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Miradas de género: "¿Techo de qué..?"

¿Qué entiende como "Techo de cristal"? fue la sencilla pregunta que le hicieron a un postulante a camarista en la Justicia santacruceña. De género, ni idea

Domingo 02 de Mayo de 2021

¿Qué entiende usted doctor como “Techo de cristal”? fue la sencilla pregunta que le hicieron a un postulante al cargo de camarista en la Cámara Federal de Apelaciones de Comandante Luis Piedra Buena, en Santa Cruz. Elián Santiago Smith comenzó a balbucear como un estudiante secundario que se apresta a “guitarrear” a falta de estudio. Arrancó con un: “Perdón…¿cómo?” y siguió con una respuesta absurda: “Entiendo que, justamente, apunta a un montón de estas cuestiones internas que son difíciles de advertir. A menos que uno ingrese en el análisis puntual de la situación. La denominación corresponde a la posibilidad de visualizar una situación concreta (eh... como...) ingresando a la realidad de la persona como si no hubiera limitaciones, o paredes, o techos que impidan visualizar la situación desde afuera” (SIC!).

Por la cara de sus interlocutores en la videoconferencia, y consciente de lo vago de su derrotero, oscureció: “Permitir una visión integral del asunto y lograr, de alguna manera, colocarse en el lugar de esa persona para visualizar las dificultades que ha debido afrontar o superar en una determinada situación. Interpreto que se hace referencia a ese concepto, a lo que uno no podría ver, salvo que estuviese en el mismo lugar que esta persona de quien estamos analizando una conducta”.

La consejera Vanesa Siley, quien hizo la pregunta y, seguramente esperaba como mínimo una respuesta básica del término “techo de cristal” en referencia a la barrera o limitación velada de ascenso laboral con la que las mujeres chocan en empresas u organizaciones, dijo con resignación: “Está bien. Gracias doctor”.

Tras la difusión del video hubo quienes defendieron al abogado aspirante a juez argumentando que “Techo de Cristal” es un término de la Psicología y no del campo de las leyes; aunque la pregunta concreta se haya hecho para detectar si el candidato tenía perspectiva de género porque, de ser así, no hubiese ignorado el concepto.

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Por otra parte, ningún aspirante a acceder a un cargo tan importante en la Justicia debería soslayar tal perspectiva, sobre todo luego de la sanción de la Ley Micaela, promulgada el 10 de enero de 2019, y que establece una capacitación obligatoria en género y violencia de género para todas las personas que se desempeñan en la función pública, en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de la Nación. Esta norma lleva el nombre de Micaela García quien, a los 21 años, fue víctima de Sebastián Wagner, un violador femicida que debía estar preso pero que había sido liberado por la incompetencia de un juez de Ejecución de Penas de Gualeguaychú –Carlos Rossi– quien además sorteó un jury que evidenció la poca voluntad de la Justicia de evaluar su mal desempeño y hasta una defensa corporativista de espaldas a los derechos que debe proteger.

El “techo de cristal” no es un término “progre” como aseguraron quienes defendieron al ignorante. El “techo de cristal” existe y no es tan frágil como este material. Es una barrera dura y concreta a la que se enfrentan las mujeres en sus carreras laborales, un tácito impedimento para su ascenso en empresas, sindicatos, fuerzas armadas o partidos políticos, entre otros ámbitos que, a igual capacidad y calificación, le impiden llegar a puestos jerárquicos o de poder por el solo hecho de ser mujer.

El término “techo de cristal” tampoco es nuevo; fue acuñado allá por 1978 por la consultora estadounidense Marilyn Loden quien argumentó que “la supuesta incapacidad de las mujeres para ascender en sus carreras, más allá de los primeros peldaños de gerencias medias, eran barreras culturales y no personales” y las llamó “techo invisible o de cristal” que obstruyen las aspiraciones del género femenino.

En Argentina la brecha de acceso de mujeres a puestos de decisión se ha ido achicando en las últimas décadas, al amparo de algunas leyes promotoras de la igualdad de oportunidades y de cupos femeninos, entre otras ampliaciones de derechos, aunque no lo suficiente. Y aquí el tema del aspirante a camarista santacruceño toma relevancia, ya que es la Justicia la que debe tutelar los derechos individuales, laborales, humanos y de género. Qué podemos esperar entonces del poder judicial con integrantes sin perspectiva de género. Entre Ríos tiene sobradas muestras de esta carencia y el poder político debería tenerlo muy en cuenta para no promover magistrados –y magistradas– que no estén versados en género.

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