Martes 18 de Octubre de 2022
Desde su estreno, la película “Argentina, 1985”, de Santiago Mitre, es un éxito de taquilla. De la mano de esto, su repercusión social es inmensa. El público la aclama dentro y fuera del país. Se debate sobre ella en las oficinas, en las familias y en los grupos virtuales y físicos. La seleccionaron para representar al cine nacional en los Oscar. Cientos de opiniones se han escrito y se seguirán escribiendo en torno a ella. Comentarios elogiosos y destructivos. Análisis –en ocasiones, hasta milimétricos– sobre el grado de apego a la historia real, omisiones y exacerbaciones.
Esta versión cinematográfica ficcional del Juicio a las Juntas Militares tiene muchos méritos. Probablemente, el principal sea eso que intenta resumir el párrafo anterior: no pasó desapercibida. Y, aunque nadie la mencione en sus dos horas y 20 minutos de duración, adosó a la vida cotidiana la consigna fundante de la democracia argentina integrada por tres palabras: Memoria, Verdad y Justicia.
El calificativo que más se escucha y se lee sobre el valor de “Argentina, 1985” es “necesaria”. La necesidad de esta obra en el contexto político actual es, ciertamente, innegable. Cuando se están por cumplir 40 años de la recuperación de la democracia, cuando ya hay generaciones que no vivieron la dictadura cívico militar, ni escucharon hablar de sus atrocidades o no prestaron suficiente atención cuando algún docente hizo referencia al tema en una clase de historia, la importancia de que la industria cultural se ocupe de ello y le dé masividad es evidente. Más todavía cuando está en crecimiento la derecha extrema, personificada en Argentina por Javier Milei, pero que no se agota en él, que es la ideología que le da sustento a las expresiones antidemocráticas y antiderechos. Dicho en los términos que el libreto pone en la boca de los personajes de la fiscalía de Julio César Strassera y de su familia: “Los fachos”.
Ficciones y documentales que hacen referencia a la dictadura hay muchas y algunas muy buenas. Desde “La historia oficial” (Luis Puenzo, 1985) y “La noche de los lápices” (Héctor Olivera, 1986), hay una tradición cinematográfica que explora el genocidio con miradas diversas. Pero desde aquellas obras hechas al calor de la recuperación democrática, no hubo ningún film que adquiriera la masividad de “Argentina, 1985”. Esto se debe a que ocurrió algo que no suele suceder: la conjunción de la industria y el arte. Es la sumatoria de recursos económicos para producción y exhibición, actores exitosos y talentosos, gran trabajo profesional en dirección y guión y una buena historia real para contar.
De todos modos, al mismo tiempo que posee estas ventajas, el largometraje no deja de inscribirse en una determinada línea del cine político argentino. Es algo que el cineasta y docente rosarino Gustavo Postiglione calificó como la “línea alfonsinista”. En palabras del director de “El asadito” (2000): el film de Santiago Mitre busca saltar la grieta mediante la omisión del peronismo (a esto habría que agregar que reduce demasiado el protagonismo los organismos de Derechos Humanos).
Hay otros cines políticos nacionales, que abordan temáticas pasadas y actuales. Desde el cine militante de los 60, con pioneros como Fernando Birri, Raymundo Gleyzer, Fernando “Pino” Solanas y otros exponentes, no han faltado cineastas que toman partido al elegir de qué hablar y cómo hacerlo.
En el mismo sentido, a la producción audiovisual que presume de ser apolítica, como la meramente comercial que llega a las múltiples pantallas con mayor asiduidad, también les comprenden las generales de la ley. Tiene implicancia política cómo representan la vida cotidiana; lo que muestran y lo que dejan de mostrar; cómo reproducen determinados estereotipos (de clase social, de género, de nacionalidad); cómo es la construcción de héroes y villanos o quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
Y como, en definitiva, todo cine es político, se necesitan, dos, tres, 100 películas como “Argentina, 1985”.