Música
Sábado 28 de Octubre de 2017

A finados: un público en silencio disfrutó de un concierto inédito

La Orquesta Juvenil de Cuerdas de la Escuela Profesor Constancio Carminio brindó un recital en el atrio de la necrópolis local. Así cerró el ciclo que rescata el arte funerario, con recorridas en lo más profundo del cementerio

"Te encontraré una mañana
dentro de mi habitación
y prepararás la cama
para dos".
Canción para mi muerte
Sui Géneris

Mientras sonaban las primeras melodías de la Marcha de la Flauta Mágica de Mozart, se acercó un hombre que preguntó: "¿Usted qué escribe?". La respuesta fue: una crónica. Entonces movió la mano como si fuera el título de un diario y propuso: "Un público en silencio", después sonrió. Dijo llamarse Eduardo, tener un taller mecánico y que antes era obrero metalúrgico. Nobleza obliga.
Es que ayer por la tarde, en el atrio de la necrópolis local, la Orquesta Juvenil de Cuerdas de la Escuela de Música, Danza y Teatro Profesor Constancio Carminio, a cargo de su directora Gracia Seguí, brindó un concierto al menos inédito. Interpretaron también a Veracini, a Haendel, a Vivaldi y a Purcell mientras el sol ya pegaba solo en las cruces más altas de los panteones ostentosos.
Pero antes de la música se desarrolló la última recorrida por la necrópolis, iniciativa de la comuna a cargo de Carlos Menu-Marque. En una cuenta fácil, acompañaron la iniciativa más de 100 personas en un trayecto que duró más de una hora. Fue la última de estas presentaciones, al menos por este año.
Se pudieron conocer detalles del panteón de los escribanos Isasi, "el hormiguero" según detractores de una obra que puso a la naturaleza en el lugar que corresponde, y la dejó avanzar sobre uno de los panteones más particulares y simbólicos del cementerio. El diseño estuvo a cargo de Santos Domínguez.
"No sé porqué se matan haciendo semejantes monumentos, si se van a morir igual", dijo una mujer del público mientras el malón de visitantes se acercaba a tomar fotografías a cuanto símbolo masónico encontraba en el camino. Cruces, triángulos, estrellas, números cinco, pirámides, obeliscos, y hasta dioses de religiones varias.
Se destacó, en la recorrida, la tumba de José María Torres, el que le da nombre a la Escuela Normal. Se contó que en la pobreza de su muerte fueron docentes los que pagaron semejante panteón, con una obra de arte que sobresale del resto. En el camino, uno reconoce enseguida a los Carbó, a los Laurencena, a los Gazzano, como apellidos de la historia local, como nombres de plazas, calles y monumentos que están afuera del Cementerio, aunque a fin de cuentas, todos terminemos en el mismo lugar.
También se pudieron conocer los panteones monumentales con sus estructuras, se dijo que tienen más de cuatro pisos de subsuelos y que albergan a los muertos de las diferentes colectividades inmigrantes.
Muchos se acercaron a los vidrios rotos, a las puertas desencajadas, a las ventanas abiertas para 'pispear' a la muerte en cajones de madera, llenas de polvo por fuera y por dentro.
La sala de velatorios estaba llena de deudos. Cuando inició la música, pasaron por un costado el respeto fue de todos los presentes.
Los trabajadores, los pobres, no vamos a ir a esos panteones. A lo lejos, los que están solo bajo tierra o en sus nichos quizás escucharon la música clásica tan bien, justa y prolijamente interpretada. Tuvieron esa suerte. Mientras, otros podemos todavía pedir que el día que nos toque, lo preferimos tal cual lo cantó el Negro Rada en Muriendo de Plena; queremos una fiesta, sí, pero con vino tinto, y mambo.

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