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Una casa sin espejos

Domingo 23 de Abril de 2017

Imaginemos una casa sin espejos. En una casa sin espejos nadie puede ver su imagen reflejada. Sus moradores no saben cómo son sus rasgos faciales, si su nariz es redonda o puntiaguda, si sus ojos son oscuros o claros, si el cabello se vuelve blanco con el paso de los años o si en su lugar hay una calvicie incipiente, modesta o invasora. No saben por sí mismos si un día se levantan con las marcas de la almohada surcándole la cara, si las huellas de una noche de insomnio los delatarán ante el mundo exterior, si el dentífrico se chorreó sobre el mentón o si la barba está o no bien rasurada.
Al habitante de una casa sin espejos le contarán todo eso y le dirán cómo se ve. Esto quiere decir: su imagen de sí mismo será la imagen que otros tienen de él, la que le cuenten. Para contrarrestar esto estará obligado a usurpar espejos ajenos o aprovechar las vidrieras amplias de los comercios que en la calle devuelven reflejos débiles a mujeres y hombres preocupados por su aspecto.
Pero no se trata solo del aspecto, lo que sería lo de menos. Lo que falta en esa casa es una referencia fiel de la identidad de quienes allí habitan. ¿Cómo podríamos confiar, estar seguros de cómo somos, de quiénes somos, si dependemos de la mirada de otros y nos falta la propia?
¿A qué viene todo esto? Pues bien, hay una frase bastante conocida en el mundo del cine que dice: "Un país sin cine es como una casa sin espejos". Esto supone que la cinematografía no es solamente una industria, y un arte, sino también un reservorio de imágenes producidas socialmente, que expresan la identidad de un país, de una región, de una ciudad y hasta posiblemente también de un barrio. El realizador audiovisual que es consciente de esta responsabilidad que implica su tarea y que hace frente a los condicionamientos del negocio, busca que su narratividad funcione como el espejo de una casa, donde las personas con las que convive se puedan mirar, se reconozcan. Hay en su obra una mirada que es compartida. Su ojo frente al visor de la cámara es un ojo que aprendió a mirar, desde su infancia, en su entorno familiar y social, antes de ser educado por la academia y por la industria; y luego también sigue incorporando las formas de mirar de la cultura a la que pertenece.
Un país donde falte el apoyo del Estado al cine nacional, donde sean escasas y excluyentes las posibilidades de rodar y exhibir, es un país que no ofrece espejos a sus habitantes. Solo habrá pantallas donde no nos reconoceremos. Y habrá en algún punto pantallas donde creeremos reconocernos, aunque solo nos devuelvan paisajes, lenguajes, costumbres, colores de piel, modos de narrar, en fin, miradas que no nos pertenecen. El reflejo será distorsionado. Nuestra identidad estará suprimida y reemplazada por otra, falsa.
Por esta razón es que hombres y mujeres de gran prestigio del séptimo arte han decidido elevar la voz para defender al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), amenazado por la embestida neoliberal que pretende recortar los fondos destinados a su funcionamiento. Estos recursos, que provienen de la recaudación de las salas y del canon que pagan los medios audiovisuales, son los que permiten que haya muchas y variadas películas, de diferentes géneros y múltiples estéticas, y no solo las que repiten las recetas que aseguran éxito de público. Espejos y no espejismos.

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