Medio ambiente
Viernes 20 de Julio de 2018

Pensamiento ecológico en el aula

Abrirnos a distintos ámbitos menospreciados del conocimiento permitirá oxigenar instituciones y organizaciones sociales cubiertas por el moho de la colonia.
La UNER otorgó el título de Doctor Honoris Causa a Evo Morales hace tres años y medio. Por lo que hemos conversado con profesores de esa Casa, desde entonces no se nota un cambio en su estructura alejada de los saberes milenarios. Habrá que esperar.
Asambleas, foros y centros de estudio de nuestra región supieron sí, en alguna medida, quebrar la cáscara occidental y emerger hacia horizontes ocultados. Allí se estimulan otros modos del saber y se recupera la mirada integral rompiendo compartimentos, tanto con las banderas alzadas en la calle como en las ruedas de mate, las lecturas o las consultas con la almohada después de jugosos intercambios.
La resistencia organizada contra el represamiento del Paraná marcó un hito de la conciencia hace dos décadas. Tomar nota dará frutos impensados. Pero hay un abismo todavía entre ese mundo y la formalidad de instituciones impermeables, sostenidas en categorías impreparadas para lo nuestro.
El freno al megaproyecto de represa colocó una bisagra. La Ley Anti represas fue una derivación en el Estado, de esa comunión, pero la energía que emana de aquella cruzada civil se expande hoy en abanico y entona cada rincón. Otros países dan estatus de sujeto a la naturaleza, la madre tierra, los demás animales, y aquí mismo se trabaja en principios precautorios y delitos de peligro para preservarnos de atropellos. Sin embargo, nuestra atención no se reduce a las estrecheces de la ley sino que va por la cosmovisión.

Ecocidio y hacinamiento
Con el raid de pescadores, largos encuentros para los acuerdos, aportes de investigadores y buena onda de muchos, los paranaseros recuperaron antiguas artes de participación, y sentaron bases para el reclamo de "licencia social", hoy naturalizado. José Artigas aplaudiría esa actitud como expresión de la "soberanía particular de los pueblos" y del fogón gaucho y charrúa. Con los años se fueron fundando decenas de asambleas volcadas al estudio, la divulgación, la lucha, que sustituyen a la burocracia de otros ámbitos. Escuelas, colegios, universidades, medios masivos, corporaciones, advertirán tarde o temprano que los pueblos alumbran caminos menospreciados por el poder hegemónico. En las asambleas están la música y la ciencia, la poesía y la lucha, el silencio y el grito. Como de la naturaleza se trata, ese retorno del ser humano a su hogar, a los árboles, al río, al paisaje, se alumbra en el principio del buen vivir que nos atrae sin propaganda. Esa polenta asamblearia no surge ni se sostiene por arte de magia. El sistema es capaz de recuperarse de sus fracasos, incluso con el saqueo o el endeudamiento. Las organizaciones pueden sentirse tentadas a una suerte de "negociación" que termine por fagocitarlas, partidizarlas o desactivarlas, si no van con cautela.

La exclusión de millones
La conciencia hizo pie en una provincia asolada por desarraigo, destierro, tala rasa, concentración de la propiedad. Ecocidio y hacinamiento racista, dos marcas de la región. La exclusión lleva a un estado de servidumbre, y en las escuelas y los colegios explota en problemas que el sistema endosa a los docentes.
Artes, saberes populares milenarios, tradición, testimonios orales, toponimia, modos de relación y trabajo, pueden dar otra vida a la educación y a la noticia. Con dos requisitos, por lo menos: crear ámbitos para un conocimiento integral capaz de atravesar fronteras y disciplinas. Y considerar al ser humano y la cultura dentro de la biodiversidad, lo cual abre puertas hoy clausuradas y nos desata de categorías ajenas.
No se trata de nivelar e igualar lo que no es igual. La ecología de saberes, de la que habla Sousa Santos, puede ser una de las vías a mano para superar ese conocimiento abismal que nos deja afuera y llevarnos a las honduras del buen vivir, ya libres del blindaje del occidente castrador. Pachamama, ñanderekó, pachacuti, sufren la condición de atopía (incomodidad, sin lugar) en las instituciones del sistema, la universidad por caso, pero la flecha está en el aire.

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