Hoy por Hoy
Viernes 13 de Abril de 2018

Un ataque a la libertad de expresión

Estoy alejado de los recitales. Me sobran los dedos de mis manos para enumerar la cantidad a los que asistí en los últimos cuatros años. Mi paladar se puso más exigente y opté por elegir a qué concierto asistir y a cuál no. De todos modos he presenciado varios a lo largo de mi vida, desde inicios de mi adolescencia hasta ahora, que tengo 38 años.
He disfrutado distintos tipos de conciertos. Fui testigo de algunos festivales folclóricos, pero la mayoría de los que he asistido han tenido como protagonistas a bandas de rock nacional. Me siento un privilegiado de haber sido testigo de un par de misas celebradas en la castigada década del 90 por Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. También realicé turismo al seguir al Indio Solari a distintos puntos del país, como también a ver recitales de Skay Beillinson.
Me han quedado cuentas pendientes con otras bandas. De hecho no asistí a ningún concierto internacional. En realidad no han sido muchas las bandas extranjeras que me hayan seducido, pero me quedé con la espina de no haber presenciado algunos shows, como el que brindó AC/DC en diciembre de 2009, por citar un ejemplo. De todos modos espero algún día poder saldar alguna de mis deudas.
Mis experiencias en los recitales han sido positivas. Fueron momentos que quedaron grabados en mi retina y en mi corazón para la eternidad. En muchos de estos eventos decidí asistir con indumentaria de Aldosivi de Mar del Plata, el equipo del cual soy hincha y socio. En esos escenarios me crucé con simpatizantes de otro equipo con el que existe una enorme (y absurda) rivalidad deportiva y nada grave sucedió. Para algunos esto puede ser un dato anecdótico, pero en otro ámbitos estos cruces han originado incidentes y en algunos casos provocó pérdidas de vidas humanas. Una camiseta, campera o alguna indumentaria que identifique al club de tus amores es considerado un botín de guerra.
Conductas argumentadas por la estúpida cultura del aguante que nos llevó a naturalizar lo que es antinatural. Afortunadamente, cuando quien convoca es un músico y no un encuentro de fútbol las diferencias del hincha quedan a un costado. La causa es el arte y se respetan la diferencias.
El pasado fin de semana La Renga brindó un recital en la ciudad de Villa Mercedes, en la provincia de San Luis. Este banquete (de esa manera se denomina a los show de la banda del barrio porteño de Mataderos) había sido programado en un primer momento en el estadio José María Minella, en la ciudad de Mar del Plata. Sin embargo y después de muchas negociaciones, el mismo tuvo que modificar de escenario. Esto fue por la postura que adoptó el Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires de no brindar un operativo especial para asegurar el normal desarrollo del espectáculo. Lo llamativo es que la cartera que encabeza Cristian Ritondo aseguró, durante su gestión, recitales de bandas internacionales que tienen el mismo poder de convocatoria que la banda liderada por Gustavo Chizzo Nápoli.
De más está decir que la prohibición del recital de La Renga en Mar del Plata fue una decisión política.
El principal punto turístico de la Costa Atlántica vivió en el verano 2018 una de las mejores temporadas de los últimos años. Durante el período estival el gobierno provincial organizó una cartelera variada de acontecimientos culturales, dejando en evidencia que estaba preparado para montar un operativo de seguridad para el banquete que había sido anunciado para el 7 de abril en Mar del Plata.
Prohibir la presencia de un artista en un lugar determinado es un ataque hacia la libertad de expresión. Desde la música el artista manifiesta su manera de observar distintos aspectos de la vida. Los seguidores se sienten identificados con el mensaje que perciben a través de las letras.
El rock, o cualquier género musical, no provoca violencia. Un recital es un espacio donde hay comunión entre los artistas y sus fieles. La realización de cada espectáculo cultural deberá ser siempre garantizado. No se puede (ni debe) provocar previamente un clima de paranoia y estigmatizar al público rockero para justificar la suspensión de un show, de una verdadera fiesta popular.

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