Miradas
Jueves 21 de Junio de 2018

Más Dios que nunca

En el día que las crónicas periodísticas invadirán los medios con la derrota por 3 a 0 ante Croacia, el error fatídico de Wilfredo Caballero y la ausencia de magia de Messi, se recuerda hoy que Diego Maradona, vistiendo la camiseta Argentina, convertía dos de los goles más recordados de su carrera. Fue durante el partido contra Inglaterra, por los cuartos de final del Mundial de 1986 en el mítico Estadio Azteca de México. Pasados los 6 minutos del segundo tiempo, marcó el gol denominado "La mano de Dios", uno de los más polémicos en la historia.
Ante 115.000 personas y millones de televidentes repartidos en todo el mundo, el cerebro creador de un equipo integrado por Burruchaga, Ruggeri, Valdano, Trobiani, Borghi, Giusti, Olarticoechea, entre otros, se hizo gigante ante un arquero inglés que lo aventajaba por 20 centímetros y abrió la cuenta con un supuesto cabezazo. Salió a festejarlo como loco ante la queja de los jugadores contrarios que habían visto la mano. Pero no se quedó ahí. El Diego fue por más. En ese mismo cotejo, a los 10 minutos del tiempo complementario –empezando dentro de su propio campo– Maradona eludió a seis jugadores ingleses (Hoddle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y al portero Shilton), antes de anotar el gol, que quedó en la historia como el mejor de todos los mundiales. Una encuesta de la FIFA, durante la Copa Mundial del año 2002, en que se elegía el Gol del Siglo, quedó en el primer puesto. El partido terminó 2-1 para Argentina, lo que le permitió clasificarse a semifinales. ¿Será que el barrilete cósmico se quedó con todo el milagro argentino? Porque a partir de allí fueron buenos equipos los conformados para las citas mundiales, excelentes entrenadores, fases de grupos accesibles, se llegó a las instancias finales pero no se volvió a repetir el grito de campeón. Es como si la conquista en tierra azteca se hubiera llevado toda la magia. Como que no quedó para nadie más.
Ayer Maradona fue testigo de un triste partido que jugó la Selección que él llevó a lo más alto en el Mundial de México y que casi repite en Italia 90.
El Diego en la noche rusa gritó, arengó, pidió poner actitud (huevos) y sufrió como un hincha más, pero en la cancha solo se vio un equipo vacío, jugadores abatidos, sin líder. Y no solamente desde el error del arquero, sino desde los himnos. Cuando la cámara enfocó a Messi, se pudo ver que con la mano se agarraba la cabeza, se tocaba la frente, signo de que algo no estaba bien. Un presagio tal vez de que las cosas no eran cómo él pretendía. Y todos esos gestos no hacen más que agigantar una figura que es la sombra en cada estadio donde se presente Argentina. Un jugador que encaraba a los hinchas contrarios cuando silbaban el himno, que jugó con un tobillo desecho y que alcanzó conquistas heroicas. Ahora solo queda esperar, la Selección ya no depende de sí misma sino de resultados ajenos. De que Nigeria le gane o empate hoy con Islandia, para llegar con chances al último partido ante los africanos y evitar una eliminación temprana. Un resultado que el fútbol argentino no pensó que volvería a suceder pero que está muy cerca de repetir, quedar afuera en etapa de clasificación como en el Mundial de Corea-Japón. De no ocurrir el ansiado milagro, habrá que esperar cuatro años más para ver si aparece otro Salvador (Bilardo) y un Dios (Maradona) que realicen milagros.

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