. Nosotros siempre fuimos bastante nómades, nos mudamos de casa cuatro o cinco veces, viajamos gran parte del año; y cuando Feli estaba por llegar, decidimos que alguno de los dos tenía que dejar un poco el trabajo para permanecer más tiempo con él”, relata Juan, mientras toma un trago de jugo y trata de recobrarse de la agitación, tras ensayar una escena de mucha acción.
Juan señala que siempre quiso que su hijo tenga una infancia como la que él y Gabriela tuvieron. “Nosotros decidimos esta vida de grandes, pero siempre tuvimos a nuestras familias y a nuestros viejos en un lugar, y eso estaba bueno”
Cuando nació el nuevo integrante de la familia, en marzo de 2011, Gabriela dejó la actuación por un tiempo, para poder amamantar y cuidar al pequeñito. Mientras tanto, Juan estrenó la obra “Fedra en karaoke”. Y con el correr del tiempo así fueron estructurando su trabajo, de tal manera que uno pudiera cuidar al bebé mientras el otro trabajaba.
“Cuando Felipe cumplió el año, ahí yo empecé a viajar de nuevo. Pero vamos turnando la agenda, ya no tenemos proyectos en los que estemos laburando simultáneamente”, explica Gabriela.
Pero ahora hicieron una excepción con “Amarillos hijos”, obra que ambos protagonizan y repusieron para el ciclo “Halo Griego” que Teatro del Bardo lleva a cabo los jueves, cada 21 días, en el Anfiteatro Héctor Santángelo.
“Después de que Gabi quedó embarazada, a esta obra la dejamos de hacer por un tiempo. A lo largo de estos tres años la hicimos muy esporádicamente”.

 

 

 

De tal palo…

 

 

Aunque Felipe es muy chico, ya manifiesta –y no tímidamente– signos de lo que podría llegar a ser su vocación. “Prefiero que sea contador, abogado”, dice Juan y se ríe. “No tenemos una pretensión, que haga lo que lo haga feliz”, añade.
Gabriela opina similar, pero relata que el pequeño tiene una inclinación hacia la música: “Un día le dijo a la abuela que necesitaba un violín, el cual saca y lo toca un rato pero se cansa. Todavía no le da la apertura de los dedos para tocarlo. Nosotros nunca le dijimos nada al respecto, no le inculcamos que sea ni actor ni músico. Pero en casa hay armónicas, tambores, melódicas, una guitarra. Todo eso el lo toca y aprende sobre los sonidos de cada instrumento. Anda para todos lados con la melódica. Pero nosotros no somos músicos, nuestros espectáculos llevan música y por ahí tocamos alguna canción”.
En ese momento, Felipe pasa por entre medio de nosotros, caminando al borde del escenario. Todos intentamos abarajarlo, pero él es escurridizo, así que nos quedamos casi inmóviles y no queremos hablar alto para que no se distraiga y erre la pisada. “...y, como verás, es un poco acróbata, se trepa en todos lados”, comenta Gabriela, una vez que el nene volvió a pisar firme. “Es bastante como el padre –añade Juan–, le gusta que le hagan caballito, hacer piruetas. Capaz que pinta más para el circo”.
Si bien la pareja es hija de una generación que intentó cambiar los parámetros de crianza y romper con los moldes, señalan que aún persiste el mandato de mandar a los hijos a estudiar una carrera formal.
“No fue algo que me hayan impuesto, pero cuando terminé el secundario no pude decidir dedicarme a la actuación, aunque me apasionaba el teatro. Tuvo que pasar un tiempo, estudié otra carrera, me recibí, soy técnico radiólogo, nunca ejercí, y recién ahí me dije ‘esto no es para mí, yo voy a hacer otra cosa’. Después descubrí una mecánica para vivir más o menos del oficio, y conseguí esta falsa seguridad económica que uno necesita para desarrollarse. Se supone que una profesión formal te da esa seguridad, que si sos contador vas a poder vivir de tu trabajo, y si sos actor no”.
El caso de Gabriela fue diferente. Ella vino a Paraná a estudiar Comunicación Social, y al poco tiempo conoció a un grupo de chicas que hacían espectáculos de títeres. “Yo fui la técnica de sus obras durante un tiempo, pero enseguida me dije ‘yo quiero estar adelante, en el escenario, no quiero estar acá atrás’. Entonces empecé unos talleres con Judith Diment, después hice un espectáculo con Gachi Rezzonico, y un día un compañero del elenco me comenta ‘vienen a La Hendija unos chicos, está re bueno lo que hacen. Van a dar un laboratorio que arranca hoy’. Yo agarré viaje, y resultó ser la gente de Teatro del Bardo. Al poco tiempo yo ya era parte del grupo y estábamos haciendo un espectáculo”.
La compañía Teatro del Bardo es una especie de familia que nuclea a otras en su interior. “Los hijos de cada cual tienen mucho que ver con la forma en que todos nos organizamos para trabajar, son parte de la estructura. Si hay función, nos organizamos todos, quién actúa, quién hace las luces, quién cuida a Felipe y a Julia, que es la hija de Vale Folini”, detalla Gabriela.
“Siempre hago el chiste de que Teatro del Bardo es una familia disfuncional. Más allá del intento de profesionalizarnos, nos hemos podido dar el margen de programar nuestro trabajo en función de un proyecto familiar. Yo cito mucho el caso de los Hermanos Podestá, del circo criollo rioplatense, que habrá sido algo similar. Ante no teníamos la trafic, que es nuestra especie de carromato moderno con el que vamos todos de un lado a otro, como familia”, añade Juan, al final de la conversación.

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