Hoy por Hoy
Jueves 15 de Marzo de 2018

Mi excelente perfil crediticio

Una tarde estaba alterada, pagando gastos fijos en el home banking de banco "X" cuando suena el teléfono fijo –ese aparato que solo timbra cuando llama tu vieja de 80 años, un político en campaña o Darín tirando la manga para Greenpeace–, era un telemarketer, de esos que utilizan tu paciencia para ensayar el spich noventoso de las empresas de servicio.
El novel telemarketer me enumera los beneficios del seguro de vida que no solicité y llega a expresarme con voz de clown que sin ese producto mi familia quedará a la deriva en caso de que me ocurra un accidente o me diagnostiquen cáncer (literal). "O que se me caiga un piano de cola en la cabeza", lo bardeo de puro vengativa y niego reiteradamente desear la adhesión al servicio. Corto.
Los llamados nos invaden en el trabajo, en la intimidad del hogar, en momentos recreativos. Una voz detrás del auricular, con empatía forzada y tono de suficiencia, nos trata como si hubiésemos transitado juntos los mejores momentos del colegio Secundario. Ante la primera negativa redoblan la apuesta, irrespetuosos algunos, suplicantes otros. Tratan de convencerte de que tal o cual tarjeta de crédito es imprescindible para vivir en sociedad (de consumo) o que tal o cual modelo de celular debe estar –sí o sí– en tu cartera para no ser una looser.
Esas personas que se tornan aborrecibles, sobre todo durante nuestra siesta provinciana, son tan víctimas del sistema como nosotros, los asalariados de su lista de datos. Empleados precarizados, con sueldos de hambre, metidos durante jornadas agobiantes en cubículos, como ratitas de laboratorio, presionados, rindiendo examen con cada llamado, hipervigilados, grabados, chequeados, burritos detrás de las zanahoria que les permita el rendimiento que la empresa considera "aceptable".
Y después están esas instituciones bancarias, a las que fuimos bancarizados compulsivamente y que luego "si te he visto no me acuerdo". No atienden tus llamados cuando tenés una queja, un reclamo o una sugerencia. Recorrés en vano con el mouse la pantalla de tu PC tratando de encontrar el botón de contacto para hacer el click en esa maldita página web que te asalta con ofertas pero no te deja "meter un bocadillo". Cuando lo encontrás, se te despliega un formulario tipo ficha de Interpol.
Te venden que el cliente es lo más importante y que sus marcas o servicios califican alto en responsabilidad empresaria. Te dicen que formás parte de la gran familia "X" o de la copada comunidad "Y" pero lo cierto es que solo les interesás cuando consumís como un lobo y cuando pagás tus facturas como un borrego.
Y para ir cerrando este lamento proletario, ayer me tiraron por debajo de la puerta una factura de Telecom vencida el 27 de febrero –y que pagué con atraso. No era la primera vez. Llamé al 112 para quejarme y la maquinita nunca me comunicó con un ser humano. Entonces llamé al Enacom para radicar mi denuncia. El empleado me pidió el número de reclamo. Le expliqué que no lo tenía porque nunca me habían atendido los llamados. Me replicó que vuelva a llamar cuando tuviera el mentado número. Pero, como no tenía tiempo de sentarme a escuchar la musiquita grabada toda la tarde tuve que meterme la queja (y la bronca) "donde no me da la sombra".
¡Es tan engorroso interactuar con las empresas de servicio cuando necesitás reclamar algún incumplimiento o falla! Pero si te atrasás unos días te llaman a toda hora para reclamarte la deuda como si fueras un delincuente.
Por eso, cuando la muchachita que me llamó luego para ofrecerme "una tarjeta de crédito gold que me abriría todas las puertas" e inició la oferta con la ensayada frase: "Liliana, debido a su excelente perfil crediticio...", no pude más ... la aturdí con mi más sonora carcajada y luego le corté.

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