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Sabíamos poco de Chile, y nos mentían

El gobierno de Macri presentó muchas veces al modelo chileno como un ejemplo a seguir en materia política, económica y social. Pero no fue el único..

Miércoles 23 de Octubre de 2019

Desde hace muchos años y hasta el primer debate de los candidatos presidenciales, hace una semana y media, varios políticos argentinos hablaban de las bondades del modelo chileno. Lo hacían no solo para referirse a los números macroeconómicos del país vecino, cuya economía se basa en gran medida en la exportación de recursos naturales y producción primaria (cobre, pescado y pasta de madera); sino también elogiando la línea política de un alineamiento sin medias tintas con los Estados Unidos de Norteamérica.

Es difícil que el argentino promedio conozca la situación real del país, salvo tal vez los cuyanos, aunque esa barrera de piedra pone más distancia que, por ejemplo, el río que nos separa (nos une) de los hermanos uruguayos.

Vale preguntarse, aunque pueda sonar ingenuo, si esos dirigentes realmente ignoraban la situación chilena, o si su postura implicaba un aval a ese modelo de empobrecimiento de la población que ahora surge a la luz.

El gobierno de Mauricio Macri presentó muchas veces al modelo chileno como un ejemplo a seguir en materia política, económica y social. Pero no fue el único, otros referentes de lo que podría llamarse la centro derecha argentina, o los defensores de las políticas del libre mercado a ultranza, también elogiaban el estado de cosas en ese país.

Posiblemente en la coyuntura electoral se propicien otras interpretaciones, como la del candidato a vicepresidente de Juntos por el Cambio, Miguel Ángel Pichetto, quien sostuvo que la explicación de semejante estallido social solo a partir del aumento del precio del transporte público debe entenderse considerando la incidencia de elementos cubanos y bolivarianos en el país trasandino. Lo dijo para luego advertir del peligro del retorno del kirchnerismo al gobierno nacional, por su cercanía con la revolución bolivariana.

Más allá de estas interpretaciones, y luego del modesto pedido de perdón con el que el presidente Sebastián Piñera intenta cerrar el conflicto, tras haber dicho hace cuatro días que su gobierno estaba en guerra contra los manifestantes; la situación de Chile parece dejar una enseñanza, elemental tal vez, sobre cuánto se puede tensar la cuerda en lo social.

Nos enteramos ahora que los hogares chilenos son los más endeudados del mundo, sus deudas equivalen al 43% del PBI chileno y la legislación local prohíbe contar ese endeudamiento como deuda pública, según lo ha venido denunciando desde hace años, entre otros, el candidato presidencial Marco Ominami. Ese parámetro en Argentina es el 12%, y se considera muy elevado.

También nos enteramos que el grueso de los trabajadores de las ciudades más pobladas destina un tercio de su sueldo al transporte, y que las tarifas de los servicios son astronómicas (especialmente la del gas), y que el acceso a la salud y a la educación es muy restringido.

Suponemos entonces que la alternancia entre (Michelle) Bachellet y Piñera tiene poco de raro; y que en todo caso, ambos dirigentes, supuestamente diferentes en su concepción política, no resultaron tan distintos en la aplicación de las medidas de gobierno.

Se asegura que los legisladores chilenos están mejor pagados que en Estados Unidos y que la dirigencia política es una casta “obscenamente enriquecida”.

Mientras Piñera pide perdón por no haberse dado cuenta antes de la situación, los chilenos denuncian graves abusos a los derechos humanos como secuestros, violaciones y asesinatos por parte de las fuerzas armadas “en guerra” que comanda el multimillonario presidente. Entre quienes no teníamos una idea cabal de lo que ocurría en Chile, la sorpresa sigue aumentando. Ya no es la pregunta simplona acerca de por qué el estallido no se produjo antes, porque se sabe que deben darse ciertas condiciones para ello, más aún en un país que asume su condición de “oasis” o de “casa buena en un barrio malo (Latinoamerica)” al decir de Piñera, como su argumento de venta al mundo.

Uno se pregunta, por caso, qué rol juegan otros factores del poder real, como los grandes medios de comunicación, en una sociedad para que “después de 30 años” (casi una consigna hoy de los que protestan) se produzca este un estallido que, parece, nadie pudo anticipar.

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