Miradas
Viernes 31 de Agosto de 2018

Sí, pasaron cosas

Si una persona decide pagar el mínimo de la tarjeta de crédito durante un año, acumulará una deuda sofocante. Pero, si para paliar la situación decide pedirle dinero a un prestamista usurero, la solución sólo empeorará el problema, dando inicio a un espiral de endeudamiento del que difícilmente conseguirá salir. Es el abecé de la economía, por eso no se comprende que el mejor equipo de los últimos 50 años haya elegido, aunque a otra escala, la misma estrategia kamikaze, cuando el objetivo es –supuestamente– sacar el país adelante y enfrentar la "tormenta", o cualquier eufemismo meteorológico, de esos que al presidente tanto le gustan.
O es pensamiento mágico, o el Gobierno está empecinado en seguir alimentando al capital trasnacional hasta las últimas consecuencias. Tomar deuda para pagar deuda es comparable a intentar apagar un incendio con querosén. El fracaso de Cambiemos –¿un fracaso intencional?– llevó a que en los nueve meses que van de 2018 la población perdiera casi un 50% de poder adquisitivo entre la inflación y la corrida cambiaria, que a su vez condujeron a que los precios de productos básicos y estratégicos –como la harina– se remarquen con el correr de las horas. Una situación que por su ritmo acelerado se asemeja cada vez más a la dantesca hiperinflación de 1989.
Es irónico que una coalición cuyo slogan es el cambio insista en repetir hasta el hartazgo recetas que ya se aplicaron en varias oportunidades, FMI mediante. Hasta ahora la única acción consiste en asumir más deuda para garantizar la disponibilidad de divisas para pagar más deuda. Y la única –y penosa– explicación que pudo dar el Presidente es que "veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas".
Es que el argumento de la pesada herencia ya no cuaja. Cada vez es más evidente que el origen de este embrollo es la desregulación cambiaria que se instauró en 2016, permitiendo a los grandes capitales especulativos comprar todos los dólares que deseen, la apertura indiscriminada de importaciones que dilapida divisas y hunde a la industria nacional y la propia carga de intereses de una deuda que solo crece explican el descalabro actual.
Los especialistas indican que la única manera de esquivar el abismo al que nos estamos dirigiendo es hacer crecer la economía, y eso jamás puede darse en base la suba de impuestos, aumentos de tarifas y toma sistemática de deuda. Pero la gestión Cambiemos insiste en poner el eje en la reducción del déficit fiscal, cuando el problema es que se acabaron los dólares.
La incertidumbre y la desconfianza que los desmanejos del Gobierno han generado en estos últimos días ocasionaron una vertiginosa depreciación del peso; y cuando se produce una devaluación en un contexto como el actual, la traslación a los precios locales está asegurada. Se trata de una enorme transferencia de riqueza de los sectores populares a los más concentrados de la economía.
La economía argentina está cuasi-dolarizada, y la prueba reside en el obsceno aumento de los precios internos de bienes importados y productos con contenido importado, como así también de los bienes exportables cada vez que sube el billete verde.
Está claro que si el gobierno anterior dejó una economía con problemas, la gestión actual no hizo otra cosa que acentuarlos y generar problemas nuevos. El fantasma de 2001 sobrevuela el país, a tal punto que hasta el canal oficialista TN estuvo toda la mañana de ayer enfocando sus cámaras hacia la terraza de la Casa Rosada; mientras los periodistas, con expresiones compungidas informaban minuto a minuto la fluctuación del dólar.
Termino de escribir estas líneas sin saber si hoy el escenario no será completamente diferente. No veníamos bien, pero no se puede negar que "pasaron cosas".

Comentarios